Ocho letras le bastaron a la música Silvia Teijeira para componer el sentimiento que más la representa: gratitud. Luego de largos años en los que exploró las posibilidades expresivas del piano solista en la ejecución del repertorio chamamecero, pudo cumplir el sueño de presentarse en su tierra natal, en Federal, en el Festival Nacional. Es un fuerte incentivo para esta artista entrerriana, caracterizada por el tesón y el esmero puesto en un arte al que ofrendó la vida.
Hace unos días que tiene en su WhatsApp las preguntas de la entrevista. No es más que un ritual periodístico al que está familiarizada. Pero esta vez el listado de consultas la llevó por otros caminos, no por lo que específicamente pretendían conocer, sino porque la experiencia próxima habilitó escenarios de introspección que no esperaba. Aromas caseros, uniformes de pupilado, rieles que chirrian y durmientes que crujen, distancias polvorientas, rostros influyentes y ausencias presentes han formado un torbellino emocional que la mantiene en el aire, flotando.
Por cierto, la vida del artista de provincias suele ser menos glamorosa de lo que el común de las personas imagina. Vistos en retrospectiva, los almanaques suelen ser cuestas ascendentes que terminan en una efímera cima, para volver a arrancar un rato más tarde en busca de nuevos objetivos. Presentaciones en distinto formato, instancias de formación con referentes, trabajos que unas veces se disfrutan más que otras, largas jornadas para disciplinarse y gobernar el instrumento y aplicar la técnica a un desafío expresivo, suelen tener un final feliz. Pero después del suspiro dichoso y las consabidas palabras y gestos corporales de agradecimiento, nuevamente la hoja queda en blanco. Hay que volver a empezar.
En eso piensa probablemente, ante el Word aún vacío de caracteres propios. Entonces suspende el intento y sale a hacer compras por el barrio que eligió para vivir en Paraná, cerca de los andenes de la terminal de ómnibus, metáfora involuntaria del carácter itinerante de su vida.
Es una más en la verdulería. Como los demás, advierte ante el cartel que los precios fueron corregidos con tiza mojada por la mano invisible del carnicero. Camina. Repasa mentalmente una frase musical, le busca simplicidad a un pasaje esquivo. Charla con los vecinos en cada portal. Se sabe que ella vive en la casa blanca de una planta, sencilla, pensada para el sueño de prosperidad de un trabajador, donde suena el piano en un ceremonial de ventanas abiertas. Lo que no es fácil de imaginar es la serie de sacrificios que hay que afrontar para responder a las exigencias el campo: el lado B de los breves estados de gracia. No hay arte sin estrategias. Hay que actuar para vivir. Método, disciplina. A veces, vivir también es enseñar.
Por otra parte, no existen los planes sin tensiones: entonces, se forman equipos para resistir los vientos adversos y al rato se vuelve a la actividad solista para no perder individualidad; en paralelo, se asume que hay que integrarse a una sociabilidad activa sabiendo que los avances en materia artística se dan en la soledad del trabajo pertinaz. Es verdad, los péndulos por momentos estabilizan, pero también provocan desequilibrios que cada tanto es preciso corregir.
Ha cruzado el océano para estudiar con Raúl Barboza, se ha dado el gusto de tomar clases con Hilda Herrera, Carlos Aguirre, Lilián Saba y Graciela Reca. Ha grabado cuatro discos y ha sido impulsora de numerosos proyectos musicales, colectivos y personales. En la madurez de una trayectoria sólida, luego de llenar de puntos el mapa de lugares donde actuó, Silvia Teijeira sabe que se trata de eso, de volver a empezar una y otra vez.
Acaba de cumplir un sueño: disfrutar del Festival del Chamamé de Federal, desde el escenario. Se le hace un nudo en la garganta y vuelve a ser en su memoria la nena pizpireta que le fue a pedir a la maestra que convenza a sus padres para que la dejen estudiar música. Llora suavemente, mientras esos torrentes riegan los arenales de los años de búsqueda, de la decisión de ir por donde creyó preciso, de construir pese a todos los consejos en contrario.
“Es genial que haya personas dentro del arte que busquen la belleza. No obstante, me identifico con quienes sienten que la música es un medio para expresar lo que late adentro. Es obvio que yo también tengo una aspiración de belleza, sino no estaría tantas horas sentada al piano, trabajando, pero los seres humanos somos algo más que belleza. Por eso, trato de que la vida se exprese en lo que toco”. Teijeira prefiere resguardar en la intimidad aquellas manifestaciones sensibles que la han conmovido. Tal vez por eso las respuestas demoran en dar el paso.
Para aliviar el trance, prepara el mate. Toma un par, de un sorbo. Le da un golpe de calor al agua. Y regresa a la acostumbrada ceremonia. La pantalla brillante invita. Es hora de subir a escena.

–El Festival Nacional del Chamamé es un evento múltiple. ¿En qué consistió tu participación?
–Ante todo, deseo expresar mi más profunda gratitud al gran músico, amado por la gente, Ramón Monchito Merlo y a la Comisión y autoridades de la Edición 51ª del Festival, año 2026, que aceptaron que un instrumento como el piano participe y haber podido compartir con el público, los chamamés que interpreté con el piano solo y la posibilidad de tocar con Monchito Merlo, a dúo.
Luego, respondiendo a la pregunta, en el mes de septiembre de 2025, se comunicó el maestro Monchito Merlo, invitándome para tocar con él en el Festival. Mi felicidad fue muy grande porque tocar en el Festival fue mi sueño, siempre.
Luego, por la misma fecha, me invitaron a participar del lanzamiento del festival, tocando y también formando parte del jurado junto a Arturo Luna y del pre Federal. Felicidad completa.
–¿Qué suma el Museo y Paseo Audiovisual, que se acaba de inaugurar?
–Mucho. Es altamente interesante porque contiene elementos constantes, estables y otros que van variando, por lo cual, quien vaya siempre encontrará nuevas expresiones, junto a las del museo. También nos compartieron que se va a intervincular con otras exposiciones itinerantes temáticas.
Fue muy emocionante y agradable recorrerla. Está realizada con mucha dedicación, cuidado y amor. Plasma 51 años de historia de una fiesta que sintetiza la cultura de una gran región, siendo Federal ciudad su espacio de creación, concreción y sostenimiento. Una cultura identitaria multidimensional, muy fuerte, que nos conforma, nutre, impulsa y de la que somos también, orgullosos exponentes.
El nombre del Museo y Paseo Audiovisual, homenajea a Roberto Romani, escritor, periodista y músico, oriundo de Larroque. Romani participó activamente, desde los inicios del festival que se hacía en el club Talleres. Es alguien muy querido por la comunidad de Federal ciudad y del departamento. Y a su vez, las cuatro salas del espacio también distinguen a personas fundamentales vinculadas al festival, desde concebir la idea de crearlo, a su concreción y sostenerlo en el tiempo. Por ello, las salas llevan los nombres de René Mazzucco, Jorge Heyde, Peloncha Altamirano (Pedro Altamirano) y Arturo Luna. Cada espacio ofrece un recorrido audiovisual por la historia del festival y sus protagonistas.
Hay otros aspectos que me parecen muy importantes, uno es que es una propuesta gestada colaborativamente, con aportes generosos de muchas personas. Luego, subrayo esto del concepto y significación de ser Paseo Audiovisual, con lo que implica de movimiento, variación, nuevas tecnologías y comunidad, construcción de redes.
Además, está alojado en la antigua estación del ferrocarril General Urquiza, de Federal.

–Con lo significativo que es el tren…
–Cuando era niña, adolescente y joven, el tren era la manera constante de poder viajar tanto si no había automóvil en las familias como cuando llovía mucho, a Paraná, a Concordia, a las estaciones y apeaderos de la línea y ramal.
En el caso de nuestra familia, se usaba mucho.
Cuando tenía 8 años, que estaba pupila en el Colegio de la Divina Providencia, a una legua (casi 5 kilómetros), del apeadero de El Cimarrón. Si llovía, había que ir en el tren que pasaba a las 5 de la mañana hacia Paraná. Llegábamos al apeadero y algunas veces nos buscaba un señor en un carro, que nos llevaba hasta el colegio. Pero desde que el señor falleció, tuvimos que ir caminando, atravesando el campo, porque el barro no permitía ir por el camino, ni siquiera a pie. Lo mismo los viernes, para volver a Federal.
Luego fue la secundaria en Paraná: lo mismo, el tren. Y siempre se formaba una comunidad de quienes viajábamos y compartíamos mate, charlas, sueños, ideas. Ni qué decir para viajar al médico, a ver familiares, a comprar algunas cosas
a Paraná o Concordia.
El tren fue una parte medular de muchas comunidades. Y entrar ahora a la estación, y verla tal como era antes, fue un plus de emoción que agradezco y jamás olvidaré.
–¿Cómo fue actuar en tu ciudad natal ante miles de espectadores?
–Fue muy movilizador, emocionante, muy significativo. Iba al festival con mamá, que junto a la cooperadora de la escuela nacional 164 (hoy, provincial 52), tenían un puesto para vender pastelitos, tortas fritas y juntar dinero para la escuela. Era una nenita. Miraba fascinada a los músicos. Eran inmensos en su arte e inmensos también sobre el escenario para los ojos de una gurisita. Una vez me impactó una chica que tocaba el acordeón. Lo recuerdo. Allí vi a artistas fundamentales del género y eso me marcó mucho. Además, el clima que se vive. Es una verdadera fiesta popular, con mayúsculas.
–¿Qué interpretaste?
–A la música del sábado 7 de febrero, en el Escenario Ernesto Montiel, la fuimos conversando con el maestro Monchito Merlo. Lo pensamos en dos partes. Él, con su gran experiencia y generosidad, me aconsejó y guió.
Hice dos temas, en piano solo: No es Chicharrón de vizcacha, un chamamé del federalense ya fallecido Higinio Changuito Medina, con una glosa del escritor local Horacio Nacho Ferreira Gallegos; y El Tren expreso, de Raúl Barboza.
Luego, con el Maestro Monchito Merlo, dos chamamés de su autoría: Bien enorquetado y La verbena.
–¿Y antes, el sábado 21 de enero?
–Esa vez, en el Lanzamiento del Festival, en el escenario Abelardo Dimotta, de la Cancha Unión (donde se realizan las bailantas), pensé en chamamés para piano solo y también invité a una cantante entrerriana, oriunda de Hasenkamp, Araceli Tano, que tanto me gusta cómo canta. Con ella preparamos, en primer lugar, un bellísimo y conmovedor chamamé inédito de dos federalenses, titulado Aquí en Federal. La letra es de Horacio Nacho Ferreira Gallegos y la música de Hugo Gastaldi. También preparamos y brindamos Puentecito de la Picada, de don Jorge Méndez, además de dos temas que toqué sola. Un lujo.
–¿Qué valor le asignás a lo sucedido en este momento de tu trayectoria?
–Me sentí y siento muy feliz, muy agradecida y con mucho impulso para seguir creciendo.

–Pensando en los que aún no lo conocen, ¿qué es el festival del Chamamé como manifestación de la cultura de una región y como propuesta artística?
–El Chamamé, es una expresión muy amplia y podríamos decir, compleja, que abarca la música, la poesía, la danza, la expresión visual, la religiosidad, el sapucay como símbolo, la comida, modos de vincularse, valores, lo festivo y el espacio natural donde todo sucede.
Teniendo claro eso, podríamos pensar que el festival es una celebración del encuentro de la gran comunidad chamamecera, que sucede cada mes de febrero, en la ciudad de Federal, Entre Ríos, desde hace 51 años.
Además de la comunidad residente, de los habitantes del departamento Federal y lugares cercanos, cada año, acuden personas de todo el país y de países limítrofes. Hay familias enteras que van desde siempre, otras personas que se van sumando.
Pensemos que, debido a las corrientes migratorias internas, el chamamé tiene una fuerte presencia comunitaria en diferentes regiones de nuestro inmenso país. Algunos vuelven al litoral en verano para mantener la identidad. Y en eso Federal se destaca.
Es una fiesta maravillosa que sintetiza, por decirlo de un modo sencillo, una forma de estar en la vida.
–¿En lo estrictamente artístico?
–Es una propuesta que, a lo largo de 51 años, ha reunido a grandes exponentes del chamamé, en diferentes momentos de sus trayectorias. A su vez, este festival siempre cuidó el concepto de chamamé que ofrece al público. También, por medio de los concursos, va acompañando a nuevas agrupaciones que, mediante ese sistema de selección, pueden tocar en el escenario, lo cual nutre y a la vez significa visibilidad y crecimiento.
Paralelamente, las bailantas en el predio de la Cancha Unión, en el Escenario Abelardo Dimotta, son un espacio también altamente significativo, de encuentro de la comunidad chamamecera y allí también es con música en vivo.
Ahora se suma el Museo y Paseo audiovisual.
Por otro lado, en Federal hay un grupo de estudiosos y estudiosas del Chamamé, que hace años, desarrollan la Cátedra del chamamé. Donde se aborda la transmisión oral y audiovisual, de los diferentes aspectos que conforman el chamamé, como expresión identitaria de la región guaranítica, que, como decía antes, abarca muchos aspectos.

–No perdiste los vínculos ni el contacto con Federal pero, ¿hubo algún recuerdo que estuvo particularmente presente en estos días de la actuación?
–Sí, siempre estoy en contacto. Mi familia vive allá. Fueron muchos recuerdos los que se me presentaron. Al chamamé cada día lo llevaba el viento hasta el patio de casa. Porque allá el chamamé era y es parte de la vida cotidiana.
Fue fácil recordar diferentes momentos de los días, de los paisajes, tan diferentes en cada estación del año, los espinillos, las palmeras, los pájaros. ¡Tanto!
Sintetizo ello en el recuerdo y gratitud a mis padres: Gerardo Teijeira y Aurora Peltzer. Papá, federalense de nacimiento; su madre, de la zona de Los conquistadores y su papá, emigrante español, de La Coruña. Mi mamá, de Paraná, docente normal, fue a trabajar y se conocieron.
El agradecimiento a mis hermanos, Javier y Alejandra Teijeira, que viven allá y tanto me acompañan y apoyan. A mi hermana del alma y amiga, Viviana Ava, que nos criamos juntas y siempre está presentes. También deseo expresar una gratitud especial hacia Alicia Lell (modista) y Fernando Zaragoza (estilista). Luego, al músico, acordeonista, arreglador y compositor, Darío Tati Grandolio, oriundo de Victoria y radicado en Paraná y a Fortunato Galizzi, que me acompaña siempre en el diseño de la parte gráfica.
Básicamente, lo más maravilloso de la vida, es que somos y nos desarrollamos, crecemos, junto a otros/as. Nunca solos. Eso, es maravilloso. Celebro profundamente que así sea.
–¿Qué balance hacés del 2025?
–Fue un año de mucho crecimiento y de compartir la música, con el público, en los recitales individuales, y con los integrantes de la agrupación Piano adentro, solistas litoraleños. También, me integré a la agrupación Compositoras y compartí actividades.
–¿Cómo sigue el 2026 luego de Federal?
–Continúo con los recitales de piano solo y recitados, participando de la agrupación Compositoras. Fui invitada a participar del ensamble Chamamé Entrerriano, junto a artistas que admiro y aprecio. El ensamble es dirigido por la música, compositora y docente, Marcia Müller.
Nos presentamos en la celebración y conmemoración del 174º aniversario de la Batalla de Caseros, el 3 de febrero, en el Palacio San José. Nuestro repertorio está integrado por chamamé entrerriano de diferentes autores y autoras.
Además, estoy preparando otros proyectos que despacito irán viendo la luz.
Fotos: Ricardo Gauna











