Para inventar futuros

30 julio 2026 19 minutos
Víctor Fleitas

La provincia de Entre Ríos suma una estrella al firmamento de espacios que titilan con la cultura popular. Se trata de HacheUno Teatro. Desde Gualeguay, sus impulsores imaginaron un lugar afectuoso para amasar porvenires, una excusa para el abrazo en comunidad. Aprendieron de experiencias similares, aparentemente dispersas en territorio entrerriano. Por fuera de toda épica simplista, abrir puertas y ventanas tiene sus bemoles, tal como lo explican Johanna Buiatti y Yasú Peltzer.

El periodista pensó en un par de películas. La pena es que no fue ese impulso cinéfilo lo que activó el resorte de la iniciativa.
Los entrevistados habían visto el filme de Giuseppe Tornatore, claro. Se emocionaron con el vínculo de humanidad intergeneracional entre Alfredo y Totó. Elogiaron la historia que pondera el valor redentor de los encuentros, mientras explica poéticamente que toda refundación comienza desde donde nos hicieron sentir queridos, valorados, cuidados. Recordaban incluso el apotegma que Tornatore guionó y que Noiret inmortalizó con un sentido actoral envidiable: “hagas lo que hagas, ámalo, así como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño”. Tanta vida en dos líneas de parlamento.
Se conmovieron asimismo cuando la pantalla los encandiló con la idea de reabrir una sala de cine. Desde la butaca de simples espectadores valoraron el refinado oficio de Philippe Noiret y la infantil candidez de Salvatore Cascio para desempeñarse en los protagónicos de la premiada Cinema Paradiso.
Si bien es cierto que en el proceso gualeyo hubo algo de la épica sentimental que la película recrea, no vino de ahí la inspiración.
La expresión de sus interlocutores fue tan categórica que el entrevistador desistió de sacar la última carta de la manga. Pensaba citar a Luna de Avellaneda, dirigida por Juan José Campanella, en la que un club social y deportivo es rescatado de la ruina por un socio leal y sus amigos. En el filme ese germen confraternal se multiplica en una aleccionadora pueblada, con final feliz. Según los entendidos, en la escenificación de esa puja pertinaz por resistir podría establecerse un vínculo entre la historia argentina contemporánea y el valor de los aportes ciudadanos, último recurso para contrarrestar el carácter supuestamente inapelable de ciertas sentencias adversas. El caso es que, ante la evidencia, el periodista debió guardar un prudente silencio.
En el origen estuvo la pachera, le dijeron. El castellanizado término lo dejó un tanto perplejo. Sin ser un entendido, el trabajador de prensa sabía que de esa forma se llamaba a un dispositivo que, al concentrar las conexiones, ordenaba el caos en que suele derivar el cablerío de un estudio o de un escenario. De todos modos, ellos no hablaban específicamente de esos electrónicos centros de control y monitoreo, sino de una investigación que, con financiamiento del Fondo Nacional de la Artes, les había permitido establecer contacto con experiencias teatreras en distintas localidades entrerrianas, ordenadas por zonas: este, central y oeste. Algo articulaba a esos espacios autogestionarios, con historias y perfiles diversos, no catalogables, como las personas que los imaginaron y los sostienen. Esas singularidades, aparentemente deshilvanadas, confluían en una esencia. El deseo de hacer teatro era una especie de pachera, convertido luego en el título del relevamiento.

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Así, al preguntar, al escuchar, al registrar, se entrelazaron las agujas y los hilos de 27 espacios independientes que respiran en suelo entrerriano. Gracias a esos anudados bucles vivenciales, el aislamiento de las partes se rompió y de la reunión de experiencias y pasiones surgió el fueguito de un proyecto llamado HacheUno Teatro.
En la sencillez de las costumbres de cada grupo, en la graciosa gama de pigmentos y fragancias que caracterizaban las prácticas, en las ganas de derriban dificultades, en las transformaciones edilicias operadas y en las estrategias de subsistencia, la hechura artesanal de la trama explica la elasticidad y adaptabilidad de las propuestas que impulsaron a los investigadores a escribir luego su propio guion, en sintonía con lo publicado.
La versión final del libro tiene unas 140 páginas. En ellas se integran textos que explican la identidad de cada centro cultural, datos informativos como su ubicación y capacidad e ilustraciones fotográficas de muy buena calidad. Los gestores son la gualeya Johanna Buiatti y el talense Yasú Peltzer. Se definen como entusiastas del teatro: actores, docentes, promotores.
En formato PDF, la publicación digital fue enviada al celular del periodista. Un pitido electrónico reveló que el mensaje había arribado a destino. Chusmeálo, lo convidaron. Quedó entre las tareas pendientes. En ese preciso momento debía empezar la entrevista. Terminado el ritual de preguntas y respuestas, revisó el material recibido, ya en su casa. Hizo scroll hacia adelante y hacia atrás. Casi al final, se detuvo. “La Pachera es un mapa vivo del Teatro entrerriano. Entre salas que nacieron en fábricas olvidadas, escenarios que alguna vez fueron mercados bulliciosos, y casas familiares que se transformaron en refugio para la creación, late la memoria de quienes hicieron del Teatro un acto de Resistencia. Este libro invita a recorrer esas huellas, a descubrir lo visible y lo secreto de nuestra escena, a celebrar el presente que se construye colectivamente y un futuro que todavía estamos inventando”.
Se quedó pensando. Las expresiones de Buiatti y Peltzer y el contenido de La Pachera dialogaban bajo un sol invernal, presagio de una fiaca de ocaso. El momento se volvió azul turquesa. Habitó por un rato la dimensión temporal en la que un pibe se zambulle cuando se dedica a jugar, sin medida. Placentero. Manso. Cuando la tendencia parecía ser que los enclaves dedicados a la cultura popular desaparecían para adaptarse a fines comerciales, religiosos o de entretenimiento vinculados a las apuestas, merece celebrarse que de pronto se rompa la inercia y las artes caben su trinchera florida un poco más allá de lo acostumbrado.
Si el noruego Henrik Johan Ibsen no hubiera muerto hace 120 años; si por la razón que fuere, hubiera recorrido los 12.300 kilómetros en línea recta que separan a Oslo de Gualeguay y se asomara a este almácigo de la cultura comarcana, probablemente se citaría a sí mismo para ponderar el hecho de que en este mundo todavía sea posible un acto deliberado de coraje de estas características.
Escribió el párrafo, en modo borrador. Lo volvió a leer. Corrigió la grafía. “Este podría ser el arranque de la nota”, se animó. Lo dejó ahí, en reposo. Ya llegaría la ocasión de pensar en introducciones. Ahora debía procesar la entrevista.

–¿De dónde toma el nombre la sala?
–HacheUno tiene un origen profundamente familiar y afectivo. El espacio donde hoy funciona el teatro fue durante más de treinta años la primera Heladería Siete Colinas de Gualeguay, un lugar muy presente en la memoria de varias generaciones de la ciudad. Allí funcionó la heladería, la fábrica de helados y también fue la casa de sus dueños, Jorge Buiatti y Analía Ariagno, que vivieron allí su primer año de matrimonio.
Para muchas familias gualeyas, la heladería formó parte de su infancia y adolescencia. Entre sus recuerdos más característicos aparecen los espejos enfrentados que creaban un efecto visual infinito y que aún hoy muchas personas mencionan con cariño.
Hoy el nombre reúne muchas capas de significado: la historia de una familia, la memoria de un lugar emblemático para los gualeyos, el gesto generoso de una generación que le abre camino a otra y la convicción de que los espacios culturales también se construyen a partir de los afectos.
HacheUno es, de alguna manera, una forma de unir pasado y futuro. Un sitio donde una historia familiar se transforma en un espacio abierto a toda la comunidad, para encontrarse, imaginar y compartir experiencias a través del arte.

La chispa

–¿Cómo surge la idea de armar HacheUno Teatro?
–El grupo gestor inicial está conformado por nosotros dos, Johanna Buiatti y Yasú Peltzer. Nos conocemos desde hace muchos años a través del teatro: compartimos talleres, experiencias de actuación, proyectos culturales y, desde hace algunos años, también compartimos la vida como pareja.
A lo largo del tiempo desarrollamos distintas iniciativas en conjunto vinculadas a la cultura y al teatro independiente. Entre ellas, obras de teatro como La Procuradora, Que hablen otras partes de mí, Dos Sis, entre otras; y La Pachera, un libro digital dedicado a recopilar historias, imágenes y memorias de las salas independientes de Entre Ríos. Ese trabajo de investigación nos permitió conocer en profundidad la importancia que tienen estos espacios para las comunidades y fortalecer la convicción de que los teatros independientes siguen siendo lugares fundamentales para el encuentro y la producción cultural.
–Y. P.: La idea de HacheUno nace, en principio, de una necesidad muy concreta. Johanna viene desarrollando desde hace años talleres de teatro para niños, adolescentes y adultos, y tenía el deseo de contar con un espacio propio donde poder sostener y hacer crecer esos procesos de formación.
En esa búsqueda apareció el local de San Antonio 172, que iba a quedar disponible a comienzos de 2026. Mientras tanto, comenzamos a utilizar el local contiguo, en el número 162 —hoy convertido en la antesala del teatro— para guardar materiales, escenografías, vestuarios y elementos de trabajo. Era un depósito, un lugar de paso, un espacio donde se acumulaban cosas y proyectos.
–J. B.: Hasta que un día, entrando a dejar algunos elementos, Yasú miró el conjunto de ambos locales y dijo casi como una ocurrencia: “Che, esto es un teatro. Si unimos los dos espacios, acá puede funcionar una sala”.
Lo que en principio era solamente un proyecto para tener un lugar donde dar clases empezó a transformarse rápidamente en algo mucho más grande. Poco a poco, y también a gran velocidad, apareció la posibilidad de crear una sala teatral completa: un espacio para la formación, pero también para la producción, la programación, la circulación de artistas y el encuentro con el público.
Hoy HacheUno es una realidad que tiene una fundadora y propietaria, pero que sólo puede sostenerse gracias a una enorme red de afectos. Amigos, familiares, colegas, estudiantes, instituciones y vecinos colaboraron de distintas maneras para que la sala pudiera abrir sus puertas. Algunos ayudaron construyendo, otros pintando, trasladando materiales o difundiendo el proyecto.
–Y. P.: También recibimos gestos de enorme generosidad por parte de la comunidad teatral local: el Teatro Italia de Gualeguay nos donó patas para el escenario y telas que hoy forman parte de los cortinados de la sala. Son aportes concretos que hablan de una historia cultural que se construye colectivamente y de espacios que, lejos de competir, se fortalecen mutuamente. Y hubo también quienes acompañaron simplemente estando cerca en los momentos más difíciles, alentando y sosteniendo el proyecto cuando todavía era apenas una idea.
Por eso solemos decir que HacheUno nació de una idea impulsada por Johanna y Yasú, pero fue construido por muchas manos. Incluso nuestros hijos forman parte de esta historia, acompañando el proceso cotidiano, conviviendo con ensayos, reuniones, escenografías y telones. De alguna manera, ellos también sostienen esta aventura.
Lo que comenzó como el sueño de tener un espacio para enseñar teatro terminó convirtiéndose en una sala independiente abierta a toda la comunidad, un lugar donde la formación, la creación y el encuentro conviven todos los días.

Miradas

–¿Qué tan difícil es abrir un teatro?
–J. B.: Abrir un teatro es muy difícil. Requiere una inversión económica importante, muchísimo trabajo físico, planificación, gestiones, habilitaciones y una enorme cuota de paciencia. En nuestro caso, además, implicó aprender a resolver problemas de todo tipo y poner en juego conocimientos que veníamos desarrollando en otros ámbitos de trabajo.
–Y. P.: La construcción de HacheUno fue, literalmente, un trabajo cotidiano. Johanna aportó mucho desde su formación vinculada al diseño gráfico, el diseño de indumentaria y la comunicación. Fue quien pensó gran parte de la identidad visual de la sala: los colores, los ploteos, la cartelería, la estética de cada espacio y buena parte de las decisiones de diseño interior. Pero además puso el cuerpo en cada etapa de la obra: pintando paredes, puertas, ventanas, armando detalles decorativos y acompañando cada transformación del lugar.
–J. B.: Por su parte, Yasú aportó herramientas vinculadas a su formación técnica como electromecánico y especialista en higiene y seguridad. Se encargó de pensar y ejecutar gran parte de las instalaciones eléctricas, el reacondicionamiento de estructuras existentes, la integración entre ambos locales y numerosos aspectos técnicos necesarios para convertir un espacio comercial en una sala apta para la actividad teatral.
Entre ambos realizamos tareas que iban desde remover viejas instalaciones, desmontar estructuras, limpiar, reparar, construir cielorrasos, reacondicionar ambientes y resolver infinidad de detalles que suelen permanecer invisibles para el público, pero que son fundamentales para el funcionamiento de una sala.
–Y. P.: Todo esto ocurrió mientras continuábamos con nuestros trabajos habituales. Johanna trabaja como community manager y además comenzó a dictar clases en la sala desde marzo de 2026. Yo desarrollo mi actividad profesional en el área de Higiene y Seguridad dentro de un frigorífico avícola. Por eso gran parte de la obra se realizó en horarios alternativos, por las noches y durante los fines de semana. Desde enero hasta la inauguración, el 30 de mayo, fueron veintiún fines de semana consecutivos de trabajo, sumados a innumerables horas entre semana.
–J. B.: Sin embargo, abrir el teatro fue apenas el comienzo. Mantener una sala abierta resulta todavía más desafiante. Un teatro no vive solamente de las funciones. Hay que sostener talleres, armar la programación, realizar la limpieza y el mantenimiento, resolver la comunicación y difusión, atender al público, hacerse cargo de la gestión administrativa, la búsqueda de recursos, las articulaciones institucionales y, sobre todo, la construcción permanente de públicos.
–Y. P.: Así es, un teatro independiente funciona todos los días, incluso cuando no hay espectadores en la sala. Detrás de cada función existe una enorme cantidad de horas invisibles de trabajo. Quizás esa sea una de las mayores enseñanzas que nos dejó este proceso: abrir una sala es una meta importante, pero sostenerla en el tiempo es la verdadera obra colectiva que comienza cada mañana.


–Hay contextos más propicios que otros para poner a andar un espacio como este ¿Qué animó al grupo a continuar adelante?
–Las salas independientes no suelen surgir cuando todo está resuelto, sino cuando existe una convicción profunda de que el encuentro, el arte y la cultura son necesarios. Por eso creemos que este es un momento especialmente importante para abrir un espacio como HacheUno.
En tiempos donde muchas veces predomina el individualismo, la velocidad, la fragmentación social y los discursos que desalientan la construcción colectiva, sentimos que es fundamental que existan lugares donde las personas puedan reunirse a imaginar otros mundos posibles. Espacios donde podamos recordar lo que nos pasó, discutir nuestro presente, compartir distintas miradas sobre la realidad y pensar juntos los futuros que queremos construir.
Para nosotros el teatro no es solamente entretenimiento. Es también una herramienta para preguntarnos quiénes somos, cómo vivimos y en qué sociedad queremos habitar. Es un territorio donde la actualidad puede ser cuestionada, donde las experiencias encuentran representación y donde la palabra, los cuerpos y la imaginación recuperan un valor central.
Además, entendemos a HacheUno como un espacio de encuentro y transformación. Un lugar donde conviven distintas generaciones, experiencias y miradas. El arte funciona como un puente para acercarnos. Queremos que sea también un refugio cultural y humano: un sitio donde sea posible encontrarse con otros, compartir preguntas, imaginar futuros y sentirse parte de una comunidad.
En un contexto atravesado por la virtualidad y las desigualdades sociales, creemos que la experiencia de reunirse físicamente para crear, actuar, emocionarse y pensar en conjunto sigue siendo profundamente necesaria.

–Hay una tradición para compartir, además…
–Es verdad. Nos impulsa el enorme legado cultural de Gualeguay. Es una ciudad que ha dado artistas fundamentales para la cultura entrerriana y argentina, y que sigue produciendo nuevas generaciones de creadores. Esa tradición demuestra que no hace falta vivir en una gran capital para producir obras valiosas ni para generar proyectos culturales transformadores.
A su vez, durante todo este proceso sentimos el acompañamiento de una extensa red de teatreros, gestores culturales, docentes, amigos y colegas de toda la provincia. Saber que existen otras personas sosteniendo espacios similares, compartiendo experiencias y apostando por la cultura desde el trabajo cotidiano fue una fuente permanente de inspiración y de fuerza.
Y finalmente hubo algo muy concreto: la respuesta de la comunidad. Durante el proceso encontramos muchísimo acompañamiento de estudiantes, familias, instituciones, vecinos y colegas que nos hicieron sentir que este proyecto no era solamente nuestro. La inauguración fue una demostración muy clara de eso. Ver a niños, adolescentes, adultos y familias celebrando juntos la apertura de la sala nos confirmó que el esfuerzo había valido la pena y que HacheUno ya formaba parte de una necesidad colectiva.

El mañana

–¿Qué metas se fijaron para 2026?
–Y. P.: La principal meta es consolidar el proyecto. Y, de alguna manera, sentimos que ya empezamos a demostrar que HacheUno tiene la capacidad de transformarse en un espacio vivo, activo y sostenido en el tiempo.
Durante el mismo mes de apertura, prácticamente todos los sectores que forman parte de la sala lograron concretar algún proyecto artístico. Los talleres coordinados por Johanna Buiatti fueron protagonistas de la inauguración: cerca de setenta alumnos y alumnas ocuparon las calles y el escenario a través de intervenciones urbanas, escenas teatrales y propuestas performáticas.
Los grupos de niños y niñas presentaron obras basadas en textos de Adela Basch, mientras que el taller de adultos cerró la noche con la performance La Escena, una creación colectiva que recuperó la memoria del edificio y de distintos espacios culturales que marcaron la historia de Gualeguay. Allí aparecieron referencias al antiguo Teatro Nacional, a la Heladería Siete Colinas y a salas y experiencias fundamentales para la vida cultural de la ciudad, como el Teatro Rocamora, el Teatro Italia, El Pisadero, La Candela, Liebre de Marzo y Cooparte, entre otras.
–J. B.: Por cuerda separada, los integrantes con mayor trayectoria dentro del grupo también estrenaron sus propias producciones. En los fines de semana posteriores a la inauguración se presentó Amor a Tiros, protagonizada por Cuchu Bogado, Guadalupe Arandia y Lucio Rodríguez. Además, se realizó el Festival UAIFAI de Micromonólogos, con las obras La turbulenta ética de un sicario, con actuación de Leo Riva; Klepto, protagonizada por Fermín Amado; Empática electrónica, interpretada por Silvina Benedetti; y, Pi, Pi, Pi, que interpreto yo. Todas las piezas contaron con dirección de Yasú.
Eso nos permitió confirmar algo que imaginábamos desde el inicio: HacheUno no sólo puede funcionar como espacio de formación, sino también como un lugar de producción, creación y circulación de obras.
–Y. P.: De cara a lo que resta del año, queremos sostener una programación regular, fortalecer los talleres, ampliar las propuestas destinadas a infancias y familias, recibir producciones de distintas localidades y seguir construyendo públicos para las artes escénicas.
La respuesta que recibimos hasta ahora nos permitió programar actividades con varios meses de anticipación. Actualmente contamos con una agenda confirmada hasta septiembre, que incluye espectáculos provenientes de Paraná, Gualeguaychú, Chascomús y Carlos Casares, además de la participación de HacheUno como sede del Encuentro Entrerriano de Teatro.
También nos interesa mantener una programación diversa que dialogue con otras disciplinas artísticas. En ese sentido, ya recibimos propuestas musicales como La Orilla Infinita, de Sebastián Macchi, y próximamente se realizará una Fiesta Diversa coordinada por Facundo Cichero, colaborador cercano de la sala y referente de nuevos espacios de encuentro cultural.
Al mismo tiempo seguimos trabajando para mejorar la infraestructura, incorporar equipamiento y generar mejores condiciones técnicas tanto para artistas como para espectadores.
Más que crecer rápidamente, nos interesa crecer de manera sustentable. Queremos que HacheUno sea un proyecto que pueda sostenerse en el tiempo, consolidar una comunidad alrededor de la sala y convertirse en un espacio cultural estable para Gualeguay y la región.

Ser parte

–¿Qué lugar puede ocupar HacheUno Teatro en el concierto de propuestas ya existente en Gualeguay?
–Nos gustaría ser un espacio complementario dentro del ecosistema cultural de la ciudad. Creemos que la riqueza cultural de Gualeguay se construye a partir de la diversidad de propuestas, instituciones, artistas y grupos que vienen trabajando desde hace décadas, y entendemos que HacheUno llega para sumar una nueva posibilidad dentro de esa trama.
Además de ofrecer una programación artística, nos interesa contribuir a la generación de nuevos públicos y a la activación de un sector emblemático de la ciudad. La sala está ubicada sobre una de las arterias históricas del centro de Gualeguay y nos entusiasma pensar que cada función, cada taller o cada encuentro pueda aportar movimiento, circulación de personas y nuevas formas de habitar ese espacio urbano.
Creemos que cuando una sala permanece activa no sólo genera actividad artística. También promueve encuentros, fortalece vínculos comunitarios y estimula una mayor participación de la ciudadanía en la vida cultural local. En ese sentido, aspiramos a que HacheUno sea un motor encendido de manera permanente, un lugar donde siempre esté pasando algo y donde distintas generaciones puedan encontrarse alrededor del arte.
Gualeguay posee una historia teatral extraordinaria y cuenta con personas, grupos e instituciones que han sostenido esa tradición durante muchos años. Nosotros no venimos a reemplazar nada ni a ocupar espacios ajenos, sino a aportar una nueva herramienta para la comunidad cultural, con un fuerte arraigo regional y una mirada abierta a las formas de trabajo colaborativo y de gestión compartida.
Nos interesa especialmente fortalecer los vínculos con artistas, salas, colectivos culturales e instituciones de la región. Creemos que el futuro de los espacios independientes está más ligado a la cooperación que a la competencia, y por eso buscamos construir redes que permitan compartir experiencias, recursos, programación y proyectos comunes.

–Desde hace unos años se advierte un despertar de la cultura gualeya. Si se comparte la apreciación, ¿a qué podría adjudicarse?
–Sí, creemos que hay un momento muy interesante para la cultura en Gualeguay. Se observa una mayor circulación de propuestas, más artistas produciendo, nuevos espacios culturales, más articulación entre instituciones y una creciente voluntad de trabajo colectivo. También existe una generación que decidió quedarse en la ciudad o regresar a ella para desarrollar proyectos propios, apostando a construir desde acá. Eso genera una energía muy valiosa.
No creemos que sea el resultado de una sola persona ni de una única política cultural. Más bien es el fruto de muchos años de trabajo sostenido por artistas, docentes, gestores, instituciones y públicos que nunca dejaron de apostar por la cultura local, incluso en momentos difíciles.
Al mismo tiempo, sentimos que existe una nueva generación de hacedores culturales que está tomando el guante del enorme legado artístico de Gualeguay. Vivimos en una ciudad que ha dado figuras fundamentales para la literatura, la pintura, el teatro, la música y la cultura argentina en general. Lejos de contemplar ese patrimonio como algo estático, muchas personas están encontrando maneras de dialogar con él, actualizarlo y proyectarlo hacia el presente.
En ese proceso han surgido espacios de articulación muy importantes, como el colectivo “X la Cultura Gualeguay”, donde artistas y trabajadores de distintas disciplinas comparten preocupaciones, proyectos y estrategias comunes para fortalecer la vida cultural de la ciudad.
También vemos cómo conviven y se fortalecen tanto las expresiones tradicionales como las nuevas formas de producción cultural. Hoy Gualeguay alberga peñas, festivales de teatro, maratones de lectura, encuentros de artes visuales, ferias, propuestas vinculadas a las culturas emergentes y encuentros de cultura freak, entre muchas otras iniciativas.
A eso se suman nuevos espacios de encuentro masivo, como La Guarida de los Artistas y otros proyectos independientes que amplían las posibilidades de participación y circulación cultural para distintos públicos.

Formación

–¿Se aprende el oficio de la gestión cultural?
–Sin dudas se aprende. La gestión cultural tiene una parte técnica que puede estudiarse, pero también una dimensión profundamente práctica que sólo se aprende haciendo. Cada proyecto, cada función, cada taller y cada dificultad obligan a encontrar nuevas herramientas. En ese sentido, creemos que la gestión cultural es un aprendizaje permanente.
Nosotros llegamos a HacheUno después de muchos años impulsando proyectos propios, colectivos y comunitarios. Ninguno de los dos comenzó a gestionar con la apertura de la sala. Por el contrario, HacheUno es el resultado de una acumulación de experiencias, aprendizajes y vínculos construidos a lo largo del tiempo.
–Y. P.: En mi caso, una referencia fundamental fue el paso por la Sala Mónica Pesse de Rosario del Tala. Allí comencé a vincularme con el trabajo de gestión desde muy joven, acompañando procesos impulsados por Mónica Pesse, Pablo Solz, Graciela Benítez y muchas otras personas que hicieron posible aquel espacio. Desde los diez años pude observar de cerca lo que implica sostener una sala independiente. Muchas de las herramientas y convicciones que hoy forman parte de HacheUno nacieron en aquella experiencia.
–J. B.: En mí se combina una trayectoria vinculada al trabajo artístico y la participación comunitaria. Desde los nueve años me formé en danza clásica con referentes de la ciudad como Monona Ojeda e Inés Rebosio, participando durante años en muestras y festivales.
Además, fui desarrollado distintos emprendimientos propios, entre ellos el proyecto de diseño Vuelta al Mundo y la gestión de la cabaña turística Cielito Lindo, experiencias que me brindaron herramientas de organización, comunicación, administración y planificación que hoy resultan fundamentales para el funcionamiento de la sala.
Mi recorrido también incluye el desarrollo de proyectos que buscan acercar el teatro a distintos sectores de la comunidad, articulando acciones con merenderos, asociaciones civiles y organizaciones barriales.
Asimismo, desde hace dos carnavales asisto a uno de los grupos infantiles de la comparsa Mis Raíces, del Barrio Evita, acompañando procesos artísticos y recreativos con niñas y niños.
–Y. P.: Además, durante los últimos años impulsamos proyectos culturales en conjunto, entre ellos La Pachera, una investigación dedicada a recuperar la memoria de las salas independientes de Entre Ríos, de la que ya hablamos.
Otro aspecto importante fue la decisión de elegir como madrina de HacheUno a Valeria Bassini, artista, gestora cultural e impulsora del espacio Sinergia en Gualeguaychú. Desde el comienzo acompañó el proceso con generosidad, compartiendo experiencias, brindando consejos y ayudando a pensar muchos de los desafíos que implica sostener una sala independiente.
También sentimos que la creación del CONTIER y las distintas redes provinciales de trabajo cultural ayudan a construir una comunidad de apoyo entre quienes gestionamos espacios. Saber que existen colegas atravesando desafíos similares, compartiendo conocimientos y construyendo herramientas colectivas genera una sensación de acompañamiento muy importante.


Figura y fondo

–¿Qué diferencias encontraron entre sostener proyectos grupales y mantener activo un espacio de las artes?
–La principal es que los proyectos tienen un comienzo y un final. Una sala, en cambio, nunca termina de hacerse. La escala de responsabilidades en un espacio cultural es mucho mayor, pero también lo es la posibilidad de generar continuidad. Una sala permite que las ideas no aparezcan de manera aislada, sino que formen parte de un proceso sostenido en el tiempo. Y quizás ahí esté el mayor aprendizaje: entender que gestionar un espacio cultural no consiste solamente en organizar actividades, sino en cuidar una comunidad para que pueda seguir creciendo.

–¿Cómo se sostiene económicamente?
–Principalmente a través del trabajo cotidiano y del compromiso de quienes formamos parte del proyecto.
Actualmente los talleres constituyen una base importante para el sostenimiento de la sala, al igual que la programación artística, las actividades especiales y las distintas propuestas que se desarrollan durante el año. Sin embargo, siendo completamente honestos, HacheUno se encuentra todavía en una etapa inicial donde gran parte del impulso económico proviene de la inversión personal de sus gestores.
Entendemos que los primeros años de una sala independiente requieren sembrar antes de cosechar. Por eso asumimos que este es un momento en el que debemos reinvertir permanentemente en infraestructura, equipamiento, programación y mejoras para el espacio. Nuestro objetivo es ofrecer las mejores condiciones posibles tanto para quienes habitan la sala cotidianamente como para los artistas y públicos que la visitan.
J. B.: Quiero decir que detrás de cada función, cada taller y cada actividad existe una gran cantidad de trabajo que muchas veces no se ve. Aunque gran parte de estas tareas son realizadas por nosotros mismos, el proyecto también se sostiene gracias al acompañamiento generoso de amigos y colaboradores. Cuando alguna función nos exige estar en varios lugares al mismo tiempo, ya sea dirigiendo, actuando o realizando tareas técnicas, ellos asumen otras responsabilidades dentro de la sala y hacen posible que todo siga funcionando.
–Y. P.: Por la corta trayectoria que tiene HacheUno todavía no contamos con apoyos estables provenientes de programas públicos o líneas de financiamiento específicas. Sin embargo, entendemos que esas herramientas son fundamentales para fortalecer los espacios culturales independientes y seguramente buscaremos articular en el futuro con organismos culturales, programas de apoyo y distintas formas de colaboración que permitan consolidar la sostenibilidad del proyecto.
Nos interesa especialmente que cualquier crecimiento económico vaya acompañado por la preservación de la identidad y la autonomía de la sala. Queremos construir un espacio sustentable sin perder la independencia que nos permite tomar decisiones artísticas y culturales de acuerdo con los valores que dieron origen a HacheUno.

En camino

–¿Cómo ha sido la relación de ustedes con las artes escénicas?
–Las artes escénicas atraviesan nuestras vidas desde hace muchos años. De distintas maneras, fueron moldeando nuestra forma de pensar, trabajar y relacionarnos con los demás.
Nos formamos en distintos espacios teatrales de la ciudad y de la provincia. Una experiencia especialmente significativa fue nuestro paso por Liebre de Marzo, donde participamos de talleres, procesos de formación y encuentros que fueron fundamentales para nuestro desarrollo artístico. También realizamos la Diplomatura en Teatro de la Universidad Nacional de Rafaela (UNRAF), una experiencia que nos permitió ampliar herramientas teóricas, pedagógicas y de gestión, además de vincularnos con artistas y hacedores culturales de distintas regiones del país.
J. B.: Para mí, el teatro se transformó además en una práctica pedagógica sostenida en el tiempo. Desde hace años coordino talleres para niños, adolescentes y adultos, acompañando procesos de formación que hoy constituyen una de las bases de HacheUno.
–Y. P.: Mi vínculo con el teatro comenzó desde muy pequeño. El paso por la Sala Mónica Pesse de Rosario del Tala me permitió crecer rodeado de artistas, técnicos, gestores y espectadores. Entendí desde temprana edad que el teatro es mucho más que lo que sucede sobre un escenario. Allí descubrí también la importancia de los espacios culturales independientes y del trabajo colectivo que hace posible su existencia.
Con los años, nuestra relación con las artes escénicas fue ampliándose hacia la dirección, la producción, la gestión cultural, la investigación y la construcción de proyectos comunitarios.
Por eso solemos decir que nuestra relación con el teatro excede lo artístico. Las artes escénicas nos permitieron construir amistades, formar comunidades, desarrollar herramientas de trabajo, viajar, aprender y encontrar formas de intervenir en la realidad que habitamos.
Más que una actividad o una profesión, el teatro se convirtió en una manera de estar en el mundo. Y HacheUno es, en gran medida, el resultado de todos esos años de encuentros, aprendizajes y experiencias compartidas.

–¿Qué han encontrado en la cultura que quisieran preservar en HacheUno Teatro?
–En una época donde gran parte de nuestra vida transcurre a través de pantallas, el teatro sigue ofreciendo algo extraordinario: personas compartiendo un mismo tiempo y un mismo espacio.
Nos interesa preservar esa experiencia colectiva, la escucha, la diversidad de miradas, la imaginación y la construcción de comunidad. Creemos en el arte como una herramienta para acercar personas, generar diálogo y fortalecer los vínculos que sostienen la vida en común. También creemos que el teatro debe poder llegar a todos los sectores de la comunidad, trascender las paredes de la sala y convertirse en una experiencia accesible, cercana y significativa para quienes habitan nuestra ciudad.
Si HacheUno logra seguir siendo un lugar donde las personas se encuentran para crear, emocionarse, pensar, escucharse y celebrar juntas, y al mismo tiempo un puente para que el teatro llegue cada vez a más personas, entonces estaremos cumpliendo nuestro objetivo.

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