Para que persista

9 abril 2026 15 minutos
Víctor Fleitas

A veces el paso del tiempo destiñe la nitidez de lo vivido. En otras, la experiencia enriquece la referencia. Es lo que pudo haberle sucedido a Mónica Borgogno, una artista plural. Hace una década y media entrevistó en su rol de periodista al escritor entrerriano Arnaldo Calveyra. Desde entonces, su currículum se llenó de antecedente valiosos, como que fue mención especial en el Premio Fray Mocho en poesía. Para ella, regresar sobre Calveyra es también mirar en retrospectiva esos años en que fue transformándose en lo que hoy es.

Ese silencio que la envuelve no durará para siempre.
Desde Camino de la Cuchilla luce como una casa ensimismada más. Hay que acercarse un poco a la línea de edificación para descubrir las peculiaridades de las pequeñas fortalezas residenciales de El Triangular. Todas parecen dormir algún tipo reparador de siesta más allá de la amplia vereda, seguras tras tapiales petisos, frentes revocados o rejas ornamentales, que entran en colisión con la estrategia de puertas abiertas de la mayoría de los propietarios.
En ese sector los árboles cuentan historias de convivencias y desavenencias que registraron desde la época en que fueron plantados por aquellos que envejecen bajo techo. Crecen, hacen sombra, mueven el molino de la brisa. Se vuelven infraestructura natural para pájaros que anidan, canturrean o los usan como trampolines para un próximo destino aéreo. Modifican el perfil del vecindario, mientras soportan con hidalguía la venganza de la cofradía de perros que acierta en orinarles los tobillos, dos veces al día.
En la vivienda de los Borgogno-Meresman esa bucólica mudez de témpera del conjunto se romperá esta vez con melodías y cantos que salen a recibir a las visitas. La música bajará a segundo plano cuando la conversación en la cocina-comedor se vuelva sensorial, propia de una casa donde se prepara lo que se consume. Hecho en Oro Verde. Si una interrupción surgirá en ese interín será culpa de Rosario Central, que juega dentro de un televisor, más allá, ante un único espectador.
Con el mate listo, palabras y silencios irán ingeniándoselas para mezclar épocas, anécdotas y personajes. Le darán calidez a un atardecer de patio. El entorno apoya su vientre en la tierra. Y escucha. Las ramas de un olivo vecino miran de reojo el antiguo señorío de un árbol sin prosapia que estaba ahí cuando el lote era tierra baldía. Ambos ejemplares vieron el trabajo de escritura manual que transformó en relato acogedor a este pedazo de tierra salvaje, en medio de las cuchillas entrerrianas: el terreno emparejado en tandas, la limpieza minuciosa hasta sacar las matas de raíz, la organización de los objetos y la elección de los verdes y los floreados, con la prevención de que la entrelínea sea oxigenada para que la huerta tenga espacio suficiente.
En el tallo de lo plantado se intuye la lectura que hizo girar las agujas de la vida, la escritura que consumió almanaques, la paciencia para dejar descansar lo ensayado, la evaluación de los ciclos cumplidos, la corrección que pulió versiones. En efecto, ese mantel vegetal sobre el que la charla se escenificará desborda laboriosidad. Hay una aventura compartida que se podría contar desde las referencias precisas a cada sector del entorno. Estremecida, la galaxia jardinera se mueve a un ritmo que recuerda la decisión y la mansedumbre del libro subrayado.


De anfitriona oficia Mónica Borgogno. Oriunda de Rafaela, provincia de Santa Fe, se radicó en Paraná donde se convirtió en licenciada en Comunicación Social, y luego en Oro Verde, donde fue modelando un perfil de artista múltiple y docente universitaria. En ese trayecto existencial cultivó la palabra como herramienta de interacción hasta que, en el degustar silente, descubrió que, si el verbo abre las puertas y la introspección las ventanas, los espacios se oxigenan, lo íntimo se repara, las atmósferas se descontaminan y los vínculos nos pueden llevar por caminos inesperados.
La charla que antecede a la entrevista es entre personas que se conocen desde hace años. Hablan despreocupados de proporcionar los contextos ante cada parlamento porque es innecesario: el otro ya lo sabe. Un observador externo se desorientaría ante ese intercambio aparentemente sin sentido, fragmentario, a veces telegráfico, que se completa con una especie de proyección interior de las experiencias compartidas sobre la que de todos modos los hablantes guardan visiones no necesariamente coincidentes. Pese a estos laberintos del sentido, los dialogantes entienden. En el burbujeo de palabras las nociones de tiempo y de espacio se yuxtaponen y anulan, se desconocen y alían.
Ante cada silencio la burbuja parlante parece desintegrarse. Regresan los sonidos próximos: los loros en lo alto del eucaliptus, dos gatos discutiendo territorio del otro lado del muro lindante, el bicherío anónimo en algún rincón.
“¿Te estoy pasando mate?”, pregunta, con el brazo extendido. Borgogno es una periodista que nunca creyó en la ecuanimidad del relato informativo, en su supuesta asepsia. Ha desarrollado otra forma de comunicar, pero aplica un protocolo para crear climas, para formular los interrogantes, para desarrollar los temas, en los que se aprecia la estela de un oficio que la fue conectando con otras áreas creativas hasta descubrir que no tiene por qué imponerse límites formales.
La idea es que comparta allí, en ese hábitat noble, cucharadas de té literarias, fruto de una serie de momentos en que aprendió a disfrutar de la profundidad de los silencios que habitan en la palabra fértil de Arnaldo Calveyra. Cuando Borgogno lo entrevistó miraba al mundo desde el periodismo. Ya había sido becada por la Fundación Antorcha para participar de un taller de poesía, cuya producción derivó en la publicación de la antología La niña bonita. También había explorado con la fotografía, la escritura y la radio. A la redacción de comentarios de teatro le agregó el estudio sistematizado. Hace unos pocos años obtuvo mención especial en el Premio Fray Mocho de Poesía, con un material que aparece junto a otros que le pertenecen en Una lucecita apenas, su primer libro.
Catorce años pasaron desde que se publicó una entrevista suya a Calveyra. Es mucho tiempo. Calveyra falleció en París el 15 de enero de 2015. Residía allá desde 1960. Fue poeta, novelista y dramaturgo. Nació en Mansilla, el 23 de febrero de 1929. Cada tanto regresaba a Entre Ríos, unas veces a Paraná, otras a su pago chico. En una de esas ocasiones, Borgogno lo entrevistó. Hace unas semanas encontró el recorte de El Diario. Arqueología de la comunicación. Cuando se le propuso reflexionar en retrospectiva, se zambulló en la escritura de Calveyra. “No podía parar, por eso fui postergando esta reunión”, dice.
Ha regresado a su obra, ha revisado lo que se escribió sobre él, ha repasado entrevistas, ha pensado qué decir. Sobre todo, ha disfrutado de la lectura, que practicó hacia adentro y también en voz alta. El regreso sobre Calveyra la puso en pausa.
Ese silencio que la envuelve no durará para siempre.


–La entrevista a Calveyra fue publicada el 30 de octubre de 2011 ¿Qué sensación tenés al leerla, una década y media después?
–Me pasa que, a través del género entrevista, puedo leer de una manera amable a un poeta increíble y compartir la nota entre personas, amigas, estudiantes, colegas, que no lo han leído y puede ser una vía para ir tras su producción.
A través de la reproducción de esa conversación y la publicación de esas respuestas tan llenas de humildad, de conceptos, de su mirada de la vida, del tiempo y hasta de la Argentina, siento que contribuyo a mostrar que la poesía no es tan hermética ni inalcanzable como suele pensar el común de la gente. Eso me sigue gustando de esta nota.

Microcontextos

–¿Cómo se te ocurrió entrevistarlo?
–Sabía que venía a la Argentina y era una oportunidad para aprovechar y conocerlo de algún modo. Había unos amigos editores de poesía, más precisamente del sello Mágicas naranjas, que sacaban un libro con un poema suyo. Creo que fueron ellos los que me habían dado el dato, lo contacté y probé suerte. Estaba bastante nerviosa porque era de esos escritores que una admira, lo cual dificulta, en mi caso, el acercamiento y la formulación de preguntas.

–¿Sentiste que hacerla telefónicamente significó una limitante para el diálogo? ¿Qué experimentaste antes y en el preciso momento en que escuchaste su voz? ¿Qué impresión te dio?
–El teléfono es una limitante, sí. Creo que me costó arrancar y después me aflojé. La verdad es que me hubiera gustado más irme a tomar un café con él y registrar sus gestos, su mirada, sus silencios. De todas formas, leo preguntas sencillas donde se luce él, que es la idea. No me gustan las preguntas rebuscadas, larguísimas, donde el entrevistador pareciera querer competir con el entrevistado, aunque a veces una peca de eso también, claro. Sus respuestas están llenas de poesía. Disfruto volver a leer esta partecita en que me devuelve una pregunta, como invitándome a ver o escuchar algo dentro de lo cotidiano pero que no todos ven o escuchan, como para contagiarme de su poesía:
“En sus textos aparece como una constante el tema de la lluvia. Esa lluvia que le cuenta cosas…

  • Ah sí, ¿y a quién no?, ¿a usted no? Ahora hubo una lluvia grandísima”.

–Al releer las entrevistas ¿Sos de las que piensan en la pregunta que no se hizo o convivís con la idea de que inevitablemente no se puede abarcar todo en una conversación?
–Cuando se escribe en un medio gráfico, la página es la que limita, la cantidad de caracteres, siempre lidié con eso y tenía que cortar para que todo entre ¡en dos páginas!
A veces el paso del tiempo del material impreso te hace arrepentir, pero no siento que sea este el caso, más bien me da cierto orgullo. Si bien el soporte digital habilita la ventaja de escribir sin límites, la legibilidad y la posibilidad de ser considerado con el lector, también es importante. En todo caso, si soñamos un poco, me hubiera gustado hacer otra entrevista más y caminando por París como él caminaba y hablaba de literatura con Mastronardi por acá.
Podría haber preguntado sobre nuevos escritos, pero como me interesa la divulgación de la poesía en sí, me parece que estuvo bien así de acotada y sencilla la entrevista.


–¿El texto publicado es el original o debiste recortar?
–Sí, no recuerdo tanto, pero debe ser el original: no había sido tan extensa.

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Deletrear

–Sos una persona lectora ¿Cuánto habías leído sobre Calveyra? ¿Qué pasó luego hasta el presente? ¿Qué destacarías de él, dentro de lo que ha leído?
–Había leído y conocía más su poesía. Al momento de la entrevista sabía que la Eduner, que ya había sacado su Poesía reunida (2008) -la que me había comprado en 2010-, estaba preparando la edición de su Teatro reunido. Son dos libros preciosos, necesarios, uno con aportes de Pablo Gianera y Daniel Samoilovich, otro con estudios de Sergio Delgado y Claudia Rosa, con fragmentos de reseñas y entrevistas, cronología de su vasta y diversa producción, que ayudan a comprender mejor su estilo, su escritura, su poesía presente en uno y otro género, en los ensayos y hasta en las entrevistas que dio. Para mí fue el descubrimiento de un autor imposible de encasillar y comparar con nadie; muy inspirador, además. Como dice un amigo, algo debe tener Entre Ríos que sacó tantos escritores tan buenos. Y sí, de esta tierra de campos, lomadas, ríos, salieron los poemas de Carlos Mastronardi, Juan L. Ortíz, Juan José Manauta, por citar algunos.
En esa mezcla de crónica y estudio que hace Delgado, antes de pasar al Teatro reunido, se aprecia un modo de ser silencioso, una continuidad de la escritura más allá de cualquier género y forma, sobre todo, que me seduce. Ser poeta hasta en los gestos mínimos y a la vez, trascender el propio género y las formas, desparramar poesía en todo lo que uno hace, es una búsqueda que me interesa de esta figura y me gusta adoptar, como filosofía de vida o una vida reconvertida en arte, diría, o algo así. “¿Deseaba la palabra sujetarse al rigor de un verso?”, dice, en El hombre de Luxemburgo y habla de la “oblicuidad de la palabra en el momento de encontrar cabida en el verso”, en Apuntes para una reencarnación.

–¿Por qué material recomendarías empezar para generar interés en la producción de Calveyra, desde tu experiencia lectora?
–Los fragmentos de entrevista que anteceden la Poesía reunida de Eduner, son imprescindibles para quien quiere ser poeta o quien quiere adentrarse en el universo Calveyra. En esas primeras líneas, Gianera y Samoilovich resaltan como una suerte de divisa del autor nacido en Mansilla (Entre Ríos) una frase que habla de los movimientos no solo geográficos sino lingüísticos cuando dice por caso: “Yo estoy allá y no estoy allá, rápidamente estoy acá”. De ahí y de otros retazos de conversaciones que vi y leí, supongo que salió el título de mi entrevista, la que estamos recordando.
Releyendo algunos de sus textos te topás con hombres y mujeres de acá o nosotros mismos, poniendo palabras de cara a un ocaso cualquiera, y empezás a volar y soñar y crear cuando de pronto lees “anocheceres en falsa escuadra”, “el atardecer que llevas puesto”, “hombre al que el oeste interroga por su luz ya cesante”, “hombre que suma varios cielos”.
En fin, mientras balbuceo respuestas a estas preguntas, releo mentalmente a Calveyra y se me ocurre otra entrevista con otros interrogantes, “¿poesía qué, cuándo, cómo?” que él mismo se formula y a la vez responde de mil modos entre la luz de los jardines, los espejos, los deseos y las palabras y sus pliegues y escondites.
En verdad, siempre quedan cosas por hablar y preguntar, la muerte es la que pone fin a tantos diálogos, nuevas respuestas, nuevos encuentros, desencuentros y por supuesto también malentendidos, pero lo que permanece es “el estruendoso silencio de la memoria”, como dice el poeta, las lluvias conversadoras, unas nubes por descifrar, mariposas que quién sabe. Ojalá estos versos que recuperé por bellos nomás, lleven a alguien a husmear entre las páginas de este autor entrerriano. Porque la poesía está para que volvamos una y otra vez a ella. Si no la entendemos, podemos regresar en otro momento, saber que hay miradas más sensibles que las de uno o que hay cosas que no podemos comprender. Ese estado de no entender abre caminos de búsqueda de los más diversos y ricos. Ahora, el simple ejercicio de leer al azar o retomar un verso, nos puede devolver una alegría, una belleza única, una esperanza. Y eso solo ya sería un montón, ¿no? Va lo prometido.
“Recuerda haber escrito de un hombre que en un poblado de Argentina abandonaba su casa a eso del atardecer. De pie ante un baldío, como otros ante el diario, se ocupaba en deletrear el cielo, leía las noticias que le acercaban las nubes.
¿Qué habrá sido del hombre? ¿Qué habrá sido del tímido, el hombre analfabeto para todas las palabras salvo para las nubes, las nubes que al finalizar la tarde son borradores de nubes por llegar?” (El hombre de Luxemburgo)

El tiempo y su después

Firmada por Mónica Borgogno, la entrevista a Arnaldo Calveyra salió publicada el domingo 30 de octubre de 2011, bajo el título Conversación con el poeta que siempre está acá. El contenido fue el siguiente.
La charla con Arnaldo Calveyra transcurrió un día antes de la partida del poeta hacia París. De sus proyectos de escritura actuales, de poesía, de teatro, de la vida moderna y apurada, versó el diálogo con este hombre que “mete miedo porque transforma en alegría todo lo que toca”, tal como lo describe la escritora italiana Cristina Campo.
El poeta Arnaldo Calveyra, nacido en Mansilla, anduvo por Paraná hace unos días, pero pocos pudieron aprovechar esa presencia. Los libreros se enteraron porque la inquietud fue más fuerte y provocó que los clientes habituales acudieran a pedir sus libros. En algunos ámbitos la “novedad” de su visita circuló, se difundió. Y fue así que en la semana que pasó este escritor copó las vidrieras de las librerías locales.
Distintos proyectos editoriales tienen a Calveyra por protagonista. Uno de ellos es el volumen que reunirá toda su obra dramática, prácticamente inédita, que publicará la editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Otro, es la singular edición del poema Cartas para que la alegría, que lanzan Gustavo Gottfried e Hilda Fernández bajo el sello Mágicas naranjas (Buenos Aires) junto a dos libros más, “cuidadosamente diseñados e ilustrados para pequeños o grandes lectores de poesía… son textos sin edad, bellos, sonoros, luminosos”.
Un día antes de partir hacia París, donde hace más de 50 años reside, EL DIARIO pudo mantener una extensa e intensa -por lo inolvidable- charla telefónica con este hombre bien entrerriano que siempre vuelve a su tierra. Su voz es de una transparencia y juventud que impacta.
Así se sucedió esta conversación, tan simple como una lluvia en el campo, quizás.

–Usted me ha dicho que es un hombre que “se fue” de Argentina. Ahora, ¿cómo es usted cuando viene?
–Cuando vengo, vuelvo a mi provincia que es la etapa principal del viaje. El país me parece una abstracción, para mí, a esta altura del partido. Naturalmente me siento argentino, pero prefiero sentirme entrerriano.

–¿Regresa siempre en la misma época?
–Sí, por cuestiones de salud. Tengo problemas cardíacos y el calor o el frío extremo me daña, entonces elijo estos meses.


–Cuénteme, ¿cómo es en su caso la tarea de hacer poesía.
–Es trabajar, sentarse a una mesa y escribir, leer y escuchar. Lo considero un trabajo.

–¿Qué relación tiene con los poetas jóvenes?
–En una velada que se hizo en casa de Claudia Rosa, en Paraná, tuve oportunidad de escuchar sus poesías. Tienen las inquietudes que tenemos todos, de sobrevivir, de estar vivos; ésa es la condición esencial para que un poema esté vivo al cabo de un tiempo de trabajo.

–En sus textos aparece como una constante el tema de la lluvia. Esa lluvia que le cuenta cosas…
–Ah sí, ¿y a quién no?, ¿a usted no? Ahora hubo una lluvia grandísima.


–Y cuando la lluvia cae así con tanta fuerza, ¿qué le dice?
–Ahora en la ciudad, menos dice. Yo prefiero estar en el campo. En las ciudades todo está bajo techo, en cambio en el campo es diferente, el eco y la resonancia es otra, pero además la gente estaba contenta porque hacía falta el agua en algunas provincias.

–¿Qué diría de París?
–Es un lugar donde yo puedo trabajar, donde consigo concentrarme después de tantos años de estar allá. Todavía puedo llegar a mi pieza y sentarme a escribir, dejar el teléfono de lado. París es un lugar de concentración para mí, además de ser una bella ciudad que ya conozco y puedo seguir visitando si alguien llega para ir a tomar un café; pero ya no representa para mí un hito urbano como lo es para mucha gente que no la conoce, claro, y que vale la pena conocer. Es el lugar donde puedo trabajar, no es más que eso y no es menos que eso.

Palabra reunida.

–Actualmente, ¿en qué está trabajando?
–En un nuevo libro de poemas y también en la edición de otro para (la editorial) Adriana Hidalgo. Estoy trabajando además con Allá lejos y hace tiempo, de Guillermo Hudson, además del teatro reunido que se está haciendo en Paraná, con la editorial de la UNER.

–Hacer poesía, dijo alguna vez, significa excavar cada vez más abajo.
–En mi caso sí, pero no es universal. Cada poeta tiene su método y su alter ego poético. En mi caso he escrito siempre el mismo libro, desde distintos ángulos y excavando cada vez más profundo para que las cosas salgan de otra manera cada vez. Pero lo que mueve mis poemas es lo mismo, el pasado, el tiempo, la amistad, la provincia. Creo que es lo mismo, pero es la gente la que sabe mejor que yo sobre eso. Cada poeta tiene su clave.

–A usted, ¿qué le pasa con el tiempo que pasa?
–Somos tiempo, somos memoria, somos ocasiones perdidas, somos muchas cosas que pueden muy fácilmente ir hacia la vertiente negativa del hombre. Somos todo eso y mi poesía trata de rescatar todo eso y hacer con ello una cosa menos negativa.

–¿Cómo ve a la palabra en relación con el tiempo, la vida moderna?
–La palabra está en pugna contra el tiempo; en tanto hay palabra ya el tiempo es como si se quedara un poquito en la retaguardia, me parece a mí.
En cualquier palabra poética, la palabra dicha, me parece que el tiempo tiene como una necesidad de quedar detrás de todo esto que hablamos.

Por el teatro de Calveyra

–¿Qué artistas del teatro le llaman más la atención?
–Esquilo, Beckett y Shakespeare naturalmente son mis pilares. Habrá otros, pero en estos momentos son ésos; sobre todo Esquilo.
Con ese interrogante, la charla derivó en las obras de teatro prácticamente inéditas de este autor que recién ahora podrán conocerse mejor, gracias a la publicación de la Editorial de la UNER. Calveyra contó que son obras a las que consideró “viables, puede haber otras, pero no sé dónde están y mejor que no estén”.
Según precisó, el volumen de UNER incluye Cartas de Mozart, Moctezuma, El eclipse de la pelota, Latin América Trip, El diputado está triste y La selva. “Cada obra son muchos años de trabajo. pero la frecuencia es de cuatro o cinco años por pieza”, agregó.
Qué lee, qué ve, qué escucha este hombre de letras, quiso saber EL DIARIO. “Leo mucho y releo. Leo mucho Montaigne de manera periódica y a los clásicos españoles del Siglo de Oro. Releo todo eso y también a los que recién empiezan que me mandan sus libros, de Argentina o de otros países. Escucho radio, no veo televisión y voy muy poco al cine”, dijo.

–¿Por qué razón no mira televisión?
–Porque es una degradación del ser humano ver televisión, poco a poco. Y en la Argentina no le digo nada. Muchas de las cosas que suceden aún en el plano político, es la televisión la causante de todo eso, la mediocridad absoluta.

–Volviendo al teatro, ¿quiénes fueron sus maestros?
–Así como Mastronardi lo fue en poesía, algunas puestas en escena, mágicas, como el Marat Sade (Peter Weiss) o el Rey Lear (Shakespeare) de Peter Brook, son puestas que exceden toda capacidad de comprensión, por la magia, por la importancia y por el talento puesto. Es más que todo, más que lecturas. Eso fue el viaje, irme de aquí a Francia.

–Lo último que quería decirle, que quizás debería haber sido lo primero…
–No importa, no importa.


–…es que el contacto con usted surgió a partir de los poetas que están detrás del sello Mágicas naranjas, que lo involucra ¿Qué le parece ese proyecto?
–Me encanta, me parece que es una de esas cosas para fundar una ciudad. Que los chicos puedan leer cosas de interés y no estupideces, sacarlos un poco de la televisión.
Yo sé que la tarea es ímproba pero bueno, ellos, dos personas (los editores Gustavo Gottfried e Hilda Fernández) pueden manejar y mover mucho más de lo que uno cree, en el buen sentido de la palabra.
Sé que los tiempos pueden más que uno, pero justamente hay que luchar con la palabra, con la bella palabra, bellos poemas, bellas imágenes. Es más que linda y más que buena idea. Nos quedamos cortos.

Al margen

Poesía e infancia. “Porque poesía e infancia habitan un mismo territorio, queremos recrear en cada libro ese universo mágico y lúdico, donde las palabras se encuentren con las imágenes y los nuevos lectores con los grandes poetas”, eso dicen los editores de los tres primeros libros del sello Mágicas naranjas que a fines de noviembre, presentará Cartas para que la alegría, de Calveyra, con ilustraciones de Martina Fraguela; Variaciones de la luz, de Diana Bellessi y Azar y necesidad del benteveo, de Alicia Genovese.

Dramaturgia. La Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner) prepara la edición de los textos teatrales producidos por el escritor entrerriano Arnaldo Calveyra, entre los años 1956 – 1988, con un estudio preliminar e introducción a cargo de la profesora Claudia Rosa.

Del Libro de las mariposas

Mandarte noticias con los barriletes, con el hilo invisible de las venas.
Oírse la respuesta con el oído sobre la tierra del campo.
He corrido al lugar de donde se volaron esos pájaros, de allí vuelvo, de ese lugar vacío entre las manos.

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