La señora curiosidad

29 agosto 2026 16 minutos
Víctor Fleitas

La profesora Griselda De Paoli es reconocida como docente y como investigadora de la historia regional. Pero sus búsquedas abarcan otras áreas de la cultura. Las artes visuales es uno de esos campos que sale a recorrer con candorosa dedicación, pero no el único: es ceramista, tejedora y artesana de la platería, oficio que la ha llevado a determinar la existencia de un estilo entrerriano dentro de este quehacer ancestral que integra lo bello a lo útil. Ese tejido de múltiples hebras le permite integrar lo aprendido en las actividades a estrategias para que circulen los legados comunes.

Es curioso que un saludo de tantos desde aquel amable portón de entrada pueda encender la mecha a lustros de evocaciones. Pero fue así. Con el hasta luego de esa mañana invernal, una especie cotidiana de eternidad sucumbió de improviso. Las raíces de lo inesperado conmovieron con su respiración serena la firmeza de las baldosas. El paso se volvió vacilante.
A veces, ese fogonazo sensorial también es huella de experiencias pasadas, un balbuceo enigmático que desafía la habilidad de descifrar, una breve vorágine dentro de un misterio doméstico que nadie pidió esclarecer.
El periodista llegó a su casa. Una agitación imperceptible acortó la distancia. Lo impulsaba una efervescente ansiedad. Fue directo a buscar el libro. En la primera página estaba todo dicho, de puño y letra. La revelación le hizo añicos una arraigada noción de ciclo. Se preguntó si es verdad que lo que vivimos forma parte de una percepción siempre a estrenar.
Ante el estante desordenado hizo una breve retrospectiva. Se vio realizando el viaje citadino de recién, pluridimensional, medido en cuadras con los dedos de las manos. Constante y sonante. Específico. En efecto, aferrado a un itinerario que le era familiar, había resuelto los dilemas del caminante por veredas y sendas peatonales; del peregrino existencial por vivencias ajenas, decodificables; y del entrevistador aficionado, al cruzar una y otra vez, de costa a costa, el testimonio grabado en su memoria, en la esperanza de hallar pasadizos de indómita certeza en la expresión de la entrevistada, Griselda Liliana De Paoli, que un rato antes lo despidió con un gesto cordial desde la puerta de su residencia, sobre calle San Luis.


El sendero recorrido fue una burbuja de tiempo que resistía los embates de lo conversado con la docente e investigadora de historia regional, platera y artista visual. Un tiempo adentro del tiempo. Con esfuerzo, ambas realidades convivían en una botella plástica lanzada al mar de cemento, sin rumbo fijo, sin ton ni son. El viejo seminario, el tajamar que se hizo plaza, el Círculo Católico de Obreros, la casona del Iosper, la Farmacia del Indio, la Escuela Normal, el Teatro, la estación de servicio esquinada y, antes de llegar al Club Cervantes, las sombras del tranvía yéndose a alborotar los suburbios, las vaporosas figuras de carteros entregando correspondencia postal, las tertulias familiares asomadas a balconcitos tímidos, el vocerío callejero de vendedores de productos frescos, el canto de la lluvia en viaje hacia una lejanía de arroyo y el viento de campanas hamacándose de un arrepentimiento tardío a otro.
Abrió entonces la computadora. Puede que no sea la única por estos paisajes de flora bravía y lomadas, pero Griselda De Paoli para esta ciudad es una loba que ha tomado a sus habitantes como manada. Maternal y aguerrida, viene velando por pretéritos rómulos y por remos venideros sin saber del todo si es dicha o infortunio lo que producirá esa hermandad. Desde esa filosofía de vida, se ha tomado el trabajo de recuperar aspectos persistentes de la Paraná que ya no es; ha participado de publicaciones que ponen en valor la trayectoria y quehacer de distintas instituciones y personalidades; se ha especializado en inspirar la memoria oral de los mayores; ha sido sostén de la revista científica Todo es Historia y del Gabinete de Arqueología y Etnografía de la Facultad de Humanidades de Uader, además de pertenecer a su Red de Museos Pedagógicos, colectivo que incluye a la Escuela Normal de Paraná. Es autora del libro Paraná, crisol de memorias; ya tiene listos los materiales para una segunda parte y de otra publicación sobre platería y plateros entrerrianos.
Este párrafo es muy largo, pensó. Se quedó ahí, varado en la indecisión. Buscaba otras estrategias para expresar que en la perspectiva de De Paoli la vida como experiencia individual y como expresión de conjunto puede abrirse paso ante las adversidades, aun ante las extremas; que hay una esencia por encima de los lazos primitivos que nos vuelve comunidad, y que la gramilla de la identidad colectiva debe regarse con paciencia para que desentone la ambición desmedida y la violencia fratricida, dos de los leños que hacen arder la cultura contemporánea. Con estos estímulos fue amamantando una cultura pacífica, de firmes convicciones, sin importar si las crías eran propias o ajenas.
Ausente de estas inquietudes, De Paoli sacaba fotos de la ciudad que ama. Luego seleccionará una que inspirará la danza de líneas y planos sobre el papel. Frente al equipo de música elegirá a Mark Knopfler esta vez, pero dejará a mano el disco de Ella Fitzgerald. En la iluminada mesa del comedor dispondrá la distancia justa para planetas y asteroides, nebulosas y agujeros negros que conformarán la galaxia en la que flotará hacia una profundidad de tintas. La zambullida la devolverá a las Griseldas que ha sido y es. No se sentirá sola en esa aventura expresiva.
Cerca de allí, el trabajador de prensa que hace un rato la entrevistó abrirá un libro que ella le regalara, tiempo atrás. No avanzará en la lectura. Quedará encandilado ante la primera página. Escrita con manuscrita letra docente, encontrará entre otras la palabra Gracias, un abrepuertas actitudinal que de diversas maneras utilizó De Paoli mientras la ceremonia periodística le proponía preguntas que ella convirtió en relatos sobre sus vidas, una a una.
Él también debía conformar una atmósfera productiva. Despejar la escena es un buen arranque. La computadora, el archivo de audio bajado, la memoria encendida. Mate, tres hojitas de burro y la hoja en blanco. Es hora de trabajar.

–Griselda, ¿sos de Paraná?
–Así es, muy de Paraná. Vivíamos en calle Rosario del Tala, entre San Juan y Corrientes hasta que tuve unos cuatro años. Era un barrio tranquilo. Después nos mudamos a calle 9 de Julio entre Gualeguaychú y Carbó; mis padres construyeron al lado de la casa de mis abuelos. Mi primaria la hice en la Escuela 25 de Mayo, a la vuelta de mi casa, no tenía ni que cruzar la calle. Era una época de zaguanes abiertos, con vecinos que golpeaban la puerta, se anunciaban y entraban.
Por la puerta de mi casa pasaba el tranvía cuesta arriba, pegadito a nuestra vereda. Nos pasaba cerquita. Es un recuerdo tan claro, que incluso tiene sonido, porque me acuerdo del chirrido que hacía en ocasiones. Anduve un par de veces, incluso: hasta el Cementerio fui una vez con mi abuela.
Cuando tenía unos 10 u 11 años nos mudamos a calle Italia, a una casa grande entre Paraguay y Montevideo. Como antes en calle 9 de Julio, conocíamos a todos nuestros vecinos y teníamos amigas y amigos de nuestra edad.
Ingresé a la Escuela Normal -cuando el ingreso se rendía- para ser Maestra, pero en el medio un gobierno militar decidió que no se necesitaban más Maestros Normales y salí con título de Bachiller pedagógico y sin cambiar de edificio entré al Instituto del Profesorado, hoy parte de la Facultad de Humanidades de Uader. Todavía ando por ese monumental edificio haciendo de guía para recorrerlo, de vez en cuando. Me recibí de Profesora de Historia, me casé y tengo dos hijos, el mayor es artista plástico y baterista y el más chico es traductor de inglés y guitarrista.

Cimientos

–¿Hubo influencia familiar en el despertar de tus inquietudes artísticas?
–Mi mamá era ama de casa. Escribía y lo hacía muy bien. Mi papá era piloto. Alguna vez pensé que yo también podía serlo.
Las artes estaban presentes en mi familia. De hecho, mi tío, Ricardo Del Valle, era un dibujante extraordinario. Mi abuelo hacía caricaturas muy buenas también: había estudiado por correspondencia, un método por el que el estudiante recibía de su maestro guías de estudio, libros y cuadernos impresos, por correo postal. Es probable que eso haya creado las condiciones porque me recuerdo observando el trabajo de ellos. Pero la verdad es que mi mamá nos impulsaba. Ella tenía una amiga, que vivía por 9 de Julio. Era la Chuca Comaleras, creo que fue la primera secretaria de la Escuela de Artes Visuales, no me acuerdo por qué primero fuimos a Teatro y Declamación con una de las propuestas para niños y las clases se daban en la actual Casa del PJ. Iba con mi hermana, teníamos 5 y 7 años. Chuca convenció a nuestra mamá para que fuéramos a la propuesta de arte y nos llevaba cuando teníamos clase. Era una introducción al lenguaje plástico: hacíamos dibujo, pintura, cerámica. Desde ahí me quedó dando vueltas la cuestión del trabajo con las manos, que me parece fascinante; y la atracción por la textura y la plasticidad o no de los materiales, que aún me atrapa. Después vino el interés por el color.

–¿Y qué hacías?
–Dibujaba, pintaba y trabajábamos con arcilla. Era un curso sui generis. Después se avanzó mucho en educación artística para las infancias; me refiero a su formalización. Lo que recuerdo es que no era una atmósfera institucionalizada, lo que marcaba una gran diferencia con la escuela, era un espacio menos estructurado. Un taller para familiarizarse con la expresión plástica.
Después he tenido experiencias no formales. Sueltas. Aparentemente inconexas. Hice un curso intensivo de cerámica de un año con el profesor D´Auría, que venía desde Santa Fe, de La Guardia y daba clases en el Centro de Viajantes. Un par de años después sobre manejo de resinas plásticas…

–¿Cómo?
–Ja. Tenía curiosidad. Es un elemento en transformación, que pasa del estado líquido al viscoso y luego al sólido, con aspecto plástico, en cuyo interín hay que darle la forma adecuada. Es fantástico.

–¿Dónde fue ese curso?
–En la Escuela Industrial. Todo el grupo de cursantes hicimos un casco de lancha esa vez, de muy buena factura. Yo a mi esposo, que era novio en ese momento, le hice una caña de pescar de fibra de vidrio, que todavía conserva. No sólo que no se ha roto y eso es muy bueno; destaco que fue un objeto funcional, lo que es espectacular y hoy lo veo desde la platería: la transformación del material y la producción no sólo de un objeto estéticamente bello, sino que cumpla una misión cierta. Te atrapa.

–¿Estudios más formales?
–Los de Historia del Arte dentro de la carrera de Historia, me fascinaron. La Señorita Ortíz con el Arte de la Antigüedad, Carmita Ríos fue fundamental en Historia Moderna y contemporánea, el Profesor Wirth con el arte griego y la Sra. de Kinen con Roma. En paralelo a que cursaba el profesorado, mis suegros estaban comprando los tomos de El universo de las formas, de editorial Aguilar, que me ayudaron a establecer marcos conceptuales e históricos a mis inquietudes. Esos libros hoy forman parte de la biblioteca familiar y me siguen sorprendiendo y no pierdo oportunidad de acercárselos a mis nietas.
Cuando miro hacia atrás veo que siempre, con ese eje que es la historia, me he acercado a muchas cosas, siguiendo ese interés que te decía antes, probando materiales: tallé madera, hice cerámica; hoy me encanta trabajar con porcelana fría. Me atrae producir piezas pequeñas, como las que les hice a mis nietas para decorar sus tortas.
Ahora, estudios sistemáticos en arte, no he hecho. Por eso, no sé si me puedo tomar el atrevimiento de considerarme una artista plástica; soy una persona curiosa de la plástica y los materiales más que nada, de las técnicas. A ese criterio que fui construyendo lo aplico cuando pinto, cuando cincelo algo en plata o cuando tallo un cristal. Es la aplicación de la misma inquietud. Varían los elementos y en consecuencia las técnicas.
A fines de los 80 tuve la fortuna de conocer a una persona que me mostró el arte desde otro punto de vista: Shosaku Saito San. Fue a partir de una posibilidad que brindó el Instituto Cultural y Económico Entrerriano Japonés, que funcionó por calle Alem, en distintas casas, entre finales de los 80s y finales de los 90s. Ahí, yo conocí y aprendí Sumi-e, una técnica de pintura monocromática con tinta negra que hunde sus raíces en el siglo XII, la aguada japonesa; mi marido estudió el idioma nipón y nuestros hijos hicieron kendo, un arte marcial derivado de las técnicas de combate de los samuráis.
Hice siete años de pintura japonesa. Fue una experiencia muy interesante. Movilizadora. Provocó un cambio enorme porque la perspectiva es muy diferente a la occidental.

Mundos paralelos

–¿Qué tan distinto?
–La principal diferencia es la concepción del espacio, la relación con la realidad y el objetivo de la representación. Vas de la mímesis a la aspiración de captar las esencias invisibles de los elementos. De aquella idea de que cuando pintás hay que cubrir todo con colores a la convicción de que pintar es significar el espacio blanco. En la cultura oriental el papel es la luz y pintas en colores, aún en blanco y negro.
A ese proceso lo continué mucho después con otra técnica, la acuarela, con una acuarelista notable, Elsa Bosco, casi 7 años pasé en su taller. Luego de una temporada de trabajo individual, me integré durante 3 años muy enriquecedores, al taller de Elina Caramella. Hoy, estoy tratando de seguir aprendiendo en el taller de Gigi Molteni, intentando incorporar un marco teórico a la práctica.
Lo que me gusta de los talleres es la dinámica grupal, los intercambios: siempre aparecen elementos de análisis nuevos en la mirada del otro. O en la propia visión, sobre la producción ajena.

–¿Qué pasó para que esa convivencia familiar de culturas tanas y teutonas se abriera a la japonesa?
–Es verdad, suena misterioso. Creo que somos una familia de curiosos. Para nosotros fue inolvidable. Detrás de la cultura japonesa hay toda una filosofía que pondera la calma, en la que el tiempo es algo cíclico, no lineal, lo que deviene en una rutina productiva distinta porque tenés que concebir completamente lo que querés hacer antes de apoyar el pincel. Los japoneses son ceremoniales y es en los rituales donde se constituye el sentido. Bueno, detrás de la preparación para pintar hay una especie de rito…

–¿Cómo es eso?
–Por caso, la tinta no viene en un frasco: hay que producirla. Para hacerla, recurrís a una barrita que se llama sumi, la frotás pacientemente en un recipiente de piedra plana que se denomina suzuri y preparás la tinta en estado líquido para la pintura (sumi-e) y la caligrafía (shodo). Cada detalle es importante. Seguir el protocolo es clave. Y así con todo. La tinta es un tesoro, lo mismo que los pinceles (fude) y el papel de arroz o papel washi.
Todos tenemos objetivos al pintar. La variante está en la actitud. En la cultura japonesa es esencial no dar la primera pincelada sin contar con una noción global de la obra, que no se construye en el afuera, trazo a trazo, como algo distinto del artista que va sucediendo, sino que se manifiesta primero en su interior.
A la primera clase que nos dio el maestro Saito debemos haber asistido entre 50 y 60 personas. Mucha gente. Él entró, saludó con la cabeza, reverencial y cortés, con una sonrisa. Cuando llegó al frente, puso un papel de estraza, de esos de almacén, un cuadrado de unos 50 cm de lado, sobre el pizarrón. Se dio vuelta, quedó de frente a nosotros y empezó a preparar la tinta. Humedeció el suzuri y raspó la barrita sin apuro en un entorno de producción absolutamente ordenado. Luego, embebió el pincel de una manera especial. Se dio vuelta y se paró ante el papel, mientras marcaba el ritmo pausado de la respiración. En un determinado momento, lanzó un latigazo de seda y dibujó un círculo perfecto, sin que el pincel dejara caer una sola gota. Sencillez y perfección.

–¿Y qué vieron ahí?
–Por un lado, nos mostró todo el procedimiento que culmina en un acto creativo. Por el otro, el valor de no agitarse en vano. La mayor parte de los asistentes estaba ansiosa, no entendían. El maestro no dijo nada, no presentó el curso con palabras impactantes. Nos enseñó que había que aprender a mirar. A la clase siguiente éramos menos de la mitad.
A ese paso, debimos acomodar nuestras expectativas porque cuando uno va a un taller quiere salir con una pintura. Y para él no era así. Saito nos tuvo meses haciendo palotes con el pincel, hasta que aprendimos a manejarlo y a cargarlo. Naturalmente, nos cultivó la paciencia, pero también nos introdujo en una forma de habitar el espacio y de relacionarnos con las herramientas y objetos.
En ese camino, dejaron otras personas y habremos quedado unos quince. Finalmente, fuimos menos aun los que llegamos a ver algo parecido a una obra. En mi caso, recién en los últimos dos años sentí que Saito empezó a enfocar lo que me enseñaba. Empezó a ser minucioso en sus intervenciones.
Un día empezó a traerme libros de exposiciones japonesas de la década del 30 y me proponía que intente reproducir una pequeña parcela de una obra cualquiera. “Esta parte”, me señalaba.
Luego, me enseñó a pintar sobre seda: a manipular los pigmentos minerales naturales, a integrarlos con las tintas y aplicarlos sobre un fino tejido de seda. El soporte ofrece una luminosidad fantástica, habilita las transparencias, aporta gran profundidad y permite delicados degradés.
Recién después de varios meses, un día, me trajo alternativas para que me hiciera un sello, que era como una habilitación para empezar a pintar en serio. Un detalle lindísimo. Todavía tengo, de su mano, el diseño de mi sello, en uno de esos papeles de estraza.

Puentes

–¿Ustedes sabían quién era Saito?
–Nos fuimos enterando de a poco. No era sencillo como ahora acceder a esa información. Y el maestro era reservado. En el trato fuimos conociéndolo. También a su familia, su historia.
Llegó al país en 1937. Sus biógrafos dirán que, entre Diamante y Paraná, este artista plástico y tintorero pasó gran parte de su vida activa en Entre Ríos. Era amigo de Juan L. Ortiz, a quien le ilustró algunos poemas. La bruma y la neblina de los paisajes fluviales, sobre todo los diamantinos, lo transportaban a su hogar natal. A esa atmósfera espiritual la retrató mediante la técnica de la tinta sobre seda.
Por sus características personales y su pertenencia cultural, su paso dejó una estela algo fragmentada entre quienes lo frecuentamos. Por suerte, el relato de su vida de a poco se va enriqueciendo con investigaciones artísticas como la de Karen Spahn, de Paraná.
En 1998, lo repatriaron, por sus méritos artísticos. Era una reliquia viviente. Cuando se fue tenía 95 años y vivió hasta los 105. Era un ser maravilloso. Me seguí escribiendo con él y con su familia, porque su hija me había enseñado Kurumi-e, una técnica que traducida sería imagen envuelta, para la que se recortan siluetas de cartón, se las envuelve en papel o tela japonesa y se van pegando en capas, lo que genera un efecto tridimensional. Replican los motivos de los kimonos. El papel es especial (washi), tiene cierta elasticidad por las fibras con las que está hecho.

–¿Como el papel crepé?
–Sí, en cuanto a la maleabilidad, pero el washi es más consistente, tiene una textura más propia de la tela. Con eso se arman aparte las figuras, de tal modo que una vez colocadas en la obra por capas, el conjunto adquiere tridimensión. Muy sutil. Meticuloso.

–Por fuera de lo específico, hay un metaaprendizaje sobre el uso del tiempo en esa experiencia porque para aprender en cualquier campo o disciplina el apuro no es buen consejero.
–Para aprender bien es mejor hacerlo lentamente, es cierto. Además, hay que contar con alguien que sepa y tenga la generosidad de compartir eso en lo que es experto, no sólo lo meramente instrumental, sino la ontología, la razón de ser del artista y del hecho artístico, que lo contiene y lo trasciende. Es algo más que entender ciertas técnicas y que te intenten explicar que al resto lo vas a manejar con práctica, por tu cuenta. No es así. No funciona así.
Con mi esposo hace 17 años que nos dedicamos a la platería. Sentimos que cada pieza es un desafío nuevo, único, que incluso puede reclamar la confección de herramientas especiales para materializar un proyecto determinado. Es obvio que un curso de un mes no alcanza a transmitirte lo sustancial que probablemente no sea lo evidente, pero es lo que le da fundamento a lo que se hace.
Pasa exactamente en el campo académico. Se hace una propuesta para desarrollar un proyecto y lo primero que se debe conformar es un equipo cuanto más diverso mejor, porque de manera colectiva se aprende más.
Después lo que se sabe tiende a generar un diálogo. Por ejemplo, en la acuarela me es inevitable no aplicar lo aprendido en el Sumi-e.

Raíces

–¿Cómo estaba conformada la familia del maestro Saito?
–Él se casó con una japonesa, en Argentina. Se vino por la guerra. Estuvo en Buenos Aires, luego en Rosario. Viajando se encontró con Diamante, de paso. Este es mi lugar, dijo, por la niebla de la costa que seguramente le hacía acordar a la bruma de Japón. Ahí se instaló el matrimonio. Tuvieron dos hijas: Norma y Aída, que eran quienes permanentemente lo acompañaban porque él era un señor muy grande ya cuando nos dio el curso. Después se mudó a Paraná.
En Diamante tenía tintorería y enseñaba dibujo y pintura en la plaza. Un personaje total. Era una celebridad, pero para muchos fue el tintorero que dibujaba y pintaba. Ganó premios importantes y de hecho en el Museo de Bellas Artes Pedro E. Martínez hay obras suyas. Pero su perfil siempre fue de absoluta discreción. Una familia fantástica. Amigos. Uno tiene oportunidad de hacer cosas y descubrir personas fuera de serie. Con ellos me pasó eso.

–¿Cómo era con sus alumnos?
–Exigente. Cuando notaba que no había receptividad se las ingeniaba para hacer notar que el vínculo se había disuelto. Siento que era muy cuidadoso del valor que tenía lo que estaba enseñando. Y si notaba desinterés, se desentendía.

–Fuiste mencionando distintas técnicas ¿Cuál es la diferencia entre ellas?
–La témpera es más dura, más plana. A veces es atractiva por la fuerza del pigmento o por la forma en que cubre la superficie. En la témpera es muy difícil lograr una transparencia, que es la gran virtud de la acuarela y la aguada. Ahora, sabiendo cargar el pincel y preparar las tintas del Sumi-e, tenés que lograr la variedad de tonos en una sola pincelada, las sombras. Y eso por ahí puede intentarse con la acuarela, pero no con la témpera. El problema de la acuarela es que no conviene repintar y en general cuando querés corregir la embarrás. Lo que no quiere decir que aquellos que tienen un alto manejo de cómo juegan el papel, el agua y el pigmento no puedan hacerlo.

Las horas

–¿Qué parte del día ocupan las artes en tu vida?
–Les quisiera dedicar más, pero lo que hago es diverso y también es lo que deseo. La historia de la ciudad y sus instituciones, la investigación, las actividades en torno a la Escuela Normal son iniciativas que me siguen atrayendo. A las artes plásticas y la platería les dedico el fin de semana, alguna tarde durante la semana. Quisiera que sea más intensa la dedicación. Para eso debería soltar algunos proyectos en los que estoy involucrada y, bueno, todavía no estoy dispuesta. Creo que necesitaría otra vida.
Ahora, se me presenta un ratito libre y me voy a buscar una lima al banco de platero para prolijar una pieza; después vuelvo y sigo en la computadora escribiendo otro rato, hasta la hora de hacer la comida. Después salgo para alguna reunión o voy al súper. Así es mi día.

–Al mismo tiempo, son esas almas diversas las que te habitan.
–Es verdad. Admiro a las personas que se enfocan en algo específico, pero yo no puedo. Soy especialista en nada, suelo decir. No me quejo. Es más, me gusta explorar en áreas distintas, buscar alternativas, tender puentes, desde el tejido al cincel. También la casa nuestra, bastante grande, es reflejo de las inquietudes diversas de los que la habitan: es un gran taller, bajo la apariencia de un hogar común y silvestre, con una gran biblioteca.

–Así y todo, te has podido dar lujos refinados…
–Por supuesto, el mayor de todos es haber encontrado personas de las cuales aprender, que estén dispuestas a enseñar, pero a enseñar de verdad, no sólo a capacitar superficialmente. Hay gente que se ha acostumbrado a enseñar hasta ahí, lo justo y lo necesario, lo que es obligatorio. Yo los entiendo, pero eso a mí no me alcanza. Me gustan las personas que se hacen cargo de que portan un legado y lo quieren comunicar. Me gustan los maestros y los docentes que le ponen polenta a la práctica, más allá del programa.

–De a poco, nos vamos burocratizando…
–Nos burocratizan. En las instituciones, pasan a ser más importantes los informes acerca de resultados, que los resultados mismos, que las clases o los proyectos. Uno arranca con ímpetu, pero a poco de andar te agobia la parte administrativa del asunto. Los mecanismos de control son imprescindibles, pero todo debería ser más ágil, basado en la confianza hacia quien se evalúa, como docente, investigador o extensionista.

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