Un libro necesario resulta ser El espejo de lo invisible. Su subtítulo (Lo que el niño adoptado calla y los padres necesitan escuchar) explica el lugar simbólico desde el cual la autora, Mariel Margetic, encara la labor escritural. Fuertemente atravesado por su propia experiencia, el material es un disparador de reflexión sobre silencios insondables y sobre aquello implícito que se presenta cuando historias distintas apuestan a emprender un camino juntas.
La eficiencia comunicativa de El espejo de lo invisible probablemente radique en el hecho de que su autora, Mariel Margetic, no lo pensó originalmente como un libro en el sentido tradicional sino como una especie de carta personal, dirigida a los padres que la adoptaron y criaron, en un momento de alta tensión emocional para el entorno familiar. A corazón abierto, con la experiencia a flor de piel, Margetic le dio sustancia a asuntos que son inaccesibles para cualquier observador. He ahí su aporte.
Aquella escritura fresca, cristalina, desde la primera persona del singular, traía rumores de arroyito vivencial. Explicitaba la huella de cursos de agua intergeneracionales que de pronto confluían, cada cual con su propia historia. Se materializaba entonces lo que estuvo guardado bajo las llaves del silencio y lo sobreentendido.
Esos textos, directos, sentidos, inspiraban un viaje río arriba de la existencia. Promovían la construcción de puentes sobre lo que parecía vacío, llenaba la interlínea de lo no dicho. El efecto del gesto de compartir esos sentires fue revitalizante para los vínculos. Y, para ella, una manera de sanar.
Cuando Margetic comprendió que lo expresado en aquellas narraciones epistolares tenía la potencia de hacer brotar sensibilidades ajenas, surgió la idea de reproducirlo a escala. Fue el medio que encontró para visitar gente sin moverse de su casa, para conversar con otros, para contar su caso y habilitar un diálogo intenso. Aquel ritual familiar se fue volviendo red. Ese tejido se fue fortificando con madejas lectoras que también decidieron dejar de estar calladas. La voz de Margetic se hizo coro. Resonó.
En la faena cambió la definición del destinatario, se modificó levemente la estrategia discursiva, adecuó la estructura a las formalidades editoriales, pero mantuvo la caligrafía candorosa de quien dice lo que piensa y siente con absoluto sentido de la sinceridad, sin atender a ninguna las formas de corrección habituales.
Si bien El espejo de lo invisible fue inicialmente pensado para padres, madres, hijas e hijos que son parte de una experiencia de adopción mutua, la herida del abandono está presente en un universo mucho más amplio de personas que deben lidiar como pueden con una percibida falta de cuidados en la infancia y adolescencia. De pronto, aquellos que no tuvieron otra opción que bloquear el sufrimiento físico y emocional pueden encontrar en el libro un sendero arbolado para pensar su situación y emprender los procesos que sean menester para superar el desamparo afectivo.
Asimismo, el libro puede funcionar como un dispositivo preventivo que permita evaluar lo que los padres efectivamente comunican a sus hijos en la convivencia diaria.
No es obligación saber que el maltrato, el destrato o la indiferencia en los primeros años de vida, activa mecanismos de supervivencia vinculados a la represión infantil y la desconexión emocional. Si no se aborda ese telón de fondo de manera oportuna se hace presente en la vida adulta. Daña a las personas. Hace sufrir. En ese contexto, El espejo de lo invisible no ignora la implicancia de nociones tales como hipervigilancia en los vínculos, dependencia emocional, apego evitativo, autoabandono o máscaras de protección, consignadas como consecuencias frecuentes de la herida del abandono. Pero elige moverse de la lógica del manual o el lugar del erudito para producir un relato que desborda humanidad, sencillez y profundidad transformadora, al mismo tiempo.
A propuesta de Tekoha, Margetic amplió sus pareceres en torno a un libro que ya forma parte del catálogo de La Hendija Ediciones. Lo que sigue es producto de esos intercambios.
–¿Qué contiene el libro El espejo de lo invisible?
–El espejo de lo invisible es un recorrido profundo por el proceso de la adopción, relatado desde la mirada del niño adoptado. El libro busca desentrañar los sentimientos, miedos, dudas y preguntas que atraviesan las distintas etapas de su vida, desde el momento de su nacimiento y su llegada al nuevo hogar, hasta la consolidación del lazo familiar.
Es una obra guiada por el amor y la sensibilidad, dirigida tanto a familias adoptivas como a profesionales de la infancia y a cualquier persona que desee comprender la adopción desde su dimensión más humana y espiritual.
Su título alude, justamente, a la necesidad de hacer visible aquello que muchas veces el niño calla pero que está latente en su mundo interno: esos por qué sobre su origen, la entrega y su propia historia. Pero el espejo también refleja a quienes reciben a ese hijo. Habla de los padres adoptivos, de lo que tuvieron que dejar atrás, de sus propios duelos y de cómo abrieron sus corazones a esta forma de paternidad.
Aprovecho este espacio para recalcar que, si bien el libro se enfoca en esta vivencia en particular, soy plenamente consciente de que existen muchas otras realidades y caminos posibles en el universo de la adopción que no están contemplados en estas páginas, pero que son igual de válidos y complejos.
–¿Cómo está organizado?
–El libro está estructurado en nueve partes que van hilando las distintas vivencias y etapas del desarrollo emocional del niño. Sin embargo, más allá de seguir un proceso cronológico, el verdadero eje que atraviesa todo el texto es la exploración de la herida privada y su proceso de cicatrización; ese miedo tan humano de perder a quienes amamos y a quienes nos aman.
También se habla de manera muy respetuosa de las decisiones de quien entrega y quien recibe. El proceso de ambas realidades, unidas con el mismo propósito, el de dar una nueva oportunidad a ese niño que se entrega.
Quienes fuimos adoptados nacemos con una cicatriz, la del abandono, que nos acompaña el resto de la vida. Pero el libro muestra cómo, a pesar de su permanencia, ese dolor va menguando gracias al amor incondicional de los padres y al propio deseo de sanar de ese niño. Además, la organización del libro incluye un componente muy íntimo y personal: contiene cartas dedicadas a mis padres adoptivos, a mis padres biológicos y a mis hijas, quienes son mi primer reflejo en esta historia.
–¿Qué era de la vida de Mariel Margetic, antes de que se le ocurriera que podía escribir un libro?
–Mi vida estuvo marcada desde la niñez y la adolescencia por una pregunta constante. Sé que para mis padres adoptivos no fue un camino fácil. En aquel entonces, muchas de mis preguntas no tenían respuesta, pero la necesidad de indagar siempre estaba latente. Con el tiempo y la madurez, logré comprender que ellos no podían darme respuestas que realmente no tenían. Lejos de alimentar mi imaginación —que ya de por sí corre muy rápido en la mente de un niño—, mis padres me cuidaron eligiendo siempre la verdad y evitando agregar suposiciones que pudieran confundirme.
A mí siempre me gustó escribir, desde muy chica. Siempre tuve claros mis sentimientos y fui muy expresiva; creo que en gran parte lo hacía siguiendo el ejemplo de mi padre, a quien también le apasionaba escribir. Ahí te das cuenta de que la sangre no es lo único que transmite sentimientos, gestos y parámetros de vida.
En casa, nunca sentí que no podía decir lo que pensaba; siempre tuve permitido hablar de mi adopción. Lo supe desde muy pequeña, jamás se me ocultó, y eso es algo que agradezco y valoro profundamente de mis padres: me permitió forjar mi identidad desde lo más concreto que tenía, aunque a veces doliera.
Crecí en un hogar feliz, con las dificultades de cualquier familia, pero donde la dulzura y el amor incondicional fueron nuestra bandera. Diez años después de mi llegada, mis padres adoptaron a mis dos hermanos menores. Aunque fueron procesos y realidades distintas, nos unió exactamente lo mismo: el amor eterno de nuestros padres, quienes seguramente hicieron sus propios aprendizajes para transitar esas nuevas historias.
El gran punto de inflexión en mi vida llegó a los 22 años, cuando fui mamá de mi primera hija, Camila, y cinco años más tarde, de Fiorella. Ellas se convirtieron en mis reflejos. Toda la vida había buscado a alguien que se pareciera a mí, y verlas a ellas fue encontrar lo más perfecto, el inicio de mi propio ADN y de mi historia biológica visible. Fue a partir de todas estas vivencias, de este puente entre ser hija y convertirme en madre, que la escritura empezó a gestarse en mí.
–¿La posibilidad de escribir sobre este tema, surgió de manera individual, al estilo de un diario personal o una bitácora de vida, o apareció de golpe?
–Este libro nació como parte de mi propio camino de sanación. Hace varios años empecé a buscar respuestas y a sanar mi herida desde el reconocimiento, transitando espacios como las constelaciones familiares y los registros akáshicos, disciplinas que fueron abriendo nuevos senderos en mi interior.
Pero sin dudas el puntapié para encontrarme en esas líneas, fueron varios episodios que sufrí en el año 2024, un año muy difícil a nivel personal. Mi padre empezó un proceso muy duro hasta perder sus dos piernas, la muerte del abuelo de mis hijas, enfermedades a nivel familiar, y personalmente una parálisis facial que me cambió para siempre.
Hoy continúo en la búsqueda de mi antigua yo en el espejo. Lamentablemente desde noviembre de 2024, no veo en el espejo mi antigua versión: ya no me muestra lo mismo el reflejo ante el cual había conseguido seguridad durante 40 años. Ese rostro desde la cual me conectaba con mis preguntas e incertidumbres. Hoy me estoy reinventando, volviendo a conectar con esta nueva versión de Mariel, física e internamente, porque sin dudas ya no soy la misma.
En ese proceso de reencuentro, sentí la necesidad profunda de unir mis sentimientos y plasmarlos en papel. Creo que para no olvidar quien fui, y quien soy, y posiblemente quien quiero ser.
Al principio, jamás pensé en publicarlo; mi único horizonte era que fuera un regalo de agradecimiento para mis padres. Tampoco quería que fuera una biografía, porque sentía que centrarme solo en mi historia podía resultar algo egoísta. Mi verdadero impulso era hablar desde la mirada universal de un niño. Así que lo escribí, lo imprimí de manera muy artesanal y se lo entregué a mis padres.
Sin embargo, el libro pareció cobrar vida propia, formó sus propias alas y se fue inclinando hacia un propósito más grande. Sentí con mucha fuerza que estas páginas debían volar para ayudar a otros: a padres adoptivos en su búsqueda, a hijos en su proceso de autoconocimiento y, por qué no, a padres biológicos que están atravesando la dolorosa decisión de dar a un hijo en adopción.
Con ese deseo en el corazón, decidí registrarlo bajo mi autoría. Luego busqué editoriales que abordan estas temáticas con sensibilidad, me contacté con La Hendija Ediciones y, a partir de ahí, todo fluyó de una manera tan simple y perfecta que sentí que el propio universo estaba empujando para que las cosas sucedieran. Yo no lo soñé de antemano; solo lo sentí, lo creé, y el libro voló solo.
–¿En qué te inspiraste?
–Mi gran inspiración fue la niña que fui y que hoy sigo conservando y abrazando en mi interior. El libro está escrito desde el amor más puro y desde un respeto absoluto por mi propia historia. Me inspiró el deseo profundo de que cada niño adoptado tenga la oportunidad de contar con padres protectores y amorosos como los que yo tuve, capaces de ayudarlos a construir un camino sano hacia la adolescencia y la adultez, brindándoles herramientas o, simplemente, enseñándoles dónde conseguirlas.
Creo que el verdadero aporte del libro es invitar a los adultos a conocer de cerca los miedos y el mundo interno que transita ese niño. Es fundamental no perder de vista que cada ser humano es único e irrepetible. Pero en la adopción hay un hilo invisible que nos une a todos: la herida del abandono. Ese dolor original se manifiesta a lo largo de la vida en forma de dudas, preguntas, inseguridades y momentos oscuros. El libro busca echar luz sobre ese proceso tan complejo, especialmente en la etapa donde el niño da sus primeros pasos en el mundo y se enfrenta al enorme desafío de volver a confiar, precisamente en el área donde más lo han lastimado. Es un puente de comprensión abordado desde la experiencia viva y la sensibilidad.
–Sos madre biológica e hija adoptiva. Más allá de los cambios de época, ¿qué creés que diferencia y qué equipara al vínculo entre padres e hijos, en una y otra situación?
–Hoy en día se habla mucho más y tenemos un acceso a la información que en otras épocas era impensable. Las familias cuentan con más herramientas y los procesos son más visibles. En mi doble rol de hija adoptiva y madre biológica, he descubierto que ambas realidades no caminan por vías separadas, sino que se entrelazan de una manera muy profunda.
Mis dos hijas conocen mi realidad desde el primer momento. Al ser parte de mi historia, ese «faltante» de información sobre mi pasado biológico también las atravesó a ellas en algún momento, generándoles sus propias dudas y miedos. Sin embargo, a sus 18 y 12 años, desde el amor y el respeto absoluto, siempre han estado permeables y abiertas a recibir la verdad. Yo siempre les aclaro que la información real y certera es la de mi propia experiencia de vida; que detrás de mi pasado no hay más datos, pero sí la certeza de que pertenecí a dos padres biológicos que, por alguna razón que respeto, decidieron darme la posibilidad de una nueva vida.
Esto me hizo comprender que lo que verdaderamente equipara al vínculo, sea biológico o adoptivo, es que la identidad y el lazo no se definen sólo por los genes, sino por la capacidad de habitar la verdad juntos. Lo que diferencia a las situaciones son las preguntas de origen, pero lo que las une y las vuelve idénticas es que el amor incondicional, la protección y el respeto son la única bandera capaz de sanar cualquier vacío y construir una familia real.
–Teóricamente, se suele tener en claro el valor que asume la comunicación entre un hijo que es adoptado y sus nuevos padres. Pero en la práctica todo se complejiza. ¿Cómo deben ser esos intercambios, quién define la profundidad y alcances de lo dialogado?
–En la práctica no existen ecuaciones matemáticas ni fórmulas perfectas, porque estamos hablando de seres humanos y de subjetividades. Quien define el alcance, la profundidad y, sobre todo, el ritmo de esos intercambios es, sin dudas, el niño. Los hijos van pautando el camino a través de sus propias necesidades, sus preguntas y sus silencios; y los adultos debemos aprender a escuchar lo que dicen y lo que callan.
Por el lado de los padres, el rol fundamental es el de ser cuidadores y contenedores de esa búsqueda. Esos intercambios deben ser siempre guiados por la verdad, pero una verdad adecuada a cada etapa del crecimiento. El error más común a veces es querer llenar los vacíos de información con suposiciones o fantasías para intentar aliviar al niño, pero eso solo alimenta una imaginación que en la mente infantil ya corre demasiado rápido. Los padres deben tener el coraje de decir no lo sé, cuando realmente no tienen una respuesta, protegiendo al hijo de confusiones innecesarias.
La comunicación no debe ser un interrogatorio ni un tema tabú; debe ser un espacio seguro, natural y amoroso donde el niño sepa que tiene el permiso absoluto de preguntar, y donde la honestidad sea el cimiento para construir su identidad.
–¿Cómo fue el proceso de armado del libro, el pasaje de textos sueltos a este todo que se llama El espejo de lo invisible?
–El proceso fue una verdadera metamorfosis; el libro, en sí mismo, tuvo sus propios procesos y cambió de identidad muchas veces. Fue una mezcla de muchos libros en uno: escribía, borraba, volvía a escribir y modificar la estructura porque en varios momentos sentía miedo de ser demasiado dura con lo que expresaba. El quiebre definitivo se dio cuando decidí dejar de hablar de mí, de Mariel, para pasar a hablar de los niños adoptados en general. Ahí fue cuando la obra forjó su verdadera identidad.
Aunque siempre me apasiono escribir, la posibilidad de publicar un libro propio la veía como algo casi imposible, muy lejano. Hoy sé que es un trabajo al que se le dedica un tiempo sumamente importante y donde se abren puertas del alma que a veces son difíciles de cerrar; por eso, uno tiene que ser muy cuidadoso y respetuoso con sus propios tiempos. Si bien siempre me consideré una persona expresiva, no tenía la experiencia formal de armar una obra de este cuidado.
En el camino aprendí muchísimo, pero creo que mi mayor aprendizaje fue aprender a respetar mi historia y a darle amor a esa niña que fui. Mientras escribía, por momentos, esa niña lloraba, sufría y se enojaba, pero lograba volver a enfocarse en el camino. Escribir este libro fue, ante todo, un acto de profundo respeto y reconciliación con mi pasado.
–¿Qué repercusiones ha tenido el libro?
–Las repercusiones han sido hermosas. Fue asombroso ver cómo muchas personas de mi entorno y de mi familia descubrieron a esta «Mariel escritora»; el amor que me demostraron y su deseo profundo por querer adquirir mi obra fue algo maravilloso que me llenó el corazón. Afortunadamente, se está vendiendo muy bien, lo cual me da una inmensa alegría y gratitud.
Respecto al futuro, considero que El espejo de lo invisible es una obra única en sí misma, no la veo como parte de una serie de libros correlativos. Sin embargo, este proceso encendió en mí la necesidad de continuar hablando de la adopción desde otras vivencias. Hoy tengo el placer de conocer a familias hermosas que decidieron dar y darse la posibilidad de construir un hogar junto a un niño que solo necesita amor. En mis próximos pasos, me gustaría capacitarme, perfeccionarme y hacer visibles esos inmensos actos de entrega.
Mis padres y todos los padres que emprenden este camino se merecen un capítulo aparte, mucho más allá de unas hojas escritas con amor, y hacia allí es donde quiero hacer volar mis próximos proyectos.
Para cerrar, quiero invitar a todos los lectores a ingresar a la web de la editorial (lahendija.org.ar) para adquirirlo. Espero de corazón no defraudarlos; mi mayor deseo es que estas páginas les transmitan amor, que le den mucho amor al libro y que, ojalá, este mensaje siempre llegue a las manos indicadas.











