Una experiencia de agricultura familiar permite asomarse a la potencialidad múltiple del escenario de producción cercana de alimentos, cuando el Estado interviene para dinamizar los vínculos económicos, ambientales y ciudadanos al interior de la sociedad civil. El libro, que se presenta el 11 de junio, forma parte del catálogo de La Hendija Ediciones y su autor es el licenciado en Trabajo Social, Agustín Carretto.
Ya sería beneficiosa la agricultura familiar si sólo se considerara que puede producir los alimentos frescos que consumen las familias de la cercanía, proveyéndoles dietas diversas, adecuadas a cada temporada. Además, crea fuentes de ingreso, potencia el arraigo y fomenta circuitos cortos de comercialización, con lo que el precio es más justo tanto para los consumidores como para los productores.
Por si fuera poco, producir alimentos o insumos alimenticios en quintas de la proximidad provee ecosistemas variados y paisajes en forma de mosaico, conserva las semillas criollas, aprovecha los recursos genéticos locales y utiliza métodos que tienden a bajar el impacto negativo sobre el suelo.
Hay otra dimensión, en la que prefiere enfocarse el libro Cultivar territorio, que se presentará el jueves 11 de junio desde las 18.30, por lo canales habituales que suele aprovechar La Hendija Ediciones para comunicarse con su comunidad de lectores. En efecto, más allá de los aspectos vinculados al desarrollo local y a cuestiones propias de la biología vegetal, el material resalta el factor humano, tanto en lo que tiene que ver con aquello que un empleo y un ingreso aportan al ejercicio de la ciudadanía, como a la transmisión de conocimientos ancestrales que se produce de una generación a la siguiente y la promoción de la equidad, toda vez que el trabajo autogestivo que su autor, Agustín Carretto, relevó en el bonaerense partido de Moreno, le permite a una comunidad de origen boliviano integrarse de manera constructiva a la sociedad civil, lo que podría ocurrir en cualquier otro punto del país donde se apliquen aquellas mismas políticas públicas.
Entrevistado por Tekoha, Carretto mira el panorama desde el alcázar disciplinar del Trabajo Social. Para graduarse se preguntó qué condiciones deben darse para que sea posible que la agricultura familiar se constituya en un actor clave de la soberanía alimentaria, el desarrollo sostenible y la justicia social, en un contexto atravesado por profundas desigualdades en cuanto al acceso a la tierra. En busca de respuestas reconstruyó las experiencias de productores y productoras, en su mayoría migrantes bolivianos, que a través de políticas públicas locales y formas de organización colectiva intentan revertir la precarización histórica del trabajo rural. Lo más significativo de todo el planteo es que aquella semilla puede fecundar en cualquier ciudad.
Lo que sigue es un extracto del diálogo mantenido.
–Analizás la agricultura familiar desde la perspectiva del Trabajo Social…
–Estudié en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Había hecho el CBC para Ciencia Política, pero apareció una pequeña crisis. Me di cuenta de que mi deseo era poder intervenir territorialmente y la Ciencia Política se me presentaba interesante, pero un tanto abstracta. Entonces, me incliné por Trabajo Social. Fue por el 2010.
Durante años, mientras cursaba, fui acompañante terapéutico, sobre todo como una primera salida laboral. En la etapa de tesis, armé proyectos vinculados a la salud. Pero siempre me estancaba. Tomé la decisión de volver sobre mis primeras inquietudes, vinculados al desarrollo local y la vinculación de los gobiernos locales con la sociedad civil y el sector privado. En esa línea empecé a visitar a productores de origen boliviano del municipio de Moreno. Apareció ahí un nuevo proyecto de tesis, que me apasionó.

–¿No fue un problema integrarte a ese nuevo colectivo?
–La primera entrevista que realicé fue a una ingeniera agrónoma que es funcionaria municipal. Ella se encargó de presentarme a integrantes de dos cooperativas de productores. Me terminé quedando con una de esas dos cooperativas, la de procedencia boliviana.
La Cooperativa “Cuartel V” está ubicada dentro del Parque Agrario Agroecológico 1 (son 3), creados por ordenanza 6312/20. Como trabajadores tienen una capacidad de producción de vegetales que es notable en relación al volumen. Esta puede ser una de las razones que derivó en el proceso conocido como bolivianización de la horticultura. Quería conocer las condiciones en la que trabajan y qué tipo de impacto puede realizar una determinada política pública.
–¿Qué es la mediería en este contexto?
–Una relación contractual de hecho. No tiene validez jurídica, pero es parte de los acuerdos que las partes sostienen. Por ella, el propietario de la tierra habilita una parcela a un productor hortícola. A cambio, el dueño del lote recibe el 60% de la venta de materia prima que se produzca y que él mismo determina y posteriormente negocia; mientras al que trabaja la quinta le toca el 40% de ese total (o cree que le toca ese porcentaje cuando en realidad es mucho menos).
Estos acuerdos suelen durar dos años, lo que deviene en una fuerte rotación de productores y nomadismo, propiciada por el propietario. No es igual al fenómeno de los trabajadores golondrinas, que migran en busca de cosechas. El desarraigo es evidente y, con ello, se afecta la calidad de vida de quienes trabajan la tierra y el acceso a sus derechos, sobre todo de educación y salud, por la falta de continuidad de los vínculos con los prestadores de servicios. Se entiende mejor si agrego que una de las pautas culturales es que en la comunidad boliviana se aprende a trabajar la tierra desde muy chiquitos; entonces, los niños suelen ser los primeros afectados por esas mudanzas obligadas que deben hacer.
Una vez, conversando con una productora de General Rodríguez, que estaba en situación de arraigo, me dijo: “mis hijos se argentinizaron”, en referencia a que estaban yendo de manera sostenida a la escuela. Bajo el régimen de la mediería, eso es mucho más difícil. De su mano, el acceso a la salud se hace también más intermitente, en familias que viven sin tener las mínimas comodidades. Y si tomamos esta problemática desde una perspectiva de género, hay para escribir una biblioteca y profundizar en políticas públicas, hoy existentes, pero no financiadas lo suficiente.
–¿Qué pasó con el sector público?
–En 2020, se incorpora a la escena un equipo del municipio de Moreno. El primer paso fue reconocerla como problemática social y analizar cómo se integra a otra cuestión clave como es el ordenamiento territorial.
Durante la pandemia, hubo acciones de toma de tierras en el conurbano. En Moreno, se ocupaba un lote para ir a vivir o para ser parte de una especulación inmobiliaria por la que se buscaba vender esa parcela apropiada a familias que no tenían dónde ir. El municipio fue desalojando los terrenos usurpados, pero al mismo tiempo incidió en sus reales propietarios para que si no le iban a dar otra utilidad lo cedan o alquilen temporalmente para desarrollos productivos, como una forma de evitar futuras tomas. Es importante aclarar que los productores de los que doy cuenta en el libro no fueron participes de ninguna de las tomas mencionadas.
Así, al aparecer la figura del alquiler, se fue constituyendo un tipo de relación entre propietario, horticultor y tierra muy diferente a la de la mediería. De manera que el sector público, por un lado, influyó en la firma de contratos legales entre las partes y, además, aportó con inversión a la mejora de la infraestructura existente, como alumbrado y apertura de caminos. Una consecuencia es que las prácticas nómades de las familias de origen boliviano se redujeron y con ello floreció todo aquello vinculado al arraigo: mayor grado de permanencia en el sistema escolar y mejor seguimiento de la salud de las personas y la familia.

–¿Desde cuándo está operativo el Parque Agrario?
–Desde 2023, una docena de familias produce cada una dos hectáreas. Son 20 hectáreas en total.
–¿El libro recupera el contenido de la tesis de grado?
–Sí, para la recolección de datos apliqué entrevistas semiestructuradas, salvo la que le hice a René, el presidente de la Cooperativa con quien charlamos sin reloj ni apuro. Por eso aparece transcripta en el libro, por su valor. Allí, el dirigente y productor habla de su pasado, de su presente y de sus sueños. Su testimonio es cercano, y revela una historia de vida marcada por las migraciones. Entrevista rica por lo que vivió y por lo que dice.
–¿Por ejemplo?
–Dice René: pienso en el día en que mis nietos hablen de la época en que su abuelo plantó estos árboles en este terreno, lo que da cuenta de la expectativa de seguir renovando el alquiler o eventualmente de comprar la tierra que hacen producir.
Para pensar estos asuntos me fue de utilidad la perspectiva de Desarrollo Territorial Rural, acuñada por Alexander Schejtman y Julio Berdegué. Esta perspectiva da cuenta de dos dimensiones de análisis: la de transformación productiva y la de desarrollo institucional en un espacio rural determinado, cuya premisa es superar las limitaciones de las políticas exclusivamente agrícolas, achicar la pobreza y la desigualdad e integrar competitivamente a los territorios con mercados dinámicos.
En ese proceso, la sociedad civil, los productores y los gobiernos locales dialogan y construyen acuerdos tendientes a promover un desarrollo propio. Luego me topé con insumos académicos que aplicaron el Desarrollo Territorial Rural a contextos periurbanos, como es el caso de Moreno.
–¿Qué más plantea el Desarrollo Territorial Rural?
–Contempla dos dimensiones. Por un lado, la transformación productiva y por el otro el desarrollo institucional. La transformación productiva busca integrar la economía del territorio hacia mercados dinámicos, como estrategia de defensa real de los intereses de los productores. En los hechos se trata de facilitar la adquisición de equipamiento y herramientas y de potenciar la conciencia comunitaria en torno a la conveniencia de contar con alimentos de proximidad.
El desarrollo institucional está estrechamente vinculado al fortalecimiento de la condición de ciudadanos de los productores. Plantea la creación o transformación del entramado de instituciones y acuerdos locales a fin de reconocerles a los actores rurales el derecho a participar en la toma de decisiones, democratizando la gestión pública.
Entendemos que lo rural no es sólo la agricultura, sino un complejo entramado de actividades económicas, sociales, culturales y ambientales.
En este sentido, la dinámica permite pensar con mejores elementos cómo se construye una ciudad y buscar acuerdos que permitan una convivencia más armónica, a través del diálogo. Entendemos que los Parques Agrarios contribuyen a potenciar la diversidad espacial y que la práctica ciudadana en la que se apoyan permite una mejor planificación territorial.
No se trata para nosotros de contraponer lo urbano a lo periurbano, sino de analizar cómo debiera darse una mejor integración de las áreas para el bienestar general.
Así las cosas, la producción de alimentos de cercanía es estratégico, mucho más si es saludable, en transición agroecológica, aspecto al que se puede agregar que en general además es más barato porque se elimina el impacto del transporte desde largas distancias. Que un insumo alimenticio tenga una calidad que no dañe la salud, que sea más barato y accesible para cualquier ingreso e integre la horticultura a las otras cadenas productivas generando trabajo entre conciudadanos y mejorando sus expectativas de vida son elementos de juicio que justifican que en todas las ciudades puedan recrearse experiencias como la del municipio de Moreno. La idea del libro es esa, justamente: acercar noticias referidas a otras formas de abordar la convivencia y de asumir la planificación territorial.
–¿Dónde vivís?
–En Castelar, partido de Morón. Acá también hay mucha promoción de la educación ambiental en las escuelas. CReo que esa perspectiva abonará el desarrollo de nuevas áreas para que la comunidad produzca cerca los alimentos que requiere.
De todos modos, siento que las escuelas técnicas pueden jugar un rol muy importante si se dedican a desarrollar tecnología eficaz para la producción de alimentos vegetales para que los estudiantes y sus familias puedan materializarla, a escala micro o incluso PyME. O que la tecnología desarrollada en el ámbito escolar mejore la calidad de vida de los productores agilizando parte del proceso productivo. Pienso mucho por ejemplo en la automatización de los riegos.
El mundo hortícola se puede mezclar con los núcleos urbanos, pero hay que dotar a los ciudadanos de una serie de habilidades que no tienen y que les hace pensar que a eso se dedican otros, lejos de donde uno está. Con saberes ancestrales y herramientas sencillas se puede ir edificando otra idea de hábitat, en la que el vínculo con los ciclos de la naturaleza y con los vecinos evolucione de la indiferencia individualista a la integración comunitaria.
–¿Qué significó construir un libro?
–Fue una experiencia formidable, en la que jugó un papel clave La Hendija Ediciones, a la que llegué porque colegas míos me hablaron muy bien de la Editorial. Transformar un texto académico en un material pensado para otros tipos de lectores es un desafío importante que el equipo editorial supo conducir.
También es cierto que el libro es el testimonio de un período de trabajo investigativo determinado y que, en el devenir, se van sumando nuevas inquietudes e interrogantes que probablemente abordemos en otros contextos institucionales o académicos. En este marco, la circulación del libro puede servir para que las diversas experiencias de producción de alimentos agroecológicos que están siendo acompañadas por políticas municipales tomen contacto, rompan el aislamiento y la fragmentación y dialoguen.
–¿A qué se dedican tus padres?
–Mi madre estudio Comunicación Social y mi padre es profesor de Literatura. Observo que hay influencias de sus profesiones en mi quehacer profesional. En cuanto a los procesos sobre los que el material da cuenta, debo decir que la comunicación ocupa un rol clave entre los actores del territorio para que el diálogo se escenifique y ayude a pensar cómo materializar los mundos que desean. Ojalá el libro colabore aportando otras narrativas y las y los lectores aporten sus propias líneas.











