La reedición de un libro de cuentos y la próxima aparición de un volumen con poemas, reposiciona la figura y la obra de Juan Manuel Alfaro, que también ha incluido la biografía y la compilación. El paisaje rural y barrial fue la escena en la que capturó esencias humanas que no se aíslan en minuciosidades geográficas y la proyectan a cierta cosmovisión universal.
A finales de enero de 2024, a días de su muerte, Juan Manuel Alfaro presentó Vecindades. En aquella ocasión la intendenta de la ciudad lo declaró Personalidad destacada. La publicación estuvo a cargo de Ana editorial, que ya venía trabajando con el escritor. Alfaro pudo asomarse así a un fenómeno contemporáneo: la activa participación de sellos independientes interesados en hacer libros con nuevas y con recuperadas producciones. La dinámica va rompiendo la tendencia precedente, en la que era el autor quien debía afrontar por su cuenta y cargo la gestión editorial de sus materiales. No es que una variable dependa de la otra, pero lo cierto es que el campo se profesionalizó y con él, sus producciones.
Ahora, otra editorial entrerriana, Oyé Ndén, proyecta publicar distintos títulos de Alfaro. Ha comenzado con La dama con el unicornio y está en proceso Plena palabra. La reimpresión, contextualizada, con análisis y reflexiones académicas, otorga vitalidad a la obra en cuestión y a la literatura provincial en general. Le da otra cercanía con el lector. Le permite una circulación actualizada. Se trata de inscribir escrituras vibrantes en una época dominada por otra noción del tiempo, distintas urgencias, diversos hábitos de lecturas, pero similares necesidades de conmoverse, de salirse de sí para reencontrarse, juntar las partes.
Nacido en 1955, en Algarrobitos, a 30 kilómetros de Nogoyá, Alfaro llegó a Paraná para hacer el servicio militar obligatorio y por acá se quedó. Se acomodó a la cultura local y la reimpulsó, hizo amigos, se integró a los grupos de artistas, formó una familia y le obsequió a cada rincón urbano un verso y a sus personajes un relato con el cual identificarse.
Murió el 6 de febrero de 2024, a los 68 años. La estampa elegante y modesta, la cortesía y la poética de lo cotidiano que desarrolló se empecina en quedarse. Late en el testimonio de los que lo conocieron y de aquellos que estudiaron su obra. Es un largo viaje el que hizo, por cierto. La vasta producción suya así lo refiere. De esa travesía, proponemos un terceto de miradas.

Episodio 1: Los editores
Esa tarde, La dama con el unicornio resplandecía de manera especial en ese anaquel de notables que Juan Manuel Alfaro empezó a compartir con María Esther de Miguel, Tuky Carboni y Dora Hoffmann. El contacto con el libro en la parte alta del lomo le despanzurró los sentidos. El vértigo de un tobogán emotivo le recordó el día en que devoró aquellos 14 cuentos de la edición original. Formado con bibliografía confeccionada por el dios argentino que reina desde Buenos Aires, se encontró tardíamente con la literatura entrerriana profunda. Desde entonces disfruta de ejercer junto a otros el rol de restaurador de pequeños tesoros escritos que vuelven a circular con nuevos bríos por ciudades y pueblos, por barrancas, lomadas y selvas en galería. “Con Alfaro me encontré a través de una amiga, Evangelina Franzot, hacia 2023. Ella llevaba un tiempo conversando con el autor, leyendo su obra, abordándola desde el análisis literario. Yo de él no conocía demasiado, pero confiaba en el criterio de ella y lo registré en la memoria”, le dijo Nicolás Darchez a Tekoha, ante una consulta.
Luego, se rindió ante los caprichos librescos, en los que vida y obra de ciertos autores parecen estar buscando una atención particular. “En la Feria del libro de Paraná, en 2025, encontré en una mesa de saldos Plena palabra (Premio Fray Mocho de poesía 2002) y La dama con el unicornio (Premio Fray Mocho de cuentos 1998). Tremenda literatura. Me emocionan los textos bien escritos. Eso me pasó con Alfaro. Me costaba creer que algo así no hubiera circulado por la costa del Uruguay, tan cerca y a la vez tan alejada de la del Paraná”.
Oyé Ndén es una editorial modesta, luminiscente, que cabe en una valija, si se permite la exageración, pero los títulos del catálogo ya le hacen guiños a una legión de aventureros que buscan guías en el firmamento de las letras entrerrianas. Su responsable es Darchez, oriundo de Gualeguaychú. Se graduó entre tradiciones que apenas reconocían a Juan L. Ortiz entre las referencias literarias, pero al regreso de esos años se reafincó en Entre Ríos, en las diversas acepciones del verbo. Decidió levantar una casa de amplios ventanales. Echó raíces de camalote. Siguió las corrientes del río escritural que es siempre un mismo otro. Tiene la fantasía de formar un embalsado del que participen redes de editores, investigadores y lectores.
La dama con unicornio fue publicada por la Editorial de Entre Ríos en 2000; y por iniciativa de Alfaro, Ediciones del Clé la reimprimió en 2012. Deslumbrado con el autor, Darchez buscó sumarlo al catálogo, una década y media después. “Entonces, le pregunté a Pablo Felizia, de Ana Editorial, por la cuestión de los derechos porque ellos habían publicado Vecindades, Nombres propios, El libro de Francisca y ¿Los zulúes son azules? Me animó a conversar del tema con Magali, la esposa de Juan Manuel. Y ahí todo se activó. Hoy La dama con el unicornio está reeditado, a disposición de todos. El próximo libro a reeditar es Plena palabra. Hay que generar un tiempo entre libro y libro porque hay que hacer un trabajo para que el lector se familiarice con materiales valiosos de autores que acaso no conozca en profundidad. Es la misión de las editoriales. Lo digo en plural porque, de a poco, la labor de unas se va integrando a catálogos de otras. Lo importante es que se renueven las posibilidades de lectura de autores provinciales”.
Ante una propuesta puntual, imaginó que “lo leería en silencio, en un sillón, con los dos perros míos cerca, en el living de casa. Pienso que la poesía de Alfaro tiene que ver con lo íntimo, nos conecta con una nostalgia que no nos entristece, sino que nos alegra el presente y en ese sentido nos proyecta. Es una evocación sensible y reflexiva que necesita de la introspección para pensar la palabra, el idioma, el lenguaje. De hecho, leí los cuentos de Alfaro en medio de la Feria Paraná Lee, el año pasado. Un relato tras otro. Sin embargo, me acuerdo de los relatos y no de lo que pasó alrededor, en un horario en que era puro bullicio”.
A 160 kilómetros de allí, en Maciá, un zigzagueo impetuoso de la rosa de los vientos encuentra a Evangelina Franzot en plena tarea. Ella se enrola en la tradición que esculpiera Claudia Rosa: el estudio de una obra y de un autor es un proceso largo, sinuoso, a veces encriptado, que se nutre de manera centrífuga y centrípeta de pequeñas pasiones y destacadas formulaciones teóricas. Un nivel tras otro, el investigador va entrando en una dimensión ajena hasta que llega a respirar a través del hálito de aquella persona a la que estudia, a ver desde esos ojos, a habitar sus rincones preferidos, a caminar a su compás hasta sentir la esperanza o la congoja de ese mundo interior, que pasa a ser un poco el suyo, con el que de todos modos no se mimetiza.

El lugar de trabajo de Franzot es suavemente ondulado. Lo pensó como un universo sin aristas cortantes. Es donde pasa largas horas de la jornada, donde los días se hacen semanas y los meses vuelven fecundos los calendarios. Una patria sin violencia. Lo hizo a su medida. Los puntos cardinales de las inquietudes determinan el cambio y duración de las estaciones.
De la cima de unas lomadas chatas, se deslizan comunidades de libros por género y por orden alfabético. Leer, subrayar, transcribir, cruzar textos hasta que surja una escritura propia significa también emprender un esfuerzo de pendientes poco pronunciadas, aunque desgastantes. Esos accidentes lectores facilitan el escurrimiento de aguas parlanchinas donde la creación se desentraña. Así los cursos de la docencia y la crítica van confluyendo hacia pequeños arroyos y cañadas en las que la vegetación se despliega en la forma de libros abiertos o cerrados con señalador, pero dispuestos al diálogo.
“Cuando leí a Alfaro por primera vez era una adolescente. Estaba en esa etapa de descubrimientos fascinantes de autores, obras, estilos. Leía mucho, variado, desordenado… buscaba. Es ese momento de muchos adolescentes lectores de mi generación, (y otras, claro) que veíamos en Girondo toda la irreverencia vanguardista; en el Benedetti combativo, la posibilidad de decir lo necesario a través de la escritura; en Pizarnik la potencia implosiva de una poesía enorme en pequeños versos. En esos caminos, recuerdo muy claramente, ocurrió mi encuentro con dos poemarios que me hicieron sentir orgullosa de ser entrerriana igual que sus autores. Uno fue El cielo se tragó las estrellas, de Gloria Montoya de Daneri, su poesía comprometida y profunda me ponía piel de gallina, conectaba con mi parte más contestataria. Recuerdo unos versos todavía: “los ríos no serán verde-azul/si escapa la esperanza/ni el verdor reflejará en las aguas/serán un cálido boyar de rosas amputadas”. Tremendo. El otro libro que me abrió ventanitas estéticas fue, justamente, Cauce, de Juan Manuel Alfaro. En las palabras preliminares que escribí para la edición de Plena Palabra, próxima a salir de la mano de la editorial Oyé Ndén, narro justamente ese primer momento que inauguró mi amor por toda su poesía. Fue un hallazgo azaroso. Me gusta pensar que Cauce saltó hasta mis manos ansiosas mientras revolvía la biblioteca de mi casa. Es curioso cómo recuerdo el encuentro con ese libro; después de tantísimas lecturas, ese instante permanece intacto en mi memoria. Con el tiempo, me fui reuniendo con tantos otros entrerrianos y entrerrianas que me confirmaron que en esta provincia la literatura es exquisita. Y ahora vuelvo a Alfaro con la misma emoción con que leí aquellos primeros versos”.
En estos días destemplados, Franzot ha regresado a su casa esquivando chaparrones, deseando ser una lectora sentada en el sillón, frente a la estufa. Y al estar allí, se preguntó sin aguardar respuesta cuánto faltará para que los altos árboles del fondo, cerca de la huerta, lancen brotes y ramas hasta que la brisa y la sombra vuelvan agradablemente verde la lectura veraniega. “La obra de Alfaro siempre estuvo cerca. Hace algunos años, empecé a imaginar la edición de sus libros como una Obra Completa. Es un deseo que conservo, lo confieso. Veo en su trabajo una línea y una coherencia estética que merece una edición cuidada y amorosa. Pero, sobre todo, me gustaría que empiece a leerse seriamente, de forma crítica. Por eso, hace un tiempo, volví a leerlo teniendo a mano una obra ya desarrollada, y claro, con una mirada mucho menos inocente, para encontrar así algunas líneas de lectura, sobre todo para su poesía. Por suerte, Nicolás Darchez coincidió en la valoración de la obra de Juan Manuel y decidió reeditar parte importantísima de su trabajo que ya no estaba disponible para el público lector. Las nuevas ediciones siempre movilizan las cosas: más personas pueden acceder a los textos y pensar también alternativas de lectura, lo que sin duda favorece la difusión y amplía enormemente las posibilidades de llegar al autor”.
La biblioteca de Franzot es modular. Sus costuras permanecen invisibles, como en toda buena literatura. Desplegada desde un rincón, los muebles forman una L. Desde lo alto domina la escena un Juanele enmarcado, obra del artista plástico Gito Petersen. La ilustración no parece decidirse. Intuye que por aquí deben estar los libros de literatura argentina y latinoamericana. Sospecha que más allá, podrían ubicarse los de autores entrerrianos. Apuesta a que el estante menos ordenado es el de la poesía, un poco porque es una lectura en cierta medida al paso y otro porque es un género en el que las publicaciones de autor son más frecuentes y conviven con ediciones de gala y hasta con fanzines, lo que deriva en tamaños de una marcada irregularidad que al ojo apurado genera una impresión caótica. Gracias a ese sentido arqueológico de su propietaria hay un fornido renglón dedicado a Alfaro. “No tuve la suerte de conocerlo en persona, pero sí conversamos mucho intercambiando mensajes. Pude comprobar en esas charlas que Juan Manuel tenía metáforas en el lugar del alma. Él veía y contaba las cosas así, con mirada poética, como si la escritura fuera su forma de estar en este mundo. Fue hermoso poder hablar con él de la vida y de la poesía como si no hiciera falta separar una cosa de la otra. Con respecto a su obra poética, creo que encontró la manera de arraigarse fuerte a su origen (en el sentido más profundo de esa palabra) y que lo hizo sin limitarse, sin aferrarse a los lugares comunes de la tradición. Exploró en libertad que es la única forma de dar vida a la poesía, y realizó un trabajo muy fino para que sus versos sonaran cercanos, lejos de oropeles y ornamentos. No sé si es posible arraigarse y volar al mismo tiempo, pero si alguien lo logró es, sin duda alguna, Juan Manuel Alfaro”.
El afiche de inauguración en 1999 del Centro Cultural Juan L. Ortiz, que ilustrara Petersen, no es el único objeto extranjero en aquella comunidad libresca que Franzot diseñó con arácnida laboriosidad, como quien construye el mundo que ama antes incluso de caer en la cuenta. Hay muñecos sentados a un abismo de estante, cámaras fotográficas que registraron modas de distintas épocas y un poster cuya autoría no se advierte, en la que se retrató a la artista norteamericana Patti Smith. “No puedo recomendar un libro para empezar, yo misma arranqué por azar, sin guía ni patrón y acá estoy muchísimos años después trabajando en su poesía. Creo que cada lector encuentra sus caminos; pero sí me animo a invitar a indagar no solo en su obra poética, sino también en su narrativa que es impresionante. Podría incluso pecar de subjetividad y decir que para mí los libros más hermosos son Plena Palabra, Las borrajas azules, y La dama con el unicornio, pero eso es muy, muy personal. La literatura puede ser buena de muchas formas, pero la manera en que resuena en cada uno de los lectores, es única y a veces misteriosa. Por todo eso, es tan importante que existan editoriales dispuestas a trabajar por la difusión de nuestros autores y de nuestras autoras. Es la única forma en que podamos construir de manera cabal el panorama de nuestras letras. Por eso hay que apostar, sostener, valorar a quienes deciden hacer libros, publicar literatura, porque, de lo contrario, el paisaje literario de la provincia estaría recortado, incompleto. Afortunadamente, en palabras de Juan Manuel, La poesía da que hablar /y allá en lo alto, /en la colina milenaria, /aviva un fuego en guardia/ para que el hombre/pueda sortear los precipicios sucesivos/y reconocer sus propios pasos/en los remansos del misterio.”

Episodio dos: El periodismo
Los folios transparentes de unas carpetas con tapas verdes atesoran recortes en los que Juan Manuel Alfaro es protagonista de distintas notas de prensa. Algunas piezas son de volumen; otras, más informativas, breves; las hay en solitario y compartidas con otros escritores. Recorrer esa galería de novedades, advertir cómo se amarillean los años de lo evocado produce nostalgia por una época que simula desvanecerse de forma lenta, algo sanguinaria, irremediable.
Esos artesanales archivadores quedaron en poder de Magali, su esposa, para quien el poeta es una ausencia sensible. De alguna manera, el repaso de esos contenidos periodísticos permite aproximarse a los últimos años de la trayectoria de Alfaro, pero también es la evidencia de una preocupación del artista por buscar todos los caminos disponibles para difundir el fruto de su escritura.
Según este reservorio de artículos, quien más veces lo entrevistó fue Carlos Marín, de amplia experiencia en el periodismo cultural de la región. Sin estar al tanto del detalle estadístico, Marín se encuentra, en Paraná, ante el mismo panorama con que se toparon Darchez en Gualeguaychú y Franzot en Maciá.
El rincón de libros de Alfaro en su biblioteca le dispara sensaciones singulares a Marín. No piensa en leerlo hacia adentro, como parte de un viaje interior. Por un instante, se le disipan los límites del aquí y ahora. La imaginación toma vuelo, Marín ensaya una tenue sonrisa y queda maravillado por lo que devuelve un proyector de cine íntimo, espiritual, sibilino y encantador. Se ve en una sobremesa, entre familiares y amigos, diciendo a viva voz poemas de Alfaro; luego, escuchando a otros leer sus cuentos. Entonces, Marín recuerda que el guitarrista Ernesto Méndez contó alguna vez que cuando Alfaro lo visitaba en Oro Verde, podía variar el menú y las razones del brindis, pero no la sobremesa siempre habitada de canciones y poemas recitados. Nuevamente, quedó suspenso. Ante el hogar de los libros, la dimensión en que cielos e infiernos se encuentran más cerca de la tierra, Marín vio transformar su paraíso lector en una casiopea del sur: Gualeguaychú, Maciá, Paraná, Oro Verde y Nogoyá, en cada una de sus puntas, fulgura un delirio de rimas y personajes familiares.
Tomó los libros de Alfaro en dos, tres viajes; los desplegó sobre la mesa que había liberado del trabajo de docente universitario y, con honorable aceptación, el entrevistador se dispuso a ser entrevistado.

–¿Recordás cómo te juntaste con el primer libro de Alfaro?
–Desde mi infancia me reconozco como lector. He hallado en los libros compañeros fieles del viaje existencial. Han estado a mi lado desde la niñez. Por lo tanto, he buscado, he tratado de encontrarme con ellos en repositorios, en bibliotecas de mi casa, de mis abuelos, de familiares y amigos, de conocidos.
El primer libro de Alfaro al que me acerqué en la primera mitad de la década de los 90s, fue en una biblioteca pública, por la conversación y las sugerencias de otros calificados lectores.
En primer lugar, por las referencias de otro gran poeta entrerriano, Miguel Ángel Frederik, al cual conocí en Villaguay en 1993 cuando trabajaba en el diario El Pueblo, de esa ciudad. A partir de esa referencia, se acrecentó mi curiosidad por la poesía entrerriana. Ya instalado nuevamente en Paraná -donde nací- me vinculé con la Editorial de Entre Ríos, por la tarea periodística. Así conocí a Marta Zamarripa, quien también vuelve a mencionarlo -junto a otra serie de nombres- como voz del panorama lírico entrerriano. Finalmente, tengo que reconocer también la referencia de la licenciada Graciela Álvarez, docente de literatura, que se manifestó en elogiosos términos hacia el poeta.
Las referencias de esas tres fuentes me impulsaron a la biblioteca. Y en ese afán por conocer poesía de entrerrianos y entrerrianas, poetas de la provincia, me topo en primer lugar con La piedra azul, que se había publicado en 1991. Esa fue entonces la puerta de ingreso a su obra.
El encuentro fue como un fogonazo a primera lectura. Fulminante por el modo de decir, por la temática, por el modo sutil de respirar el verso, que me resultó muy cercana. También por la manera en que desplegaba los temas que abordaba. Me sentí de inmediato muy ligado, muy próximo a ese modo de tratar la palabra con ternura. Y de trabajar los distintos aspectos de un poema, como son la métrica, el ritmo, la rima, la estructura.
–¿Cómo siguió el diálogo con su obra?
–A partir de ese momento, el diálogo con su obra si bien tuvo sus intermitencias, ya no volvió a interrumpirse. Aquel contacto inicial como lector fue lo suficientemente potente para sostener la conexión posteriormente. Eso me impulsó a buscar otros poemas de su autoría más allá de los que estaban contenidos en La piedra azul. Sostener el diálogo no fue sencillo, ya que había un par de trabajos anteriores, La luz vivida, de 1981, y Cauce, inhallables en librerías. Por referencia de amigos, colegas del periodismo, otros escritores, me enteré que circulaban algunos poemas que Alfaro a veces leía muy, muy de tanto en tanto, en algunos encuentros. Y que parte de su producción circulaba tipeada en máquinas de escribir por él mismo o quienes apreciaban su poesía. Acaso de manuscritos que él compartía, en ocasiones, en lecturas públicas en el marco de alguna eventual actividad literaria o cultural.
De manera que para conocer más de la obra el camino más directo era acercarse personalmente y tratar de asistir a alguna actividad pública en la que participara el poeta que, quizás, leyese alguno de sus poemas.
Por eso digo que fue un diálogo con intermitencias pero que se ha sostenido en el tiempo.
Eso hizo que mi vínculo con la obra de Alfaro, de alguna manera creciera en profundidad y en intimidad. En la medida en que uno amplía su horizonte de lecturas, crece y avanza en años, al mismo tiempo amplía su perspectiva. El tiempo hizo que me reencontrara en su poesía con cuestiones propias de mi niñez, que tienen mucha relación con esa infancia que tantas personas hemos compartido en una localidad de nuestra provincia, pueblos y pequeñas comunidades que aparecen registradas en la obra de Alfaro, en su paisaje, en sus costumbres, en sus tipos humanos, en su dinámica y hábitos cotidianos.
De modo que ese diálogo fue creciendo, y se tornó incluso más fluido. Cada tanto regreso a alguno de sus textos que me parecen gemas hermosas; entre otras cosas, por la luminosidad que adquiere en su tratamiento la palabra.

–¿Lo conociste personalmente?
–Tuve el privilegio de conocer a Juan Manuel Alfaro personalmente, sí. Y de rozar apenas la intimidad de su contexto familiar. Por ejemplo, conocer a su esposa, Magali, a sus hijos, en especial a Aparicio, que es pianista, docente e investigador. En mi percepción, el poeta fue alguien que estuvo muy apegado a su familia y un padre presente.
Conocerlo en persona fue una revelación. Porque cuando uno lee, y se acerca a la poesía y al trabajo de quienes la escriben a través de los textos publicados, hace una construcción fantástica de un perfil de lo que puede ser el autor. En este caso, el hecho de acceder a la persona de carne y hueso, conversar con ella y compartir momentos, me permitió establecer un contacto real, alejado de toda pose o idealización del lugar del poeta, que creo que era una cosa con la que Alfaro no acordaba en absoluto.
Resultó hermosa sorpresa conocer a Alfaro y descubrir que era un ser humano mucho más cercano, próximo y abordable de lo que uno hubiese supuesto a priori. Debo aclarar que no tuve el privilegio de gozar de su amistad. No fui su amigo, que es una palabra muy grande. Pero sí lo conocí en mi desempeño periodístico, que me llevó a vincularme con él. Y puedo asegurar que encontré desde el primer momento una persona muy dispuesta y generosa.
Alfaro era una persona afable, por momentos de un temperamento quizá pausado y hasta reservado; era una persona de charlar y medir las palabras, de pensar lo que estaba diciendo. Es decir, era necesario ser un interlocutor avispado, formado, curioso y respetuoso. Alfaro sabía reconocer en el otro la calidad como interlocutor. En ese sentido, si descubría en esa persona alguien atento, sensible, cultivado o empapado en la temática de la que se hablaba, era generoso. Además de charlas y entrevistas mantuve también algunos encuentros en un taller de escritura y lectura que él coordinó y al que asistimos junto a Rolando Vitas y Guillermina Brasseur -entre otros- que resultó una experiencia hermosa.
Subrayo que era un ser muy afable. Y ajeno al boato, a todo lo que es la espectacularización de la literatura y el lugar del escritor. Lejos estaba de la idea de estrellato, del divismo. Él se ubicaba en las antípodas. Le gustaba encontrarse con sus amigos, con conocidos, con gente de distintas edades, incluso jóvenes y adolescentes para celebrar la poesía y la literatura.
Esos son aspectos que me quedan de su faceta humana. Y agrego que durante muchos años fue empleado bancario. Pero luego, en la década del 90, al cerrar la entidad en que trabajaba, concluyó el profesorado de Castellano, Literatura y Latín, en el entonces Instituto Superior del Profesorado. Fue así que ejerció como docente en escuelas secundarias de Paraná. Puedo decir -y lo corroboré en conversaciones que mantuvimos- que realmente, fue en esa tarea que pudo explorar e incluso regocijarse con esa faceta de encuentro, sobre todo con los adolescentes. Con las personas más jóvenes pudo dar cauce a su inquietud de formar lectores y de transmitirles su pasión por la literatura y la poesía. Y de redescubrirse él mismo como un apasionado por las letras en esos estudiantes.
Para cerrar este perfil en cuanto a mi mirada sobre Alfaro en su faceta humana, quiero resaltar que fue alguien con convicciones; una persona centrada en certezas -incluso desde el punto de vista político- que sostuvo con coherencia en el transcurso de su vida.
–¿Cómo caracterizarías su obra?
–Es la de un hombre que fue fiel a su destino, retomando el nombre de un poema de Jorge Enrique Martí. También, parafraseando a Yupanqui, fue fiel al destino del canto. Lo animaba esa idea de reconocer esa misión existencial, inscripta en la propia persona, asumirla, aceptarla, darle cauce, darle voz, y comprometerse con esa responsabilidad.
La caracterizaría también, desde el punto de vista literario, como la obra de un poeta y calificado lector que fue leal al norte luminoso de la palabra. Y que para ello trabajó con esmero, dedicación, continuidad. Una obra enfocada, por supuesto, en algunos temas, como el pueblo, los personajes de infancia, el ambiente familiar, el paisaje barrial y pueblerino. Es una obra que pinta a una provincia y a un tiempo y espacio determinado. Desde lo formal, diría que Alfaro, que fue un gran sonetista, dominó la forma, de manera muy solvente. También incursionó en otros modos de entender la poesía; de trabajar con el verso más libre con maestría.
Su obra responde a aquella frase: Pinta tu aldea y serás universal. Tiene ese valor. Su poesía se eleva muy por encima de un pintoresquismo ramplón. Su poesía propone una mirada muy delicada, muy afinada, sobre cuestiones vinculadas a la provincia: una biografía que sintetiza la de miles de entrerrianos, las cosas que le pasan a la gente de la provincia, que expresa al paisaje. Cuestiones que son elevadas, jerarquizadas a través de la palabra y del trabajo con ella. Y que por esa vía alcanzan una estatura, un rango universal.

–¿Qué rupturas y continuidades plantea la obra de Alfaro con las generaciones anteriores?
–Alfaro tuvo como mentor y como referente en la poesía a Carlos Alberto Álvarez. Alfaro, muy joven, apenas terminada la adolescencia, se acerca a Álvarez cuando viene a hacer la conscripción en Paraná. Álvarez ya era un poeta de fuste, reconocido en círculos literarios. Alfaro se formó bajo esa influencia que, de alguna manera, le brindó pautas a ese escritor que estaba dando sus primeros pasos. Álvarez fue un referente que le indicó el camino del trabajo riguroso y continuo en la escritura, del trato delicado de la palabra y del dominio sobre las formas. En ese sentido, hay allí un eslabón que enlaza a Alfaro con las generaciones anteriores del sistema literario entrerriano. Me refiero a una generación posterior a la del 40. También abrevó en la tradición poética hispánica. Y en el encuentro con una generación de la vertiente de la poesía popular, que tuvo su referencia en Marcelino Román, con el cual también hay puntos de encuentro.
–¿En qué abre un camino propio?
–Diría que la singularidad que aporta Alfaro es ser, justamente, leal a su voz, que lo impulsa a escribir y a sostener el camino del poeta. Y su fidelidad a temas que están vinculados al pueblo, a la comarca, a una mirada teñida por la ternura sobre el paisaje entrerriano, la vida de sus coprovincianos, las circunstancias que les toca vivir. Y también sobre sus propios recuerdos lo que le permitió dejar constancia de un tiempo, de un lugar.
Por otro lado, sostiene su propia voz, un modo particular de la expresión poética en un contexto en el que la irrupción de muchos jóvenes, se hizo desde un espacio de ruptura con lo anterior; jóvenes que iban hacia otro lugar, otras temáticas, con otras búsquedas y con enfoques sobre temas disruptivos más ligados a zonas opacas de lo social y de los sujetos individuales y colectivos.
– ¿Por dónde empezar a conocer al autor, y a transitar su obra?
–En principio sugeriría Plena Palabra, poemario que recibió el Premio Literario Fray Mocho, de poesía, en 2002. Ese trabajo contiene las claves relevantes de lo que es la obra poética de Juan Manuel Alfaro. Están los temas, el tono, las formas, el modo de tratar la palabra, de decir.
Y en un segundo momento recomendaría también La dama con el unicornio, otro de sus libros, distinguido en 1998 con el premio Fray Mocho, en género cuento y reeditado en 2012. En este caso, se trata de prosa. En esas páginas, se puede apreciar su solidez como narrador.

Episodio tres: El autor
El 1 de mayo de 2016, el sitio Análisis Digital publicó una Crónica en claroscuro, cuyo autor es Guillermo Alfieri. Podría no estar firmada y, sin embargo, un buen número de lectores de esos años identificaría la caligrafía del periodista y docente. “Cuando los buenos se aúnan, no hay obra que falle”, prologa. “Juan Manuel Alfaro es, esencialmente, poeta. Gito Petersen es artista plástico, popular por sus inefables caricaturas. Hace rato que mutuamente se buscan y participan en el universo cultural de Entre Ríos. La confluencia tuvo soporte en 2010 y 2011. La revista Barriletes difundió una serie de notas de Alfaro, dignas de una galería de poetas señeros, reforzada por dibujos realizados por Petersen”, describe Alfieri, amigo de ambos.
La nota de prensa continuaba, más allá de que él se quedó pensando en la frase de arranque. No era sólo informativa o de color; también desplegaba una serie de conceptualizaciones propia de quien le ha bridado tiempo suficiente al estudio de aquello sobre lo que escribe. “Cada Barriletras, 18 en total, son posibles por la investigación, encarada desde la agradecida admiración por las maestras y maestros de la expresión poética, sin tranqueras sectarias, en variadas circunstancias y corrientes predominantes. Alfaro arma sus piezas con la información biográfica, el ensayo para el análisis y el color para dinamizar el texto. Petersen combina técnicas plásticas, con el respeto absoluto de los personajes, con las síntesis del sentido de las respectivas obras”.
Detuvo la lectura. Fue al diccionario y encontró que el verbo había sido bien elegido: unir, juntar, unificar o armonizar varias cosas o voluntades para un fin común. Se imaginó el proceso por el que dos apreciaciones empiezan a confluir en una idea compartida, lo que demanda una conciliación que parte del respeto al interlocutor. Volvió a la pieza. “La hemeroteca preserva a las Barriletras. El libro las ubica en circulación, por la feliz idea de ponerlas a consideración de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Paraná, en 2015. El juicio favorable derivó en la financiación, a través de Feicac. El jueves próximo será la fiesta, en la sede social de la Asociación Civil Barriletes. Cada compra colaborará con los proyectos comunitarios de la institución, que no se reserva los derechos de edición, para que los versos se expandan ilimitadamente. El diseño gráfico cautiva a primera vista. En el considerable tamaño de 30 cm. de alto por 21 de ancho, el dibujo muestra a Alfaro, Petersen, libros, el juguete volador y palabras que lo elevan al espacio”.
En realidad, era la polisémica expresión “los buenos” lo que le tironeaba la inquietud. ¿Al decidir incluirla, Alfieri destacaba las habilidades técnicas del dúo Alfaro-Petersen o se trataba más bien de una ponderación hacia algo o alguien que tiene la cualidad de la bondad? “Desde las 73 carillas, los protagonistas de la antología, reconocidos unos, ignorados otros, con coronación de coplas, saludarán a los asistentes por orden de aparición en las deliciosas Barriletras: Reinaldo Ros, P. Jacinto Zaragoza, Marcelino Román, José Eduardo Seri, Gloria Montoya, Rey Dardo Álvarez, Héctor Jorge Deut, Miguel Zurdo Martínez, Alfredo Martínez Howard, Luis Sadi Grosso, Guillermo Saraví, Luis Alberto Ruiz, Gaspar L. Benavento, Carlos Alberto Álvarez, Evaristo Carriego y Antonio Rubén Turi”.
Qué buen comienzo, pensó. “Cuando los buenos se aúnan, no hay obra que falle” es también la exposición de una especie de condición de posibilidad; la indicación de que existe un secreto para que algo prospere, no siempre adecuadamente valorado.
Así como lo hizo Alfieri con una de sus crónicas en claroscuro, hubo otros que interactuaron con la vida y obra de Alfaro. Ya se mencionó a Marín. Se puede completar el listado con Horacio Lapunzina, Silvia Storani o Kevin Jones. Gracias a sus intervenciones publicadas, puede imaginarse una entrevista en la que Alfaro pensara, sintiera y opinara en primera persona.
–¿Cómo nació el interés por lo literario?
–Desde muy chico. Me hacía feliz leer revistas de historietas: Paturuzú, Capicúa, Piantadino, El Tony, Fantasía, D’Artagnan. Mis siestas en aquellos veranos estaban llenas de estas revistas. Casi naturalmente, fui dejando los dibujitos para pasar a textos de mayor aliento.
Lo primero que escribí fue poesía. Tendría 13 años, sobre el final del primer año de la Secundaria. Fue un hecho fortuito y misterioso. En la Nogoyá de aquellos tiempos, cuando llovía, la maestra nos daba algún tema para escribir. Y allí descubrí que tenía una veta diferente a la escritura tradicional de la escuela.
Yo creo que el vínculo de la infancia con la poesía es natural, absolutamente natural. En Plena palabra cuento, en un poema, que un día iba caminando con mi hija y acá a la vuelta había una florcita silvestre, se la muestro, ella se acerca, la huele y dice “tiene un perfume transparente” o “un olor transparente”. Después, a esa misma expresión, la leí con el tiempo en Vicente Aleixandre. Es decir, un niño de jardín de infantes y el Premio Nobel habían tenido la misma percepción de una flor. En la infancia, la percepción es natural. No existe la diferenciación, tal vez, entre lo real y lo mágico.
–¿Qué hubo después de las historietas?
–El gran encuentro mío con el mundo del libro fue en la Biblioteca Popular de Nogoyá. Sus anaqueles fueron un paraíso, siguiendo a Borges. Allí, muy desordenadamente, me encontré con los grandes. Leía todo lo que caía a mis manos. Y toda la poesía que podía.
El encuentro con las voces entrerrianas fue posterior. El primer poeta local que conocí fue Marcelino Román, en mi primera adolescencia, cuando recién empezaba a escribir. Fue casi un gesto de reciprocidad porque Marcelino, desde la página que dirigía en El Diario de Paraná, publicaba a noveles escritores y, entre ellos, a mí. Alguno habrá encontrado muy desparejo a ese espacio, pero para todos los que estábamos empezando era un espaldarazo. Era un gran aliento.
La posición insular de la provincia le ha dado sin dudas un matiz paisajístico a nuestro lenguaje. Yo continúo dentro de esa línea de la descripción del paisaje, aunque naturalmente con la sensibilidad de estos tiempos que corren. Trato de reflejar el mundo de todos los días con las palabras diarias procurando llevarlas a la plenitud expresiva que, obviamente, es siempre ilusoria porque el verbo definitivo y perdurable, aquel diáfano, cantante y sonante, se da pocas veces.
–¿Cuándo te percibiste escritor?
–Empecé a considerarme escritor antes de publicar mi primer libro. Supuestamente conocía en plenitud mis poemas, juzgaba felices ciertos hallazgos, algunas expresiones me parecían maduras. Pero al ver mi primer libro impreso, inmediatamente después de disfrutar el olor de la tinta, se produjo un hecho en cierto modo insólito: misteriosamente los textos eran otros, no digo desconocidos, pero sí diferentes. Tenían sus blancos, su aire y las costuras y rengueras eran mucho más visibles. Lo que había pasado es que había tomado distancia de los poemas. Y la lectura ya no era la misma.
Creo que uno realmente se asume como escritor cuando es capaz de tomarle distancia a la exaltación, al apasionamiento del instante creador y puede ejercer su conciencia crítica sobre el texto, que no es otra cosa que la conciencia del oficio y la concepción que se tenga de la literatura. Por ello creo, también, que la asunción es progresiva y se va dando en la medida en que se estrecha la vinculación del escribiente con su propia escritura, y se producen las complicidades y las mutuas desconfianzas. De común acuerdo, podría decirse, se apaña o se descarta un texto.
Creo que el gran trabajo del poeta es que no se vea su trabajo. Debe ser un oficio invisible enfocado en que no se noten las costuras: en la mesa de madera está el árbol, pero no se lo debe ver.
–¿Recordás el impacto del primer libro publicado?
–Fue Cauce, en 1979. Tenía no más de 24 años. Ya había destruido muchos cuadernos y creía que los poemas salvados tenían algún valor. Algunos de esos poemas habían sido premiados en concursos y publicados en periódicos o eran conocidos en el ambiente literario de la ciudad y de otros pueblos de la provincia. En cierto modo, ya estaba presentado como poeta en los círculos literarios locales porque había leído poemas, participado de antologías orales y cosas así. No obstante, sentí, entonces, que el libro me certificaba. La experiencia de la obra impresa es inigualable.
–¿La idea de libro ordena la producción o es al revés?
–Nunca pienso que escribo un libro. Escribo poemas y cuentos. En el momento de escribirlos sólo ellos existen. Son únicos, por así decirlo. Después ellos mismos se buscan, se vinculan, se hermanan, lucen sus afinidades y hasta sus comuniones. Así, en el momento de decidir su publicación, bueno, están juntos, son amantes felices o buenos amigos, lo suficiente al menos como para que no haya discordias, digamos, que se soporten.
Creo que soy un escritor de corto aliento. Mis intentos de escribir novelas siempre han fracasado. Soy de poemas cortos y cuentos breves. Busco la concentración de la expresión.
Trabajo mucho los textos, disfruto de corregirlos y leerlos, para luego someterlos a lo que llamo “el juicio de los cajones”: los dejo un tiempo para luego volverlos a leer con cierta distancia. Machado decía que se crea por inspiración y se corrige por razón.
A mí me interesan mucho los giros populares, la reelaboración del lenguaje partiendo de esos mismos giros. Recuerdo ciertas expresiones de mis padres -campesinos ellos- que estaban entre la magia y la poesía. No rompan la escarcha que va a soplar viento, decía mi madre. Hay que tener en cuenta que el castellano antiguo se ha mantenido en el interior del país y en las poblaciones rurales. Por suerte cambió el concepto de cultura y hoy podemos valorar la cultura diferente que anima a las personas que viven en la isla o el campo.
Mi madre apenas fue a la escuela: era del campo, estuvo unos poquitos días en la escuela y se volvió caminando a su casa, cuatro leguas caminando sola, solita… Pero estaba llena de frases mágicas. Las palabras en ella tenían mucha vida. Eran muy fuertes.

–¿Cómo te llevás con la idea del compromiso social del poeta?
–Nací a la poesía en los años ’70. En esa época, el canto de proyección folklórica estaba cargado de referencias al compromiso social. Eso provocó un efecto en mí. En esos años fui un militante de la cultura. Integraba el grupo Trova, conformado por jóvenes audaces e idealistas, que trabajaba en política cultural.
–¿Qué hacían?
–Éramos gestores culturales. Logramos llevar a Nogoyá a figuras tales como Mercedes Sosa. César Isella, Los Trovadores y Hamlet Lima Quintana. Cito sólo a algunos. Nos manejábamos con casi nada de dinero, pero con una audacia y un entusiasmo encomiable. Por esa época, en lo netamente escritural, sentía que debía existir el mentado compromiso social del poeta, que debía reflejarse en su obra.
Con los años sentí que no era tan así, que el compromiso más profundo de mi parte estaba con la creación, que no puede estar limitada por una intencionalidad social. Creo que la libertad es el mayor don de la creación artística; por lo tanto, es mejor si el artista no se limita por nada.
Una anécdota puede servir. Cuando tenía veinte años, unos amigos de Paraná se aparecieron por Nogoyá y me llevaron En el aura del sauce, de Juan L. Ortiz. Creo que no estaba preparado para leerlo. En ese momento de la historia política del país, y de nuestra edad, quienes leíamos poesía, leíamos a Neruda, a Tejada Gómez, leíamos a los poetas del cancionero. Quizás uno de los más importantes que yo leía en ese tiempo –o que fue más importante para mí- fue Manuel J. Castilla. Pero estábamos inmersos, digo en mi caso, por lo menos, estábamos inmersos en eso de las imágenes ampulosas de estos poetas (de Tejada, de Neruda) y entonces, tal vez, a la sutileza y la profundidad de Juanele, en un primer momento, no las percibí.
–Lo nombraste como Juanele…
–Para nosotros era Juan o Juancito. La gente de la provincia de Santa Fe que venía a visitarlo le puso Juanele. Y así quedó.
En los años ’77 y ’78 lo pude conocer. Lo vi tres veces en su casa. Pude visitarlo con amigos que me llevaron a presenciarlo. Porque ir a estar con Juanele, en esos momentos, era ir a verlo: cómo tomaba mate, en su mate de guampa, con una bombilla larga y finita, mates fríos, lavados; cómo armaba los cigarrillos y estaba ahí, en un permanente cantito, y por ahí hablaba, por ahí se quedaba en silencio.
Asistimos a esos momentos de la figura de Juanele. A su imagen. La lectura de él empieza, va a empezar, para mí, en el ’78. Empiezo a leerlo. Empiezo esa lectura interminable que uno tiene de Juanele, porque si hay alguien que es absolutamente interminable es él: un poeta que creó un mundo, un mundo que, en cierto modo, continúa haciéndose. Todos los poetas podemos escribir un poema considerable, un buen poema, pero escribir un mundo es para muy pocos.
Esas experiencias, las “visitas” a Juanele, luego pasarían a ser un poema (de Plena palabra), que habla de que casi todos recordamos haber ido a visitarlo alguna vez. Se creó ese mito. Todos lo vimos. Todos lo visitamos. Todos lo escuchamos. Juanele fue, no sé si queriéndolo o no, un sabio. Publicó sus primeros libros por insistencias de amigos. Después no publicó más, se quedó en su diálogo con la poesía. Y luego vino, sí, en los años setenta, el “descubrimiento” de su poesía.
–¿Te sentís un creador disciplinado?
–No tengo la disciplina de otros autores, pero sí sostengo un compromiso constante. La poesía no es en mi caso un hábito menor. No es un decoro del ocio, una actividad para cultivar el espíritu o el intelecto. No es algo que está para los días feriados o las vacaciones.
Esta constancia me da la posibilidad de llegar a algo en esa búsqueda interminable que mantengo. Una búsqueda sin recetas y con un final que es incierto, lo que vuelve maravilloso el proceso de creación.
En ese contexto, hay que dejar descansar los materiales. Cuando uno cierra algo, por lo general vive dos o tres días de júbilo y cree que ha llegado a un punto alto. Pero es el tiempo el que dice si eso va a sobrevivir.
–¿Es solitario el oficio del escritor?
–Al menos en mi caso, el acto de creación se produce en soledad. No puedo escribir si no estoy solo físicamente, aunque espiritualmente esté muy acompañado. Necesito un espacio de tranquilidad, de recogimiento. Hay que tomarse un tiempo de preparación antes de dedicarse a escribir.
Si bien no tengo un sistema de trabajo estricto, con horarios, necesito de la soledad para estar con ese universo que está en nosotros y que después se transformará en algo nuevo. Después de todo, con las palabras de todos los días, uno crea lo que no está: inventa mundos.
–¿Cómo definirías la poesía?
–Coincido con la postura de Nicanor Parra. Él decía que la poesía es vida en palabras. Me parece una idea magnífica, por la amplitud que tiene.
Los poetas somos en cierto modo niños, en eso de tratar de ver las cosas, a veces, de lograr imágenes que parezcan nuevas, una mirada distinta que agregue algo al mundo. Que contribuya a que también los otros puedan ver, de otra manera, las cosas; el mundo.
–¿Por qué en tu escritura aparece con tanta fuerza el recuerdo?
–No es una cuestión deliberada. Está en mi naturaleza. Me gusta hablar de esos espacios en los que me crié. De todos modos, no es un registro histórico, preciso, sino atravesado por el estatuto literario.
Primero viví en el campo y, después, casi enseguida, en el pueblo, los suburbios del pueblo. Sin abandonarse nunca ni el uno, ni el otro. El campo y el pueblo son los dos espacios –y a veces se confunden- donde se desarrolla casi toda mi poesía y mi narrativa.
El campo tiene que ver, supongo, con que yo no alcancé a vivirlo plenamente. O, al menos, no llegué a tener los aprendizajes necesarios para ese mundo. En realidad, mis recuerdos del campo son pocos. Nosotros nos fuimos de Algarrobitos a Nogoyá cuando yo era muy chico, pero volví varios veranos al campo (cuando terminaban las clases nos íbamos allá). Y, entonces, muchas veces he pensado que el campo recordado es más un campo inventado.
También, creo que es una forma de recuperar. Tal vez he ido recobrando cosas olvidadas. Tal vez he inventado esos recuerdos, pero después me los he creído. He recobrado, quizás, cosas que nunca estuvieron en mí, que pertenecen a los otros, a mis hermanos, por ejemplo; pero ahora también son parte mía.
También del campo, de esas imágenes vividas en mis primeros años, y aunque no todas recordadas, como te decía, sí muy presentes en mí, en mi espíritu; de esas imágenes tal vez provenga mi vinculación, mi “inscripción” en la poética entrerriana, que se dio, naturalmente, antes de haber leído a los poetas entrerrianos-
En esa poética, tan vinculada, inmersa en el paisaje, con tanta significación del paisaje.
–¿Y qué pasa cuando la vuelta al pasado consiste en visitar textos tuyos del ayer?
–Yo me asombro, en cierto modo, de mis primeros poemas, ahora que los veo con años. De las palabras que usaba, de los elementos, de los ambientes; que no me haya dejado encantar por cosas extrañas o exóticas, sino que hablara de cosas cercanas, del mundo simple e inmediato.
Esa forma de ir recuperando el pasado, también es consecuencia de la búsqueda de una respuesta a la finitud. Uno se va refugiando en ciertas cosas, se va aferrando a ciertas cosas, porque el solo hecho del paso del tiempo implica la muerte, entonces mantener vivas determinadas cosas, tal vez, nos da una ilusión de permanencia. Pero todo esto sucede siempre en el terreno de lo no plenamente consciente, en territorios no claramente descifrables.
Cuando viajo al pasado tiendo a pensar que he escrito siempre más o menos de las mismas cosas, simples y pequeñas cosas. O, al menos, en su apariencia. Hablar del almacén de la tía Justa, por ejemplo, del camión del tío Juan Antonio, de las borrajas azules o de la casa y de la galería, de los vínculos familiares, no es hablar de “cosas trascendentes”; pero, también es posible que alguien sienta, por ejemplo, que en el almacén de la tía Justa también está presente el drama de la existencia. Y ya eso es otra historia. La cosa no es tan simple.
En La dama con el unicornio, tengo un cuento que se llama El tío Ángel. Un tío que efectivamente existió, pero no era ese que yo describo. Era un tío músico, pero no era ése. Ahora, después que yo escribí el tío Ángel, nadie me saca de la cabeza que el tío Ángel es el que está escrito. No es que yo quiera imponerme, es el Tío Ángel el que se impuso.
Creo que esos seres sobre los que he escrito son los menos sobresalientes de mi familia, la gente más humilde, más sencilla. Cuando me he dado cuenta de que lo he escrito sin querer, digo: qué bien, qué bien. Es una forma de ponerlos un poco más en el mundo, de que permanezca un poco más en el mundo. He escrito bastante de ellos. O de los vecinos. Tengo mucho escrito inédito que sigue hablando de esos mundos, de esa gente que, tal vez, ya no los recuerde nadie o muy poca gente. Es una manera de que sigan en el mundo.











