Soñé que escribía

18 junio 2026 11 minutos
Redacción

Un peregrino de las artes como Edgardo Lois reconstruyó desde un encanto extranjero una galería de vidas, obras y modos de producción de un generoso puñado de artistas entrerrianos. Esas notas resisten al olvido desde un blog y en formato libro. Sus aportes, edificados desde la prolífica Gualeguay, ayudan a entender el entorno creativo de autores clave.

En los últimos días visité varias veces este encuentro, le dijo. Sé que sucedió en un café. Desde ese momento la atmósfera de la entrevista se impregnó de una amable intensidad, estimulante, surgida de una alquimia en la que confluyó la fragancia de los granos y el aroma de la infusión.
No obstante, uno y otro se instalaron en diferentes establecimientos. El del grabador creyó estar de nuevo en el Flamingo, de Paraná, cuando se entraba por la esquina y uno debía resolver si contemplaría a los paseantes por San Martín o avistaría la fugacidad del tráfico vehicular desde Urquiza. Imaginó que su interlocutor pudo haber viajado con los sentidos al México, en México y Av. La Plata, al Margot de Boedo o al Cao de San Cristóbal. Eran lugares hermosos. Formaban parte de un circuito literario que podría ubicarse de la avenida Rivadavia para el sur, hacia Pompeya, área histórica de los escritores del grupo de Boedo.
Lo significativo es que ambos estaban frente a un mismo ventanal, aunque a través del vidrio resucitaran distintos espantajos. Era como asomarse a la orilla de la vida y ver pasar un río de postales conocidas, intervenidas por sedimentos erosivos de trayectorias cambiantes que modifican la escena desde la profundidad del fango, donde conviven lo que prospera y lo que va muriendo.
Escribir en un café era una felicidad. La frase rasgó el instante, que adquirió palpable densidad. El entrevistador regresó a sus apuntes; el entrevistado, a las servilletas de papel tissue en las que tantas veces esculpió fugacidades poéticas en birome.
Contactó a Edgardo Lois para recrear la historia de Anécdotas de churrasquero, una experiencia collage, que lo involucró como escritor y como periodista cultural, como cronista y como investigador literario, como ensayista y entrevistador. Fue un foráneo en tierras de lomadas, chacras y mate amargo. Un porteño viajero, con cosmovisión mochilera. Un expedicionario que recorrió la vida y la obra de artistas entrerrianos, muchos de ellos gualeyos; que transitó por espacios donde se sustanció un rico legado transgeneracional y lo miró a trasluz, con analítica inquietud; que halló historias sin contar en un presente que hunde sus raíces en la prosapia pretérita; que con ellas escribió un diario lleno de aventuras comarcanas e infortunios provincianos y lo dejó a disposición de todos en un blog.
Sin embargo, esa etapa es un suspiro en su trayectoria. Lois tiene una obra literaria publicada, en papel y en soporte digital. Novelas, relatos cortos, textos que rozan la historia y la política, microficciones imposibles de ser narradas si no se ha adquirido el oficio de la escucha atenta. También ha sido divulgador de la cultura, por ejemplo, en el periódico De Boedo.
Recibió la propuesta de entrevista el 22 de abril. Ese día cumplía 64 años. El trabajador de prensa no lo sabía. Con tipografía de whatsapp, Lois se limitó a informar del otro lado que “estoy tratando de sobrevivir, en medio de esta realidad que mata”, antes de agradecer “tu interés en mi trabajo”. En el breve intercambio, alcanzó a expresar que “disfruté mucho lo realizado alrededor de las Anécdotas de Churrasquero. Ese proyecto me llevó a la escritura de dos libros, una novela y una especie de ensayo de un artista plástico, material que duerme hace años”.

Un perfil

Lois es el típico exponente de un sector social que desde hace medio siglo viene siendo expulsado de la utopía de la movilidad social ascendente. La impresión es que, como a tantos de su generación, la ética tanguera lo esperó para explicarle que ya había sido escrito, cantado y grabado lo que necesitaba saber del mundo y de los vínculos. Es fácil imaginarlo en rueda de parroquianos, en medio de ambientes firuleteados en nicotina, entregado a la labor de alimentar el disenso en la política, la economía, la filosofía cotidiana y el deporte, sobre todo el fútbol.
Su vida ha consistido en leer y escribir, tachar, sintetizar; reelaborar porque ciertos hallazgos obligan a múltiples corrimientos y adaptaciones; conversar sobre lo releído y lo reescrito; hacer nuevas copias de la última versión y arrancar de nuevo, hasta sentir que el texto late y flota.
En mocasines ha deambulado por las madrugadas de una Buenos Aires tenue, mientras la ciudad le ha contagiado sus ritmos, sus atajos citadinos; le ha regalado la paleta de ingredientes que da sabor a una existencia; lo ha empapado de la propensión a interpretarse desde una mueca nostálgica.
Lois disfruta de todo lo que sucede durante la escritura. Si es dichoso con la etapa en que reluce la letra de molde en la imprenta, en buena medida es por todo lo que le recuerda su hechura. Recién pensaba en que era ese catecismo sencillo el que alimentaba su fe escritural. Así había sido desde que tiene memoria y conoció a Hugo Ditaranto. Un irrepetible. Un poeta reo. Un puteador excelso.
La literatura lo encontraba garabateando a Lois, cuando la inspiración lo visitaba. Se sentaba a su lado. Lo acompañaba. Le hacía brotar primaveras verbales, imágenes que podían derivar en personajes, ideas que terminaban en historias. Y, entonces, una y otra vez, la corrección de los textos, la simplificación de la sintaxis, la revisión de la coherencia interna, el análisis cuantitativo y cualitativo sobre la estructura.
Leer también le producía regocijo, aunque cuando evocaba esos momentos rara vez podía relacionar con precisión autores, nervios dramáticos, argumentos y estrategias discursivas. Lo absorbía el ritual de navegar entre líneas, de unir a remo las partes del relato. Estudiaba los mapas náuticos como autor, adivinando el tipo de decisiones que fue moldeando la escritura.
Escribir y vivir, para Lois, es parte de un mismo asunto. Utiliza similares herramientas metodológicas para evaluar y para contar, como si no fuera imperioso distinguir taxativamente un relato de ficción de la experiencia personal.
El entrevistador observa cómo Lois camina sus almanaques en la intimidad, en medio de una ciudad que ya no es aquella que le bulle por dentro. Pero no logra determinar dónde se encuentra ahora. Siente que quien iniciara y diera sustento a las Anécdotas de churrasquero se ha ido por un momento de la mesa. Y no se equivoca. Algo le llamó la atención y no pudo resistir. Está sin que esté. Sigue el sonido de un bandoneón que lamenta las oportunidades perdidas desde un balcón con malvones. El instrumento no toca una melodía. Gutural, resuena un sostenido narcótico. Se aleja parsimoniosamente como si no quisiera ser alcanzado. Lois lo sigue. Hay una conexión espiritual. Es un perro sin dueño que se dejó escribir por aquello que quiso narrar.
Al recomponerse en el aquí y ahora que comparte con el entrevistador, regresó al perfume cafetero con el que tantas veces fue feliz. Buscó comodidad. Corrió una pila de libros. Opus Nigrum, de Yourcenar; Las tierras blancas, de Manauta; y El banquete de Severo Arcángelo, de Marechal. Como si habitara un recuerdo, se sirvió un vaso de whisky. Tragos cortos, reflexivos. De pronto se sintió en casa. Había que cumplir con la palabra empeñada.


–¿Cómo llegaste a Gualeguay?
–Digo que llegué escribiendo la novela de la vida propia. Eran tiempos en que creía en la mayor de las ficciones humanas: el amor. Así fue. Llegué a Gualeguay siguiendo una historia de amor. Fue en abril de 2013. Pero el amor evapora rápido.

–¿Quién era Edgardo Lois cuando llegó a Gualeguay?
–Edgardo Lois era un hombre al que le gustaba contar historias. Que disfrutaba de encontrarlas. El sueño era ser escritor. Llevo toda una vida de escritura. De alguna manera logré hacer realidad el quehacer en el oficio. También soñaba con una familia. Pero esa es otra historia.

La casita de mis viejos

–¿Cómo eran tus padres? ¿Cómo era la dinámica familiar?
–La casa paterna estaba, aún está, en Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Allí el origen. Una casa de obrero. Nunca faltó la comida. Mi padre pintaba casas y cuadros. Mi madre se ocupaba de los hijos y la casa. Sigo viendo a mi padre de pie frente al caballete. Pintaba con óleo. Usaba una paleta de gamas bajas. Sigo viendo a mi padre regalándome libros. Me gustaba leer. Sigo viendo la llegada de mi abuelo paterno, Julio Martín. Ahí viene. Camina por el patio. Seguro trae sus últimos poemas. Mi padre guardaba su obra. Tenía unos ocho años y ya intentaba escribir poemas. Quería ser poeta como el abuelo.
Nací en una casa donde la única herencia posible estaba en dos bibliotecas. Recuerdo los paseos que daba con mi padre visitando las galerías de arte de la Capital. Mi hermano Alejandro recibió los mismos nutrientes. Hoy es un dibujante notable. Profesor de dibujo. Otro que cuenta historias. Y algo más, cuando iba a visitar a mi abuela materna, Eufemia, que también vivía en Coronado, pasaba frente a una casa pintada de rosa. Me acercaba al alambrado de la cerca. La cerca estaba tomada por una enredadera silvestre que da flores violetas. Ocho, nueve años, entonces corría las hojitas para ver la casa. Siempre me detenía a mirarla. Era importante. Sabía que en ella había vivido un escritor. Yo sabía que era importante ser escritor. Lo supe desde chico. En la casa rosada había vivido Martín Coronado.

–¿Cómo te dedicaste a la literatura?
–Fue una sumatoria de elementos, de pequeñas grandes magias. La figura de mi abuelo tenía sus misterios. En su casa vivía en una habitación pequeña. Cumplía a veces con las ceremonias comunes en la casa. Pero después escribía en la habitación donde estaba su cama. Y tenía sus hazañas. A los catorce años dormía en el carro de una panadería. Nunca fue un día a la escuela; y, sin embargo, fue lector, fue poeta.

–¿Qué fue primero, el lector o el escritor en tu caso?
–Tenía unos doce años. Era lector aplicado. Había leído Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain y Colmillo blanco de Jack London, dos libros que se guardaron en mi memoria. En ese momento estaba interesado por los enigmas del pasado. Perú, México, Egipto. Antiguas civilizaciones. Pero una tarde mi padre trajo dos libritos de bolsillo que había encontrado en una casa vacía que debía pintar. Uno de los libritos tenía tres cuentos de Edgar Allan Poe, y el otro era una pequeña antología de cuentos de terror que traía En la cripta, de H.P. Lovecraft. Esas lecturas me abrieron todas las puertas a la literatura. Estas lecturas me llevaron a apreciar la conjunción de la realidad de lo que se veía en la calle -y esto más allá de la mirada que la condiciona como relato- con las diversas sintonías de lo fantástico.

–¿Qué otros maestros recordás? ¿Qué influencias reconocés?
–Trabajé en librerías durante los ‘90. Tuve la suerte de conocer, entre libros, al poeta Hugo Ditaranto, y al novelista Gabriel Montergous. Del poeta aprendí las urgencias de la palabra, el manejo del apasionado proceder con la línea que quema. Del novelista aprendí la pausa, la revisión, el quehacer a conciencia. Aprendí el valor de las lecturas sucesivas, las bondades de dejar descansar el texto. Tirar y aflojar de la piola de la tinta para al fin hacer volar el barrilete.

Espacios

–¿Qué papel desarrolló/a Desde Boedo?
–A fines de los ‘90 conocí al poeta Rubén Derlis. Tomamos un café en el Margot de Boedo. Le di un ejemplar de mi primer libro publicado: Bitácora de lluvia. Derlis, en el mismo bar, me presentó a Mario Bellocchio, director de un periódico aparecido en los días terribles del 2001. Mirando hacia esos días del pasado, digo que hasta ese momento mi escritura había contado historias largas donde aparecían señales del mundo real, las fotos de la calle, junto a elementos de ficción pura, detalles fantásticos. En ese mientras tanto de escritura aparece la invitación de Bellocchio para el periódico Desde Boedo. Debía escribir sobre la ciudad. Sobre aquello que me llamara la atención. Todo un universo para ver y contar. Y en un espacio limitado. Salir a jugar en cancha chica. Toda una novedad en mi quehacer.
Desde Boedo es una publicación que invita desde la historia, la literatura, la política. Hace veinticinco años que escribo la contratapa del periódico. A través de estos años le fui sacando punta a mi tinta. Escribiendo mi ciudad. Mi lugar. El trabajo en Desde Boedo me permitió ser colaborador del suplemento de cultura del diario Tiempo Argentino entre 2010 y 2015. Y este quehacer de la escritura, me permitió, una vez instalado en Gualeguay, escribir mis notas en El Debate Pregón.

–Te definiste por ahí como un “escritor en las sombras”, ¿a qué te referías?
–Bajo el grande árbol de la literatura urbana, mi trabajo no tenía mucha posibilidad de circulación. En los cafés de Buenos Aires tuve la suerte de charlar con escritores notables, con una obra importante, que pasados los ochenta años no tenían editorial y seguían pagando la edición de sus libros. Importaba escribir. Tener una voz propia. A esta altura de la vida, me doy por satisfecho siendo un escritor en las sombras, un escritor de barrio, un escritor que trató de contar su paisaje y las criaturas que lo habitan. Una escritura que se construya desde la urbanía, que es la poética que tiene la ciudad. Mucho le debo a Desde Boedo, Tiempo Argentino y El Debate Pregón. Más una cantidad de revistas que sería un problema nombrar.

–¿Cuál es la historia de las Anécdotas de churrasquero? ¿Cómo se te ocurrió hacerlas? ¿Con las notas que tenías formaste un blog o armaste primero la plataforma para colgar los materiales?
–Supe que iba a ser padre. Empecé a escribirle a mi hija. Textos cortos. Uno de ellos llegó hasta la dueña de El Debate Pregón, que era amiga de la familia de mi compañera. Estas historias empezaron a publicarse en el diario. Encontré en la biblioteca de mi compañera una edición del Martín Fierro ilustrada por Roberto González, conocido como Cachete. Me impresionó. Le comenté a mi padre del hallazgo. Antes de que apoyara el libro en la mesa, él dijo: Cachete. Y me contó su relación, sus encuentros con un grupo de artistas plásticos en un bar de la calle Viamonte. Esta situación dio origen a una nota que fue publicada en Desde Boedo. Llegó el tiempo de la mudanza a Gualeguay. Siendo habitantes de la ciudad -los textos que escribía a mi hija- decidimos dejar de publicarlos. Y recibí el pedido de la nota sobre Cachete para ser publicada en el diario. El pedido venía con una propuesta de trabajo. Una nota semanal sobre temas que tuvieran que ver con la cultura de Gualeguay. Acepté. El blog se agregó a poco de iniciar la recorrida de Gualeguay, la de ayer, y la de ese presente.

Baúl de recuerdos

–¿Cuánto tiempo duró la experiencia de las Anécdotas?
–Cerca de cinco años. Fue una continuidad. A poco de caminar la ciudad, me di cuenta del universo que flotaba. Comencé a nombrar el lugar como la ciudad/río. En el río aguardaban las historias. De muchas de ellas aún había testigos. Las historias flotaban en el viento. Solo había que rescatarlas para que no se pierdan en la grande noche del olvido.

–¿Cómo era tu forma de trabajo?
–Mi trabajo se centraba en escuchar a los habitantes de la ciudad. Prestaba atención al memorioso. Me di cuenta de que en muchas casas había cuadros de Cachete González. Muchos referían anécdotas de la vida de Cachete. Era un buen fantasma. Aparecía en cantidad de historias. Lo mismo pasaba con Catón, un hombre que pasó su vida acompañando a los muertos hasta el cementerio. Un Anubis, un Caronte gualeyo, que se hizo eterno. Sucedía que muchos entrevistados me señalaban a otros. Ellos tenían una historia y yo mi grabador. De esta manera fui contando mi lugar. Y me gustaba el material que aparecía. Estaban los vivos y los muertos. Había pintores, escritores. Estaba el que nada más había vivido y prestado atención. Era un trabajo de rescate y refugio de la memoria oral. Todas las semanas debía entregar mi nota. Así que la historia se resolvía en una semana.

–La impresión es que para resolverlas aplicaste un protocolo periodístico, pese a que te caracterizás como un escritor…
–Aplicaba siempre mis ganas de conocer las historias. Elegía la manera de contar al personaje y su historia. A veces la sintonía era periodística, en otras más cercanas a lo literario. Importaba la historia. Simplemente trataba que mantuviera la sorpresa e interés que me había despertado como lector.

–¿Lo aprehendido te alcanza para trazar un mapa de los autores gualeyos o se puede semblantear la literatura provincial?
–La ciudad/río fue cuna de escritores notables. Y también de artistas plásticos. Estaban los creadores que ya habían partido, Ortiz, Mastronardi, Manauta, pero estaban los que seguían en la huella, Tuky Carboni, Daniel González Rebolledo. Intriga saber que de un lugar tan pequeño hayan salido al mundo tantos creadores.

–¿Qué repercusión sentís que tuvo tu trabajo?
–El diario circulaba mucho en la ciudad. Y las notas tenían lectores. Siempre recibía comentarios. Tenía un reconocimiento. De esta manera también recibía información. El trabajo de investigación fue claramente positivo. La memoria, agradecida. Hasta ese momento nadie se había ocupado de la búsqueda y recolección de historias. La experiencia fue muy buena.

–¿En paralelo continuaste con tus búsquedas literarias?
–Al haber tratado de contar pasado y presente de la ciudad/río de Gualeguay a través de la memoria de sus habitantes, esa escritura me llevó hasta dos personajes que me pedían un mayor espacio. Roberto “Cachete” González y Catón. Tengo terminado un libro sobre la vida y la obra de Cachete, y una “novela” alrededor de Catón.

–¿Qué era Edgardo Lois cuando decidió despedirse de Gualeguay?
–Era otro. Regresó a Buenos Aires, su ciudad natal, en 2018.

–¿Qué hizo luego?
–Lo de siempre. Escribir.

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