El centenario del nacimiento de Aníbal Sampayo ha sido el marco adecuado para la aparición del primer tomo de una biografía que repasa su vida y su obra, viajeras. Su autor es Schubert Flores Vassella. Presenta el libro en ámbitos reconocidos y en rincones impensados. Es un militante cultural y al mismo tiempo un actor contracultural que le ha dedicado esforzados veinte años a esa tarea, en épocas donde se privilegia el resultado inmediato.
Las alas de almanaque del cambio de siglo parecen haberse llevado a cielos de olvido las precisiones sobre las últimas presencias de Aníbal Sampayo en Paraná. En una nota firmada, el periodista Tirso Fiorotto recuerda haberlo entrevistado en marzo de 1998, el día después de una actuación junto a Miguel Martínez, en la Sala Mayo, cuando el reducto era un faro de expresiones culturales de alto valor, frente a la plaza 1 de Mayo.
Más tarde, en ese mismo lugar, Sampayo presentó las doce canciones de De antiguo vuelo, un disco que desarrolló y grabó en el sello local Shagrada Medra, cuyo año de lanzamiento fue 1999. De esa aventura participaron Sampayo y el Zurdo, Luis Barbiero, Fernando Silva y Carlos Aguirre. Fue su última producción fonográfica.
La ventolera del tiempo despeinó los detalles, pero no pudo con ciertas sensaciones, propias de quienes han compartido vivencias gratificantes. Por ejemplo, que Sampayo era una persona para sentarse a escuchar largo, compartir la música, la poesía y los abrazos. Los arroyos ancestrales que confluyen en la canción popular de la región guaranítica le bullían con fértil naturalidad. Las chamarritas, polcas, sobrepasos y guaranias eran manantiales que permanentemente se reconvertían en versos y melodías. Eran crónicas musicales que protagonizaban los de abajo.
Sampayo era un creador refinado. Pero cuando hablaba de política era directo, quirúrgico. No se andaba con rodeos. Era un militante social con guitarra o con arpa, según correspondiera. Era animado, conversador, gracioso. Podía encadenar una infinita cantidad de chistes, uno mejor que otro, varios de ellos subidos de tono.
Así como sucedía en Colón con la residencia de los Martí, en Paraná la casa de los Martínez-Bader, sobre calle Alsina, tenía para él una especie de imán. A pocos pasos, estaba la Estación Terminal de Ómnibus que antes de convertirse en la desangelada zona de trasbordos actual fue un punto de reunión que a Sampayo le permitía brindar y charlar un rato con un palomar de obreros que allí se congregaba.
“Crecí en el litoral uruguayo, en una geografía en que el horizonte era un vasto mar de redondas lomas, como disformes y verdes caparazones de tortugas; de ríos, cual colosales lampalaguas, de una fluida y brillante claridad. Allí, en donde el hombre vive la mitad de su vida a caballo y la otra mitad en la canoa”, se caracterizó Sampayo, nacido el 6 de agosto de 1926, en la pujante Paysandú, fabril y oriental. “Mi madre, nieta de una española vasca y coplera, empujaba mis sueños pentagramados. Mi padre, toda una herencia de acordeones, guitarras y arpas, me venía a través de una bisabuela india, Guaicurú, de las Misiones Orientales, de nombre Antechel, y un Rodríguez, español aquerenciado en el Alto Uruguay. De esa unión nació mi abuela, que se casó con un Sampallo, nómade carretero, y que un día cruzó la frontera para establecerse en nuestra tierra oriental”, describió.
Su vida estuvo atravesada por la trashumancia. Podía actuar en coquetos teatros, en pueblos perdidos o en el patio de casas que le daban asilo. También supo ser parte de elencos circenses, y alternar presentaciones con trabajos de zafrero, temporarios, para conseguir los recursos que le permitieran continuar con el periplo. Cantar y sobrevivir, resistir, construir nidos, escuchar, entender, eran hilos de un proyecto multicolor.
“Aníbal es un personaje muy importante para muchos de nosotros”, destacaba Carlos Aguirre ante una consulta de Tekoha. “No soy tan memorioso”, se disculpó, inmediatamente, cuando se buscó establecer correspondencias entre eventos y épocas. “Recuerdo cuando lo conocí, en una oportunidad en la que fui a visitar a Polo Martí a la casa de sus padres en Colón, y así estaba Aníbal compartiendo meses con esa familia entrerriana. Uruguay estaba en proceso de volver a la democracia y él había prometido no pisar suelo uruguayo hasta tanto no regresara la democracia y hayan liberado el último preso político”, mencionó.
Luego ofrendó la última gota de tinta retrospectiva, hecha galería de imágenes. “Recuerdo muchos compartires con él, en casa del Zurdo Martínez; ensayos en mi casa en San Agustín en vistas a la grabación de su disco para el catálogo de Shagrada Medra; viajes a ensayar en Paysandú; un concierto inolvidable en la Rural de Montevideo; o un ciclo en Buenos Aires, en La Trastienda, como parte del grupo de Silvia Iriondo, donde en una de las fechas Aníbal participó como músico invitado”.

Un fenómeno
Sampayo era un fuera de serie. Esta certeza se puede explicar desde dimensiones gravitantes. Pero también desde pequeñas anécdotas. Por caso, otros presos políticos se sorprendían de que los guardiacárceles, muchos de ellos provenientes del interior del Uruguay, trataran con reverencial respeto al autor de Río de los pájaros o de Patrón. Apenas se enteraban que él estaba en el penal querían conocerlo. No terminaban de entender la raíz del mal que la autoridad le achacaba. Eran muchachos que crecieron en un mundo distante. La radio los acercaba. Los integraba a una identidad. Por los caprichos del éter se enteraron de la obra de Sampayo. Es probable que, mientras crecían y se preguntaban por el futuro, por primera vez hayan reflexionado sobre el lugar del que no tiene nada en la sociedad al escuchar ese cancionero folklórico que contaba el paisaje, que lo describía maravillosamente, pero sobre todo se enfocaba en la experiencia humana de habitar estas tierras, con el ojo puesto en los que progresivamente van siendo marginados, año a año, un gobierno tras otro, sin solución de continuidad.
Esa oleada de cultura popular alcanzó también al hogar de Schubert Flores Vassella, cuyo oído fue familiarizándose con la sensibilidad de Sampayo, mientras sus padres se doblaban la espalda en el trabajo rural. El investigador rioplatense, un poco uruguayo y otro tanto argentino, se ha transformado en el biógrafo más importante de Sampayo. Está presentando el tomo uno de Aníbal Sampayo: poeta del Río de los Pájaros Pintados, un inventario de vida y obra que le llevó dos décadas de pesquisas, de recolección de documentos escritos y de selección de testimonios.
De ida y de vuelta, de lunes a viernes, durante tres años de infancia, Schubert Flores Vassella recorrió los 14,5 kilómetros de las tres leguas a caballo que precisaba acortar para asistir a una institución educativa pública. Terminó la instrucción primaria en Tacuarembó. A la secundaria la hizo en escuela de jesuitas, en el Colegio San Javier. Él quería ser médico y estudiar en Montevideo, distante unos 400 kilómetros. Pero la economía familiar tenía otros planes. Así, hubiera sido maestro, pero surgieron diferencias políticas irreconciliables en un período de manifiesta intolerancia. Una vez liberado, se fue del Uruguay a pintar casas argentinas. A agua y sol la vida le permitió criar hijos. Con 60 años, entró a la universidad, primero a la de las Artes y luego a la de Buenos Aires. Esos datos figuran en el CV: licenciado en Folklore, Mención en Cultura Tradicionales y licenciado en Ciencias Antropológicas, Mención Arqueología.
No ha tenido referencias claras en la tarea de investigar, mucho menos en dedicarse a las culturas sofocadas. Simplemente lo ha hecho. Por gusto. En la tarea, ha sido periodista y también cientista social, auxiliado en ambos casos por la formación superior. Cuando no encuentra la contestación adecuada, recae en el uso de una palabra: intuición. La presencia de esa facultad de entender sin necesidad de razonar, llena de misterio lo implícito.
Lo cierto es que, al poner en valor a uno de sus referentes artísticos, Schubert Flores Vassella rinde honores a Sampayo; pero también hace trascender a los que pensaron y se emocionaron con aquella obra, entre otros, su gente, sus orígenes, los innombrados que, por el rato que dure la lectura, habitarán un reino que los reivindica y privilegia.


–Por fuera de todo currículum, ¿quién es el autor de Aníbal Sampayo, poeta del Río de los pájaros pintados?
–Schubert Flores Vassella, antes que licenciado en Ciencias Antropológicas y licenciado en Folklore y Culturas Tradicionales, es básicamente un curioso, un investigador nato mucho más que escritor. Se ha preocupado por la historia de Uruguay, de Argentina, de Latinoamérica, y por rescatar la vida y obra de personajes y temas que tienen que ver con nuestra diversa identidad. Tiene particular predilección por cultores y referentes que han sido y son olvidados por la cultura hegemónica porteña, de Montevideo y Buenos Aires, que es centralista, unitaria, capitalina.
No sólo no tiene en cuenta al Zurdo Martínez, a Linares Cardozo, a Aníbal Sampayo, a Telémaco Morales, a Gabriel Guerra, a Víctor Lima, sino que los empuja al olvido. Así, el producto cultural de los diversos pagos, ciudades y pueblos del interior argentino y uruguayo, que es riquísimo, es apabullado, arrinconado y no tenido en cuenta por esa cultura “oficialiota”, que la oprime.
A esos rincones se dirige Schubert Flores Vassella. De hecho, en los últimos cinco años lleva más de 70.000 kilómetros recorridos junto a sus libros, llegando allí donde a un escritor de fama no se le ocurriría estar.
Reserva
–El libro que estás presentando es el tomo 1 ¿Cómo es el plan de trabajo, cuántos tomos involucra? ¿Ya están escritos o sospechás que hay continuidad por el material con el que contás?
–Este material que estamos presentando es un ensayo histórico, biográfico y cultural. Está referido a un extraordinario poeta, músico refinado, folklorólogo, investigador, estudioso. La importancia del personaje, que le regaló 65 años de su vida al arte, exigía un trabajo inventario profundo, documental.
La obra contempla dos tomos, que ya están terminados. Estamos compartiendo el primero de ellos, que abarca de 1926 a 1972. Tiene 712 páginas y 580 fotografías. Está centrado por un lado en el nacimiento, infancia y juventud, junto a los primeros tanteos musicales; y desde 1940, la etapa formativa y de consolidación profesional que le insumió dos décadas; y desde 1960 a 1972 es la época del Aníbal trascendente, famoso, exitoso que legó dos himnos de la región, El río de los pájaros y Kichororó, y un cancionero que alcanza un centenar de notables composiciones. Una canción mejor que la otra.

–De ahí parte el segundo tomo…
–Sí, de 1972 hasta su muerte, en 2007. Son 750 páginas y 600 fotografías. Aquí las etapas son la prisión por cuestiones políticas hasta 1980, el exilio desde entonces hasta 1985; el último período creativo, de reinserción post exilio, que llegó hasta el 2004, cuando desarrolló sus últimas actividades como artista; y el tramo final con la aparición de su enfermedad y muerte.
El segundo tomo espera retoques fotográficos para ingresar a imprenta. Naturalmente, se financiará con lo que obtengamos por la venta del primer tomo. En ese punto nos encontramos.
Un aspecto interesante es que pese a la minuciosidad con la que encaramos la investigación, las salidas a campo, por ejemplo para presentar el libro, han permitido que nos juntemos con nuevo material, lo que no es raro si se tiene en cuenta que Sampayo nunca dejó de producir y que vivió siempre con intensidad, muy proclive a hacer amigos. Estos hallazgos empiezan a plantear la necesidad de un tercer libro, que seguramente se separará en el tiempo de la aparición de estos dos.
Es lógico que así suceda porque, por caso, nunca fue recopilada la obra completa de Sampayo. Pretendí hacerlo en el segundo tomo, pero no fue posible. Se iba a desproporcionar la propuesta. La idea sería que ese repertorio poético-musical, debidamente ordenado, adecuadamente organizado, técnicamente analizado, constituya un tercer libro.
Obra meritoria
–Más allá de que algo ya referiste, ¿por qué te enfocaste en Aníbal Sampayo? ¿Cuál es su mérito y cuál es tu interés?
–Sobresale el mérito poético de Aníbal Sampayo, un aspecto un tanto soslayado cuando se refieren a él. Pasa lo mismo con las melodías y los arreglos. Es como si la canción hubiera concentrado la atención popular, lo que puede ser algo injusto con la escritura y la música. Sampayo es un gran poeta y un compositor excepcional. Además, un instrumentista sólido: muy buen guitarrista y arpista, el primero que ha tenido el Uruguay.
El subtítulo del libro es una caracterización de Sampayo: poeta del Río de los pájaros pintados. Es porque es un traductor perfecto, singular, de su paisaje y de los eres humanos que habitan la región que involucra al Paraná y al Uruguay. De hecho, nació en la costa del río. Ese paisaje fluvial, sus riberas, los montes vecinos, la gente como el hachero, el pescador o el canoero son el centro de su atención y son tratados poética y musicalmente de manera magistral.
El Uruguay es un río que tiene el don de unir a dos pueblos y dos territorios, el oriental y el entrerriano. En el decir de Aníbal, el río es un tiento de plata que cose un mismo cuero. La flora, la fauna y la gente están en el paisaje: Aníbal los contempla y los integra en su cancionero. El kichororó es una onomatopeya: representa el grito de un ave, el tataupá, que habita los montes y riberas del Uruguay.
Emprendimos un inventario de vida y obra. Un compendio pormenorizado y documentado de las trayectorias vital y artística de Sampayo. Paso a paso, se procuró abarcar todos los momentos y contextos, en base a fuentes escritas y orales.
–En los aspectos formales, ¿cómo está organizado?
–En capítulos, en base a un criterio cronológico. Su vida es narrada con salpicaduras temáticas, con minibiografías de personajes relacionados con Sampayo. Esa urdimbre de cronologías y materias permite que los apartados se vayan integrando de manera natural.
–¿Desde hace cuánto que estás trabajando en la recopilación de material para el fondo Sampayo?
–El trabajo tuvo una gestación de 20 años. Empezó en 2006, cuando Aníbal cumplió los 80 años, que se festejó en Paysandú, en el recital de los Pueblos Libres, que organizamos junto a mi amigo, Alfredo Miranda, un argentino, folklorólogo, interesado en estas cuestiones, amigo de Sampayo y un estudioso de su vida y obra. Un gran entendido.
Las entrevistas ocuparon un lugar fundamental. El repaso de las notas de prensa es un recurso muy utilizado, también. He tenido la suerte de entrevistar a Sampayo, en 2002, 2003. Tuve la fortuna de tenerlo en mi casa por diez días. Aquella vez, visitó distintos medios de comunicación porteños y le hicimos un homenaje, que terminó siendo su última actuación en Buenos Aires. Por supuesto que todo ese material me fue de mucha utilidad.

Atracción
–¿Cómo apareció la figura de Sampayo en tu vida? ¿Qué te llamó la atención de él?
–Sampayo aparece en mi vida en 1973, cuando tenía 10 años. Nací en Guichón, la segunda ciudad del departamento Paysandú. Allí están sepultados mis abuelos materno y paterno. Vivía en la campaña de Tacuarembó, en el campo. Iba a la escuela rural 69 de Cuchilla de la Casa de Piedra. Así que los viajes eran frecuentes.
Río de los pájaros fue un éxito. Conmovió a la radiotelefonía. Eso hizo que Sampayo se escuchara en todo el país. También se hizo popular Mi picazo parejero, en homenaje a un caballo capaz de ganarle una carrera, una penca, al más afamado equino brasileño; y hasta de correrle al tren y ganarle. Con diez años, escuchaba que ese caballo le podía ganar a cohetes espaciales que pretendían llegar a la luna o a Marte. Y mi imaginación volaba. Esa épica y las condiciones artísticas de la canción, hizo que ese tema fuera muy escuchado en el campo.
Entonces, llegar a Guichón era estar cerca de Paysandú, de donde procedía esa voz que la radio había hecho familiar. Esa guitarra. Esa arpa.
La obra de Sampayo es monumental, formidable. Está destinada a perpetuarse en el tiempo. Sin ir más lejos, Sampayo es el uruguayo más grabado en la Argentina. Sigue vigente, porque las nuevas generaciones lo siguen grabando.
–¿Cómo caracterizarías su vida más allá de la del creador? ¿O es un ejercicio sin sentido?
–La vida de Aníbal es apasionante. Es una sorpresa permanente. Tiene todas las facetas: éxito, drama, esfuerzo, ideales, triunfo y tragedia. Tuvo ante sí todos los desafíos que un ser humano puede enfrentar. Ser poeta, creador, músico; vincularse a un grupo guerrillero con todo el compromiso y el riesgo que eso implica; pagar con cárcel esa militancia política, con exilio. Fue consecuente con su pensamiento, con los valores en los que él creía, más allá de que uno esté de acuerdo o en desacuerdo con los mismos. Él los afrontó hasta el final. No era un revolucionario de café como existe en nuestras latitudes, del “animémonos y vayan”. Sampayo puso el cuerpo, Fue.
Él dijo que no volvería al Uruguay hasta que no esté libre el último preso político. Y cumplió. Otros artistas regresaron cuando la dictadura se desmoronaba. Llenaron estadios, como el Centenario. O el Luis Franzini, de Defensor Sporting. Pienso en Zitarrosa, Los Olimareños, Viglietti, El Sabalero y un largo etcétera. Habrán tenido sobradas razones que no me corresponde cuestionar, pero lo cierto es que Sampayo no estuvo entre ellos. Él se quedó enfrente, en Entre Ríos, en Colón, en casa de su compadre, Enrique Martí. Allí aguardó que asumiera un gobierno constitucional, el 1 de marzo de 1985 y que dictara una amnistía para los que aún estaban en cautiverio; ahí sí, en abril, Sampayo cruzó el río y empezó a actuar en Uruguay. Son pequeños actos.
–Te estaba por preguntar por el vínculo de Entre Ríos con Sampayo…
–Los caminos de la charla se cruzan, como las costas de un mismo río. En la obra de Sampayo el vínculo con Entre Ríos es fundamental. Él sale de Paysandú, en la década del 50, y se instala en Concepción del Uruguay. Lo abraza la peña Ñanderogami, que significa Nuestra casita, de Florencio López.
–¿Quién fue Florencio López?
–Un personaje. No fue estrictamente periodista. De hecho, era enfermero. Pero fue un permanente difusor de los temas folklóricos, protector y padrino de muchos artistas jóvenes. Había nacido en septiembre de 1909, en Garruchos (Corrientes); pero se radicó en Concepción del Uruguay, donde creó la mítica Peña Ñanderogami, en 1952.
Ahí, Sampayo se vincula con el folklore argentino. Por esa peña pasaron Atahualpa Yupanqui, Lo Chalchaleros, Los Fronterizos, Carlos Di Fulvio, Eduardo Falú, Jaime Dávalos, que ejerció una notoria influencia en la poética de Sampayo.
Sus amigos son de Entre Ríos, no sólo por Martí. Florencio López es el padrino de su hija, Selva.
Y cuando regresa del exilio europeo, Entre Ríos le dio mucho trabajo. Lo bientrató. Mucho mejor que Uruguay. Incluso cuando cayó enfermo, la atención que no le dio el Estado uruguayo, se lo dio Entre Ríos, pagándole una buena clínica en Paysandú. Sampayo, el más entrerriano de los orientales, era una voz esencial de la identidad cultural compartida a ambas orillas del río. Son hechos concretos que no pueden ser olvidados.
Valores
–¿Dónde radica la dimensión de la obra de Sampayo?
–En la permanencia. En haber construido un cancionero con calidad poética y musical. En que esa obra aún hoy esté siendo grabada, recordada, entonada. Lo que decía: que permanece. Trasciende. Ríos de los pájaros es un hito del folklore litoraleño y americano, con significación mundial. Sampayo fue artífice de una obra inmensa, en cantidad y en calidad. Él mismo se dedicó a esparcirla por cuatro continentes. Durante su exilio europeo, recorrió 220.000 kilómetros sembrando sus canciones, haciéndolas conocer.
–¿Existe un Sampayo poeta separado de un Sampayo compositor e intérprete?
–No, no existe. El poeta está absolutamente integrado al compositor y al intérprete. Hay una simbiosis poético-musical, bella y compleja, natural en él, pero para nada sencillo de ejecutar. Las letras, en las canciones de Sampayo, están maravillosamente ensamblada con la música. Eso le da su toque, un sentido y una belleza muy particular, definida. Su canto es sencillo, su voz es chica, pero tiene una expresión que logra transmitir. A eso le agrega sus capacidades como guitarrista y como arpista.
–¿Qué aporte sentís que hace el libro? ¿Con qué materiales sobre él te encontraste durante la documentación?
–Mi alegría es que son muchos, afortunadamente. Yo hice mi parte, por cierto; pero la presencia de Sampayo en la memoria popular hace que permanentemente surjan nuevas dimensiones dentro del aporte.
–¿Un ejemplo?
–Podría citar varios, de carácter documental, donde la investigación pudo echar luz sobre zonas en penumbra de su vida que, como vimos, tuvo momentos de alta exposición y otros de absoluta reserva. Pero me voy a inclinar por una linda historia. Visité la Escuela número 2 José Artigas, de Paysandú. El propio Sampayo me dijo que ahí estudió. Quería saber cómo había ido como alumno, las notas, la conducta. La Dirección se extrañó: no sabían que Sampayo había sido alumno. La vicedirectora del establecimiento, Olga Martinelli, me facilitó el acceso a los archivos. Y ahí aparecieron todos los datos: había ingresado en 1934, hizo hasta sexto año. Tuvo un desempeño regular, nada fuera de serie.
Desde entonces, en esa escuela, se festeja todos los años el nacimiento de Sampayo. Hoy mismo funciona allí el único museo Sampayo que existe en el mundo, con obras y pertenencias suyas.
Deme dos
Además de ocuparse del contenido de las publicaciones, el investigador Schubert Flores Vasella se tuvo que hacer cargo de la distribución del material. Cuando buscó qué empresa podría encargarse de este asunto, se topó con que a cambio debía ceder el 54% del valor de tapa, sinsentido que pone en un lugar marginal a quien le dio sustancia al objeto comercializable.
Por eso, Aníbal Sampayo: Poeta del Río de los Pájaros Pintados se consigue en los actos de presentación o directamente contactándose con su autor por whatsapp al 11 5 9404475.
Como se trata de un proyecto independiente, los recursos económicos que genere el tomo uno serán destinados a financiar la entrada a imprenta del tomo dos.











