Caleidoscopio de identidades

30 abril 2026 2 minutos
Redacción

Las blancas paredes de las salas superiores de la Casa de la Cultura alojaron medio centenar de imágenes de la fotógrafa Cynthia Fistraiber. Activado, el carrusel proyectó una noción personalísima de ciudad, urbana, costera, espectral.

Un barquito inmóvil encallado en un río de papel satinado, un sueño frustrado de ilustraciones sin exponer y pichichos callejeros y un angelito travieso que se ríe en lo alto de prejuiciosas geometrías escolares son fragmentos de una ciudad de anclaje real y sin embargo fantástico, que vive en la fotografía de Cynthia Fistraiber.
La artista abrió la temporada 2026 en la Casa de la Cultura con dos muestras: El río nos une y Habitar lo cotidiano. Fueron 51 imágenes serenas, salidas de un laberinto interior, de pies con arena, de taciturna nostalgia, de baldosas flojas, de alturas inversas.
La ciudad de Fistraiber, un poco de cemento, otro tanto de isla, con sus destellos fulgurantes y sus perfiles tenuemente sombríos, es parecida a la de muchos residentes de la capital provincial, pero a la vez peculiar. He ahí su encanto. Hay una cepa de curiosa familiaridad que une veredas inmersas en una galería de sombra vegetal y escenas corrientes bajo perspectivas de cierta extravagancia, junto a otras fluviales, como la de una embarcación escuálida llevando a remolque una canoa desvalida.


La producción fotográfica cubrió las dos salas dispuestas. El piso de pinotea, las puertas a tono, le imprimieron al ambiente un tono acogedor. El material estuvo prolijamente presentado. Por sectores, devolvió postales de la sobrevivencia pescadora, siluetas ribereñas, juegos citadinos de luminiscencia y opacidad y jirafas residenciales asomadas al vacío, retratadas desde más allá de las barrancas.
En un rincón, Fistraiber rindió homenaje a Pedro Antonio Tori, un refinado personaje que recorrió sus últimos años desde calle Buenos Aires a la encina que está sobre uno de los costados del anfiteatro Héctor Sántángelo. Quienes lo frecuentaron conocieron la profundidad y riqueza de su habilidad conversadora. Era menos conocido su interés por las artes visuales. En la muestra algunas de sus obras se abren en abanico de trazos, colores, planos y grafito. Cuelgan de una foto de Fistraiber en la que el autor está sentado ante un portón. Barbado, de despeinada melena, la imagen es rica en significado. Pese a la precariedad de esas zapatillas usadas, la bermuda oscura que alguien le regaló y una camisa entrada en años, Tori sonríe, junto a sus tres perros negros: a dos los acaricia a mano abierta; el restante, se deja vencer por una modorra tenaz. “Lo tengo todo”, parece decir, amistoso y desafiante.

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