Alejado de cualquier forma de relativismo ético, Simón Volcoff destaca el carácter servicial del trabajo periodístico al que se ha dedicado sin dobleces durante cuatro décadas. Se enorgullece al repasar el sistema de referencias profesionales que lo constituyó, mientras experimenta una rara incertidumbre por lo que vendrá, cuya identidad no se vislumbra, pero que va llegando “a una velocidad para chocar”.
Siguió las indicaciones y llegó sin problemas. Tomó por Blas Parera hasta el chino. En el caprichoso damero de un sector determinado por accidentes topográficos tuvo cuidados preventivos por el sentido doble de una angosta S y de la estrecha U que termina en una pequeña O. En el Cielo de una rayuela impar, ahí estaba. La casa lucía tal como la recordaba. Sencilla, austera. Probablemente, se agregó una dependencia en la parte alta; tal vez un dormitorio o un estudio para algún integrante joven de la familia. El resto permanecía como en su memoria.
También Simón Volcoff era el mismo. La misma altura, la misma cordialidad, quizás más blanco el cabello. La casa había envejecido sin notarlo. Para ella, el tiempo es un abrazo de hiedra que crece desde los cimientos, aun cuando parece que duerme, hasta que un día trepa las alturas y el afán de las hiladas se deshace en olvidos. Desde ese albardón la vivienda se miraba los años y lo que veía era un periodista que sucedía, que se desarrollaba en distintas dimensiones, junto a los suyos, los tres seres con quienes cohabita y la tribu de presencias y ausencias sentidas que lo acompaña desde siempre, con y sin vínculo sanguíneo, renombrados y anónimos.
Ese sábado de julio, Volcoff lo esperaba para desayunar. Termo, mate y, cubierto por un repasador, un Jalá, pan trenzado ligeramente dulce que en la tradición judía se consume durante el día de descanso y se suele cortar con las manos. Caterina, su hija menor, había sido la encargada de mezclar el kilo de harina, los 50 gramos de levadura, los dos huevos, los dos vasos de agua tibia, el medio vaso de azúcar y la cucharadita de sal. Fue amasando, dejó descansar y cuando duplicó el tamaño lo puso en el horno a fuego moderado. Mientras, con un huevo batido, 1 cucharadita de azúcar y otra de aceite hizo la emulsión para pintarlo. Por último, lo espolvoreó con sésamo. Resultado: exquisito.
Mientras se animaba un ping pong de comentarios casuales, el entrevistador no logró recordar cuándo había conocido a Volcoff. Ni siquiera en qué circunstancia. Lo que le llegaban eran postales de charlas sin cita previa, escenificadas en esa zona intermedia de la vereda entre LT14 y la Facultad de Ciencias de la Educación, dos instituciones clave en la vida de su interlocutor. Esos minutos compartidos eran también una colisión amable de nociones del tiempo entre alguien que vivía pensando que llegaba tarde a algún lugar donde probablemente nadie lo esperaba y Volcoff que conversaba como si no hubiera nada más relevante que hacer en la vida.
Nacido en Córdoba, crecido en Basavilbaso y afincado en Paraná, Simón Volcoff es uno de los nombres propios de la radio que se hace por estos pagos. Prestigia con su dedicación al Servicio Informativo de LT 14. Tiene una locución robusta pero no abrumadora. De dicción clara, en su estilo parsimonioso encontró el tempo adecuado para decir las noticias con oral naturalidad. Como comentarista deportivo transmite con aplomo impresiones y conceptos claros, propio de quien entiende el juego: el arranque, el desarrollo y el cierre de las intervenciones dan cuenta de su identidad como periodista. No se esconde en ninguna forma de sofisticación para expresarse. Por fuera de todo detalle, la sensación es que, en una y otra labor, Volcoff es feliz trabajando en comunicación.
Nunca ocultó su pertenencia partidaria. No sacó ventaja cuando los vientos políticos le fueron propicios. Con la misma actitud servicial hace años que es dirigente vecinal. Sin que conozca detalles de su vida, el entrevistador se animaría a caracterizarlo como un tipo íntegro, una persona común y corriente, un ser noble interesado en el bien de la sociedad en su conjunto.
En un rato, cuando sea el momento de las fotos, propondrá sacarse una al lado de un samovar que trajo de Basavilbaso y puso en condiciones aquí. Volcoff se fue acercando lentamente a la máquina, exhibida como una pieza distinguida. El visitante miraba el artefacto metálico sin entender del todo: el curvilíneo volumen, las lustrosas salientes, la minúscula canilla; quizás por eso sólo se animó a destacar el valor de haberlo restaurado. Para Volcoff era mucho más. De una tetera similar pueden haber bebido sus antepasados ucranianos. En más de una ocasión los imaginó colocando el té negro y concentrado dentro de la tetera pequeña, ubicada en la parte superior; los pensó llenando el cuerpo principal de agua y arrimándole carbón o pequeñas ramas para calentar el líquido; los soñó sirviendo la tisana y abriendo la canilla del samovar para ajustar la intensidad de la infusión, una taza tras otra. Para Volcoff representaba la hospitalidad, esa esencia con capacidad para sobreponerse a largos inviernos en aquellos lejanos orígenes.
Más tarde, documentándose, el entrevistador caería en la cuenta de que las panificadas trenzas del Jalá eran una metáfora de la unión, del entrelazamiento de familias que incluyen a los vivos y a sus antepasados. El paralelo surgió solo. Nacer, morir y, entre medio, confraternizar: bien podría ser este el programa que sintetiza los valores del periodista Volcoff. Por el resto, no deja de ser llamativo que dos objetos simples como un trozo de pan casero y una tetera hablen tanto de las ideas de una persona.
Aquella mañana, entre samovares y jalás, el criollo mate estrechó distancias. La entrevista se fue tejiendo sola. A su modo, Volcoff reprodujo en los lugares de residencia el perfil itinerante de sus predecesores, pero no en cuanto a la profesión que lo convirtió en ciudadano respetable. En ese país de la palabra, su viaje estuvo determinado por referencias y protocolos periodísticos, por entornos de comunicación enmarcada en proyectos colectivos y por la demanda de información confiable, sin lugar para trampas ni condescendencia hacia quienes se dedican a urdirlas.

–¿Qué era de la vida de Simón Volcoff antes de que se le ocurriera ser periodista?
–El origen de esta historia arranca en Córdoba Capital, donde nací y viví con mi familia hasta los 14 años. Mis padres, oriundos de Basavilbaso, eran novios. Como mi abuelo materno decidió trasladarse a Córdoba hacia fines de la década del ’50, la única posibilidad de continuar el noviazgo era que mi futuro padre también se radicara en la Docta, lo que ocurrió al principio de los años ‘60; luego se casaron y en julio de 1965 “vi la luz”.
Compartí mis años de primaria y secundario en la educación privada y pública. En Córdoba fui alumno de la Escuela y el Colegio Integral Israelita Gral José de San Martín. Hice desde 1° al 3º grado en esa escuela y de 4º a 7º grado en la Escuela Provincial Cura Brochero, del sistema público. Luego, seguí en 1° y 2° año en el Colegio Integral, y de 3° a 5° año ya en el Colegio Nacional de Basavilbaso.
–¿Cómo se integraba tu familia? ¿Qué hacían tus padres?
–Papá Joaquín era un trabajador independiente. En Basso, de chico hacía reparto de pan en la zona rural en una “jardinera”, como se llamaba a un pequeño carro con un caballo, porque mi abuelo paterno tenía panadería. Siempre recordaba lo que era atravesar los caminos los días de lluvia y barro.
Después, en Córdoba, llevaba fiambres y quesos a despensas, almacenes, restaurantes y hoteles llegando una vez a la semana a Pilar y Río Segundo, ubicadas sobre la ruta 9.
Cuando regresamos a Basavilbaso vendió naranjas y mandarinas de una quinta cercana en Rocamora y también traía de Yeruá, para luego cerrar su vida comercial con un negocio de distribución de bebidas.
Mamá Norma es docente egresada de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, pero no se jubiló como maestra porque ejerció pocos años, ya que dividía su tiempo entre ser ama de casa y colaborar con mi viejo “llevando los números”.
Soy el mayor de 3 hermanos, es decir yo y dos hermanas, Rosita y Mariela, que también trabajan y me hicieron tío de 5 sobrinos: 4 nenas y un varón.
–¿Cómo se te ocurrió dedicarte al periodismo?
–Mamá lo sospechó desde un principio. Cuando vivíamos en Córdoba, en casa comprábamos los domingos La Voz del Interior. Ella cuenta que solía asomarse a mi pieza y me veía tirado arriba del diario sábana en la mesa de estudios. Leía casi todo el diario y los suplementos.
En la tele, miraba los noticieros. En Canal 12, la columna de opinión la realizaba Nilo Neder, que años después sería diputado nacional.
Además, como muchos periodistas de actualidad o política, Neder cubría para El Gráfico los partidos que jugaban de local los equipos de Córdoba en los torneos de AFA, si la revista no hacía viajar un enviado especial desde Buenos Aires.
A su vez, en Canal 10, que integra los Servicios de Radio y Televisión (SRT) de la Universidad Nacional de Córdoba, estaban Alfredo Leuco y Raúl Barceló, que luego siguieron su carrera en Buenos Aires.
Y en radio escuchaba LV2 con Víctor Brizuela y su programa Sucesos Deportivos o LW1 Radio Universidad con la tira Córdoba Deportiva.
Así llegaba a los fines de semana, donde iba a ver a Belgrano o escuchaba los partidos de fútbol con largas previas y dibujaba canchas o estadios que conocía, con círculos y banderas que representaban a la gente que ingresaba a las tribunas.
Cuando en diciembre del ´79 nos trasladamos a Basavilbaso, escuchaba preferentemente Radio Rivadavia y las noticias cada 30 minutos del Rotativo del Aire, como se identificaba al servicio informativo con la voz de Faustino García, más Antonio Carrizo y Héctor Larrea en la programación.
También, por supuesto La Oral Deportiva con José María Muñoz; Sport 80 con Víctor Hugo Morales; musicalmente Del Plata que, en ese momento, era la radio joven en AM y Radio Colonia de Uruguay.
Bien se podría decir que era un “radialista apasionado”.

–¿Por qué te hiciste hincha de Belgrano de Córdoba?
–En mi familia éramos de Boca pero un amigo de papá, allegado a la Comisión Directiva de Belgrano, me llevó a la cancha cuando se jugaba el Torneo Nacional de 1973 y ése día, 16 de diciembre, los celestes vencieron 6 a 2 a Kimberley de Mar del Plata.
Tenía 8 años y fue suficiente. Previamente el Pirata, en ése mismo certamen y luego de ir perdiendo 0-2, había derrotado a Boca en Alberdi por 3 a 2, en una remontada épica que me impactó, leyendo el comentario de Osvaldo Ardizzone, en El Gráfico.
De ahí en adelante fui hincha de Belgrano y simpatizante de Boca porque en aquel tiempo los equipos directamente afiliados a la AFA, como el xeneixe, jugaban el Campeonato Metropolitano y sólo se cruzaban con los equipos de la mayor parte de las provincias, indirectamente afiliados como Belgrano, eventualmente en el Nacional.
Rumbos
–¿Cómo decidiste estudiar en Paraná?
–Las opciones que tenía para estudiar eran Paraná o Buenos Aires, pero elegí la capital entrerriana porque tenía amigos que venían a estudiar. Era y es un lugar más tranquilo que “la gran urbe”, contaba con familiares y era más económico.
–¿Conocías la ciudad?
–Muy de paso, porque cuando viajábamos de Córdoba a Basavilbaso solíamos pasar a visitar tíos míos, un hermano de Papá y una prima hermana.
Paraná creció, se extendió, las barrancas del Parque Urquiza siguen siendo su presentación y creo mantiene todavía los modos pueblerinos y solidarios de su gente.
Cuando llegamos con mis amigos, vivíamos en Ramírez Sur, en cercanías de calle Alejo Peyret.
En febrero de 1983 nos instalamos y ese año cursé Ingeniería agronómica, después de la frustración que me generó ver el Plan de Estudios de la Licenciatura en Ciencias de la Información, donde las materias eran, con excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano, las mismas que la Licenciatura en Ciencias de la Educación.
Por lo tanto, y para no perder el año, estudié Agronomía, aprobé primer año y con el retorno de la democracia sí, me inscribí para estudiar la Licenciatura en Comunicación Social, con una currícula nueva que fue tomando forma en lo que luego se llamó el Plan ‘84 y que contenía una formación integral con materias relacionadas al periodismo y la comunicación.
A Oro Verde iba en un Costera Criolla. Y cuando me cambié a Comunicación Social, tomaba las viejas líneas 2 y 8. Pero muchas veces, el dos patas, ja (referencia a que hacía el trayecto caminando).

–¿Tu primer domicilio en Paraná fue en Alejo Peyret?
–Primero fue en Alejo Peyret, entre Avenida Ramírez y Avenida de las Américas. La calle corría casi paralela a las vías del ferrocarril. Después, estuvimos un tiempo en otra casa cercana y por último alquilamos una pieza con una mini cocina y baño, ubicada en el patio de una casa, a la que ingresábamos por un pasillo independiente. Hacíamos vida de estudiante, naturalmente.
–¿Quiénes eran los amigos con lo que viviste ahí?
– Uno de ellos era Néstor Lifschitz, que regresó a Basavilbaso; y Eduardo Batista, que luego se fue a Gualeguay. Néstor iba a estudiar Agronomía, mientras que Eduardo trabajaba en una metalúrgica del Parque Industrial. Por eso me enganché con Agronomía y porque, por fuera de Ciencias de la Información, era lo que más me gustaba. En ese 1983, ya había discusiones propias de los centros de estudiantes: se asomaba la democracia. Fue una hermosa época.
–¿Tenías militancia política?
–Vengo de familia radical tanto por vía paterna como materna. Mi abuelo Simón, de quien heredé el nombre, fue una especie de caudillo de aquella zona. Además de su militancia política en la UCR y luego en la UCRI, presidió varios años la AMIA, que tenía jurisdicción en las colonias del Departamento Uruguay, ubicadas hacia Villaguay,
Papá recordaba que siempre había disputa en las elecciones de la Mutual Israelita y que mi abuelo le daba un plano de cómo llegar para buscar a las familias en las colonias
Mi abuelo Simón, entre otras actividades, formó parte de los socios fundadores de la cooperativa ganadera El Pronunciamiento (que lleva ese nombre porque fue creada en 1951, en el centenario del pronunciamiento de Urquiza); también fue asociado de la cooperativa agrícola Lucienville y tenía una panadería a cien metros de la estación del ferrocarril, famosa por las tortas negras.
Allí trabajó, entre otros, alguien que dejaría marcado a fuego su nombre en Paraná: Juan Carlos Esparza. Un día, muchos años después, lo entrevisté para LT14 y recordó un montón de situaciones de aquella época.
Por su parte, mi abuelo materno, Melchor, tenía carnicería, discutía de política, era un radical que votó a Perón en su primer gobierno, pero después volvió a sus preferencias originales. Era primo de Ricardo Rojo, el mismo que escribió Mi amigo el Ché.
En mi caso, después de un breve paso por el uranguismo, acompañando a papá, empecé a militar en Franja Morada. Nos reuníamos con dirigentes juveniles de entonces como Sergio Varisco y Fabián Rogel, junto a muchísimos afiliados porque el radicalismo especialmente era un hervidero de participación ciudadana.

–¿Dónde más viviste?
–Acá, Guastavino 2532. Este es un barrio que se hizo con financiamiento del Banco Hipotecario Nacional, que por entonces era estatal. La intermediaria fue la Mutual Hernandarias. La persona a la que le habían aprobado el crédito sufrió una modificación en su estructura de ingresos y se me presentó la oportunidad de comprar la hipoteca. Las viviendas se construyeron y desde 1992/1993 vivo acá.
En 1996 me casé con Carolina, la madre de mis dos hijos: Ariel y Caterina. Carolina era empleada en una panadería. Allí la conocí, en un local que había en San Martín y Venezuela, al lado de un bar. Yo trabajaba a metros de ese lugar, en FM Contacto, que estaba ubicada en la galería Lambruschini, que hoy no existe.
–¿Y tu casa en Basso?
–Era una casa amplia, confortable, de una planta, pero de ambientes altos y espaciosos. Tenía un patio grande. Un jardín hermoso. Fuimos a vivir allí después del paso por Córdoba.
–¿En tu casa paterna se hablaba de política?
–Siempre. Muchas veces, papá invitaba a almorzar a dirigentes que visitaban el pueblo y que, por ejemplo, habían conocido a mi abuelo. Me acuerdo de Damián Pereira Marques, que fue diputado provincial yrigoyenista y que después pasó al peronismo. O Carlín Rivero, hijo de Juan Carlos Rivero, un gran dirigente fiel a Yrigoyen. Pero siempre había invitados y, por supuesto, se hablaba de la coyuntura.

Otros mundos
–Cuando viniste a Paraná, ¿tenías en claro si querías ser periodista político o deportivo?
–Mirá, quería ser periodista primero y tener los conocimientos necesarios para ejercer la profesión.
Después se empezaron a dar las oportunidades, pero siempre con un indispensable sacrificio personal tanto en el estudio como en el trabajo. Y en ese sentido creo que, más allá de los profesores o profesoras que tengas o del prestigio de la Facultad en la que estudies, el nivel en la formación, la preocupación por el aprendizaje, la incorporación de saberes como también el desarrollo de capacidades corren por tu cuenta. Podés tener los mejores docentes, pero a la enseñanza, hay que sumarle la lectura para profundizar y practicar con las nuevas tecnologías.
–¿Cómo fuiste insertándote en los medios?
–En 1987, con el auge de las emisoras de Frecuencia Modulada, se abrieron oportunidades de trabajo.
El locutor y publicista José Miguel Rodríguez, conocido en los medios de Paraná y Santa Fe como JMR, había instalado FM Sensación, en Oro Verde; y para empezar a darle forma a la programación pidió a la Facultad que le proponga nombres de estudiantes avanzados en la carrera.
Junto a Gustavo Kaplun, Juan Jacob y Damián Santich decidimos hacer El Refugio, una vez por semana, dirigido más que nada a los estudiantes de lo que luego sería la Ciudad Universitaria.
Como estaba difícil conseguir pauta publicitaria, resolvimos no continuar el programa, pero le propuse a Rodríguez hacer informativos diariamente y un programa de interés para la comunidad en general como otra manera de captar audiencia. La idea prosperó, a cambio primero de los pasajes para viajar y luego de una pequeña retribución.
En FM Sensación hacía un programa una vez a la semana Luis Alberto Izaguirre, periodista y movilero del Informativo de LT14. Él me llevó a la radio en 1988 para acompañarlo en las primeras horas de la mañana.
Luis repasaba los temas locales y yo me ocupaba de la lectura de los copetes de cables nacionales, internacionales y deportivos en un programa que arrancaba antes de Ana María.
Mis primeros turnos en el Departamento Informativo, suplantando a los periodistas estables, fueron en diciembre de 1988 y más de una vez, en vacaciones, estuve 18 horas diarias, desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche, redactando y leyendo boletines de noticias.
Después llegaría la corresponsalía en Paraná del Semanario Paralelo 32 de Crespo, el trabajo en FM Capital, FM Ciudad y FM Contacto, la televisión en Canal 4 Cablevideo donde hacía el partido más importante de la fecha del fútbol de la Liga Paranaense y luego el Torneo del Interior, que clasificaba al Nacional B.

–¿Y la carrera?
–Con la Facultad y la carrera comenzaría un prolongado impasse, después de llevar el cursado y la aprobación de las materias al día hasta el 4to año de la Licenciatura en Comunicación Social.
El problema que teníamos quienes cursábamos la primera promoción se daba en el 5to año con la Pasantía y la Tesis, ya que la Facultad debía realizar convenios con organismos, empresas o instituciones de la sociedad civil para las pasantías. Eso venía demorado y, ya con el título intermedio de la Tecnicatura, varios de nosotros estábamos trabajando.
Posteriormente, y para mantener la posibilidad de graduarme, con cada cambio de Plan de Estudios cursaba las materias nuevas.
La primera posibilidad de completar la pasantía fue en FM Sensación, pero como estaba en discusión la legalidad de las emisoras, no se pudo avanzar; luego tuvimos la chance en el Instituto de la Vivienda y, ante los problemas de horario que teníamos por otras obligaciones laborales, el trabajo, que era grupal, no fue aprobado. Hasta que finalmente pude hacer y aprobar la Pasantía con la producción y realización de micros temáticos para el Taller de Radio de nuestra unidad académica.
Finalmente, junto a Ángel Puebla y Soledad Vitali, formulamos la Tesis, hecha luego libro, con la investigación sobre la Historia de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos.
Definiciones
–¿Qué es ser un informativista?
–Es ser un periodista que redacta y lee noticias regularmente cada 30 minutos o antes, en forma de anticipo, si la urgencia lo requiere. De todas maneras, en la era digital y con las multiplataformas mediáticas esto ha cambiado. Antes, hace 50 años, por citar sólo un caso, en Paraná, el minuto a minuto de la actualidad lo marcaba LT14, porque no había otro medio de comunicación más ágil y dinámico.
En las circunstancias actuales debemos sostener la máxima de Gabriel García Márquez: “la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”.
–¿Qué nervio debe seguir activo para que no se convierta en un trabajo rutinario, administrativo?
-El interés por serle útil a la comunidad. Primero con información general de servicios (tránsito, transporte, agua, luz, educación) para después incluir a los diferentes sectores como la economía, producción, gremios, gobierno, política, justicia deporte, cultura, sociedad y tecnología.
También el Informativo radial se adapta a los nuevos tiempos, priorizando la información más relevante combinada con una síntesis en pocas líneas.
Además, ante la saturación informativa, con el objetivo de mantener la atención del oyente en el boletín, la lectura generalmente no supera los 2 minutos, extendiéndose a 3 en algún panorama reducido.
Aunque nadie en los tiempos que corren puede revelar con certeza lo que pasará en el ecosistema mediático, la audiencia de la radio como también la teleaudiencia, sigue esperando cada media hora un resumen informativo.
Esto acontece en las emisoras de AM y FM que tienen programas periodísticos y también en los canales y señales televisivas de noticias.
–¿En qué consiste hacer un buen comentario deportivo?
–Como en todas las cosas, no hay verdades absolutas. Hay periodistas que hacen del comentario una crónica y otros, entre los que me cuento, que preferimos el análisis para que la gente tenga herramientas para comprender las razones de un determinado juego o resultado. Es decir, aportarle elementos a lo que está escuchando y se imagina o está mirando y tal vez no alcanza a ver.
Son dos formas de encarar el comentario, en particular, por sus características, en el fútbol y el básquet.
–¿Reconocés maestros o personas que han influido positivamente en vos?
–Sí. Claro. Guillermo Alfieri, Mario Alarcón Muñiz, Luis Jacobi, Juan Bettanín, Rogelio Alaniz, Luis Izaguirre, Omar Paloma, Fernando Pais, José Venturino, Manuel Arrías, el uruguayo Carlos González Cardozo, por mencionar sólo algunos de lo que podríamos llamar el ámbito local y regional. A nivel nacional, Rodolfo Walsh, Julio Blanck, Víctor Brizuela y Enrique Macaya Márquez.
A Alfieri lo tuve como profesor de Redacción, en la facultad. Un excelente docente. Lo recuerdo contando su experiencia en El Independiente: apasionante. No me llamaba por mi nombre: me decía El grandote. Con los años, lo visité en su casa de Los Vascos. Lo leía mucho.
De Mario me encantaba su manera de escribir, su estilo ante el micrófono, su mensaje muy cuidado y a su vez accesible. Siempre estuve atento a sus experiencias políticas y sindicales; de hecho, estuvo presente cuando se hizo la asamblea para constituir el Sindicato Entrerriano de Trabajadores de Prensa y Comunicación.
Hubo un hecho que nos vinculó especialmente…
–¿Qué fue?
–En 2001, él ya se había ido de APF; estaba haciendo La Calandria en LT14 y a veces grababa materiales a la mañana para el programa de la tarde. Un día lo crucé en la radio y le dije: Mario, tengo una idea para vos porque estás desaprovechado. ¿Te parece?, me dijo. Estoy convencido. Tendrías que animarte a contar la historia entrerriana en dos o tres minutos. Vos lo podés hacer. Lo hablé con Raúl Galanti, el director de entonces. Y así nacieron las Entrerrianías. Es obvio que el mérito es todo suyo, pero él nunca dejó de recordar que yo le había dado la idea.
Un día, en el Servicio Informativo, donde esperaba que se haga la hora de salir al aire, me dijo: anda muy bien tu idea. Lo estaban invitando de un sinnúmero de escuelas para que dé charlas, a partir de Entrerrianías, que se difundían en horarios rotativos.

–¿Y con los demás?
–Con Fernando Pais trabajé en FM Contacto, ya no como comentarista deportivo sino como parte de un programa informativo. Qué decir del profesionalismo de Omar Paloma. Luis Izaguirre era un gran conocedor de la ciudad y de su historia. Era movilero e informativista. Hizo una de las primeras recopilaciones de lo que fue LT14. Tenía mucha influencia dentro de la radio.
Con Raúl Galanti conversé por primera vez seis meses después de haber ingresado a la Radio. Ni para presentarme pasé antes de entonces por su despacho. Quería estar enfocado en mi trabajo.
–Si sumáramos a Luis Perriere a ese listado, podría decirse que se trata de una galería de profesionales todo terreno que encaraban con solvencia lo que se les propusiera…
–Es cierto. Era gente que se preparaba para los desafíos cotidianos. Nadie iba a improvisar, a ver qué sale. Luis tenía su programa totalmente organizado.
Otro caso similar era Pepe Pirro y su programa de humor, totalmente guionado.
Antes, documentarse era parte del trabajo periodístico; con el tiempo esa forma de ejercer la responsabilidad se ha ido perdiendo y así las intervenciones son superficiales o no salen del lugar común. Esto también tiene que ver con la identidad nuestra.
–¿Y de los referentes nacionales?
–Siempre me impactó la intriga que generan las piezas de Walsh y su documentación. De los comentaristas, me gustaba Víctor Brizuela, de Córdoba. Al igual que de Macaya Márquez, me llamaba la atención la capacidad de análisis. A Macaya Márquez lo podías entender como parte de un proyecto; Brizuela era el proyecto en sí mismo: creaba los productos y los sostenía. Además, era un gran conocedor de la cultura popular, que volcaba a sus intervenciones en forma de latiguillos u ocurrencias, mientras Macaya Márquez era más de una pulcritud erudita.
De los que se dedicaron a escribir sobre política, destaco a Blanck.
–¿Cómo sobrevino tu participación política y sindical?
–En 1987, a través de Franja Morada, fui secretario de Deportes del Centro de Estudiantes de la Facultad.
También trabajé en la Secretaría Privada y en el Plan Estratégico de Desarrollo durante la segunda gestión en la intendencia de Paraná de Don Humberto Varisco (1995/99).
Luego pese a tener el ofrecimiento de Sergio Varisco para acompañarlo en su primera gestión municipal (1999-2003) como director del área Colectividades tuve que descartar la propuesta porque cuando decidí volver a la Radio mi legajo había “desaparecido” y gracias a que pude reconstruirlo por guardar los recibos de sueldo, finalmente pude retornar al trabajo en el Informativo.
Lo gremial estuvo relacionado con el segundo intento de entregar LT14 a través ya no mediante una licitación pública sino de un mero concurso de oferentes convocado por resolución del COMFER en la última etapa del gobierno de Carlos Menem, donde la respuesta de los dirigentes sindicales de los 4 gremios era que no podían hacer nada porque los funcionarios nacionales no los escuchaban.
Después llegó la etapa de la compulsa electoral en el Sindicato de Prensa cuando constituimos la Corriente 7 de Junio, la participación como paritario que permitió recomponer un 200% los sueldos básicos en 2007, luego de 32 años en que no había negociación salarial para los diarios de Entre Ríos y LT14 desde 1975.
Una periodista, que pasó de cobrar 600 pesos a percibir 1800 en aquel momento, no lo podía creer y para “celebrar” confesó que se fue a comprar un par de botas a la Peatonal.
Más acá en el tiempo, en 2014 fue la lucha con los colegas, fundamentalmente de El Diario y Uno, por la aplicación del Convenio 541 para diarios y medios digitales y el nacimiento del Sindicato Entrerriano de Trabajadores de Prensa y Comunicación (SETPYC) que después no tuvo continuidad.
–A más de cuatro décadas del regreso de la democracia, ¿qué crees que el periodismo pudo haber hecho mejor, sobre todo en Paraná y en Entre Ríos?
–Pensar y proponer geopolíticamente para el progreso de la Provincia, como solía hacerlo en su tiempo el Ateneo de El Diario.
Después del Túnel Subfluvial, una obra de ingeniería de avanzada construida sobre el lecho de uno de los ríos más caudalosos de América en menos de 10 años, Entre Ríos no ha logrado en cuatro décadas llevar el gas a todo el territorio, luego del cruce del Gasoducto realizado en 1987.
Ni hablar de los 30 años o más que lleva presupuestado el anillo energético, con el cierre norte y cierre sur, la postergación de las rutas y caminos o el funcionamiento de los puertos, durante muchos años casi inactivos, por enumerar sólo algunos temas.
Esa agenda, que hoy plantean sectores empresarios, podía ser más visible con mayor impulso por parte del periodismo.
En primera persona
–¿Sos consumidor de productos periodísticos?
–Sí. Suelo leer a Carlos Pagni en el diario La Nación y lo veo en su programa Odisea, en la señal de La Nación +. También a Jorge Fontevecchia en sus editoriales de Perfil.
En cuanto a libros, me gusta leerlos, pero a veces no tengo la disposición y el tiempo suficiente para hacerlo reflexionando. Antes, para evitar olvidarme de los títulos, compraba los libros que me interesaban y muchas veces no los leía. Ahora, me hago un lugar y leo en pocos días. Así lo hice con Montiel, de Antonio Tardelli; Decir adiós, de Norma Morandini y Los pasos de Teresa, de Inés Ghiggi.
Por el lado del cine y las series muy poco. La película que me impactó fue Lincoln, de Steven Spielberg, y recientemente El mago del Kremlin, de Olivier Assayas. A las series no las miro, porque seguro al otro día no podré seguirlas y a los podcasts, de vez en cuando; lo mismo que los streamings, que pretenden (para mí sin lograrlo) hacer televisión y radio, pero por su formato carecen de la dinámica de la imagen, y de la imaginación de los sonidos. El único que pudo crear un producto así, original y complementado con éxito, fue Juan Alberto Badía en Imagen de Radio.
–Es cierto.
–El streaming es producto de una subcultura instalada cuyo efecto más notorio es que segmenta aún más las audiencias de la televisión y la radio. En general, se comparten contenidos superficiales, ocurrencias del momento o contribuciones muchas veces autorreferenciales de los streamers. Tiene que ver probablemente con la situación salarial de la comunicación y la necesidad de los trabajadores de tener más de una fuente de ingresos. Hay colegas que, dentro de un mismo grupo empresario, van de la tradición escrita, a la televisión y de ahí a la radio y uno se pregunta cuándo preparan los contenidos, dado que el día tiene una medida de tiempo determinada.
Si existe un equipo de producción, ese desdoblamiento es menos traumático. Tengamos en cuenta que el trabajo de producción no consiste sólo en resolver qué se hará en el próximo bloque, sino cómo se hará lo que se quiere hacer, es decir, que la tarea exige cierta reflexión sobre los lenguajes y las estrategias. No hay forma de que un programa tenga dinámica e imaginación y no tenga detrás un grupo de personas que piense en las maneras de lograrlo. No es algo que surja espontáneamente y mucho menos que se sostenga en el tiempo.
La imagen plana, sin poética, que ofrece cierta versión dominante de la televisión esmerila la imaginación que aportaba la radio bien hecha. Por otro lado, sin recursos expresivos que sorprendan, domina lo previsible. Entonces, los seguidores estamos allí más por fidelidad al conductor o por un interés que despierta la visita que por lo que se nos está ofreciendo.
–También es cierto que, en la escena previa, los llamados medios tradicionales fueron desdibujando su experticia.
–Sí, es difícil imaginar que hoy alguien arranque una página de un diario para atesorarlo porque le parece maravilloso lo que ha leído. Mucho de lo que circula se ha vuelto frugal y pasajero, desprovisto de los contextos que ayudan a pensar y de los recursos narrativos que permiten recrear la imaginación. Y, en la radio y la televisión, se cedió en demasía el protagonismo a los personajes, minimizando el trabajo creativo previo. Transmito la impresión que tengo. No puedo asegurar que haya sido así en todos los casos, pero hoy tiendo a pensar que fue así.
Aporto un par de detalles más. El ruido de las redes es tan contundente que, muchas veces, nos topamos con las reacciones a algo o sus interpretaciones, pero no con lo que las originó: así el diálogo se invalida, se afecta el ejercicio de formular un juicio y nos entretenemos con la escenificación de la pelea.
Por otro lado, aunque en menor cantidad que en otras épocas, esos materiales de calidad siguen existiendo, en distintos formatos. Pero los consumidores no sabemos cómo juntarnos con ellos: quedamos enredados en una madeja sensorial que empieza en la trampa del celular.
Siento que esa revolución tecnológica que se ha acelerado en los últimos años a una velocidad casi para chocar, ofrece una cantidad tan grande de materiales de todo tipo que luce desproporcionada en relación a las posibilidades reales de interactuar con ellos.
–¿Percibís que ha habido un cambio en la identidad o el sentido de pertenencia de los periodistas desde que te incorporaste al oficio?
–Sí. Es un oficio que, más allá de la calidad profesional, históricamente estuvo mal pago y las empresas periodísticas en general, privadas o estatales, con raras excepciones, profundizaron la precarización y no les importó proteger su “capital humano”.
A esto hay que agregarle la contundente influencia de los constantes cambios tecnológicos en los medios de comunicación, que no consiguen acertar la ecuación económica.
Este “desgaste” termina afectando la identificación y la autoestima.
–¿Qué idea tenés sobre la cultura que parece estar desmoronándose y la que va surgiendo? ¿qué aspectos son positivos y cuáles no?
–Siempre hablando con relación a la profesión, nosotros, en los años ‘80 y ‘90 nos formamos como periodistas, integrando varias disciplinas y respetando ciertos valores éticos y morales, tanto en relación con la seriedad del oficio como en la búsqueda rigurosa de la verdad, con la mayor precisión posible.
Hoy, con la influencia de las redes sociales, parece que interesa más el rumor incomprobable que la noticia certera, las opiniones muchas veces superficiales, en 40 caracteres, que una nota bien redactada y que contribuya a explicar el escenario, el marco en el cual se producen los acontecimientos.
Lo que mide es el impacto de alguien que dice algo, sin importar la veracidad de lo que se expresa y ese disvalor, en consecuencia, no resulta aconsejable para la sociedad en términos amplios.
–¿Cómo era la Basavilbaso que quedó en la memoria?
–Pese a ser cordobés, me considero entrerriano por adopción y, como dijo un poeta, “uno es de donde vivió su adolescencia” y la mía fue en un Basavilbaso con trenes, con todo lo que eso representaba como nudo ferroviario, el empleo y el movimiento económico.
Después de un duro momento con la destrucción del ferrocarril y la desocupación, el crecimiento del agro a partir del mejor precio de los granos, el Frigorífico avícola y también las termas junto a una mejora de la infraestructura hacen que uno mantenga el afecto intacto por el pueblo donde terminó de criarse.
Estoy hace más de 40 años en Paraná, una ciudad con mucha historia, y espero que la capital entrerriana progrese manteniendo el ambiente pueblerino y de tranquilidad que tiene Basavilbaso.
–¿Qué sentís que heredaste de tus padres?
– No lo pensé. Tarea para el hogar, ja. Te puedo decir lo que pienso de ellos. Tal vez de allí surja la punta de una respuesta a tu pregunta. Papá Joaquín era un gringo temperamental, luchador, sensible y solidario. Respetuoso de la naturaleza, se emocionaba cuando escuchaba cantar los zorzales a primera hora de la mañana o en los atardeceres. Siempre preocupado por sus hijos, con quienes solía también discutir, se enojaba, pero terminaba buscando siempre una solución
Mamá Norma es una mujer de carácter, aplicada y ordenada, como buena docente. Amante de las flores y las plantas, siempre recorre su jardín. El cuidado de la salud y la plenitud corporal la llevó a la práctica y enseñanza de yoga. Es una agradecida a la vida en sus casi 89 años.











