Esa costumbre deslumbrante

23 marzo 2026 21 minutos
Víctor Fleitas

Alegatos vivientes contra la uniformización de la cultura, los clubes de cine desempeñan un papel clave al democratizar el acceso a un más amplio panorama cinematográfico y fomentar la formación de públicos críticos. Al recrear el ritual del disfrute colectivo en la sala a oscuras, abstrae a las personas del consumo individual y auspicia el encuentro con otros. Con Musidora, Paraná ha encontrado además un espacio dedicado a conformar comunidad. La experiencia se enfrenta a la duodécima temporada, lo que justifica una entrevista con sus responsables: Carlos Pagés y Pablo Russo.

Uno y otro buscaba del mundo las coordenadas desde donde proyectarse. Un día, sin querer se encontraron. Fue en un abrir y cerrar de ojos. Hola, soy Pablo Russo. Carlos Pagés, mucho gusto. Desde entonces son parte de una experiencia sostenida que se alimenta del deseo de compartir un tipo de cine que no suele encontrar dónde mostrarse.
En efecto, el Cine Club Musidora tiene una historia de película, sin extras, que no se explica solamente en la consecuente calidad de su programación ni en gestos de laboriosidad cinéfila, como subtitular una película con solvencia y esmero, simplemente porque vale la pena que un puñado de personas inquietas se asome a esa obra en Paraná. Tampoco termina de entenderse si exclusivamente se presta atención al vínculo respetuoso que urdieron Russo y Pagés, tan diferentes como sociables, portadores de un pedigrí campechano y citadino a la vez.
Es como si hubiera algo en la aventura que no se advierte hasta que el observador insiste y tropieza con la evidencia de que en torno a Musidora se ha constituido una comunidad de ciudadanos diversos en edad, perfil profesional y aquello sustancial que se desprende de las disímiles formas de vestir. A ese colectivo lo une cierta sensibilidad hacia un modo de contar que, al singularizar los relatos, genera un sentido de pertenencia plural.
La verdad es que cuando Pagés y Russo se encontraron en Paraná cada cual contaba con una trayectoria, compuesta ya de unos cuantos episodios. No se conocían entre sí, ni de mentas. Musidora no era parte de un diccionario que compartieran. He allí una primera sorpresa.
Como se sabe, en las relaciones interpersonales las señales duran unos instantes; lo que permanece es el misterio, como en la noche la huella invisible de la estrella fugaz. Por eso, a la distancia, es difícil establecer qué nivel de la intuición funcionó en uno y otro para que la alianza se conforme; qué gesto del interlocutor, qué actitud ajena, qué tipo de definición los animó a transformar dos individualidades en un equipo; a quiénes de los conocidos en el pasado, en tantas andanzas de la construcción cultural o de la bohemia barrial, les resonó la persona que le estaban presentando; a qué personaje de cuál historieta, novela o película les hizo acordar ese ser que tenían enfrente.
Cumple doce años aquella confluencia de caminos. Y ellos siguen remando contra la corriente. No importa el lugar donde la proyección acontezca, en la película de Musidora siempre sucede más o menos lo mismo. Llegan con paso artesano a tomar previsiones para que respire lo inerte. Crean paisajes efímeros que se alojan en la memoria. Levantan una carpa de circo, de la que al rato no queda ni el rastro.
En este orden, la puerta se desperezará con crujido de bisagras, los espacios vacíos comprenderán que en breve se llenarán de presencias sintientes, las sillas buscarán su disposición; se erigirá la blanca pantalla, austera, multidimensional; se probarán los equipos; los espectadores arribarán a la ceremonia que comienza siempre puntual con la presentación del filme; la sala anochecerá y los espectadores fosforecerán por dentro, mientras las emociones corretearán por curiosos cruces del tiempo y el espacio. Luego de la proyección, se desovillará entre los presentes una charla en fuga hasta el nos vemos de la vereda. El regreso a casa prolongará el después.
Los encargados del hola y el adiós permanecerán allí, al pie de un imaginario portal, mientras dure la ceremonia. Una semana tras otra, los instantes de la bienvenida y el saludo final le permiten a los asistentes juntarse con impresiones probablemente equívocas sobre ellos, que en algún momento intercambiarán sin lograr ponerse de acuerdo.
Tal vez al secreto del dueto haya que buscarlo en la alquimia de caracteres alcanzada entre quien en cualquier momento parece que te canta las 40 y quien buscará la manera condescendiente de dejar en claro las cosas; entre el de lacio flequillo a dos aguas y el de la cabellera en retirada; entre aquel al que la inquietud le desasosiega el gesto corporal y el que prefiere bajar un cambio y mantener prudente distancia; entre el expresivo y el medido, el de figura ligera y el morrudo, ambos buena onda, interesados en ser parte de una experiencia comarcana y cosmopolita de sentir el cine y de abordarlo.
Es valioso que los equipos puedan narrar su historia mientras la van escribiendo. Esa poética es un modo de refundarse. Cada retrospectiva es humedad que pudre la semilla y augura nuevos brotes.
Además de valorar los aportes de Pagés y Russo a la cultura cinéfila de Paraná, la entrevista con Tekoha puede servir para apreciar la significación de una especie de paradoja por la que proyectos que no son pensados bajo el régimen del rédito económico, sin embargo hacen mejor, menos conformista, la vida de la comunidad.
Desde que el proyector encendió las correrías en Gualeguaychú 171, Pagés y Russo privilegian la construcción conjunta de un destello fílmico para navegantes mecidos por las mareas de lo contingente. Sin hacer olas, se las ingenian para que las eventuales diferencias hundan sus raíces en el instante de oscuridad del faro. Y el barco sigue.

Unir los puntos

Una probabilidad es que cuando el lector complete su parte del pacto y analice la arquitectura de los ejercicios de memoria de uno y otro, piense si no es cierto que es nuestra percepción la que convierte lo que somos y hacemos en una sucesión continua de eventos, conectados en virtud de cierta tendencia a dar cuenta de ellos.
Persistencia retiniana llamó el inglés Peter Roget al fenómeno por el cual las imágenes permanecen en los laberintos ópticos. Esa estela visual une lo inmediato a lo precedente, proyecta lo pretérito al presente y provoca la sensación de fluidez de aquello que nos rodea. La ilusión óptica del movimiento se genera cuando las imágenes suceden a una velocidad mayor de 10 cuadros por segundo. A partir de entonces el cerebro las procesa encadenándolas y nos convence de que hay corriente. Entonces, algo fluye. En la entrevista sucede lo que en una película: nadie repara en la soledad de cada fotograma; al asociarlos, Pagés y Russo le asignan un sentido. En fin, que si se mira atentamente, también los testimonios muestran y ocultan. Como un reflector que mira el mar. Como un filme.
Unos 130 años después de que los hermanos Lumiére transformaran la llegada de un tren a vapor al puerto pesquero de La Ciotat en parte de la historia visual de nuestro tiempo, Musidora propone un cine que interrogue, que evite caer en el absurdo de un mundo sobreabundado de certezas audiovisuales y políticas, que sea la experiencia real de una fantasía evanescente; un simbólico retazo de celuloide que se nos entrevera en la sensibilidad, un diálogo que se desprende de una red infinita o una escena deslumbrante, bella, ingeniosa, que flota sin vértigo por la experiencia del existir. Así queda en nuestra memoria y se expande.
Insignificante y profundamente fértil, la experiencia de gestión cultural que late en Musidora es una simiente parlanchina que pone frente a frente al pasado y al presente, con luz de minero. La idea de dialogar con Carlos Pagés y Pablo Russo está sostenida por ese tibio fulgor de vela.

–¿Cómo surgió la idea de armar un cine club?
–Carlos: En mi caso, crear un cine club fue la manera más sencilla de insertarme en la vida cultural de la ciudad, después de venirme a vivir a Paraná. Tengo desde muy chico una relación estrecha con el mundo de las artes. Comencé a frecuentar precozmente salas de cine y recitales, solo, entre los doce y los trece años. Ese hábito de cultivo me fue convirtiendo gradualmente en cinéfilo y melómano, y como mi relación con el mundo material es medio renacentista, a lo largo de los años fui consolidando experiencia teórica y práctica en diferentes especialidades relacionadas con el cine, la música y la plástica. Durante la primavera democrática y hasta finales de los ochenta fui principalmente artista plástico y coordinador de centros culturales en el conurbano bonaerense, del que soy originario. A partir de los noventa, en lo que hoy es CABA, comencé a formar parte de la escena musical y audiovisual en diferentes áreas, que iban desde el periodismo en publicaciones y programas radiales sobre música, hasta la dirección de arte en cine, moviéndome indistintamente entre el campo profesional y el under.
Al mudarme acá, sabía que insertarme localmente en cualquiera de esas actividades iba a llevar más tiempo, si es que se daba. Entonces decidí encarar un cineclub, que era una actividad bien conocida por mí. Asistí a muchos durante décadas -desde los modestos cineclubes del Hogar Obrero en el conurbano, hasta los míticos Cine Club Buenos Aires y Cine Club Núcleo, en CABA- y programé varios en los centros culturales que mencioné antes, y últimamente también, dentro del Colectivo Rutemberg, una productora audiovisual de la que soy miembro.
En 2013 programé un ciclo de tres meses en La Hendija, pero no seguí adelante de manera regular porque todavía no me había mudado definitivamente a Paraná. Al año siguiente nos encontramos con Pablo y decidimos unificar los proyectos, primero como Cine Club La Hendija y después como Cine Club Musidora.
–Pablo: Por mi parte, como organizador y programador, tenía experiencias previas varias, casi todas en Buenos Aires: La Paternal Cine Ambulante y Cine Club Maipú, y participaciones en Buenos Aires Mon Amour y en Cine Club Agite Cultural. También fueron importantes mis vivencias como espectador desde mi más tierna infancia: en Paraná, en la Alianza Francesa de la segunda mitad de los ochenta y en La Hendija de sus primeros años; en Buenos Aires, en propuestas cineclubísticas de lo más variadas: desde ciclos en la Facultad de Ciencias Sociales a los encuentros de cine bizarro de Nocturna, la Cinemateca Vida o el Cine Club Eco.
A fines de 2013, después de veinte años, regresé a Paraná y me acerqué a La Hendija para ver la posibilidad de reactivar un ciclo de cine que había sostenido en 2012 en ese espacio, aprovechando que viajaba a dar clases quincenales a Santa Fe. Cristina Schwab, quien estaba a cargo de la cooperativa que gestionaba la agenda de actividades del centro cultural en ese entonces, nos reunió con Carlos, que había concretado un ciclo en 2013. O sea: ambos estábamos con la misma idea y La Hendija nos juntó -no fue el viento, ni dios- para coordinar energías.
Es un momento que recuerdo como extraño, una reunión de verano de 2014 en el hall de la sala 1, donde alguna vez funcionó un cafecito en el que la gente se quedaba charlando en las previas y post funciones de los noventa.

–¿Por qué extraño?
–P.: Extraño porque no nos conocíamos previamente, y trabajar en un proyecto cultural sin fines de lucro, que tiene rasgos minimalistas cercano a lo íntimo (aunque sea público) y en el que la impronta de quien lo lleva adelante (la formación estética y orientación política) es determinante, implica tener que congeniar en varios aspectos.
Resultó que con Carlos lo hicimos, nos complementamos bien en cuanto a lo que podríamos llegar a programar. Fue creciendo una impronta compartida a lo largo de 2014, con dos funciones semanales bajo el nombre de Cine Club La Hendija. Al año siguiente, a poco de arrancar la temporada, tuvimos la inoportuna visita de dos burócratas del INCAA que sancionaron la falta de autorización para proyectar una película iraní por única vez ante una docena de personas, y desde la dirección del centro cultural tomaron la decisión de terminar con el proyecto para evitar complicaciones legales absurdas.
Con Carlos decidimos continuar renombrando al cine club como Musidora, y encontramos cobijo -hasta la pandemia de 2020- en el Casal de Catalunya.

Foja de servicios

–¿Quiénes eran hasta ese momento Carlos Pagés y Pablo Russo?
–P.: Pablo Russo era un proyecto de ser humano latiendo por 38 años, periodista, docente, productor cultural, hincha de Argentinos Juniors, un poco de allá y otro tanto de por acá.
–C.: Carlos Pagés era un bonaerense de 56 años, a esa altura ya fallido como proyecto de ser humano, fotógrafo, artista plástico, utilero, escenógrafo, traductor, periodista especializado en cine y música, gestor cultural e hincha de Boca.

–¿Qué imaginaron entonces y cuánto de eso estuvo ajustado a lo que sucedió en realidad?
–P.: Imaginaba un espacio en el que poder compartir con otras personas materiales cinematográficos que no fueran de fácil acceso (que no estuvieran en circulación comercial al menos local), fomentando la mirada crítica y aportando al derecho al acceso a la diversidad cultural. Y, sobre todo, que eso sea en la oscuridad de una sala, generando un hecho social muy distinto al consumo en contexto de aislamiento. Todo eso ocurrió y sigue ocurriendo.
–C.: Sí, la idea era básicamente esa: crear un reducto para el consumo cinéfilo, curado, que además de albergar a entusiastas declarados pudiera servir de espacio de iniciación para cinéfilos en ciernes, dado que las pocas salas que había en la ciudad, al ofrecer solamente películas comerciales de entretenimiento, no favorecían la formación de espectadores.
El cineclub venía a cubrir entonces esa franja cultural medio abandonada, mediante la proyección de películas que, a nuestro entender, estuvieran atravesadas por mínimas inquietudes autorales.
Subrayo la curaduría porque algunas de las películas que compartimos en Musidora no tienen distribución ni estreno comercial en el país; son filmes seleccionados y subtitulados por nosotros mismos.

–Las razones que justificaron el intento inicial, ¿siguen vigentes?
–P.: Sí, siguen vigentes a pesar de que, con las plataformas y el cine on demand, las posibilidades de acceso son distintas. De todas maneras, la oferta actual es abrumadora y en lo que se destaca nuestra propuesta es, por un lado, en el criterio de programación (que es seguido con atención incluso por gente que no viene a las funciones) y, por el otro, en la experiencia de ver cine con otras y otros, venciendo la soledad y el aislamiento.
–C.: Sí, las razones siguen vigentes. Hay cierto tipo de cine que en Paraná no se estrena comercialmente y sigue sin poder ser visto proyectado. Como dice Pablo, además de la oferta concreta de material seleccionado, que mayormente no tiene distribución en el interior del país, el cineclub procura preservar la experiencia cinematográfica original, es decir, salir de tu casa, ir hasta una sala y sentarte a ver una película completa, sin interrupciones, en la penumbra de un espacio colectivo. El cine de plataformas deja fuera de la ecuación alguna de estas dos cosas. En el cineclub encontrás ambas.

–¿En qué consiste, formal y simbólicamente, ser parte de un cine club?
–P. y C.: Suponemos que debe variar con cada grupalidad cineclubera. En nuestro caso, formalmente no consiste en nada más que el compromiso por sostener las funciones cada semana, analizar propuestas fuera del ciclo habitual, pensar la programación, escribir algunos textos breves, hacer la gráfica, difundirla en las redes, etc. Todo eso lo planificamos, habitualmente, en una amistosa cena semanal post función (preferentemente pizza) o, si quedan cosas por delinear, vía whatsapp. No tiene otra formalidad, es un cine club de hecho y ambos estamos en muchas cosas a la vez como para encarar alguna burocracia innecesaria.
Simbólicamente, implica ser parte de la oferta cultural -a esta altura, también histórica- de la ciudad y, de este modo, aportar a la construcción de sentidos e identidades con una actividad que es crucial e inherente a la producción audiovisual: el encuentro de las obras con el público al momento de la exhibición. Formamos parte del gran campo de la mediación entre las obras y sus condiciones de recepción, del momento de su apropiación por parte del público paranaense. Ser promotor, partícipe y testigo de ese encuentro produce también una gran satisfacción. Nos gusta pensar, además, que, siendo parte del cineclub desde un rol diferenciado, el público asistente comparte con nosotros el valor simbólico de la tarea.

–¿Hay algo que explique que haya al menos tres clubes de cine en Paraná o es mera casualidad?
–P. y C.: No conocemos o tal vez no exista (aún) una historiografía del cineclubismo en Paraná, aunque entendemos que la actividad ha tenido un desarrollo importante en épocas anteriores. Las etiquetas son difíciles, pero habría que intentar una mínima distinción entre las ofertas permanentes y los ciclos eventuales (que también pueden constituirse en cineclubes con el tiempo).
Cualquier hipótesis que aventuremos no tiene el sustento de ningún análisis sistemático; a priori, podría decirse que es una actividad que cubre algún tipo de vacancia -aunque sea por nichos de programación-, que propone formas de encuentro concretas en el espacio público y que, a su vez, resultan económicas de realizar, tanto de concretar como de participar.


–¿Tienen relación los cineclubes del país o la región? ¿Son parte de un colectivo de gestores o una red para la circulación de materiales de interés común?
–P.: Somos amigos de los Relámpago Verde, hemos generado alguna proyección conjunta y coincidimos en apoyar un par de iniciativas académicas. Tenemos algún vínculo con la gente del Cine Club Santa Fe, que alguna vez nos ha invitado a encuentros internacionales de los que no hemos podido participar hasta el momento. También conocemos gente que hace lo mismo en Buenos Aires. No formamos parte, como Cine Club Musidora, de ninguna red formal.
–C.: Agregaría que, además de ser básicamente autogestivos y no tener finalidad de lucro, una de las razones de la falta de encuentro entre los cineclubes del país es que buena parte de ellos funcionan, de alguna manera, en las sombras. La actividad no está legislada para funcionar a baja escala. Mientras existía el INCAA, las demandas burocráticas hacia los cineclubes eran excesivas -por no decir demenciales- para una labor no remunerada, dirigida a un público reducido.
Por esa razón, muchos cineclubes que no cuentan con cobertura institucional prefieren estar fuera del radar. Y por esa misma razón, al estar privados de haberes, subsidios o cualquier otro tipo de incentivos, se complica mucho la organización de encuentros federales. Mantenemos, no obstante, contacto privado con personas que han organizado u organizan cineclubes en distintos lugares, dentro y fuera del país.

–¿Cuál es la propuesta de Musidora? ¿Qué es lo que lo identifica?
–P.: La propuesta es poder encontrarse semanalmente para compartir una función en un ambiente amigable, respetuoso, que emule lo mejor posible una sala de cine y ofrezca algún material informativo complementario a la proyección. La permanencia/continuidad es fundamental en nuestro proyecto, que el público sepa que, durante todo el año, tal día de la semana, a tal hora y en tal lugar (los miércoles a las 20.30. en Saltimbanquis) hay una función de cineclub.
Hay gente que viene sin saber lo que se proyecta. Eso da cuenta de otro rasgo que nos identifica: la calidad de la programación. Solemos decir que proyectamos películas que no ofenden la inteligencia de los y las espectadoras. También nos identifica la construcción común con espacios autogestivos relacionados a lo cultural, como hacemos actualmente con los amigos de Saltimbanquis, quienes amorosamente nos abrieron las puertas de la sala, habitualmente destinada a usos teatrales.

–¿Esa marca identitaria estuvo presente desde un primer momento o fue construyéndose?
–P.: Siempre estuvo y se va notando más con el tiempo, como algunas arrugas.
–C.: Lo estructural estuvo presente desde la primera proyección. Sabíamos de entrada que no queríamos organizar solamente ciclos eventuales, sino ser parte integral de la agenda cultural de la ciudad, ofreciendo una programación semanal en forma regular: desde hace doce años, todos los miércoles hay función en Musidora.
Lo que fue cobrando mayor diversidad con el tiempo fue la inclusión de algunos ciclos especiales dentro de la programación, que nos permitieran enfocarnos más específicamente en géneros menos transitados dentro de la cartelera habitual del cineclub. Por lo demás, el proyecto se inserta dentro de una tradición cineclubera que en Argentina tiene más de 100 años.
Los cineclubes cumplieron diferentes funciones a través de su larga historia. Antes de que aparezcan los formatos de distribución hogareña, las películas se veían en el cine una vez y listo. Si te gustaban mucho podías volver al día siguiente, pero una vez que se retiraban de cartelera, los films quedaban solamente en tu memoria. Durante ese tiempo, los cineclubes cumplieron sobre todo tareas de reposición. Uno podía volver a ver, no sé, Cuando huye el día, por ejemplo, cinco años o seis años después de su estreno en salas. A partir del VHS, los cineclubes comenzaron a realizar tareas todavía más pedagógicas, a ser importantes en términos de curaduría, porque tener en el videoclub una estantería completa de VHS disponibles no garantizaba que la gente pudiera desarrollar por sí misma criterios de selección.
Esa es la etapa en que los cineclubes empiezan a ofrecer ciclos con retrospectivas de directores, corrientes, estilos, etcétera. Esa modalidad se mantuvo más o menos estable hasta que sobrevino la crisis actual del sector, que implicó cierres masivos de salas y distribuidoras. A partir de ese momento, y sin perder el carácter pedagógico anterior, los cineclubes comenzaron a cubrir también el vacío dejado por la ausencia de salas y distribuidoras, acercándole al público películas que de otra manera se les haría muy difícil poder ver. La identidad de Musidora está principalmente marcada por esta realidad.

–Las diferentes sedes que tuvo el cine club, ¿hablan además de distintas etapas de la experiencia o se fueron afrontando como un simple problema de locación?
–P. y C.: Retrospectivamente, se pueden pensar etapas vinculadas a las locaciones como quien se muda de casa y recuerda lo que vivió en cada una, pero forman parte de un continuum que tiene que ver con la búsqueda de la rutina semanal de la que hablamos antes. Por eso, a pesar de no contar con una sede física propia y considerarnos ambulantes, intentamos tener permanencia en cada espacio para los ciclos semanales durante todo el año.
Luego de la primera temporada en el Centro Cultural La Hendija, fue el Casal de Catalunya de Paraná (cuando estaba en calle Nogoyá) quien alojó el proyecto hasta el inicio de la pandemia. El Covid nos obligó al parate cuando empezábamos el año y recién pudimos retomar en el verano siguiente. Ahí fue cuando pasamos, por invitación del entonces director de la Casa de la Cultura, Sebastián Bergalio, a programar funciones en el patio de ese espacio dependiente de la Secretaría de Cultura de Entre Ríos, manteniendo la distancia estipulada y las medidas sanitarias que estaban vigentes. El tamaño del living del Casal de Catalunya nos imposibilitaba poder regresar con esas normativas sanitarias, por lo que nos fuimos quedando en la Casa de la Cultura, donde nos garantizaron continuidad y absoluta autonomía y libertad: cuando bajó la temperatura nos metimos en la sala mayor, que por sus dimensiones permitían el distanciamiento. Con el cambio de gestión a nivel provincial entendimos que nuestro proyecto no se alineaba con los ejes de los nuevos tiempos políticos y que era mejor seguir la construcción desde un espacio absolutamente autogestivo. Así fue que llegamos a Saltimbanquis, a principios de 2024.
Además de estos ciclos regulares, hemos tenido funciones en espacios muy diversos. Alguna vez proyectamos junto al Sindicato Entrerriano de Prensa y Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Educación; en un ciclo junto a un programa de Extensión en la Facultad de Trabajo Social de la UNER y también en la sede de Gualeguaychú, así como en los sindicatos ATE (calle Colón) y AJER durante un verano. En Barriletes en los últimos veranos, durante febrero en el patio al aire libre. Asimismo, proyectamos en todas las ediciones del Festival Callejero por la Memoria, que organiza Barriletes, y formamos parte de la muestra del Festival de Cine Migrante que hace unos años había organizado Alicia Naput desde la Fcedu en la Casa de la Cultura. Desde hace tres años también acompañamos al Casal de Catalunya con sus proyecciones del Festival Omnium (cortometrajes de Barcelona). En los últimos dos veranos también programamos los jueves en Concordia, entre diciembre y marzo, en el comedor popular Pal Río, que gestiona una cooperativa de pescadores de la zona sur de esa ciudad, en la costanera, con el Uruguay de fondo.

Atrás y a futuro

–¿Qué balance hacen del 2025 que atravesó Musidora?
–P.: Fue un buen año. Tuvimos más de 50 funciones. Proyectamos en Concordia en el ciclo que comentaba antes. Para el Festival Callejero por la Memoria trajimos un estreno, Conadepianos, y a su director, Juan Arazi, a charlar con el público; estuvimos en febrero en el patio de Barriletes y en marzo con el Casal de Catalunya con el festival de cortos. Entre marzo y diciembre, en Saltimbanquis cada semana, con un parate breve en julio por la ola polar.
–C.: Sí, estuvo muy bien. En la segunda mitad del año registramos un leve descenso en la convocatoria comparada con años anteriores. Pero no es, de momento, algo que nos preocupe. Desde que comenzamos con el cineclub hemos proyectado con la misma pasión para 5 personas (nuestro piso histórico) que para 70 (nuestra mayor convocatoria por función hasta hoy).

–Nunca antes ha habido tanta producción audiovisual. ¿Qué clima cultural y narrativo auspicia la parcela hegemónica y dominante de la cinematografía?
–P.: No tengo datos para este análisis y aún parece pronto para entender cabalmente cómo impactará la utilización de nuevas tecnologías en la industria y en sus productos, la Inteligencia Artificial, por ejemplo.
–C.: Me parece que hay distintos niveles de análisis posibles porque, entre todas las artes, el cine es la especialidad que más dinero necesita para su realización. Por ese motivo, la influencia cultural que promueve el cine está indefectiblemente atravesada por la conformación de su industria. Históricamente, el interés por la rentabilidad siempre dejó margen de acción para la producción de películas con mayor compromiso artístico. Aunque su propósito invariablemente fue obtener beneficios, la propia industria asumía cierto balance entre producciones más y menos rentables.
De un tiempo a esta parte, la producción cinematográfica quedó en manos de un sector altamente concentrado, formado por personas que no pertenecen histórica ni vocacionalmente a él, que produce cine mediante análisis de mercado y se entromete en la realización, bajando directivas permanentes a las y los guionistas y directores. Realizadores importantes como Kenneth Lonergan (Margaret, Manchester by the Sea) dejaron de filmar hartos de tener que negociar “notes” en interminables reuniones corporativas con gente que no entiende nada de cine.
Es cierto que, a nivel internacional, en números, se está produciendo anualmente mucho más cine que nunca. Una de las razones es el abaratamiento de costos, como producto no solo de las nuevas tecnologías, sino de una reducción creciente en la cantidad de profesionales empleados por el sector y también de sus haberes, que están a la baja desde hace años.
Otra razón de la mega producción actual es la disputa por la oferta de las grandes compañías de streaming, que en este momento dominan el sector audiovisual. No obstante, la magnitud de esa producción no tiene correlato artístico. El número anual de películas originales e interesantes es cada vez menor, y, con algunas pocas excepciones, están realizadas por gente que ya pasó los cincuenta años, tiene cierto nombre y en virtud de su notoriedad puede conseguir recursos independientes que no comprometen tanto su obra. Pero en términos generales, la industria está privilegiando la producción en masa a bajo costo de películas destinadas al entretenimiento, en su sentido más banal.
Encontrar financiación para hacer un cine adulto, inteligente, con cierta hondura, es cada día más difícil, incluso para directores internacionales de renombre. De no haber alguna variante, el clima cultural y narrativo va a seguir estando marcado por esas decisiones, que probablemente empeoren con el desarrollo de la IA. Por eso es tan importante, a nivel cultural, el trabajo de rescate y puesta a disposición pública que los cineclubes hacen del escaso material auténtico que se produce anualmente.

Contextos

–¿Puede asociarse el panorama actual de la cinematografía a un proyecto político a escala global?
–P.: Siempre existieron los denominados “tanques de Hollywood” y otros discursos audiovisuales, incluso más sutiles, asociados al capitalismo dominante en general. Lo ideológico es inherente al modo de financiamiento y distribución, así como al modo de uso de la tecnología disponible.
Eso no ha cambiado y posiblemente se haya intensificado a pesar de una aparente diversificación o fragmentación de públicos. Esa intensificación y la destrucción de algunas cinematografías nacionales impiden el florecimiento de otros discursos y de voces críticas respecto a las hegemonías.

–¿En qué momento encontró a la cinematografía argentina la decisión de vaciar el INCAA? ¿Ya se perciben las consecuencias o es un fenómeno que se irá notando con los años?
–P.: El ataque del gobierno nacional a la industria cinematográfica argentina, de la cual sus aliados políticos son cómplices, implica la destrucción concreta de puestos de trabajo y de gran parte de la riqueza cultural de la Nación. En 2024 y 2025 no se aprobó el fomento a ninguna producción desde el INCAA, las películas que se hicieron ya venían de la gestión anterior; se cortaron los fondos de otras que ya habían ganado concursos, y esto se está empezando a notar tanto en las pantallas como en el mercado laboral de todos los rubros asociados a esta industria. En paralelo, el porcentaje del cine nacional en taquilla bajó abruptamente, así como la presencia en festivales internacionales.
–C.: Como señala Pablo, en este momento el INCAA enfrenta una destrucción total, a través de una política de desmantelamiento primero, y de desfinanciación completa después, una maniobra que directamente le sustrae a la institución ingresos legítimos, porque el INCAA nunca recibió dinero de los contribuyentes; es un ente autárquico, que se financia con un porcentaje de los ingresos que genera la actividad cinematográfica en sí misma (entradas de cine, publicidad, etcétera). Todo el relato oficial esgrimido por la gestión actual respecto del INCAA, es falaz.
Es cierto que la institución ha tenido históricamente dificultades de tipo administrativo, no financiero, como producto de gestiones poco afectas al diálogo, que no promovían una participación más directa de los representantes del sector (técnicos, directores, productores) en las decisiones generales. Pero los reclamos que la gente del cine tenía hacia el INCAA, guardaban relación con esto y nada más. El INCAA necesitaba ser renovado, no destruido. Aun funcionando a media máquina, su existencia fue fundamental para el desarrollo de la industria, creó muchas fuentes de trabajo legítimo, dinamizó el sector, y le brindó un gran espaldarazo al cine argentino, que después de mucho tiempo volvió a tener presencia internacional.

–En medio de este contexto, Entre Ríos sostiene un festival internacional de cine, ¿qué relación advierten entre esa iniciativa, las políticas públicas y el fomento de las producciones argentinas y regionales?
–P.: En principio, veo algún tipo de contradicción, que el sector cinematográfico entrerriano hace bien en seguir aprovechando ante la orfandad de políticas audiovisuales a nivel nacional. Digo contradicción porque el FICER es impulsado desde el Instituto Autárquico Audiovisual de Entre Ríos y desde el Gobierno de Entre Ríos que, sabemos, es parte de una coalición gobernante a nivel nacional que atenta contra la cultura en general y entrega la soberanía.
Creo que el FICER ha logrado continuidad gracias a instalarse en sus primeras cinco ediciones y a sostenerse en la ley aprobada en 2021 y reglamentada en 2023. Esta ley es la principal normativa audiovisual en Entre Ríos, que crea el IAAER para fomentar la producción local, la cultura y el empleo en el sector. Ojalá resista los tiempos de crisis que vendrán.
–C.: Yo no soy realizador ni productor, soy gestor cultural, así que mi relación personal con el FICER es básicamente como espectador. El festival ha ido ganando identidad con los años y es, en sí mismo, excelente. La programación es muy buena, sus organizadores son profesionales competentes y el evento seguramente representa una ocasión para el encuentro y una ventana de oportunidades para productores y realizadores locales.
El asunto es que el cine atraviesa una crisis enorme a nivel de distribución y exhibición, que en Paraná adquiere ribetes verdaderamente dramáticos. A diferencia de lo que ocurre en Rosario o Santa Fe, en donde todavía existen algunas salas públicas que ofrecen una cartelera alternativa, de la que el cine nacional forma parte, en materia de cine Paraná es una plaza culturalmente abandonada, en la que solo hay salas comerciales destinadas al estreno de tanques norteamericanos. Aunque cueste creerlo, los cineclubes son las únicas pantallas que le ofrecen al público de Paraná una programación alternativa de manera regular. Que semejante empresa cultural quede en manos tan modestas como las nuestras nos honra, pero es claramente insuficiente.
En un punto, todo festival de cine es importante para la cultura y la industria cinematográfica. No obstante, la contradicción entre la realización del FICER y las nulas políticas públicas de distribución y difusión, se hace evidente desde la misma realización técnica del festival, en donde las películas solamente pueden apreciarse como es debido en las salas comerciales asociadas al evento. En Paraná no hay un sola sala pública, provincial o municipal, en la que pueda verse cine en buenas condiciones técnicas, de manera regular. Sería bastante mediocre, además, asumir como “política pública y fomento a las producciones locales” que películas entrerrianas ganadoras de premios internacionales no se estrenen en salas y solo puedan verse una vez al año en un festival. El cine argentino necesita poder dialogar con su público con mayor frecuencia.
Los festivales de cine son importantes, insisto. Pero de no articularse con políticas públicas que refuercen la distribución, difusión y contacto directo, regular y cotidiano de la gente con el cine, no dejan de ser otra cosa que islas, novedosas, atrayentes, interesantes, pero sin el impacto cultural que tendrían, a nivel social, si fueran parte de un proyecto integral.

–¿Sigue habiendo futuro para los clubes de cine? ¿Qué deparará el 2026 para Musidora?
–P.: Esperemos que sí, ya que son espacios de construcción de identidad, de resistencia cultural, lugares de encuentro, de socialización, de disfrute y de formación.
Para 2026, en principio, Musidora está llevando adelante el ciclo de febrero en Barriletes (Courreges 418) y luego la continuidad semanal desde marzo en Saltimbanquis (Feliciano 546), más allá de participar de algunas otras articulaciones que vayan surgiendo.
–C.: Frente a las nefastas políticas públicas de difusión cultural actuales y la ausencia de salas con programación alternativa, los cineclubes siguen siendo la única pantalla viva en la ciudad para quienes quieren ver algo distinto al cine empaquetado que ofrecen las salas comerciales, manteniendo el ritual cinematográfico de la proyección en un espacio de encuentro. Si esto será suficiente para enfrentar la tendencia al aislamiento y el quedarse en casa viendo películas por streaming, no lo sabemos. Como lo cuantitativo no nos obsesiona, mientras haya algunas personas con ganas de asistir al cineclub, seguiremos ofreciendo nuestra programación semanal, tal y como venimos haciéndolo desde hace doce años.

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Confiada en la aptitud comunicativa del trabajo actoral, en el valor del relato y en una dirección atenta al detalle, la película Los abrazos es una muestra de que aún hay historias conmovedoras por contar. De factura artesanal y exigencia profesional, el filme...

Vengo por la foto

Vengo por la foto

En un entorno plagado de imágenes distractivas, cada tanto alguna rompe su destino de pasatiempo y se transforma en puente que acerca a personas reales. La foto, entonces, pasa a ser parte de un catálogo de emociones compartidas y lo retratado reconoce la oblicua...