En un entorno plagado de imágenes distractivas, cada tanto alguna rompe su destino de pasatiempo y se transforma en puente que acerca a personas reales. La foto, entonces, pasa a ser parte de un catálogo de emociones compartidas y lo retratado reconoce la oblicua presencia de la dimensión humana. A veces, el premio no se circunscribe a ganar un concurso: es también lo que ocurre luego, cuando el punto de vista original se desdibuja y se enfoca en lo que somos.
Una foto es un testimonio de viaje. Ante ella nos cautiva una rara versión de la nostalgia. Nos hace creer sin fundamento que ya hemos estado allí, que conocimos ese gesto; que esa mirada fija, perdida o en fuga de la imagen nos enlaza a alguien con quien acaso ya nos hemos cruzado. En el paladar sensorial sabe a un instante vivido o por vivir que quedó capturado en un juego de luces y sombras, encuadres y composiciones de escena. Ese dilema mudo nos sostiene en su contemplación.
Con unas más que con otras, espectarlas produce una disociación que hormiguea desde el interior. Nos multiplica la mirada, alterándonos los puntos cardinales de la percepción. Hay en ellas un misterio encerrado cuya dilucidación nos atrapa: una sospecha infundada de que pudimos haber accionado ese obturador, una convicción de que tal vez pasamos por ahí una fracción de segundo antes o dos fotogramas después de la acción retratada. Eso nos deja meditabundos. Inquietos. Perplejos.
De pronto, nos asalta la intuición vana de que acaso fuimos testigos inconscientes del aquí y ahora de ese cruce témporoespacial que se condensa y diluye en la imagen. Llegamos a recordar lo que no pasó y lo que probablemente jamás ocurrirá, como si fuera una experiencia real.
Un haz de ese enigma nos fragmenta y reúne, proporciona el punto que sigue la aguja y el hilo de seda en la tenue telaraña que nos retiene cuando miramos la foto en cuestión.


Por otro lado, ya sea sobre pantalla o papel, quien contempla es la persona encargada de establecer un valor aproximado a lo que está siendo visto, en un tipo de evaluación que de todas maneras es cambiante, sujeta a una permanente mutación. En efecto, la experiencia de conexión variará en intensidad en función de cómo resuenen en el interlocutor las dimensiones técnica, compositiva y emocional de aquello que está siendo visto.
Rara vez los papeles se mezclan, en esa galaxia en que el azar y el deseo hacen orbitar lo observado, la persona que observa y el aparato mediador. Pero cada tanto la vida sorprende con alguna travesura, podrían decir tanto Alicia Muñoz como Cynthia Fistraiber, modelo y autora respectivamente de una fotografía que, a cuatro años de haber sido tomada, en noviembre de 2025 fue seleccionada y premiada en el concurso Los quehaceres de las ciencias sociales y humanas en fotos, organizado por el Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.
El galardón hizo que la imagen circulara por autopistas y atajos digitales. Un caprichoso desvío la llevó hasta Alicia. La caminante rehízo el fulgor del clic, rompió el cascarón del anonimato y fue en busca de Fistraiber. Entonces, el vínculo entre ambas se llenó de palabras sensibles.
Hasta ese momento, sólo existía la intuición de la fotógrafa y su sentido de la oportunidad. Del otro lado, a aséptica distancia, el encuadre y la perspectiva compusieron a una mujer mayor que marchaba a paso decidido, aferrada a una bolsa de mandados, con un colorido mural como telón de fondo.
La convocatoria a la que respondió Fistraiber invitaba a pensar los vínculos entre territorio, memoria y vida cotidiana a través de la fotografía. La postal urbana lo conseguía.
En el paisaje las texturas se yuxtaponían. La obra de arte de grandes dimensiones plasmada sobre la derruida pared guardaba la memoria de una época reciente; la persona que rasga el celofán de izquierda a derecha portaba una trayectoria vital que mantenía bajo secreto; mientras, la artista visual se evaporaba detrás del dispositivo, cuya actividad la escondía y revelaba en similares proporciones.
En efecto, como en la película La rosa púrpura del Cairo, en esta obra de teatro para dos protagonistas los roles se alteraron. No sucedió lo que se suponía. Se desató entonces un big bang emotivo, mínimo y transformador. “Era noviembre de 2021. Todos los días salía a las diez de la mañana. Iba al drugstore de calle España a hablar con Santiago, ayudaba a poner caramelos en bolsitas, charlaba un rato y después seguía mi recorrido: La casa de las tortas, la carnicería, la verdulería, la farmacia Libertad. Vivía a la vuelta, así que pasaba siempre por ahí”. La voz de Alicia es amable, algo nasal, áspera, tal vez por el hábito pretérito de fumar. Rememora sin apuro. Se la sospecha emocionada. Se la escucha agradecida. Tiene 81 años y es una de esas presencias reconocibles del microcentro de Paraná del último tiempo.

Alicia no ha tenido una vida sencilla. No se detiene en ello. “Yo nací en Santa Fe. A los cuarenta y cuatro años, con mi mamá nos vinimos a Paraná. Acá encontré gente muy buena. Tengo tres familias incondicionales: los Luján, los Gómez y los Ruiz. Para mí son mi familia. Y en este Hogar encontré otra familia que me cuida y me acompaña”. Se refiere a la residencia geriátrica María Cañete, ubicada en calle Villaguay, entre Monte Caseros y 9 de Julio. Sin parientes que pudieran asistirla, una quebradura de cadera la acercó hace dos años al establecimiento. Parece contenida.
La cadena de evocaciones también alcanzó a Fistraiber. “Me acuerdo que me llamó la atención su aparente fragilidad, su postura encorvada, pero a la vez su decisión al andar. Yo estaba enfrente. La vi venir por Libertad y Perú, y me arrebató un torbellino de ideas al instante: la pandemia y los encierros obligados, el nombre de la calle (Libertad), el mural con imágenes de niños contrastando con la madurez de Alicia, el paso firme y empoderado de ella a pesar de las circunstancias”.
Cynthia tomó la foto con un teléfono celular el 17 de noviembre de 2021. El nervio de la observación estaba activo probablemente porque el año anterior había empezado con los talleres que dirige el reportero gráfico Mauricio Garín, en La Hendija.
La reminiscencia la devuelve a un almanaque lejano y próximo. El barbijo puesto para evitar contagios en medio de una ciudad extraña, con menos tránsito, de puertas adentro. Los silencios, la desolación, los duelos de prepo. Las personas lentamente volviendo a ocupar espacios comunes. Un mural por los diez años de la Asociación Civil Barriletes. “Lo colectivo fijo en la pared; lo individual en movimiento”, redondea Fistraiber. Las miradas regresan a la foto premiada para corroborar la agudeza del aporte. Una quietud fluida se apodera del momento. “En ese instante no pensé más que en la imagen. No conocía su historia, no sabía quién era”, se sincera. “La fotografía nació como nacen muchas de mis fotos: de una intuición breve, de una superposición de sentidos que aparece y desaparece en segundos”, comentó, ante una consulta específica. “Un cuerpo real atravesando una ciudad cargada de signos, sin saber que estaba siendo registrado”.
A su lado, Alicia Muñoz escucha. No quiere agregar nada. Es toda oídos. “Si alguien ve la foto, me gustaría que piense que una persona común puede salir en una revista. No soy insignificante, pero soy una persona común”, se sorprende pensando.

Quienes la conocieron en el Hospital San Martín, en el Colegio del Huerto y en Uader confirmarán que Alicia disfrutaba al trabajar. Era cumplidora. Atenta. Dedicada.
Su vida es tranquila. Se levanta temprano, se baña, toma el desayuno y ayuda a las demás. Le prepara la mesa a las abuelas, como ella les dice a sus convivientes; le da la leche a una de ellas, Rosita. Se siente útil.
Hay que insistirle a Alicia para que comparta lo que piensa. En general prefiere dejarse llevar por el agujero negro del instante presente. “Si pudiera volver atrás, corregiría muchas cosas, sobre todo no pensar tanto en la edad como una limitante”, conjetura, no sin considerar que “la vida me enseñó a hacer lo que siento; no hago nada para quedar bien con alguien: las hago porque las siento”. De pronto se pone firme. “Eso es lo que soy”.
Un detalle singular del encuentro producido es que tanto Alicia como Cynthia creen que es la otra persona la que merece ser entrevistada. Ante una consulta puntual, Fistraiber contó que “el contacto entre nosotras llegó de un modo inesperado”, que Stella Maris Grassi, una amiga de Muñoz, reconoció la imagen cuando fue publicada y le escribió. “Me dijo que conocía a la mujer de la foto, que esa caminata le resultaba familiar, que había algo en ese cuerpo, en ese andar, que no dejaba dudas”. La fotógrafa completó la expresión. “Así supe que la imagen no era solo una escena urbana: tenía nombre, vínculos, afectos. Tenía historia”.
“Es cierto, me enteré de que era la modelo de la foto a través de Stella, que fue el puente. Cuando me vi en la imagen me sentí contenta, emocionada. Felicidad. Una persona común que sale en una foto; y bueno, bienvenido sea”, confirmó Alicia. Fistraiber contrapunteó. “Entonces, fui a visitarla y le llevé una copia impresa de la imagen, como un regalo; no como un trofeo ni como un recuerdo impuesto, sino como algo que también le pertenecía”. El mundo se detuvo por unos segundos. “Mientras sostenía la imagen entre las manos, Alicia no habló del premio sino de las personas: de las que están, de las que acompañan, de las que recuerdan. Le pregunté si se reconocía en la foto. Dijo que sí. Así soy, dijo. Esa soy yo, en camino”.











