La puesta en escena de Una de Pirandello es una excusa para que Mario Martínez repase una vasta trayectoria en la actuación. También detalla la travesía que significó adaptar la obra a un unipersonal y destaca la eficacia comunicativa de la producción que fuera estrenada en Italia, en 1921. La relación con lo vivido y la noción del presente son estaciones que Martínez recorrió durante la entrevista concedida a Tekoha.
Una propuesta teatral desafiante en múltiples sentidos terminó siendo Una de Pirandello. La pieza es una adaptación de Seis personajes en busca de autor, considerada una obra maestra del dramaturgo italiano. Un siglo después de su estreno, su vigencia es elogiable. La función tuvo lugar un domingo de mediados de julio, en La Hendija. Pese al destemplado clima, fue buena la asistencia de espectadores.
Protagonizada por Mario Martínez, la historia pone a volar una provocación y luego desarrolla un conflicto dentro de otro. El primer reto evidente es que el espectador acepte como verosímil una situación fantástica: que personajes sin un relato que los narre deambulen en busca de un escritor que les permita contar su verdad. Al intentar convencer al dramaturgo de que la experiencia compartida vale la escritura de un guion, esas presencias delimitarán el terreno para que florezcan dos crisis concomitantes.
Por un lado, una serie de desgracias con capacidad de romper cualquier idea armónica sobre los vínculos familiares. Entonces, lo silenciado se grita en la cara, a los cuatro vientos. Y el desencuentro que sucede tensa los ánimos. Por el otro, se materializa un malestar formal entre lo que efectivamente ocurrió según la exposición de los personajes y las licencias literarias que el autor pretende tomarse a la hora de organizar la narración.
Las fronteras del relato se establecen mientras los personajes se presentan, explican al director que su historia tiene potencial, lo convencen para que la escriba y la represente y finalmente discrepan con su noción de lo representable, es decir, cuestionan el punto de vista ajeno sobre lo que les ha pasado. Ese vínculo con el otro es polisémico: puede estar dando cuenta de la relación entre dos personas, entre dirigentes y dirigidos, entre una organización o institución y los individuos que representa, entre lo pretérito y la versión que se ha construido de él e, incluso, entre la opinión que tenemos respecto a cómo hemos actuado en el pasado. En efecto, los seres inanimados pero ciertos que llaman la atención, hostigan, cuestionan o enfrentan en Una de Pirandello no son distintos a aquellos con los que las personas de carne y hueso conversan a diario. Son habitantes evanescentes que pujan por una verdad desde distintas coordenadas del tiempo, el espacio, en un limbo que se alimenta de lo viviente y lo inerte.

Esos fantasmas agobiantes, esas miradas recelosas, esas humillaciones, aquellas escenas de menosprecio, estos otros atropellos soterrados, aparecen cuando menos lo esperamos y nos llevan a interactuar a veces con lo supuestamente olvidado y otras, a través de los vínculos que nos rodean, dirimiendo en tiempo real, con personas concretas, una disputa que pertenece al ayer y que involucra a otra gente.
Martínez se hace cargo de la complejidad de representar Una de Pirandello. Lo hace con solvencia. Por momentos es narrador, rol que le sirve tanto para explicar a Pirandello como para interactuar directamente con las emociones y la sensibilidad del público. Luego reconstruye la escena dramática. Los diálogos. Escenifica la catástrofe. Maneja el tempo del relato, sus zonas, sintoniza con una gama de intensidades, vuelve amable un parlamento que ofrece complejidades.
La puesta es sencilla, pensada para que Martínez se haga cargo de los hilos actorales. Como tal no confluye en un delta moralizante. No explica qué hacer con eso que daña, encarcela, enferma. Le alcanza con decir que, si buscamos con dedicación, debajo de la superficie o a flor de piel, esas voces están, poderosas, esperando ser integradas a un relato que les dé entidad.
En aquella tarde destemplada, Martínez esperó que la puerta vaivén se abriera y que el público buscara su lugar en la sala. Él los fue recibiendo desde cierta distancia, los saludó con reservada condescendencia, les indicó dónde había lugares vacíos. Luego confiaría a los presentes sus alarmas ante semejante exposición y subrayaría el papel reflexivo del teatro.
Antes de la hora indicada, había lidiado con los personajes que en él residen. La semana previa de caminatas y actividad física; los ajustes escenográficos en la víspera, que incluyeron el barrido de la sala y el repaso de las butacas; y la introspección en el día de la función eran estrategias para negociar un pacto de no agresión con esas esencias interiores, identitarias, con las que Pirandello le dio sabor, color y aromas a una producción dramatúrgica que ahora debía recrear.
Luego de los aplausos y las felicitaciones, llegó el momento de la conversación.
–Si Pirandello decidiera tomar seis dimensiones de lo que Mario Martínez ha sido a lo largo de su vida para convertirlos en personajes y ponerlos a dialogar dramáticamente en una obra, ¿cuáles no podrían faltar desde tu criterio?
–No sé si Pirandello encontraría interesante la vida de Mario Martínez, ja.
–Hagamos el ejercicio ¿Cómo ayudarías a Pirandello en ese trabajo de pensar en personajes que confluyan en un escenario dramático?
–Ante ese hipotético compromiso que me planteas, le sugeriría dividir mi vida en etapas: la niñez, la juventud y la madurez o la vejez. Luego, en ese terceto de períodos, tendría que identificar dimensiones con potencialidad expresiva y crear con ellos personajes: el niño cantor, centro de las reuniones; el deportista disciplinado, aunque no haya sido un atleta de élite; el soñador que se fue a Buenos Aires, con sus valores a cuestas; el bailarín que aprendió de grande para abrirse un futuro; el que disfrutó de ser parte de grandes elencos; el que regresó a Paraná y se fue quedando; el que adaptó Seis personajes en busca de un autor y presenta Una de Pirandello. Fantasía y realidad, enredadas.
En su producción, Pirandello ha hecho gala de una imaginación fantástica. Es deslumbrante que se le haya ocurrido que media docena de fantasmas o almas en pena que fueron ideados, pero no llevados al papel, con ese reclamo a flor de labios se presente ante un director para que escriba una obra que cuente su historia, de una manera que le sirva además para tensionar la noción de que el teatro es una representación de la vida misma.

–Repasaste una galería de personajes que habitan en Martínez ¿Todos eran propositivos o había quien hizo de antagonista y conspiraba?
–Desde la juventud, ya en Buenos Aires, necesité de los espacios terapéuticos para contar, para entender y para intentar modificar situaciones angustiantes. Pero en mi vida prima un espíritu propositivo: no me he visto boicoteando lo que hice.
Cuando comenzamos a trabajar con Eduardo Dib en la adaptación del texto le dije que la experiencia era buenísima, pero que yo no iba a protagonizar la puesta en escena, tal vez porque la sentía lejana a mi realidad. Pero él puso eso como condición para seguir. Me empujó al desafío. A lo mejor ahí jugó ese miedo, que por otra parte es habitual entre actores: considerar los recursos disponibles, medir las posibilidades y sentir cierta incomodidad.
Naturalmente, en la vida he tenido penas, he llorado a mares, he estado angustiado. Pero se ha impuesto la actitud de intentar superar los escollos, en todas las etapas.
–A propósito de los conflictos en Seis personajes en busca de autor ¿Qué lugar ocupaba Mario Martínez en su familia de origen? ¿Cómo se gestionaban las diferencias?
–Nuestras crisis no eran las descriptas por Pirandello en su drama. Pero, como en toda familia, había pujas. En algunos momentos sentí que era la oveja negra. Después esa impresión varió. Hoy creo que, con todo, fue una buena familia. Tuvimos una madre con la que ninguno de los cuatro hijos vivió enfrentamientos serios: Porota, amada. Y un padre, Polo, con vínculos complicados. Pensaba que el problema era conmigo, hasta que me di cuenta que de distinto modo todos los hermanos expresábamos reproches: Tincho, Lucy y Miguel también tuvieron encontronazos fuertes con él.
Cierto día, mi terapeuta de entonces propuso hacer una reunión de familia. Estuvimos Polo, Miguel, Tincho y yo. Lucy no quiso. Igual, la terapeuta fue hasta La Picada para charlar con ella.
El resto, pasamos un día entero en Paraná. Para mí fue un momento liberador. Con Miguel teníamos diferencias, pero nos manteníamos en contacto. Con Tincho, no recuerdo conflictos: sostuvimos el vínculo incluso cuando se fue a Alemania; me acuerdo de sus cartas, lo que me contaba de su vida y valoro que siempre estuvo atento a mi carrera.
En un momento de la jornada debíamos tomarnos de las manos y estar frente a frente. Lo hice con Miguel y con Tincho; cuando me tocó con Polo no podíamos sostener las miradas. Yo quiero decir, dijo Polo, que a Mario en determinado momento lo abandoné porque no supe cómo seguirlo.
–No será un conflicto con el sello de Pirandello, pero estás narrando una experiencia fuerte.
–Fue terrible por un lado y hermoso por otro. Me ayudó a comprender por qué mi padre no pudo hacerse cargo de mis particularidades. Lo bueno es que tuvo la posibilidad de decirlo, cara a cara, pero también en familia, ante otros, en grupo.
Dar la vuelta
–¿Cómo surgió la chance de regresar al mundo Pirandello?
–Mantengo desde hace tiempo un grupo de lectura. En un comienzo nos dedicábamos a la dramaturgia teatral y con el tiempo se incorporaron otros géneros literarios. Tal vez la lectura de la novela de Miguel de Unamuno, Niebla, haya sido el disparador para volver a leer obras de Pirandello.
Si bien se trata de un recurso que otros autores de diversas épocas ya habían utilizado, me impactó el momento en que el personaje protagónico, frente a una determinada situación personal, se dirige al autor de la novela, o sea al propio Unamuno, para solicitarle una entrevista y buscar un sentido a su devenir. Esta alternancia de ficción y realidad me sedujo enormemente.

–¿Qué tiene de extraordinario Seis personajes en busca de autor?
–Si algo de “extraordinario” tuviera esta obra de Luigi Pirandello estaría dado por el hecho de que se trata de un evento artístico que está fuera del orden esperado, regla natural o norma. No son seres de carne y hueso quienes abordan a un director mientras aguarda la llegada de sus actores para llevar a cabo un ensayo. No, se trata de seis espíritus que buscan a un autor para que les dé forma. Vida.
–¿Cómo se escribió la historia de la versión que estás poniendo en escena?
–Tuvo sus contratiempos. Hubo un intento de presentación grupal que quedó trunca, pese a mi interés en que siguiéramos haciendo madurar el proceso. Para mi propio asombro, ese material se fue transformando hasta lo que actualmente es. Yo dirigí obras de teatro clásico, de Lorca, de Brecht; pero no era un actor acostumbrado a hacerme cargo de ese tipo de compromisos expresivos, con alta exigencia física.
En el caso puntual, una vez que el guion estuvo listo, empecé a estudiar la letra. Cuando el parlamento brotó naturalmente, arranqué a trabajar con el cuerpo, con las emociones y demás. Iba a La Hendija, a las 10 de la mañana, y me enfocaba, pulía. Hoy siento que domino la propuesta escénica, pero los primeros ensayos no eran lo que buscaba. Eran fatales.
–¿Qué de esa escritura original se mantiene en esta versión y de qué modo emerge el universo Martínez?
–Si bien en el trabajo de adaptación (realizado con el asesoramiento dramatúrgico de Edgardo Dib), se optó por reducir el número de personajes intervinientes en muchas escenas, como los integrantes de la Compañía de Teatro por ejemplo, el resto de la obra y sus textos, están absolutamente respetados en esta versión. Todos los parlamentos de los personajes, pertenecen a Luigi Pirandello.
En lo vinculado con el universo de mi creatividad, esta pieza, plantea la posibilidad de ofrecerle al espectador, la presencia de seis seres incompletos, que permanecieron en el imaginario de un autor que los abandonó brutalmente.
En el mundo a contrapelo que vivimos, todos estamos en busca de un autor y es aquí donde la obra cobra su correspondiente vigencia y genera la empatía que la hace atractiva.
El personaje del Relator, que también ejerzo, irrumpe en varios momentos sobre la atención del espectador, invitándolos a reconocer el doloroso drama que se ofrece, pero, advirtiendo, según palabras de Griselda Gambaro, que el teatro intenta incomodar, aunque amorosamente. Que no es sólo entretenimiento, es también la posibilidad de descubrirnos en algún rinconcito de sus mentiras. Es una invitación a estar atentos, despiertos, prevenidos.


–¿Sentís que tu trayectoria se proyecta de alguna manera en el trabajo actoral? ¿En qué sentido?
–No tengo idea hacia dónde se proyecta mi trayectoria. Nunca sé cuál será mi próximo estreno.
Esta propuesta comenzó con un formato más formal. Con un grupo de actores, con un importante tiempo de ensayo. Ocurrió que, sobre la fecha de estreno, reconocí con absoluta certeza que no estábamos en condiciones de estrenar. Le faltaba. Me llevó mucho tiempo quitarme las culpas por haber calculado mal los tiempos del proceso de preparación. Tanto el elenco como yo decidimos abandonar la patriada.
Fue una sorpresa para mí retomar el proyecto de modo unipersonal. Los ejemplos de Pompeyo Audivert (con Habitación Macbeth) y Rubén Von Der Thusen (con La dama del perrito), fueron clave para intentar la experiencia.
–¿Sos de regresar en el recuerdo a las experiencias donde aprendiste arte escénico o a las personas con las que aprendiste?
–¡Siempre! Recuerdo perfectamente el fastidio o placer que me otorgaron las clases de actuación y sobre todo las de danza. Mis maestros fueron Carlos Thiel, Antoinette San Martín, Roberto Vega, todos quienes me dieron clase en la Carrera de Escenografía en La Cárcova y los directores, escenógrafos, coreógrafos, compañeros y asistentes con quienes trabajé durante tantos años de trayectoria.

Varieté
–En función de tu experiencia, ¿qué se puede aprender/enseñar en los espacios formales o a través de la lectura? ¿Qué viene con el artista y cómo se apropia de aquello que los libros no pueden transmitir?
–Soy un Escenógrafo Nacional recibido en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova y además Profesor Universitario recibido en la Uader. He trabajado muchos años como docente y he descubierto que es imposible enseñar aquello que no se desea aprender. La apropiación de saberes viene del espíritu de observación que llevamos dentro. Picasso decía que él no buscaba, encontraba. Encontrar es un arte.
–¿Te sentís cómodo en el rol de gestor?
–Me encanta gestionar. Encontrar respuestas a proyectos, llevarlos a cabo. Ciertamente es un papel que he llevado adelante desde el sector público, universitario y personal. La Casa de Poeta de Villa Urquiza y sus 16 años de existencia dan cuenta de ello. Me emocionan los artistas, el público aplaudiendo o en absoluto silencio. Lloro mucho durante los conciertos.
–¿Te considerás una persona exigente?
–Una anécdota puede servir. Una vez en la ciudad de Dolores, en provincia de Buenos Aires, reuní al elenco de Saltimbanquis que se estrenaba al día siguiente y les dije: a partir de este momento, errar no es humano. ¡Me odiaron! Yo también.
–¿Qué papel cumple el pasado en tu día a día?
–Es un reservorio de inspiración. Es un depósito de donde tomo o desecho material para mis nuevas construcciones. Me gusta mucho recordar, pero no me gusta repetir.
–¿Qué te interesa construir como artista en el presente?
–Un renovado Mario Martínez.
–¿Hay un legado Martínez? ¿Cuál te gustaría que fuera?
–Como dice el tango: quiero ser un buen recuerdo alguna vez.











