El viernes 10 de julio a las 21, en La salita de Perón, se pondrá en escena Al borde del andamio, un unipersonal protagonizado por Toño López y dirigido por Belisario Ruiz, que además es el autor del guion. Al repasar su vida, el personaje desplegará un espejo de reflexiones que el público sabrá aprovechar.
Una cita especial tendrá lugar en Perón 648, entre Feliciano y Villaguay, vereda oeste. Allí, a la 21 del viernes 10 de julio, se presentará Toño López con Al borde del andamio. En la ocasión representará a Amador Barría, albañil y poeta que, en medio de una desavenencia conyugal, repasará la vida que le tocó en suerte y reconstruirá con palabras suyas y ajenas las historias que lo configuran y lo vuelven quien es. Esas historias hablan de amor y de encuentros, de recuerdos y olvidos, de soledad y locura. La entrada será a la gorra. Conviene reservar las localidades al 343 4 285365, dadas las características de La salita de Perón.
Sobre la experiencia de escribir y de dirigir la obra, Tekoha charló con Belisario Ruiz. Lo que sigue es un extracto del registro obtenido.
–Formalmente, ¿con qué se van a encontrar los que vayan a la función del viernes?
–Con un unipersonal protagonizado por Toño López, que lleva adelante la acción en una especie de desdoblamiento en los roles de actor y narrador.
Es una historia fuertemente narrativa, en el sentido de que la trama, el desarrollo del personaje y la evolución de los eventos asumen un papel central.
La puesta en escena es sumamente despojada. La idea desde un principio fue armar una obra que viaje en una valija. Es una apuesta minimalista, que enfoca la atención en la potencia del texto y el trabajo actoral y que aprovecha otros recursos, como los sonidos, para sugerir la escena.
–¿Cómo asomó la posibilidad de escribir Al borde del andamio?
–Un día Toño llegó con poemas de Jorge Espíndola, escritor residente en Comodoro Rivadavia para ver si podía ser parte de un proyecto común. Me encantaron. Me zambullí en su obra, en ese momento compuesta por dos libros editados.
Mi intención no era insertar los versos en una historia ni abordarlos desde una puesta fragmentaria, que de alguna manera se vaya escribiendo desde la sensibilidad del espectador; sino armar un relato aristotélico (introducción, nudo y desenlace) fundado en la producción de Espíndola. El autor estuvo de acuerdo. Le contamos la historia. Le gustó. Nos dio total libertad. Era amigo de Toño y hoy en día es mi amigo también.
En el texto hay tres materialidades: la poesía de Jorge Espíndola; los mensajes radiales al poblador rural, transcriptos y locutados para que sean un recurso más: su función no es que haga avanzar la acción, sino que ayuden a activar la imaginación; y los textos anidados en mí, que van abrazando las situaciones y organizando el relato.
La escritura fue, de alguna manera, armar un rompecabezas o un mosaico de citas, en el que las palabras de otros ayudan a contar un relato propio.

–¿Qué intenciones tenías con la obra, transmitir un mensaje determinado o reflejar la vida de un sector presente pero invisibilizado de la sociedad?
–En principio no estuvo clara. La fui encontrando durante la escritura, que inicialmente fue diálogo entre la producción de Espíndola y las ideas que yo tenía y que los poemas inspiraron. Recurrir a la palabra de otro para transmitir algo mío fue una experiencia muy interesante.
Nos animaba la posibilidad de mostrar la vida de cierto sector de la sociedad invisibilizado, como los que están solos, que es el sujeto con el que Espíndola trabaja en sus poesías, de carácter fuertemente social, que habla de las personas que están al margen: los pobres, los excluidos, los borrachos, los locos, en fin, los que no calzan tan fácilmente en la sociedad.
Esas esencias me permitieron desarrollar tres inquietudes mías: la muerte, la soledad y la locura. La muerte, ante la cual las artes nos ayudan a gestionar esa angustia existencial que provoca semejante incertidumbre; la soledad, no como un fenómeno físico, sino como eso que surge como producto de la incomunicación; y la locura, germen que crece del hecho de no poder generar comunidad, de no lograr conectarse a otros y sentir que los otros conectan con uno.
–Pensaba preguntarte cómo fue que Toño López lo protagoniza, pero de alguna manera ya lo adelantaste…
–Toño está en el origen de la obra. No es que yo tenía un guion y que pensé en Toño. Esta es la segunda vez que trabajamos juntos; la anterior fue con El rastro. En ambos casos, el mecanismo fue similar y se activó a partir de la iniciativa del propio Toño. Para El rastro, él me contó la historia de Isidro Velázquez, me puse a investigar más y escribí una obra para él, para Toño. Fue un traje a medida. Con Al borde del andamio pasó lo mismo.
Originalmente disfruté del trabajo suyo como público. Lo esperé después de una obra para hacerle algunas preguntas. Fue una charla animada. Él fue a verme a su vez en mi faceta de humorista, haciendo comedia stand up. Así fue construyendo una amistad que potencia el lazo artístico, por supuesto.
–¿Cómo fue la experiencia de director y dramaturgo?
–Soy profesor de Letras, me gusta el uso de la lengua, la literatura en cualquiera de sus formas. Entiendo que pasa en las artes lo que sucede en el primer período de la vida: uno escucha, se llena de palabras y, de pronto, un día, empieza a hablar con palabras que son prestadas, tomadas de la cultura.
Siempre he sido público teatral, desde chico. Me gusta ir a ver cómo resuelven los artistas escénicos los dilemas que le plantea la actuación. Les podrá ir mejor o peor en puestas que me pueden cautivar mucho, poquito o nada; pero me interesa esa tensión que asumen, dándolo todo sobre el escenario. Es maravilloso el intento actoral por conectar con el público.
Así como me llené de esos mundos expresivos, de a poco fueron apareciendo guiones de cine, de televisión, de teatro stand up, de sketches para varieté, pero desde el humor. Cuando surgió lo de El rastro se diversificó esa dinámica, emergió el nervio dramático y, con él, brotó otra faceta de mis sentimientos, de mi personalidad, de mis ideas. Otra parte de mi alma.
La verdad es que hasta ahora no dirigí a otra persona que no sea Toño. Me refiero a propuestas dramáticas; no de humor, donde sí he trabajado con otra gente. Es una persona de la que valoro su don de humanidad y sus condiciones artísticas, que son maravillosas. Hoy siento que somos un equipo muy simbiótico. Y mis proyectos van en esa dirección.
Como director de Toño, me siento en el lugar de primer espectador. Él es un actor que propone mucho. Entonces, mi papel es ordenar esos materiales escénicos y eventualmente hacer alguna que otra sugerencia. La verdad es que me gusta trabajar así. Me siento cómodo.
–¿Qué lugar ocupa esta obra en la perspectiva de tu producción?
–Debería pensarlo con más detenimiento para ver si todo lo que hago e hice forma parte de una unidad a la que podría llamar “mi obra”. Lo que me surge decir es que Al borde del andamio es la primera que escribí y dirigí desde sus inicios. Porque, si bien a El rastro también la estoy dirigiendo ahora, al comienzo a ese papel lo desempeñó Gabriela Trevisani.
Con Al borde del andamio, consolidamos con Toño esa grupalidad de la que hablaba. Él actúa; yo, escribo, dirijo y hago la técnica. Es la materialización de un saber hacer, también. A mí, que me cautivan las palabras, este proceso se me presenta de manera maravillosa por las distintas sensibilidades involucradas. Pienso en el poder de las palabras, que siempre son prestadas, incluso las supuestamente originales; y en cómo se han ido amigando para contar esta historia.











