Educar para ampliar derechos

18 marzo 2026 8 minutos
Redacción

Lejos de consignas grandilocuentes y de simplificaciones extremas, el libro Educación sin Estado propone elementos de análisis para que el debate sobre las políticas públicas sea integral. A lo largo de 70 páginas Romina De Luca, Gabriela Diker y Esteban Paulón ponen en cuestión los alcances de la llamada libertad educativa, el predominio del mercado y sus efectos sobre la desigualdad social.

La lectura del libro Educación sin Estado, que acaba de ser incorporado al catálogo de La Hendija Ediciones, puede resultar inspirador en un doble sentido. El material es una bocanada de aire puro que viene a aliviar la atmósfera de una esfera pública que rechaza el diálogo fundamentado y, a la vez, contagia el deseo por reconectar con una dimensión como la educativa, que es clave para entender e intervenir en los problemas estructurales de la sociedad argentina.

Educación sin Estado tiene un subtítulo que permite avizorar el curso que tomarán los desarrollos de Romina De Luca, Gabriela Diker y Esteban Paulón: Libertad educativa, mercado y desigualdad. Como herramienta discute la idea y el diseño del proyecto oficial. Si bien asegura que profundizará desigualdades y la fragmentación del sistema educativo, no se limita a reivindicar lo precedente como una especie de contracara de lo actual, sino que se enfoca en detectar y caracterizar una serie de políticas que, por fuera de todo eslogan, vienen generando efectos similares con independencia del signo partidario de los gobiernos.

En diálogo con Tekoha, De Luca definió que pensar un proyecto social sin excluidos ni marginados de antemano obliga a preguntarse por un tipo de políticas públicas que involucre a la educación pero que no pierda de vista su vínculo cercano con los modelos económicos.

“Soy hija de la escuela pública”, señaló, al referir que proviene de una familia trabajadora pero profesional (“mi papá es arquitecto UBA y mi mamá tenía estudios incompletos asociados al arte en terciario”). Ese sentido de pertenencia influye en su posicionamiento. “En mi familia somos tres hijas mujeres, todas universitarias, dos de ellas somos investigadoras del Conicet; a esto siempre lo subrayo porque no hay que naturalizar los estudios superiores sino que hay que entenderlos como resultado de proyectos políticos integrales”, enmarcó, no sin especificar que “de formación soy historiadora y me fui tempranamente centrando en la política pública en materia educativa, la historia de las políticas educativas, tal vez porque siempre me interesó la docencia y el pensar la escuela”.

En la expresión de De Luca emerge un sólido sentido de la formación y un evidente dominio de la actualidad. A esas materias primas las condimenta con cierta sencillez en la forma de plantear lo que piensa. “Estoy convencida que la educación le cambia la vida a la gente”, dirá, al anticipar el lugar desde el que enunciará. “La educación masiva es una conquista de la historia de la humanidad que tenemos que defender; por ahí viene mi impronta y la propuesta del libro”.

–¿Cuál es el diagnóstico del sistema educativo?

–A mí me parece que el sistema educativo está en una profunda crisis hace mucho tiempo ya. Es crisis no puede escindirse de pensar la relación entre el sistema educativo y la sociedad que le da origen. Por ejemplo, cuando miramos los indicadores educativos nos damos cuenta que algo pasó en el último tiempo.

Nos interrogamos sobre por qué el rendimiento de los estudiantes cae y, entre un tercio y el 40% de las y los estudiantes no comprenden lo que leen al terminar la escuela primaria, que es masiva desde los años cuarenta del siglo XX; por qué el salario docente es de pobreza y las condiciones materiales de la escuela -personal de apoyo, infraestructura, material didáctico- también se deterioran.

No hay duda de esos factores. La pregunta para hacerse es si la dinámica educativa puede ser muy distinta a la de una sociedad que cuando uno mira los indicadores sociales, de condiciones de vida, salariales, de empleo, se encuentra en la misma trayectoria descendente desde la década del ‘70.

Cada uno de esos puntos necesita una solución profunda y urgente. Porque precisamente el potencial de la educación para todos es proyectar, a lo largo de muchos años de escolaridad, la construcción de las generaciones que pueden resolver estos problemas. Es pensar en mejorar la vida de todos/as, es el desarrollo de nuestra verdadera humanidad. Por eso, la crisis del sistema educativo, duele porque limita.

–¿Qué de ese cuadro de situación viene a resolver el proyecto que sustenta la necesidad de una ley de libertad educativa?

–El proyecto que sustenta la Ley de Libertad Educativa no va a resolver ninguno de los problemas que tenemos acumulados y más bien los va a empeorar.

Si hoy el sistema educativo es desigual porque la sociedad argentina es muy desigual, la idea misma de correr al Estado de cualquier lugar “igualador” implica la consolidación de las diferencias sociales en la escuela.

Es un salto al vacío absoluto del tipo “porque tenemos problemas veamos si tirarnos a la pileta sin agua nos da mejores resultados”.

–¿Qué paradigmas entran en tensión con la irrupción del nuevo gobierno?

–Yo creo que el paradigma actual del gobierno tiene una base asocial, es decir, supone que las personas, los individuos actúan sin ninguna limitación de ningún tipo, sin establecer ningún tipo de cooperación entre sí. Diría que incluso desconocen lo que es la esencia humana: somos individuos sociales.

Las familias, a las que se les quiere trasladar todas las funciones sociales, no flotan en el aire. En la vida real, no es igual la forma en la que tomas decisiones si naciste en una familia en un barrio obrero que si naciste en una familia de los sectores con mayores recursos. Diría que ni siquiera es un pensamiento “liberal” sino más bien reaccionario donde los que más pierden, otra vez, son los que menos tienen.

Creo que en la mirada del gobierno se habla del capital humano para la tribuna, pero no se cree en ello. Veamos lo que pasó con la apertura de sesiones del Congreso el 1 de marzo: en un discurso de una hora 45 minutos, a la educación se le dedicaron apenas 10 líneas. La creencia que está detrás es que la desigualdad es constitutiva de la especie humana y el mercado va a resolver todo. Por eso, desde el Estado, no hay nada que hacer en materia educativa en la etapa actual.

–¿Qué implica una educación sin Estado?

–Una educación sin estado implica la consolidación y profundización de las desigualdades que ya tenemos en materia educativa. El Estado puede ser un gran planificador a nivel social si es desplegado pensando verdaderamente en el interés común y no pensando en el interés de pequeños grupos.

Es una educación que, en el mejor de los casos, va a consolidar los prejuicios de las familias: en lugar de abrir mundos posibles, los va a cerrar. Es limitar el desarrollo de las futuras generaciones, de nuestras hijas e hijos.

–¿Cómo interviene el mercado y la desigualdad? ¿Se puede avizorar qué efectos generará sobre el status quo?

–Lo que está claro es que el resultado que generarán estas políticas educativas sin estado es la consolidación del status quo.

Uno puede intervenir para intentar saldar y resolver las desigualdades sociales o dejar que se desarrollen. Es evidente que la política actual elige este último camino. Lo que me parece más paradójico en esta visión que tiene al mercado como regulador de la vida social es que en materia educativa hasta desconoce las características de ese mercado: en nuestro país el sector privado de educación se sostiene gracias a la intervención estatal, la desgravación impositiva y los subsidios.

Para ponerlo en los términos del gobierno, excepto un sector muy minoritario dirigido a menos del 5% de la población, el resto “caza en el zoológico” y es este gobierno el que renueva esos beneficios impositivos y agrega otros -los vouchers- para este sector.

–¿Qué habría que hacer para mejorar los aspectos más críticos de la situación educativa actual?

–El sistema educativo en nuestro país es muy desigual y está muy fragmentado. Esto es, en parte, también resultado de las políticas de transferencia de responsabilidad a las provincias, es decir, lo que conocemos como descentralización.

Creo que saldar las brechas de desigualdad requieren, por un lado, una gran planificación a nivel estatal y eso solo puede hacerse pensando al sistema educativo como un todo, es decir, nacionalizándolo. Solo esa escala te permite tomar decisiones a gran escala.

Luego hay un montón de pequeñas medidas que se pueden tomar ahora e implicará una mejora en materia educativa: implementar la jornada completa en las escuelas -sobre todo como una necesidad para las familias trabajadoras- en lugar de cerrar cursos y desvincular docentes al calor de la “crisis de la natalidad”; reagruparlos en las escuelas que más los necesitan creando parejas pedagógicas de docentes y grupos pequeños; mejores salarios y personal de apoyo suficiente en cantidad y calidad.  

En el país, la construcción está paralizada y, sin embargo, necesitamos reparar escuelas, garantizar que tengan agua y cloacas, asfalto, ni hablemos de recursos digitales y tecnológicos. No se cumplen los calendarios de vacunación obligatoria y no se nos ocurre abrir una salita al lado de las escuelas con personal específico para generar un polo de atención primaria de la salud. Es decir, hay aspectos que requieren una sinergia del pensar la relación entre escuela-sociedad.

–¿Puede hablarse de situación educativa aislándola de la realidad económica? ¿Cómo maniobrar entre ambas?

–En efecto, no puede aislarse la realidad económica de lo que ocurre en la escuela. Soy una convencida de que hay acciones del campo educativo concretas que nos producirían una mejora, pero si no encaramos la resolución de todos los problemas que afectan a la sociedad, en el fondo, la crisis educativa no se va a resolver.

Para eso, al contrario de lo que se sostiene, hace falta más Estado, de un Estado que planifique y que esté en manos de un sujeto social distinto al que viene gobernando hace décadas donde se privilegia intereses particulares de pequeños grupos.

–¿Cuánto de todo esto aparece desarrollado en el libro que editó La Hendija? ¿Cómo está organizado? ¿Quiénes participan?

–Creo que el libro que editó la Hendija es muy necesario para intervenir sobre la coyuntura clarificando. En particular, para mí siempre es un honor y responsabilidad que se piense en una para aportar a ese proceso.

El libro está organizado en tres partes con los aportes y miradas de distintos colegas como son Esteban Paulón y Gabriela Diker. Algo que me parece central del libro es que, ya desde su introducción y de alguna manera a lo largo de los tres trabajos, hablar de la necesidad de reformas del sistema educativo no nos tiene que hacer suponer que cualquier reforma es buena.

Precisamente ese es el quid de la cuestión. Entender que esta reforma no resuelve problemas y más bien agrava los existentes. En el mismo sentido, por lo menos, desde mi perspectiva, no alcanza con defender un pasado reciente utópico sino comprender los problemas porque ese es el puntapié para construir soluciones.

En ese sentido, hay algo en los textos que me parece los unen y no es solo la mirada crítica al proyecto de nueva ley sino también el convencimiento de que estamos ante una oportunidad de dar un debate público, genuino, que nos permita conscientemente actuar mirando hacia adelante. Y paradójicamente eso es lo valioso de la embestida actual sobre el sistema educativo argentino.

–¿Hay espacios alternativos para pensar y discutir las políticas públicas desde la actual noción de poder?

–Creo que es una necesidad de primer orden pensar y discutir la política pública. Creo que cada escuela puede ser un espacio alternativo para dar esas discusiones, los especialistas, las universidades, las familias, todas pueden ser trincheras de este debate.

Un gran congreso educativo serviría para articular y hacer crecer estas discusiones. Es necesario construir esos espacios de debate si queremos, como decía antes, salir hacia adelante en el proceso actual.

–¿Desde cuándo te interesan estos temas y desde qué perspectiva los abordás?

–De forma sistemática me ocupo de estos temas hace más de veintidós años, poco menos de la mitad de mi vida. Me considero científica y socialista. Es decir, estoy convencida de que podemos construir una sociedad mejor y que para eso no alcanzan los dogmas, sino que hay que mirar y estudiar cómo se interviene en una sociedad concreta con soluciones concretas. Es decir, una mirada, anclada en el materialismo, no dogmática sino científica.

Destaco entonces la necesidad del análisis de lo concreto, de conocer la historia y el devenir del lugar donde queremos intervenir. Tal vez tenga que ver con mi formación como historiadora.

–¿Cómo te vinculaste con esta área de interés? ¿Cómo fue tu proceso de especialización?

–Formo parte de un centro de estudios -el Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales- que fue el espacio de formación y desarrollo de los temas que investigué a lo largo de todo este tiempo. Soy docente y docente universitaria e investigadora del CONICET lo que me permitió poder dedicarme de forma bastante sistemática y responsable a pensar, estudiar y analizar los problemas del sistema educativo.

Creo que he sido coherente en la denuncia y visibilización de distintos problemas educativos remarcando la dimensión social de los problemas, más allá de los distintos gobiernos de turno. En el marco de la sociedad argentina, dedicarse a la investigación de manera rentada -aunque con salarios bajísimos- lo siento como un privilegio y lo asumo con mucha responsabilidad intentando devolver a los distintos sectores sociales los resultados de estos procesos de investigación.

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