Una serie de impresiones y anécdotas que pertenecían al patrimonio personal de quienes formaron parte del grupo La ventana han sido transformados en ejercicio de memoria colectiva. El libro lleva el nombre de la agrupación cultural y se enfoca en una Paraná que fue cambiando de perfume durante la transición democrática. Además de rememorar, el mérito del material es que ha servido para conceptualizar lo vivido. El rescate es clave porque permite asomarse al pasado reciente para establecer conversaciones presentes.
Pocos escenarios naturales más propicios que la lluvia para salir a buscar un río arriba de experiencias escondidas entre neblinas de olvido. En medio de truenos y refucilos, es más fácil que se inunde de ayeres la escena visual. El alma crepita en un tintineo sensorial. Lo mínimo reina. Aplaca los sentidos. Las interconexiones entre lo real y lo mágico se intensifican. La atención se vuelve una transparencia firme. En la calma pensar es más fructífero.
El contexto climático hipotéticamente estimulante no impidió que los encargados de presentar “La ventana” en la Feria Paraná Lee lamentaran haber quedado literalmente aislados: unos pocos valientes en la Sala Mayo y el resto del mundo, del otro lado de la tormenta. La ceremonia se hizo igual. Era una forma de homenajear a un grupo de jóvenes que desde diversos campos se preguntó cómo transformar la actividad cultural en Paraná, impulsados por la llegada de una escena democrática que activaba los músculos y los ánimos de la participación ciudadana. El colectivo aquel basculó en esa transición histórica, desplegándose durante los primeros años de la recuperada institucionalidad, cuestionándola con desinhibido ímpetu, proponiendo alternativas superadoras a lo que se presentaba como un anquilosamiento expresivo, promoviendo nuevos puntos de encuentro físico y simbólico, desplegando una primavera de iniciativas cuya energía produciría brotes que en aquel momento acaso no se apreciaron con nitidez pero que justificaron el subtítulo del libro presentado: De la intuición a la gestión cultural.
Del contenido de la tarea editorial se encargaron Gerardo Dayub y Lucrecia Pérez Campos. El primer gesto fue covocar a los involucrados. La organización de las reuniones después de tanto tiempo, los intentos por juntar las individualidades algo dispersas, en principio buscaban generar el ámbito adecuado para que irrumpan las historias pasadas, para registrarlas, integrarlas, completarlas, compilarlas. Pero lo que pasó fue mejor, más nutritivo: se optó por una metodología que permitió pensar la experiencia. Desde ese lugar, las personas pudieron sintonizar con lo vivido y resignificarlo. En paralelo, el colectivo logró reconocer el valor de aquellos juveniles embates que no deben confundirse con espasmos ocasionales o arrebatos de organización: a cuatro décadas vista, llama la atención la voluntaria disposición a hacer un poco más de lo que era debido, las ganas puestas de manifiesto en generar un cambio sustantivo, la decisión de priorizar el encuentro interpersonal y el vigor que generaba esa amistosa convivencia.

Eran tiempos en que muy pocos tenían línea telefónica fija y sin embargo todos se enteraban de las juntadas: es imposible imaginar que esto fuera posible sin considerar que esa integración en general y en particular se debe haber alimentado artesanalmente, casa por casa, callejeando a distintas hora del día, dándole aviso con los nudillos a la puerta en el lugar de trabajo, tocando timbres en vivienda particulares y pensiones, golpeando las manos hasta que alguien atienda, haciendo correr la noticia gracias al boca a boca; en fin, teniendo al otro en mente y siendo consecuente con esa opción.
En ese micromundo analógico, las gacetillas se redactaban con máquinas de escribir. Y se distribuían en papel, personalmente, entre trabajadore de los medios dominantes: El Diario y LT 14. Eran tiempos en que, después de un confinamiento de años, era frecuente la ocupación del espacio público mediante concentraciones y marchas. Había una especie de algarabía cívica. Los partidos políticos bullían de participación, sobre todo juvenil. La vigencia de los derechos humanos ejercía una rectoría de las demandas ciudadanas. Era un universo que se movía al compás de la metáfora social, la necesidad de defender la democracia y de entender lo que pasaba, lo que explica las desbordantes convocatorias nocturnas que se lograban en el subsuelo de la esquina noreste de San Martín y Urquiza. Los bailes en los clubes comenzaban un lento languidecer, mientras las peñas estudiantiles (con predominio de música folklórica y rock nacional) se iban volviendo puntos de encuentro celebrados, por ejemplo, en la Escuela del Centenario, donde empezó funcionando la UTN, o el Círculo Católico de Obreros, frente a la plaza Alberdi. Los bares se contaban con los dedos de una mano, pero su actividad social era intensa y se extendía hasta altas horas de la madrugada. San Martín estaba habilitada al tránsito vehicular, de norte a sur. El fenómeno del cine tradicional empezaba un declinar irreversiblemente. La sala de la Biblioteca Popular ofrecía un amparo a cierto público que el Teatro 3 de Febrero no lograba. Luego se le sumó el anfiteatro Héctor Santángelo, en la llamada Boca del Tigre. No en vano, la épica Alternativa Musical Argentina siguió las estaciones de ese imaginario itinerario.
La nota dominante en la presentación que tuvo lugar en la Sala Mayo fue la nostalgia de un tiempo ido y la exaltación de las convicciones políticas que animó la multifacética experiencia de La ventana. Pero también la proyección de que aquellas acciones emprendidas encerraban una noción de gestión cultural, cuya referencia ayuda a pensar las circunstancias actuales.
Recuperados de la inclemencia climática, Dayub y Pérez Campos accedieron a conversar con Tekoha sobre la historia del colectivo y el libro que la recupera, entre paraguas y pilotos.

–¿Por qué es significativo rescatar la experiencia de La ventana?
–G. D.: En primer lugar, porque fue en sí misma un fenómeno único e irrepetible: concatenado íntimamente a su entorno epocal y su especificidad local en lo organizativo y operativo. Y en segundo lugar porque fue una agrupación capaz de crear su propia generación cultural que demandaba respuestas a necesidades imperiosas (reprimidas por la dictadura) y proyectándolas con fuerza y creatividad en la vida sociocultural de la ciudad.
–L. P. C.: Debo confesar que cuando Gerardo me propuso la idea, desde su lugar indirecto pero cercano a la Agrupación Cultural La Ventana, yo pensé “¿por qué sería interesante para alguien que no sea nosotros conocer la experiencia de La Ventana, una época tan fundamental en mi vida, mis años jóvenes plenos de proyectos, producción, convicciones y amistad? ¿por qué escribirla? ¿a quién le importaría?
En el proceso de elaboración del libro comprendí todo lo que excedía mi sentir: no sólo era mi vida, era una parte de la historia de mi generación, de la recuperación democrática, de la gestión cultural (que no se llamaba así), de las discusiones ideológicas, de los sueños, de la cultura que anhelábamos. No se trataba de mí, era Paraná en un estado efervescente y nosotros, los ventaneros y ventaneras, queríamos ser protagonistas.
Durante los últimos años, en mi formación profesional, ya venía trabajando y valorando tanto el registro (etnográfico) como la construcción de memoria para comprender el devenir social. De pronto, gracias a la idea de Gerardo, pude sumergirme en las fotos, documentos y, sobre todo, la voz de los y las ventaneras para reconstruir juntos un relato fundante y fundamental.
–Un regreso desde el presente…
–L. P. C.: Sí. Creo que fue significativo por eso, por el registro de esas voces, el esfuerzo de memoria que hicimos todos para traer ese material (fragmentario y parcial) a un momento en que los proyectos colectivos la tienen difícil. Había pocos documentos y registros, por eso la importancia de los testimonios, a pesar de estar llenos de baches y olvidos.
Por otra parte, hoy se estudia Gestión Cultural, es decir, se ha formalizado y sistematizado una serie de saberes específicos necesarios para la producción de cultura. Creo que aquella experiencia espontánea e inconsciente “se inventó” para sí misma algunas armas de ese campo para hacer lo que hizo. Me parece significativo rescatar el pulso vital de la pasión y la alegría con que hicimos trabajo cultural independiente para vivir en la ciudad que soñábamos.

Línea de tiempo
–¿En qué período se desarrolló la experiencia y qué etapas tuvo?
–G. D.: Nace con el advenimiento de la democracia. Fue gestándose a partir de 1984 y su trayecto se desarrolla hasta fines de la década, aunque parte de su producción subsiste hasta los primeros años de los noventa. Y sus etapas son particulares: porque siempre crece y se moviliza al paso de las experiencias como grupo humano y resultados obtenidos; optimizando su modo de operar y producir creando un estilo cambiante de gestión cuyo denominador común fue amalgamarse al territorio social y cultural de Paraná y encontrar una dinámica interna horizontal y participativa.
Esta cualidad la multiplica sobrepasando el mero grupo de trabajo para ser casi una comunidad de quehaceres, repartido en capacidades individuales y eficacias en la planificación de tareas. Crece la agrupación, que se retroalimenta permanentemente con entradas y salidas de gente; pasa el tiempo histórico; cambian sus equipos y necesidades; hay adaptaciones simultáneas al momento; y multiplica su producción y accionar en tres responsabilidades: gestión artística; gestión sociocultural barrial; y conformación del grupo de teatro.
–Debe haber habido nombres propios involucrados…
–L. P. C.: De personas e instituciones, sí. Se inició en medio de la efervescencia por la recuperación democrática. Particularmente, yo venía participando de reuniones políticas con otros jóvenes en el Partido Intransigente; allí nos encontramos con algunos compañeros y compañeras que tenían especial interés en el tema cultura. Entre ellos, Juan Manuel Rodríguez Paz, a quien ya conocía y quien fue el principal gestor de La Ventana. En el PI también estaban María del Huerto Remedi, Javier Seguro y Gustavo Vacalluzzo.
En el primer grupo de La Ventana estuvieron Raúl y Laura Dayub, Gustavo Vacalluzzo, Ricardo Leguízamo, Carlos “Negro” Aguirre, Javier Seguro, Huerto Remedi, Carolina Avellaneda, Luis Ledesma y Edgardo Del Castillo.
El “lanzamiento” fue con la presentación de la obra Hablemos a calzón quitado, protagonizada por Mauricio Dayub en la Biblioteca Popular. Fue un gran suceso. Se inició entonces la etapa de producción, facilitando que elencos y espectáculos llegaran a Paraná, pasando por una cuidada “curación”.
La vida de La Ventana no fue larga pero sí intensa. Poco después estábamos trabajando en el Barrio Belgrano (La Pasarela, se le decía entonces) con actividades artísticas con chicos; al año siguiente nació el Grupo Teatral La Ventana; todo esto mientras se seguían presentando en Paraná los espectáculos producidos por el conjunto. Podríamos decir que fue el tiempo de consolidación, con reuniones semanales donde se discutía mucho, se aprendía, y se invitaban a referentes de la cultura y de la política. ¡Estábamos en todos lados! Ya sea en la Biblioteca Popular, clubes y escuelas de barrio, la Alternativa Musical Argentina…

–Un apogeo y detrás un declive…
–L. P. C.: Hacia fines de 1986 la movida fue desgranándose de a poco; habíamos formado parte un montón de personas que nos fuimos graduando en las carreras universitarias que habíamos emprendido, empezado a trabajar, viajando a otros lugares del país; en fin, la vida misma. Fueron decayendo las fuerzas, el tiempo de dedicación; pero también se consolidaron intereses profesionales, proceso que resultó en carreras artísticas increíbles, como las de Negro Aguirre y Ricardo Leguízamo.
El Grupo de Teatro continuó, con sus propios cuestionamientos y desafíos, con el espíritu colectivo de La Ventana. Muchos de ellos siguieron trabajando en el teatro y fueron (algunos todavía son) referentes, como Augusto Carballal, Claudia Zaragoza, Luis Mohr, Silvina Alegrini, Lulo Aguilar y Analía Venanzi, por mencionar sólo algunos. Claudio Osán, integrante del Grupo de teatro, se dedicó de lleno a las artes plásticas y hoy es un artista indiscutido. Bibiana Artazcoz, Silvina Rosa, Laura Dayub y yo nos dedicamos a la comunicación y al periodismo.
Quizás podríamos mencionar otro factor, aunque yo creo que no fue causa de la dispersión, sino por el contrario, otro espacio que nos abrió las puertas para seguir trabajando en la actividad cultural: La hendija. Muchos colaboramos un tiempo allí, con otras condiciones (por ejemplo, contar con una sala propia, el sueño de todos) pero con similar entusiasmo.
Razones
–¿Cómo surgió el agrupamiento de personas que terminó de formalizarse en La ventana?
–G. D.: Después de la adolescencia o si se quiere en la primera juventud, lo primero que hacemos es buscar lugares que se parezcan a lo que somos o queremos ser. No sabemos bien. Esa crisis, que castigaba a gurisas y gurises a vivir en un país aterrador, fue el móvil para salir a buscarse uno mismo, y esos espacios y ese viento se arremolinó cuando una ventanita de posibilidades se abrió. Fue como un imán.
Pero esa ventanita tuvo una gran virtud: eran como brazos abiertos para recibir y ejercer promesas de sueños y deseos de cambios, de sentimientos nuevos, de amistades nuevas y saber que allí se podía inventar esto que se decía democracia, participación, compromiso, alegría de construir juntos. Y lo hicieron. Supieron hacerlo. Intuitivamente. Sin experiencia. De todas las edades, entre diecisiete y veinte y algo. Y con una enorme responsabilidad y respeto compartido.
Provenían de algún secundario, de alguna inquietud artística o política, de alguna militancia, de distintas inquietudes y orígenes sociales y políticos, estudiantes de alguna carrera humanística, deportiva, etc. Pero, sin embargo, solo sabían que podría ser ese el lugar y el camino y que la diversidad los enriquecía cuando la oportunidad y las dificultades eran las mismas para todas y todos.

–Era un desafío también…
–G. D.: Se sentían desafiados por un presente que había que hacer, y un posible futuro para ser. Y la suma empezó y no paró. Veinte, treinta, cuarenta y más personas fueron llegando y organizando, definiendo objetivos claros y procederes inciertos. Toda la actividad era de carácter independiente. Todo a probarse y, si salía mal, no importaba mucho, a tratar de mejorar y seguir.
Muchas cosas se lograron, con artistas, con el público, con la gente, con los niños y niñas de escuelas en situación de vulnerabilidad, con instituciones públicas y privadas. La sensación era siempre más; y la confianza de la gente acompañaba. Se creó una identidad de pertenencia a La Ventana. Prestigio y reconocimiento, como capital simbólico para una agrupación independiente en la gestión cultural. Nombre que no se usaba en esa época, más bien se decía animación cultural y se refería a alguna acción de entretenimiento artístico. La Ventana superó ese concepto.
–L. P. C.: Nos fuimos reuniendo y encontrando por el interés que todos compartíamos por la actividad cultural, por vocaciones artísticas y por convicciones políticas comunes, aunque no pertenecíamos a un partido político. De hecho, hoy lo pienso y veo que tampoco teníamos un acuerdo absoluto respecto a la mirada del mundo, sino que La Ventana fue un espacio en el que nos sentíamos cómodos, acompañados y aprendiendo todo el tiempo. Entre los ventaneros y ventaneras había gente de teatro, músicos, comunicadores, artesanos, profesionales, laburantes. La más variada procedencia, pero con un interés común: trabajar por la ciudad y la cultura que soñábamos. Teníamos que construirla; no pedimos permiso, simplemente teníamos que hacerlo.

–Mucha presencia universitaria, se intuye.
–L. P. C.: Es verdad. Estuve desde el inicio, dada mi cercanía con Laura Dayub, amiga y compañera de Facultad y de las primeras experiencias laborales en comunicación. Su casa fue la primera “sede”; en el living de la calle Libertad conocí al resto del grupo, que se fue ampliando después. Bibiana Artazcoz, Claudia Zaragoza, Silvina Rosa y Victoria Oyonarte también eran compañeras de la Facultad, estudiábamos Ciencias de la Información.
También había estudiantes de varios profesorados, empleados de comercio, etc.
Como dije, la primera idea fue acercar a Paraná espectáculos de calidad que no eran conocidos, tenían la marca de lo independiente, alejados de la cartelera comercial. También fuimos parte de la producción de propuestas musicales. Había como un clima cultural floreciente del que no éramos ajenos. La dictadura había quedado atrás y el mundo se abría para nosotros.
Del dicho al hecho
–¿Qué dinámica los fue llevando a los ventaneros de la simple intención de hacer algo a la conceptualización de la experiencia?
–G. D.: Los debates eran permanentes, como las reuniones de los lunes. Es difícil consensuar en reuniones multitudinarias. Pero se aprendió a participar escuchando y dejar hablar, ya que las opiniones se cruzaban en función de un planteo previo de objetivos a cumplir. Logrado consensuar el qué, se habría la discusión del cómo y la posterior distribución de tareas. No era un método formal, se tenía conciencia de un proceso de congruencia de opiniones y factibilidad de operar; sin recursos adecuados, pero con la habilidad y contactos que cada uno aportaba en alguna instancia: armar el proyecto, publicidad, conexiones institucionales, recursos técnicos o económicos, siempre escasos. Pero con la responsabilidad de priorizar y conservar la calidad artística y organizacional de los proyectos.
De todos los testimonios recogidos se desprende que, el proceso de aprendizaje se alimentó de la intuición hacia la gestión cultural. Otro aspecto era también la libre rotación en la participación en las distintas tareas, sin obligar, eligiendo horizontalmente el compromiso y la voluntad de equipo para decidir las acciones.
Es decir, era sentido común e intuición lo que hoy técnicamente denominamos planificar, organizar, ejecutar y evaluar; participación en equipo; factibilidad del proyecto; disponibilidad, habilidad y cierto conocimiento de lo que cada uno hacía, era determinante para la concreción de lo planeado y base de toda gestión cultural a desarrollar.
–L. P. C.: Es verdad, primero estuvieron las ganas, el deseo de producir en nuestra ciudad. Después, el tejido de contactos (Mauricio Dayub en Buenos Aires, el Grupo Vasudeva en Santa Fe, etc.). El Grupo Teatral La Ventana fue dirigido por el profesor Arturo Gareis (venía de dirigir un grupo en el Colegio La Salle) y después por el querido Osvaldo Neyra.
Es decir, buscamos referentes, maestros, y muchos militantes sociales de la generación anterior que nos nutrieron con su experiencia.
Como dice Gerardo, todos los lunes había reunión, y algunos fines de semana, jornadas intensas. Intentamos sistematizar, formalizar de alguna manera el hacer, pero no llegamos a lograrlo. El estado de asamblea casi permanente -de intercambio, lecturas, charlas- no cristalizó en algo formal, pero dejó sus huellas.

–¿Qué hizo, concretamente, La ventana? ¿Dónde dejó huellas?
–G. D.: La Ventana nació en la calle. Su mirada socio-cultural y territorial fue natural, pero clave a la hora de convertir las ideas en proyectos artísticos y compartirlos socialmente. Recuperar el espacio público con eventos; incorporar instituciones y su activación; promover artistas y encuentros con su gente; valorizar la importancia de las políticas culturales en la ciudad; exigir a las autoridades públicas proyectos y recursos adecuados; articular con lo público y lo privado; diversas presentaciones, muestras y charlas; cooperación con otras gestiones independientes locales, sumando desinteresadamente esfuerzos.
Trabajo en tareas de educación por el arte para niños y niñas en la zona de la “La Pasarela”, hoy barrio Belgrano, tarea sociocultural con herramientas musicales, deportivas y teatrales en la escuelita de la zona. Seguramente por donde pasó esta experiencia quedó en la memoria de sus protagonistas, sean instituciones, público, partícipes, o destinatarios y hacedores.
Fue una necesidad propia de una generación que supo crearse una respuesta compartida y lo logró. Y ver que esa necesidad resultó ser mucho más amplia que la agrupación fue muy gratificante. Su existencia por esos años cambió la dinámica cultural a favor de la ciudad. Por eso la ciudadanía acompañó mayoritariamente sus propuestas.
–L. P. C.: La Ventana fue primero, un grupo de amigos y conocidos interesados por la actividad cultural. La primera idea fue “traer a Paraná” espectáculos de calidad que no llegaban, sobre todo teatro. Una especie de “productora independiente” que trabajaba sin ningún ánimo de lucro, sólo por el placer de trabajar juntos, conocer artistas, ver buen teatro y consolidar un espacio de debate y aprendizaje. Pusimos en movimiento la sala mayor de la Biblioteca Popular. Simultáneamente surgió el “subgrupo” de La Ventanita, dedicada a la animación sociocultural con niños y niñas de la Escuela Mitre del Barrio Belgrano, todos los sábados a la tarde.
Después nació el Grupo Teatral La Ventana, dedicado sobre todo al teatro popular, que tuvo su vida propia y, de hecho, sobrevivió a la corta vida de la Agrupación.
La característica principal fue el debate de ideas, la escucha, las ganas de aprender y de rescatar la memoria de la generación anterior, inventar nuevos espacios culturales, el trabajo desinteresado, los lazos fuertes en el grupo, aunque en un momento no sabíamos con certeza quiénes integraban La Ventana. Era un espacio abierto, quizás demasiado.
Creo que dejó huellas hondas en la formación de todos nosotros, contribuyó a tomar decisiones artísticas, opciones profesionales. Abrigó el fervor por la cultura de aquellos jóvenes y en muchos, empujó vocaciones. Hablo no sólo de los teatristas y músicos, sino también de comunicadores y docentes, por ejemplo.

Puntos de quiebre
–Vista en retrospectiva, ¿el desgranamiento de la experiencia fue irremediable o consideran que hubo algo en la forma de construcción que llevaba implícito el germen del agotamiento?
–L. P. C.: Lo hemos pensado mucho, no tengo certeza. A más de 40 años me parece imposible un agrupamiento así, reunido por pasión y amistad. Creo que de esa manera no podía subsistir mucho más. Hicimos un pasaje a la adultez, la mayoría de nosotros; algunos ya eran profesionales y trabajaban, la mayoría no. ¿Cuánto tiempo podés dedicar a una actividad que no remunera absolutamente nada (en términos monetarios)? No tuvimos ninguna organización formal (como Asociación Civil, por ejemplo); todo era espontáneo y movido a puro esfuerzo personal. Pienso en el tiempo, los recursos, las relaciones y los saberes.
–G. D.: Ante todo, La Ventana fue una agrupación independiente sin fines de lucro. Acompañó el tiempo vital de su misión y cuando también fue cambiando el tiempo y el transcurso de los años también cambió la vida de sus integrantes y sus proyectos personales y colectivos. Diría que cada integrante se fue formando y madurando en sus inquietudes dentro del proceso y eso influyó de diversas maneras, a tal punto que hoy muchos siguen su vida tallada por esa experiencia en el terreno artístico, la plástica, la música, el teatro, la comunicación, la educación, la política, la gestión cultural en general.
No hubo un día preciso para el agotamiento, sino un devenir. Este proceso paralelo a la vida de sus integrantes, con el tiempo, se fue diluyendo y la gestión de su producción también. Pero a mi juicio se fue corriendo, mutando a otros sitios aquel accionar que culmina como agrupación y la impronta de aquella energía anterior y su fecundo impulso e inspiración fue germinando en otras instituciones, en otros proyectos grupales y en otras acciones que brotaron de aquella siembra.
Manos a la obra
–¿Cuándo se les ocurrió hacer un libro?
–L. P. C.: La idea fue de Gerardo. Él había participado tangencialmente de la experiencia, dado que viviendo en Rosario estaba interiorizado por sus hermanos Laura y Raúl. Además, vino a actuar con su grupo El Tábano a través de La Ventana. En los últimos años, además de actor, director, gestor cultural, fue profesor de la Tecnicatura en Gestión Cultural (FCEdu).
Por eso creo que su principal inquietud fue recobrar y dejar por escrito aquella experiencia que conoció “como invitado” y dejar un instrumento, un material de consulta para los gestores culturales de hoy.
Además, creo que sentía que su trabajo era como “un regalo” que nos debía, su interés tan amoroso fue creciendo en el proceso, no dejó de sorprenderse y valorar lo que íbamos reconstruyendo juntos.
–G. D.: Lo dice bien Lucrecia. Como profe de la carrera de Gestión Cultural en la Facultad de Ciencias de la Educación y Comunicación, me preocupaba el desconocimiento en general de muchas cosas que ocurren en nuestra propia ciudad y región. Siempre contaba algo en clase sobre esta experiencia, pero me daba cuenta que no “caía la ficha” sobre la importancia que tenía. Así que me dije ‘tengo que escribir esto, tengo que documentar esta historia, esto tiene que formar parte del conocimiento de los alumnos de la Tecnicatura en Gestión Cultural. Es práctica pura y local’.
Había percibido, además, otra cosa en La Ventana. No por su historia en sí, sino porque lo que yo veía y leía o escuchaba en la universidad sobre cómo gestionar, estos gurises y gurisas de La Ventana ya lo habían hecho sin saber que eran aspectos técnicos. Lo hicieron por pura intuición y pasión.
Es decir, lo que hoy se enseña técnicamente en la universidad esta agrupación ya lo hacía hace más de cuarenta años atrás ¡Cómo no voy a contarles de donde nacen aciertos y verdades que nutren la práctica y el pensamiento de un oficio que pretende ser una profesión! ¿Quién lo va a hacer, si no queda documentado? Entonces empecé a buscar material y escribir borradores y en esa búsqueda me contacté con gente, me encontré con Lucrecia y la invité a participar del desafío. Y ella aceptó encantada, porque además fue integrante de la agrupación. Ahí nace el equipo de trabajo.

–¿Qué metodología utilizaron para recrear la experiencia?
–G. D.: Bueno, en principio había una idea de contar el contenido fundamental de lo técnico y operativo de cómo La Ventana trabajaba y gestionaba. Había una estructura cronológica que facilitaba detallar algunos ejes. Siempre la lógica fue contar con testimonios, que eran imprescindibles sobre todo por el tiempo transcurrido. Además, la documentación de la época era muy escasa y no contábamos con otros datos importantes y era elemental establecer contacto con los integrantes y consultar sus memorias.
El formato en principio era libro, aunque se manejó también algo tipo revista cuando encontramos fotos, pocas, pero significativas, y no lo decidimos hasta más adelante. Así que nació en primer lugar realizar las entrevistas, comenzar la localización, que no fue fácil, y reunirlos a todas y todos lo que estuvieran a disposición. Lo hicimos. A esa entrevista la organizamos en cuatro tramos de grupos más reducidos y el resultado fue muy valioso para reestructurar según los ejes, todo el material que alternaría testimonios intercalados con textos técnicos y ordenadores del contenido por parte de nosotros, sobre la base fundacional de los entrevistados y sus opiniones sobre los hechos.
–L. P. C.: Previamente, con Gerardo charlamos mucho. Le conté cómo había sido “desde adentro”. Fue como una aproximación. A partir de ahí hicimos listas de preguntas, agrupadas en distintos ítems (traigo aquí textual del archivo):
1º Del nacimiento. Necesidades culturales propias y acontecimiento histórico.
2º De la cultura y del contexto territorial. La ciudad como espacio y condiciones dadas. Demandas, necesidades e intuición colectiva.
3º De la organización y el trabajo en equipo. Principios, valores, debates. Planificación y práctica, acciones y evaluación.
4º De la gestión y la autonomía operativa
5º De los cambios internos y las nuevas etapas
Mientras tanto, reunimos todos los contactos de whatsapp de los y las ventaneras. Esta lista se fue ampliando a medida que recordábamos o nos hacían acordar de algún integrante que estuvo un tiempo y que por ahí no persistió. Coordinamos con Jumy (Juan Manuel Rodríguez Paz) en organizar un encuentro en su casa. Fue el 25 de septiembre de 2021. Todavía estábamos en pandemia. La respuesta fue inmediata y favorable. Excepto dos o tres que no pudieron por distintas razones, todos estuvieron presentes, incluso algunos que no viven en Paraná.
Como sugirió Gerardo hace un ratito, para ese encuentro habíamos organizado 3 instancias de entrevistas colectivas a lo largo del día entre: 1) los que estuvieron en la primera etapa; 2) los que habían formado parte de La Ventanita; y, 3) el grupo de teatro. Por supuesto, todos los que querían escuchar y aportar en cada una de las instancias, metían su bocadillo.
Todo esto fue grabado por los realizadores audiovisuales Julio Gómez y Leonardo Mare, un material de mucha calidad que está pendiente de editar.
Posteriormente a la jornada, desgrabamos todas las entrevistas y comenzamos a agrupar los testimonios según los ítems.
En la escritura, junto a los textos que hilaban la historia, nos dimos cuenta que ese esquema inicial nos quedaba chico, y nos abrimos a eso.
También fue un trabajo pedir y conseguir fotos, programas, recortes de El Diario. Cuando estuvo el texto casi listo, confiamos en Fortunato Galizzi la puesta en página y se inició otra instancia de intercambio muy enriquecedor con él.
Sergio Otero, también con amorosidad y profesionalismo, hizo la foto de tapa y también las de La Pasarela que encabeza el capítulo sobre La Ventanita.
Hacia el final del proceso (que duró 4 años) nos presentamos al financiamiento del FEICAC, lo que nos permitió imprimir 200 ejemplares. Inicialmente, presentamos el libro en la FCEdu el 12 de septiembre de 2025. Ahora lo acabamos de hacer en la Feria Paraná Lee.
Momentos
–¿Qué atmósfera se constituyó en la experiencia de recordar?
–G. D.: Uno convive con el presente. Convivir con el pasado es un poco más difícil. Y más cuando uno lo convoca, ja, ja. Se nos viene con todo. Los que están y los que no. Lo que éramos y ya no somos, lo que lo desmiente. Y seguimos siendo los mismos, ja, ja. El encuentro fue una fiesta increíble, súper emotiva y súper divertida, con comida de por medio y sorpresas por el tiempo transcurrido y anécdotas de aquel tiempo y algo nuevo: la desmemoria. El tiempo como una enredadera nos envuelve los recuerdos. Filmamos ese momento con la ayuda de Julio (Gómez) y Leonardo (Mare) para luego desgrabar las intervenciones y precisar los contenidos expresados.
Aunque el clima y la escucha grupal despertó lo que se había olvidado y en ese tejido compartido de palabras, hechos y sentimientos se fue recomponiendo la historia y todo el recorrido. Para Lucre y para mí fue muy reconfortante y un alivio enorme porque recopilamos lo que ni siquiera imaginamos, de todo lo sucedido en esa época, la incertidumbre inicial, el furor y el declive final. Estimulados por nuestras dudas y preguntas, las opiniones se mezclaron y arribaban a momentos de reflexión y asombro sobre lo que ahora, a la distancia, sonaba como imposible de haber logrado y esa conducta atrevida de esos jóvenes, difícil de creer que hayan ocurrido a fuerza de entusiasmo y compromiso.
En fin, fue un día de volver a vivir esas emociones, autocríticas y debates sobre decisiones y resultados que dejaron aquella Ventana que se abrió para cambiarles la vida en la edad que ya no vuelve. Aquella edad de la aventura. La aventura de vivir los años de las grandes transformaciones a la medida de los sueños.
–L. P. C.: Hubo mucho amor, mucha alegría por el encuentro, mucho agradecimiento por haber compartido la experiencia. Todos coincidimos en el carácter fundante de esa experiencia colectiva en nuestras vidas: el nacer a la política, el interés común, la sensibilidad social. Los recuerdos son fragmentarios e incompletos. A veces se contradicen las voces y no intentamos “corregir” eso. Cada palabra salió desde el corazón y fue glorioso ponerlas en común. Nos reímos mucho, nos sorprendimos de cuánto habíamos hecho en tan poco tiempo.
Los y las que somos padres/madres pensamos que es un legado, algo que queríamos contar y quizás no lo habíamos hecho.
Particularmente para mí, todo fue una enorme emoción porque quiero mucho a mis compañeros y compañeras y siento que con ellos construí gran parte de lo que soy.
–¿Cómo fue el proceso de armado del libro, una vez que ya tuvieron las entrevistas?
–G. D.: Escribir y escribir, armar y rearmar, intercalar y detallar. Todo el tiempo durante varios años de trabajo. Intermediadas nuestras vidas por otros acontecimientos difíciles de la vida cotidiana, lo superamos y seguimos adelante. Revisar los ejes temáticos, corregir la fluidez de la lectura, sin perder el humor de muchos testimonios. Relectura para aclarar confusas expresiones que tanto Lucre como yo detectábamos y revisamos con paciencia y buen entendimiento.
Admirable el rigor de Lucre, que yo también tuve, pero acompañado se hace más llevadero y fácil. En ese sentido logramos sobrellevar el trabajo de a dos que yo no tenía esa experiencia. Selección de fotos, afiches, escritos, y todo lo que nos fue posible. Con Fortunato Galizzi que nos ayudó en la estructuración de la gráfica y encuadres, ajustes, etc.: en fin, cosas que son imprescindibles para la edición que delegamos en su oficio y su arte. Entre los tres decidimos el formato y otros detalles. La foto de tapa de mi gran amigo Sergio Otero, talentoso artista de la imagen, comprometido gestor cultural, creador muy original de espacios y momentos de encuentro con el arte y la cultura de nuestra región.
–L. P. C.: Después de desgrabar todos los testimonios, los fuimos agrupando en ítems temáticos (los orígenes, las motivaciones, los distintos grupos que funcionaron, la significación para cada uno, etc.) Enhebramos esos testimonios con hechos del contexto de época y algunas reflexiones sobre la gestión cultural.
Teníamos pocas fotos y algunos afiches de los espectáculos producidos, programas de mano, artículos de El Diario, etc. Pocas imágenes. Ahí aparece Fortunato Galizzi, amigo muy cercano y también perteneciente al “grupo grande” de La Ventana. Su mirada y su conocimiento hicieron la magia de convertir todo en un libro, un objeto hermoso. También funcionó acompañando la corrección de los textos y sumando anécdotas desde sus recuerdos.
Los detalles
–¿Cómo se materializó el proyecto?
–G. D.: Es un emprendimiento independiente, una parte financiada por el FEICAC 2025, que resultó ser un proyecto seleccionado de interés para el jurado. Se editaron 200 ejemplares y la distribución es independiente a cargo nuestro. Los que estén interesados en tener un ejemplar pueden escribir a los teléfonos 343 6 239891 o 343 5 113102.
–L. P. C.: El proceso total llevó más de cuatro años; con Gerardo trabajábamos cuando podíamos, nos reuníamos muy seguido, discutíamos criterios, reescribimos, recortamos, aunque es poco lo que dejamos afuera. Una vez obtenido el texto final, nos presentamos al financiamiento del FEICAC a fines del 2024. Cuando recibimos el dinero, sólo quedaba terminar el diseño e imprimir. El trabajo con Fortunato aquí fue fundamental, enriqueció y ordenó todas las ideas que teníamos.
Finalmente, hicimos una presentación del libro, con la mayoría de los y las ventaneras, en la FCEdu. Fue hermoso, porque además de los y las protagonistas, hubo un público increíble que conocía la experiencia, que había estado cerca o que había sido espectador. También se acercaron jóvenes que conocieron nuestro trabajo recién entonces. Días antes nos ocupamos de invitar a estudiantes de Gestión Cultural y de Producción Editorial de la FCEdu.
En agosto 2026 volvimos a presentarlo, en un espacio que nos otorgó la organización de la Feria del Libro Paraná Lee. Fue una instancia interesante, porque se acercó a gente que no nos conocía y que se interesó por esa memoria de jóvenes entusiastas que querían construir una ciudad más amigable culturalmente en la cual nos gustara vivir.
–¿Qué aportes creen que hace el libro?
–L. P. C.: Creo que aporta en reconstruir una amorosa memoria sobre la energía y la vocación de un grupo de paranaenses que quisieron impulsar lo mejor de la cultura local en la primavera democrática. También en visualizar el inicio de varias carreras artísticas, en el periodismo y la comunicación, y en la formación de públicos.
Además, creo que invita a valorar esa experiencia espontánea y juvenil en términos de la gestión cultural, como un germen de la práctica que ocupa a muchas personas y que tan necesaria es.
Modestamente, intentamos legar a las nuevas generaciones un espíritu entusiasta, con convicciones y pasión por la cultura y lo social. Sentí que muchos jóvenes que hoy hacen a la vida cultural de la ciudad se acercaron con curiosidad y empatía a nuestros relatos, describiendo un contexto donde los sueños nos parecían alcanzables y los desafíos superables aun cuando el conocimiento y los recursos económicos eran muy pocos.
Abrir ventanas
–Luego de haberlo terminado y presentado, ¿están conformes, creen que el libro está completo, podría ampliarse de alguna manera?
–G. D.: Pensamos en eso antes de decir “está terminado”. Y la verdad es que ambos sentimos que el trabajo está realizado y que hicimos, afortunadamente, más de lo que creíamos poder plasmar. Yo no soy escritor y también sentí que siempre es posible decir algo más, no ampliar por mera extensión, sino por aportar y precisar más sentido a lo que hago. Aprendí que mientras escribo es bueno siempre preguntarme qué es lo importante de lo que estoy expresando.
–L. P. C.: Me gustaría mucho tener una devolución de quienes vivieron esa época y que no pertenecieron a La Ventana. Sé que mucha gente la recuerda, en tanto espectadores. También (y sobre todo) me gustaría entablar más conversaciones con los y las jóvenes de hoy, tanto con quienes estudian Gestión Cultural como con quienes militan en agrupaciones estudiantiles y/o barriales. Seguramente completaría el proceso.
Por supuesto, hoy cambian las formas, pero hay muchas personas que apuestan a lo colectivo, jóvenes con conciencia social y política, militantes de la cultura que se encuentran en lo que aman. Los gestores culturales aprenden un montón de herramientas, las que -creo- estuvieron esbozadas en la espontaneidad de La Ventana.











