Aquellas pequeñas cosas

1 octubre 2026 16 minutos
Víctor Fleitas

Un ejercicio de memoria individual se convirtió en un muestrario de cultura popular en la Nogoyá de los 80. Esas semillas de convivencia amistosa, donde los vínculos redimen y hacen superar dificultades, han prosperado también en distintos pueblos y en diferentes barrios, lo que las vuelve de algún modo universales. Los cuentos forman parte de La bicicleta embarrada, de Daniel Salas.

El secreto está en apreciar los detalles, pensó. A su lado, Fabiana terminaba de ordenar el espacio que iba a ocupar durante las dos horas siguientes. Por el espejo retrovisor interior vio cómo Sabrina y Valentín ajustaban el cinturón de seguridad. Un viaje de 138 kilómetros lo dejaría en estaciones inesperadas de la sensibilidad, en medio de un remolino de efervescencias.
La idea del hijo pródigo es un lugar común, lo sabía. Sin embargo, de pronto se sintió agitado por esa expectativa tenue y formidable. Sábado 24 de julio de 2021, aseguraba el teléfono celular. Tomaron por Güemes, siempre en reparación y siempre rota. Luego el coqueto Bulevar Gálvez que, a esa hora, era un hormiguero en reposo. Después de un suspiro de islas, ya estaba en Entre Ríos.
Con un puñado de sueños por todo patrimonio, había partido de Nogoyá a Santa Fe 35 años antes. En ese lapso vivió una serie de vidas dentro de otras. Un carrusel de laberintos existenciales. Una sucesión de aventuras intensas, afrontadas con tenacidad.
Había regresado en varias oportunidades a la capital entrerriana de la lechería. Ahora lo hacía con un libro bajo el brazo. Viajaban en una caja los ejemplares que olían a imprenta de La bicicleta embarrada, una selección de doce cuentos ambientados en la época de travesuras y pantalones cortos, en una Nogoyá que por entonces era toda la noción de universo que él podía imaginar. Escritos en primera persona del singular, los relatos plantean situaciones vividas, a las que su autor, Daniel Salas, le añade un vector pedagógico, del que emerge una filosofía de vida.
La redacción está exenta de rebusques y refinamientos estilísticos. Es llana, directa, hecha con esas esencias que están a disposición del común de las personas. El logro está en la quirúrgica elección de los eventos, en el acabado retrato de los personajes y en la esmerada descripción de los entornos donde la acción sucede.
En cuanto a la estrategia narrativa, si bien los cuentos hunden sus raíces en la niñez y adolescencia de Salas, la urdimbre de las historias habilita a que cada lector regrese a sus ayeres y dialogue con ellos y desde esa añoranza procure un mejor entendimiento presente. En La bicicleta embarrada los episodios no se ciñen a brindar la lección elemental de que lo mejor es aceptar nuestros orígenes. Los cuentos, además, promueven un tipo de reflexión emocional que ayuda a celebrar lo importante que han sido ciertas personas en nuestras vidas.
En los relatos el que hace memoria es un adulto. Desde una contemporaneidad cierta le asigna un valor a lo vivido de pequeño. Escribe en clave presente. Subraya, resalta, pondera. Además, es un sujeto lector que condimenta con recursos de la cultura escrita una serie de pequeñas narraciones orales que fue eslabonando hasta alcanzar la estructura tradicional y la métrica de un cuento corto.
De todos modos, los relatos dan cuenta de una sociabilidad que ya no existe, salvo en modestísimas comunidades. En ese sentido, son testimonios de una época en la que la experiencia individual y colectiva estaba mucho menos mediada por las tecnologías de la comunicación, detalle que nos permite interrogarnos sobre esas claves de la era digital que solemos aceptar sin discusión, como si fueran algo dado, irrebatible.


La bicicleta embarrada se había presentado en la Feria del Libro de Santa Fe, con buena recepción. Lo que estaba por acontecer en Nogoyá era distinto porque esas historias redactadas tenían una temporalidad y una espacialidad de la que participaban testigos reales y protagonistas concretos que se asomarían a la obra como lectores calificados.
Mientras sucedía el viaje desde territorio santafesino, los amigos nogoyaenses de Salas estaban dedicados a pormenores significativos. Le estaban preparando una ceremonia sentida en un punto neurálgico, con presencia incluso de máximas autoridades locales. Tal como lo habían bosquejado, aquella tarde se constituyó un clima de profunda intimidad. El contrapunto de cuentos y poesías fue notablemente efectivo. En el centro geográfico de la Plaza Libertad se creó una burbuja evocativa, una corriente de afecto que paralizó los relojes y, por ese rato, convirtió a los presentes en entidades infinitas que flotaban en esa atmósfera amorosa, condescendiente.
Aún lejos del destino, Salas navegaba por un sendero de pavimento vial. Descansaba la vista en aquellos mantos verdes sembrados desde la banquina hasta donde empieza el horizonte. En su mente fantaseaba con lo que estaba por producirse en su tierra natal, mientras se sentía un aladín desplazándose en medio de unas lomas suaves y constantes, como en un recuerdo recurrente.
Se sorprendió de cómo se ha extendido Aldea María Luisa. Se preguntó por Sauce Pinto, denominación que le parecía simpática. Se sacó el sombrero ante el crecimiento constante de Crespo, desde su pórtico de estética alemana. Saludó con la vista a Estación Camps. Recordó la laboriosidad de General Ramírez. Se preguntó por la tranquilidad de Aranguren. Elogió la mejora del ingreso a Hernández. Hasta a Nogoyá la encontró distinta, con áreas residenciales que llenaron de actividad humana la postal agreste del acceso de otras épocas.

De ayer a hoy

Según el censo oficial del INDEC, la ciudad de Nogoyá contaba en 2022 con 27.372 habitantes. La atraviesa la producción agropecuaria y la tradición católica. Originalmente, se llamó Nuestra Señora del Carmen de Nogoyá. No en vano, cada 16 de julio las fiestas patronales alcanzan un volumen tal que ni los no creyentes logran mantenerse ajenos.
Producido el arribo, los granujas con los que cultivó amistad y picardía lo fueron a buscar a Salas, se arremolinaron sobre él, lo abrazaron, lo cargaron diciéndole que lo veían más viejo, con la cabellera raída, exagerando. También le armaron una agenda que lo llevó a recorrer los medios de comunicación más destacados. En paralelo, verificaron que no quedara suelto ningún cabo vinculado a la logística del acto, que terminó siendo conmovedor.
La versión del semanario Paralelo 32 que se edita para Victoria y Nogoyá dio cuenta del acontecimiento, el 31 de julio de 2021. Bajo el título “A la querencia siempre se vuelve”, indica que una semana atrás “en el centro de la Plaza Libertad, un nogoyaense que está radicado en la ciudad de Santa Fe, presentó un libro que no solo es un homenaje a la ciudad, sino que es una reseña de recuerdos y nostalgias de su niñez y juventud, las que bien podrían verse identificadas en cualquier otro copoblano que le tocó vivir y emigrar a otras tierras”. A la hora de precisar, el artículo cita que “se trata de Daniel Salas, que aporta al patrimonio literario de la ciudad La bicicleta embarrada, una recopilación de cuentos e historias de Nogoyá en la década del 80”.
Luego explica que “Daniel Salas se fue de Nogoyá a los 19 años y a pesar de que siempre regresa a reencontrarse con sus amigos y familiares decidió dejar plasmado en un libro sus recuerdos de infancia y juventud en la ciudad que lo vio nacer”.
Después de indicar que en La bicicleta embarrada el autor cuenta experiencias de vida, añade que en doce cuentos narra sus días en familia, con amigos y aquellas postales comarcanas de cuatro décadas atrás. “El libro es símbolo de agradecimiento para Salas ‘a la tierra que nos vio nacer y crecer’, dice, al referirse a Nogoyá, mientras recuerda cómo sus amigos de la ciudad fueron pilares y sostén en las épocas de estudiante en la ciudad de Santa Fe”.
La nota pone de relieve que “Salas rescata la amistad de su Nogoyá, valora que la peña de amigos sigue estando vigente a pesar de los años y la distancia y aprecia todavía mucho más la mística de pueblo que a pesar del progreso y desarrollo aún se mantiene en la ciudad. ‘Vengo a Nogoyá casi todos los meses; ya no es más un pueblo, ya no nos conocemos todos como antes, pero aún está ese espíritu latente de aquellos que crecimos juntos, de esos vecinos que nacieron, se criaron y hoy están transitando su vida en el mismo barrio’, señala el autor de La bicicleta embarrada”.
Salas nació el 27 de mayo de 1967. Tenía 58 años cuando murió el 14 de abril de 2025, en Santa Fe. Hubo un diagnóstico médico preocupante e intentos en vano por sobreponerse a la amenaza física.
Sus amigos Sergio Jaime, Jorge Eduardo Méndez, Federico Gentile y Silvina Wiemer sospechan que en La bicicleta embarrada quedaron rasgos de la expresión coloquial del autor ausente y pócimas de su modo esperanzado de afrontar la vida.
A pedido, formaron una rueda imaginaria para hacer presente a aquel de la opinión pertinente, el gesto oportuno y la actitud jovial. Por la fuerza del cariño y la admiración tejieron una red que integró a las ciudades de Basavilbaso, Nogoyá, Paraná y Santa Fe. Por cierto, no pensaban exactamente igual que él, no compartían necesariamente las maneras de vivir, no votaban obligatoriamente las mismas propuestas electorales, no siempre tomaban decisiones profesionales parecidas. Por los testimonios de unos y otros, a la hora de la verdad, sabían que su amigo encendería una vela que él mismo se ofrecería a portar mientras caminaban juntos por cierto sendero de la adversidad o la duda. Caracterizarlo es una forma de homenajearlo, después de todo. Recordarlo es parte de ese repertorio de pequeñas cosas insustituibles, la sal y pimienta de la vida con las que Salas tanto insistía.

S. J.: La amistad con Daniel se fue dando de a poco. Todo empezó en 1979 cuando ingresamos al primer año del Colegio Antonio Sagarna, en Nogoyá. Él vivía bastante lejos. Muy lejos.
Salíamos de la escuela, cruzábamos el parque, pasábamos por casa y él seguía. Para cierta altura nos veo quedándonos un rato a tomar la merienda en casa, a veces con otros gurises de nuestra edad, incluso de otros colegios, como el San Miguel. Esos “amigos del alma” que él nombra en el libro éramos muchos y muy unidos. Tal vez la práctica de deportes ayudó a fortalecer el tiempo compartido, junto a las salidas a bailar.
Como le quedaba lejos su domicilio se iba quedando en el mío cuando la barra se juntaba de noche. Se llevaba bien con mis padres, sobre todo con mi mamá, así que no hacía falta que yo estuviera para que él se quedara. Los dos andábamos en aventuras románticas típicas de la juventud, así que no siempre coincidíamos en los regresos, pero él sabía que se podía quedar y de hecho así sucedía. Éramos como de su familia y él de la nuestra.
En cuarto y quinto año vivió más en la casa nuestra que en su casa. Para él siempre había una silla en la mesa de nuestro corazón.

J. E. M.: A mí me lo presentaron algunos amigos en común que jugaban al voleibol en el Colegio Nacional Dr. Antonio Sagarna. A pesar de que yo asistía a otro colegio y de la rivalidad deportiva de la adolescencia, el vínculo se fortaleció en salidas y encuentros de aquella época.
Bailables, mateadas y asaltos fueron moldeando y enriqueciendo esa amistad que duró durante toda su existencia. La personalidad de Dani, hacía imposible no quererlo. Su humildad, su gran corazón y su don de buena persona, esforzado, trabajador incansable, hacía imposible no respetar a un ser de extremada sencillez y bonhomía.
Siempre rescato y recuerdo que en su hogar no sobraba el peso, pero él luego del Colegio, se esforzaba para ganar sus recursos, colaborar con su familia y darse un gusto merecido.

F. G.: Por mi parte, me crucé con él cuando cursaba el Traductorado de Inglés en el Instituto Almirante Brown de Santa Fe. En aquel entonces sus compañeros de curso lo conocíamos como “Osvaldo” y el resto de sus allegados como “Daniel”. Esa “doble” identidad formaba parte de los atributos que su personalidad exhibía: una mezcla de misterio y melancolía que se condecía con su forma de hablar y de expresarse.
Lo primero que me llamó la atención de Dani fue su “alma vieja”. Era un chico de unos veintitantos con los valores, la conducta y el decir de un hombre mucho más grande… y de otra época. Su caballerosidad, su don de gentes, su humildad y su empatía natural para con los demás lo hacían destacarse por sobre lo académico. Era buen alumno, pero un poco “vago”. Sin embargo, hasta las profesoras más exigentes caían rendidas a su encanto, se doblegaban ante su carisma innato y le perdonaban más de una.

S.W.: Estaba pensando que conocí a Daniel hace muchos años en la época de la parroquia. En Santa Fe. Éramos muy jóvenes, chicos. Compartíamos encuentros en distintos grupos. No éramos amigos, nos cruzábamos circunstancialmente. Por algunos años nos perdimos y nos reencontramos en la casa de amigos en común. Él se había casado y tenía un niño pequeño, Joaquín, y estaban esperando a su hijita, Sabrina. Eran noches divertidas con charlas largas, una guitarra y canciones. Después vino la pérdida de su esposa, Viviana, la tristeza, la incertidumbre y también su fuerza para salir adelante con dos niños pequeños.
Una amiga mía, Fabiana, mi hermana de la vida, y Daniel se enamoraron y se casaron. Formaron una familia muy querida para mí. Tanto Dani como Fabiana tuvieron la generosidad de permitirme ser una tía para sus hijos Joaquin, Sabrina y Valentín. Compartimos hermosos momentos, a través de los años: su casamiento, cumpleaños, comidas en una u otra casa, mi casamiento donde Dani ofició amorosamente de maestro de ceremonia. Hubo también momentos duros y tristes. Siempre apoyándonos y acompañándonos.
Cuando conocí a mi pareja, nos integramos todos y agrandamos la familia. Los encuentros fueron más cotidianos. Y divertidos. Todo con un afecto muy profundo. En la última etapa estábamos proyectando el disfrute compartido, viajecitos, más encuentros. Y ahí llegó el sacudón tremendo, la noticia de su enfermedad. La incredulidad y la velocidad con que pasó todo. Fue un golpe terrible. Era el primero de nosotros. Experimentamos el dolor profundo por la muerte de un amigo tan querido.

Lazos

S. J.: Después de la Secundaria, me fui a estudiar Medicina a Rosario. Por intermedio de unos tíos, Daniel probó suerte en Santa Fe. Ni él ni su familia podían hacer frente a los costos universitarios. Pero se las ingenió para abrirse camino. Y de qué manera. Hasta el último de sus días, Daniel tuvo una gran resiliencia. Desde chico fue así. Era una muy buena persona: no lo digo porque era mi amigo. Y un resiliente formidable. Le pasaron mil infortunios y siempre se reacomodó, se adaptó y siguió por la vida sin endurecer el corazón.
Guardo imágenes de su primer casamiento, con Viviana, que falleció inmediatamente después de dar a luz a Sabrina, la segunda de sus hijos. Fabiana fue fundamental para sobrellevar todo ese sacudón familiar; luego fue su segunda esposa y mamá de su tercer hijo. También estuvimos en la ceremonia. Cuando miro en retrospectiva veo cómo todo se le hizo cuesta arriba. Muy difícil.

J. E. M.: Cuando partió a Santa Fe en busca de un destino mejor, a seguir construyendo su vida, los encuentros entre nosotros fueron más esporádicos, pero el lazo del corazón, nuestro lazo del corazón, permitió que cada cita fuera inolvidable hasta la próxima.
Lo siento vivo en cada palabra que recuerdo. Sin estridencias, sin sobresaltos (a pesar que tuvo muchos e impensados para nosotros), mostró siempre un solo rostro, el de la palabra justa y sentida, el del joven y hombre que sabía lo que era la carencia material, pero no dejaba traslucir ningún resentimiento para con la vida.


F. G.: Dani siempre estaba rodeado de gente que lo quería; sabía relacionarse desde lo humano como nadie. Por eso no me sorprendió que ya entonces, siendo muy joven, estuviera trabajando en el área de Ceremonial y Protocolo de la ciudad de Santa Fe, un lugar al que fue ascendiendo hasta alcanzar, al cabo de los años, la tan merecida Dirección.

S. W.: Era una persona muy curiosa, con necesidad de experimentar y moverse por distintos lados, de conocer gente. De comunicarse y comunicar. Ocupaba muchos espacios y muy diversos: la actuación, la escritura, la fotografía. Todo en su vida estaba atravesado por su vínculo con las artes. Compartíamos muchos intereses en común así que siempre nos acompañábamos, nos íbamos a ver a las obras en las que actuábamos. Eso es algo que me quedó pendiente, el haber compartido un proyecto actoral juntos. En su trabajo siempre fue muy creativo con propuestas innovadoras. Su enfoque era desde ese lugar. Tenía una mirada lúdica de la existencia.

F. G.: Mientras cursábamos yo ya era actor. A principios de los ’90 lo llevé a mi grupo de teatro, La Casona de Alejandro. Pasó a formar parte del elenco estable hasta el último día de su vida. Junto a él interpretamos obras de Alejandro Casona, Agatha Christie, Jean Poiret, Bernard Shaw y otras tantas escritas por mí. Forjamos una amistad que trascendió el estudio y la actuación.

S. J.: Por esas cosas de la vida, Medicina, la carrera que había empezado en Rosario, quedó en suspenso. Formé mi familia. Debía trabajar. Las cosas se complicaron. Debimos pegar la vuelta. Mi señora y mi hijo regresaron a Nogoyá y yo me instalé en Paraná primero y en Santa Fe después, para ver si me podía recibir. Ahí se revitalizó la conexión con Daniel, que ya estaba mejor instalado en Santa Fe. Me ayudó a conseguir dónde vivir. También me dio una mano para tener un medio para sostenerme. Así me pude graduar. Éramos hermanos.
Pienso ahora que, en todo ese tiempo, que fue mucho desde que nos conocimos casi de niños, jamás tuvimos diferencias serias. Nunca nos peleamos. Yo tengo hermanos de sangre y por ahí discutimos, pero no con Daniel. Siempre nos apoyamos, nos bancamos: tuvimos una amistad de hermanos.

J. E. M.: Sé que en Santa Fe estudió inglés, entró al municipio y fue forjando su carrera, a puro impulso. Al ser un muchacho bueno siempre encontró personas que lo ayudaron, sin esperar nada a cambio. Tuvo una vida de sacrificios, pero no perdió su nobleza. Siempre buscó estar mejor, de manera honrada.
Suplantaba todo aquello que la vida no le había dado con una sabiduría cotidiana. Brindaba su corazón. Le prestaba el oído a todo el que lo necesitara, desinteresadamente. Su voz transmitía paz y sosiego. Daba la impresión de que no necesitaba aparentar nada.

F. G.: Esa amistad de la carrera y la actuación se convirtió en “familia elegida”, porque un buen día me eligió padrino de su tercer hijo, Valentín. Eso conlleva una responsabilidad que no cumplo como debiera, porque esta vida nos ha dado a probar muchas uvas amargas en el racimo. Las mías me impiden estar presente como corresponde para honrar ese mandato.
No viene al caso hablar de las “uvas amargas” en el racimo de Dani. Sólo vale la pena aclarar que fueron muchas… muchas, tal vez más de las que cualquiera de nosotros podríamos asimilar.


De puño y letra

S. W.: Me resultó muy emocionante leer sus cuentos. Realmente lo pintan tal cual era. Tenía una forma de comunicar sin estridencias. Desde el llano. Sin máscaras. Tal como se ve en los relatos. Por algunas charlas me anoticié de esas historias mínimas y profundas. Las siento como un muestrario de su gran sensibilidad. Destaco el valor que le da a los detalles, la expresión de los sentimientos, la intimidad con la que están hechos los vínculos. En los cuentos se exalta la riqueza de la sencillez, el entusiasmo sereno del disfrute, el rescate de lo esencial y la resiliencia.
Dani fue siempre él y su familia. Estuvo siempre pendiente de ese vínculo amoroso. En tanto proyecto, este libro lo refleja totalmente, todos fueron parte: Joaquín diseñó la tapa, Sabrina fue la primera lectora, Valentín ilustró todos los cuentos y Fabiana lo contuvo y acompañó brindándole el espacio respetuoso para que pueda concretar este sueño.
A la luz de lo que pasó luego de aquel diagnóstico médico me impresionan sus palabras en el inicio del libro: “Antes de que decidan que debo irme de aquí, quiero dejar testimonios concretos del disfrute del camino”. Desde esa luminosidad, sus cuentos cobran una fuerza poderosa. Nos queda ese registro de vida. Su mirada sobre las cosas. Un legado amoroso, en definitiva.

S. J.: Los cuentos muestran situaciones en las que sobresale la ternura, la humanidad, en un contexto de restricciones materiales. El papá de Daniel era ladrillero, en una familia numerosa; así que parar la olla no era fácil.
Como amigos, era una vida simple la que llevábamos: a la siesta nos escapábamos y nos íbamos al arroyo. Esa era nuestra aventura. Contar lo que nos pasaba. Reírnos. Bolacear. Y los relatos muestran eso: frescura, sencillez.
Naturalmente, al incluirlas en el libro, le dio otra entidad. Después de leerlo me hizo pensar en lo afortunados que fuimos.

F. G.: El Dani escritor apareció en mi vida “de sopetón”. Un día me llamó y me dijo que había escrito una serie de cuentos basados en su infancia y su adolescencia en Nogoyá, Entre Ríos. Quería que le dé una mano con mis conocimientos en la corrección de textos. Así era él: te “tiraba” una noticia excepcional como quien cuenta que se largó a llover.
Acepté encantado el desafío. De pronto, me vi absorto en anécdotas de barrio, siestas en las calles nogoyaenses, recreos escolares, amistades con guardapolvos y mucha, mucha melancolía. “Saudade” sería el término correcto que la RAE incorporó no hace mucho.

J. E. M.: Cuando comencé a deshojar cada uno de los cuentos de La Bicicleta Embarrada, surgía claramente la perspectiva especial que desplegaba Dani para entenderse con las personas.
Son cuentos reales. La escritura nos hace imaginar cada centímetro de la personalidad, vida y obra del autor. Allí se refleja la mente del niño, del adolescente, del joven y del adulto. Le otorga a cada personaje, un halo de su misma esencia.
Es una experiencia sorprendente cerrar los ojos e imaginar cada lugar, cada protagonista, cada situación. La lectura del libro me transmitió paz de ánimo.

Legados

S. J.: El libro es un espejo de su vida. Y el cuento que le da título al libro (“La bicicleta embarrada”) es un retrato suyo: siempre cuesta arriba, sorteando inconvenientes.

S. W.: En el cuento La bicicleta embarrada, que da nombre a su libro, Dani nos emociona con ese relato en que logra un equilibrio entre la sencillez y la profundidad. Esas pocas palabras que le dice el padre al final del relato nos cuentan tantas cosas de ese vínculo. Es un cuento lleno de imágenes tan vívidas y, quienes tuvimos la suerte de conocerlo, sabemos que Dani afrontaba las lomas y el barro, y que su alma y su mirada siempre estaban preparadas para el arco iris.

F. G.: La bicicleta embarrada es más que una serie de cuentos escritos por Osvaldo Daniel Salas. La bicicleta embarrada ES Osvaldo Daniel Salas porque, a lo largo de sus páginas en sepia, desnuda el alma entrerriana de un chico que creció con carencias y dolores, pero también con muchos sueños; un chico que disfrutaba de las cosas más simples de la vida como si hubiera ganado la lotería y, al mismo tiempo, un ser que no se desentendió del pasado, un adulto marcado por la experiencia concreta de existir.

J. E. M.: La obra literaria de Daniel Salas tiene la importancia de que no quede en el olvido el lugar de pertenencia, de los vínculos humanos que algunos pretenden menospreciar, de historias mínimas tan valiosas cuando miramos hacia atrás.
Como lector, se me hizo imposible no sentir la conexión con ese mundo de anécdotas, tan bien relatadas. Eso cuentos tienen la habilidad de que nos hacen sentir protagonistas de las historias.
Su paso por este mundo ha dejado huellas imborrables para los que lo conocimos. A través de La bicicleta embarrada, también para aquellos que no tuvieron la gracia de tratarlo. Su obra, humana, profesional y familiar, se une a la de tantos otros que se pasan la vida insistiendo. Es un homenaje a aquellos que vuelven a empezar, una y otra vez. Esa narrativa trasciende los tiempos.

S. W.: Daniel Salas era una persona amorosa, resiliente, divertida, cálida. Todo eso quedó reflejado en el libro. Era una persona muy empática, tal vez por eso podemos identificarnos con las historias que narra. Sus cuentos condensan su manera calma de transitar la vida. Recomiendo mucho la lectura del libro.
Desde lo personal, lo extrañamos mucho. Era un amigo muy presente, dispuesto a acompañarnos. Sus amigos nos quedamos sin sus abrazos, su sonrisa, sus palabras siempre contenedoras. Quiero recordarlo como una persona que construía y cuidaba sus vínculos, como escribió en su último cuento, Mientras puedas nunca faltes: “A veces toca caminar solo, pero, generalmente y con prudencia, se encuentra buena compañía. Ojalá la vida -hablo de esta o de otras- siempre compense a todos los que nos ayudan en la senda o impulsan a otros para perseguir sus sueños”.
Así debería ser nuestro destino de iguales: caminar juntos y, con solo estirar la mano, sentir que ahí está el otro para acompañarnos. Así quiero recordarlo, un gran compañero de camino. Sin dudas era hermoso saber que estaba ahí cerquita y que solo era necesario extender la mano.

F. G.: Al referirme a Daniel Salas, hablé del compañero de carrera, el compañero de teatro, el compadre, el amigo y el escritor. Pero su faceta más destacada me la reservo para el final: el “Dani papá”. Para quienes lo conocimos y tenemos hijos, no podemos dejar de destacar lo que este tipazo fue (y es) como padre… pero para hablarles de esto necesitaría un segundo capítulo.
Recordarlo me ha hecho emocionar. Se me ocurre decir que cuando tengan un racimo de uvas en sus manos y sientan que se llevaron a la boca un fruto amargo, no lo descarten. Mastíquenlo. Acéptenlo. Sepan que está en ustedes asimilarlo con estoicismo, mezclarlo con los demás frutos hasta sentir que también es dulce. Entonces, se parecerán a Daniel Salas, que era un experto en la materia.

Te recomendamos…

Dicho y hecho

Dicho y hecho

No hay experiencia que no acuñe un verbo. No obstante, es la palabra la que puede hacer trascender lo vivido. En el ejercicio frecuente de transmitir lo sentido y lo pensado la vivencia se apropia, se arraiga, evita la condena insípida del olvido, mientras se...

La semilla plantada

La semilla plantada

Hay recuerdos que apagan conciencias y homenajes que las encienden. Entre los últimos aparece el que un grupo de vecinos le dispensó a Mario Alarcón Muñiz para celebrar otra forma de ejercer la comunicación social. Fue en la calle que lo evoca, allá por el Seminario....

Llora sangre el ceibal

Llora sangre el ceibal

El centenario del nacimiento de Aníbal Sampayo ha sido el marco adecuado para la aparición del primer tomo de una biografía que repasa su vida y su obra, viajeras. Su autor es Schubert Flores Vassella. Presenta el libro en ámbitos reconocidos y en rincones impensados....