Así suena la vida post mortem 

25 diciembre 2025 7 minutos
Cristal Bella

Vuelve de la muerte por una sola noche. A quince años de su nacimiento y una década después de su disolución, La Chilanga Banda emerge de las profundidades para desenterrar el mito propio con una puesta en escena multidisciplinaria, este 28 de diciembre, a las 20, en La Hendija. Fiel a su forma de habitar Paraná, caótica y artesanal, reúne almas para el último ritual antes del descenso. 

Si la muerte es un síntoma de que hubo vida, La Chilanga Banda está lista para secarse la sien afiebrada y delirante que la condujo a organizar un último espectáculo tras una década de óbito.

Con la amistad como analgésico, trae consigo un blíster de aventuras que planea compartir con los del más acá. Sus integrantes pretenden patear la puerta de su panteón con la fuerza de una onda expansiva que promete terror y diversión.

Hace un buen tiempo, este conjunto de chilangos de Paraná tuvo curiosidad por saber de qué se trataba eso de la parca. Luego de innumerables noches de caos, firmaron su propia acta de defunción en 2015. En verdad nunca desaparecieron: tomaron nuevas formas y supieron camuflarse entre los vivos.

Los que saben dicen que los camaleones pueden llegar hasta los quince años con buenos cuidados. Se desconocen las condiciones en las que se encuentran los músicos pero, dándoles la derecha a los expertos, estos seres humanos –y no tanto–, que siempre gozaron de habilidad para adaptarse, están de regreso para festejar su decimoquinto cumpleaños.

Se definen como “un grupo de amigos”. No obstante, la memoria colectiva indica que La Chilanga fue una manera de habitar la ciudad. Con estilo callejero y filarmónico, siempre han sido partidarios de la zapada y fundamentalistas del ensayo. (Aquí hay que ser cautelosos y no caer en la picardía de calificarlos como intransigentes y adeptos a la disciplina). Esto no se debió a la búsqueda obstinada por reducir el margen de error. Más bien, al sabor del encuentro y al acto de creación en sí mismo, cuya molécula vital se configuraba a través de la idea, la fusión y el consenso.

Es cierto que el under paranaense toma cuerpos singulares. En su caso, La Chilanga optó por una apuesta estética y narrativa multidisciplinaria, guionada y con tintes de espontaneidad en donde la música fue el porqué indiscutido, y el teatro, el circo y la danza finiquitaban un círculo irregular y mestizo que ampliaba el horizonte de posibilidades.

Esta última ha sido una década de relativa pendulancia entre lo que algunos recordarán como un chasquido con eco débil o como una eternidad, aunque efímera, de años difíciles. En este período de nuevos eslabones perdidos, liquideces y confusiones existenciales, -otras, políticas-, los miembros de La Chilanga han forjado el quid del colectivo. En actos de magia y visitas esporádicas, descubrieron el hechizo para inmortalizar la unión entre amigos. Y fue en el ínterin de esos interines donde se plasmó la chance de ofrecer una velada más.

La Chilanga resquebraja esa idea rudimentaria de que vivir se trata únicamente de retener el cuerpo vivo mientras se omite la esencia de la vida: esa conciencia tan impersonal como propia que se construye con elementos varios como la experiencia compartida, la emoción y el amor.

La banda hizo de su historia un cadáver exquisito. Con acontecimientos aleatorios, creó una obra colectiva, ecléctica e indogmática, y está preparada para subirse al escenario con su tradicional sincretismo y demostrar que ponerse la careta no es siempre mala palabra. Con géneros, maquillajes, vestuarios, escenografías, La Chilanga cartografía límites que ella misma osa traspasar. La Chilanga inventa la libertad.

Si los huesos no se les han disuelto ni les rechinan es porque han sabido mantener el líquido sinovial que los hizo tocar y caminar por plazas y centros culturales de la ciudad desde adolescentes. Ellos dicen que adónde van “se las arreglan para encontrar afinidad”. Tienen esa actitud sagaz de quien se ha tomado unas cuantas chelas con Cerbero y la tranquilidad de saber que el azar los encuentra siempre en Paraná.

El grupo propone una puesta en escena con condimentos conceptuales, estéticos y narrativos.

Escuchar La Chilanga se parece a la sensación de contemplar algo -o nada- mientras se juega con un pastito en la boca. Se asemeja al confort de echarse sobre el hombro de alguien más cuando la vida aprieta. Es el soundtrack de un par de miradas cómplices y una seguidilla de sonrisas inevitables. Con los años confirmaron que la vida da muchas vueltas y que, pese a la imposibilidad de frenarla, te regala momentos para bajar la guardia y hacer esa pausa necesaria, ya sea tendido en el pasto, descansado sobre un omóplato querido o bien-perdido en unos ojos inconfundibles.

Estos músicos son viajeros y no vuelven porque los carcome la nostalgia. Regresan porque pintó como ellos siempre se pintaron. De La Tierra a Sorimba, del inframundo a La Hendija, quieren abrir un portal, a las 20, este 28 de diciembre, antes de que el 2026 arremeta impiadosamente o caigamos en la cuenta de que el 2025 tan sólo ha sido el sueño de un perro.

En una misa de réquiem, una de estas almas purgatoriales se confesó con Tekoha. Nicolás Herrera es bajista, arreglador y compositor. Formó parte de múltiples bandas en Paraná y Uruguay. Participó del Encuentro Internacional de Músicos Jazz a la Calle en la ciudad uruguaya de Mercedes. Alcanzó el título de Tecnólogo en Jazz y Música Creativa y completó la Licenciatura en Composición y Arreglos de la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC). Obtuvo una beca de estudios en la institución oriental que le permitió irse de intercambio a Alemania y convidar con músicas propias a una orquesta germánica.

En el diálogo, este músico ambulante personificó un brief en el que precisó lo esencial de un boomerang musical que tal vez quede suspendido en un estado intermedio. Ahora resta encontrar a Carola y esperar a que la muerte se espeje ante la vida y reflecte frente al abismo un último show. “Sólo dos horas”.

–¿Qué es La Chilanga?
–Un grupo de amigos que se fue ampliando. Nos unió la música cuando éramos chicos. El vínculo se dio de manera natural.
Musicalmente, fue un proyecto en el que todos aportábamos desde distintas experiencias y nos sentíamos libres creativamente. Caminábamos la ciudad y ensayábamos mucho. El común denominador de cada encuentro era la diversión.
Fuimos y somos camaleónicos. Frecuentábamos diferentes ámbitos pero siempre andábamos juntos. Recuerdo la plaza Sáenz Peña como epicentro fundamental. Pateamos la calle, movidas y centros culturales de barrio San Agustín, Asociación Barriletes, La Hendija, La Vieja Usina, ni hablar La Casa de la Cultura. Como trasfondo, intentábamos aportar a diferentes causas o dar una mano con algo. La gente nos seguía.
La Chilanga tuvo muchas formaciones. Llegamos a ser doce. Nos separamos por motivos personales. Viramos hacia puntos cardinales distintos. Sin embargo, la amistad permanece. Todos los 4 de noviembre festejamos el cumpleaños de la banda.

–¿Qué rasgos identitarios los definen a nivel conceptual y estético?
–Al principio fue solo música. Hasta que un amigo dijo que tenía pánico escénico. Entonces nuestra respuesta fue que si no quería que la gente lo viera, nos disfracemos todos. Así, adoptamos el vestuario y el maquillaje. Gracias a eso generamos diferentes conceptos y fuimos mutando.
Nuestras canciones las armábamos entre todos y ofrecíamos un repertorio de autor. Las composiciones se caracterizan por ser complejas, largas y grupales. Un día uno traía una letra y todos metíamos cuchara en la melodía. Hablábamos de algo personal o social, o simplemente delirábamos. En ese momento no registrábamos ese proceso creativo.
En cada concierto, presentábamos un show diferente en el que concebíamos una historia. Inventamos que La Chilanga es el ejército sonoro del planeta Sorimba. Era algo peculiar, distinto.
Nos gustaba mezclar la música con otras ramas artísticas. Eso significaba mucho laburo de guion, escenografía y puesta de luces que duró cinco años. Lanzamos nuestro primer y único disco en 2020. Rock Muerte recopila composiciones de los primeros dos años y lo largamos estando la banda inactiva. Muchas canciones quedaron afuera y sólo se almacenan en la memoria de los testigos. Esta próxima fiesta conmemorativa va a tener la misma impronta que siempre buscamos y va a repasar el material completo.

–La Chilanga parece traer aires de contracultura. ¿Cómo se redefine lo contracultural hoy?
–No sé sobre redefiniciones pero sí que a todos nos gusta volar. Desde el under y el hacer todo a pulmón, nos caracteriza la actitud de buscar la manera de que las ideas se reproduzcan mediante el arte, el juego y el trabajo en equipo. Se trata de emular una cocina colectiva en el que cada uno pone sobre la mesa una noción, condimenta con un arreglo o tira al fuego un plan para armar un banquete del que todos puedan gozar.

Maquillaje y vestuario son elementos fundamentales de La Chilanga.

–¿Por qué eligieron resucitar a finales de 2025? ¿Qué tiene este presente que los hace volver?
–Hace un tiempo lo veníamos charlando, pero no es fácil. Ahora estamos a punto de materializar el plan completo de la misma manera que lo hacíamos: con autogestión y de forma colectiva.
Hoy, en el equipo de laburo somos un montón y con muchísimas ideas y personalidades haciendo lo suyo. Delineamos un mapa con la conciencia contradictoria de que los límites no existen. Este caos simpático es parte de nuestra identidad.
Lo primordial es la amistad y las ganas de compartir el escenario juntos, con amigos, invitados y la gente que más queremos en la vida. Una sola vez.

–¿Con qué se va a encontrar el público?
–Con un show que acopla pinceladas de varios estilos y géneros, un Pollock de cosas. En tiempos de actividad, nos abocamos a combinar rock con salsa y reggae, desde tango hasta cumbia, pasando por la chamarrita litoraleña.
En esta ocasión, apostamos a una integración conceptual que mimetiza teatro, fantasía y terror. Queremos acomodar el desorden en vivo y con estímulos diversos.

–¿Qué se traen de la muerte?
–En una década sucedieron viajes, ciudades, familias, carreras, proyectos musicales. Traemos una mochila cargada de experiencias pero, sobre todo, respeto y cariño por La Chilanga y Paraná. No es casualidad que los chilangos sigamos teniendo el mismo vínculo que hace quince años. Volver es un deber y un capricho, sólo por un rato y de vuelta a las tinieblas.


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