Docencia de masas

7 junio 2026 20 minutos
Víctor Fleitas

Siempre es productiva la estrategia de regresar sobre la vida y la obra de los que lograron destacarse. En el periodismo de Entre Ríos, hay allí un lugar reservado para Mario Alarcón Muñiz. Portador de un donaire de autoridad, demolió las fronteras internas de la comunicación y la cultura. Con dedicación, se transformó sin buscarlo en un referente. Volver a dialogar con Don Mario supone incomodar las convicciones que animan el quehacer presente.

No debe haber misterio más grande que la manera en que lo antepasado nos involucra. Lo vivido es una enredadera emocional que se alimenta de una savia que no logra descifrarse. Cuando irrumpe, lo pretérito puede estar protagonizado por alguien presente que ejerce influencia desde otro tiempo y lugar, como si fuera a distancia, o también por una ausencia significativa.
Esa atribución se presenta como una potestad fantasmagórica, ilusoria y terriblemente real, capaz de ahogar a las personas, acorralarlas, aprisionarlas, envilecerlas y apagarlas, obligarlas a ser lo que incluso no quisieran. Pero esa incidencia inexplicable también puede funcionar como un faro, una referencia profesional, una guía ética.
A él, el nombre de Mario Alarcón Muñiz se le empezó a ser familiar de escucharlo por radio, mejor dicho, desde la radio. Como productor del programa Honrar la vida, que conducía Guillermo Alberto Alfieri, debía llamarlo de lunes a viernes, pasadas las 9, para que desde la Agencia Periodística Federal esa voz de metal y seda interactuara al aire con el líder del equipo, sobre sucesos de la coyuntura política provincial. El contacto se producía entre dos aparatos de telefonía fija. Nunca tuvo que esperar: el interlocutor estaba atento y dispuesto, siempre preparado para salir a escena. Qué buen momento de radio construían estos periodistas. Alfieri descansaba en Alarcón Muñiz. Don Mario descansaba en Guillermo. El fundado respeto que se tenían habilitaba a que cada cual, con su estilo, con sus formas de expresión provinciana o levemente aporteñada, pudiera desarrollar un papel, sin que ninguno bastardee el momento del otro. Eran diez minutos con un sello particular, único, en el que se pintaban acuarelas de la sociedad a través de noticias, contextos y reflexiones.
En una mañana otoñal, tres décadas después, creyó recordar que las reuniones de producción del equipo de Alfieri ocurrían apenas terminaba la audición, en un bar que estaba ubicado en la equina noroeste de Venezuela y San Martín. Allí se hacía un pequeño balance, sin ceremonial, mientras se desayunaba. La cabeza del grupo hacía gala de su sentido de la orientación al subrayar qué temas de los desarrollados en el programa aún tenían potencial expresivo y sugería con quiénes abordarlos en la edición del día después. En el mismo sentido, si la problemática lucía agotada, proponía alternativas. Esos encuentros tenían una asistencia variable, pero siempre contaban con la de la periodista Alejandra Sánchez.
No sabía si Alfieri alguna vez comentó cómo conoció a Alarcón Muñiz ni en qué circunstancia surgió la chance de compartir un micro radial. Con los años, imaginó que en algún momento, frente a frente, pudieron haberse auscultado someramente, con el instinto salvaje de aquellos que no han vivido en vano; y que, al conversar incluso de asuntos no estrictamente relacionados, deben haber ponderado el capital que el otro portaba, la competencia, no en el sentido de la rivalidad o la facultad legal que deviene de una autoridad, sino de la aptitud y la capacidad técnica para ejecutar una tarea, en este caso, sostener una conversación atravesada por saberes múltiples, aparentemente enfocada en la agenda informativa diaria.


Al micro, Alarcón Muñiz lo cerraba con una cita o un verso de algún referente de la cultura entrerriana. Era un instante refinado. La proporción justa de delicadeza para comensales sonoros, el cierre de un apartado que se iniciaba con el tratamiento del tema más relevante, al que se encadenaban los demás. Si surgía algo del momento, se lo aprovechaba con oficio; si no, se procedía con lo que había sido pensado previamente.
Ni Alarcón Muñiz con su micro ni Alfieri con su programa se sentaban a ver qué se presentaba, qué se les ocurría en el momento. Tener en claro que el objeto de estudio era la realidad les posibilitaba evitar las vacías referencias autorreferenciales que hoy aplican quienes aseguran dedicarse a la comunicación en directo. Parte del trabajo de Alfieri y Alarcón Muñiz era prever. Si emergía lo urgente, lo inesperado, se lo abordaba satisfactoriamente; si la sorpresa no aparecía, había sustancia comunicacional para sostener la instancia.
La parsimonia otoñal de los almanaques lo encontró comprobando que Don Mario aplicaba esa pauta a todo lo que hacía. Nacido en Victoria, estudió periodismo en Buenos Aires y se proyectó desde Gualeguay, gracias a un abrazo de prensa escrita y radio. Su impronta fue tal que se habla más de él que de su padre, Humberto, director de dos diarios gualeyos, con quien aprendió a enderezar los primeros palotes de la comunicación.
En realidad, tenía tres nombres de pila, en honor a los hermanos Kennedy (Eduardo, Roberto y Mario), una familia de origen irlandés establecida en la estancia Los Algarrobos, en el departamento La Paz, Entre Ríos, que lideraron una insurrección radical contra el gobierno provisional, en enero de 1932.
Sujeto de ideas, Alarcón Muñiz era lector fervoroso y múltiple; mejor aún, era estudioso de eso diverso, dinámico, que solemos llamar identidad. Su estrategia estaba animada por tres componentes: un sentido de la curiosidad que no se deslumbraba por la anécdota, lo que le permitía incorporarla a instancias de mayor profundidad analítica; un método para ir construyendo redes de saberes que explicaban la irrupción de nombres propios y confirmaba la existencia de diálogos a veces imperceptibles entre eventos aparentemente desconectados; y la decisión de aprender sin apuro, que lo convertía en alguien que no tenía problemas de perder el tiempo que sea necesario si el asunto valía la pena.
Este trípode encierra el secreto de Alarcón Muñiz y de tantos otros, que han sembrado de amistad los lugares por donde anduvieron y que aprendieron a portar una sabiduría que reconocían ajena, prestada, colectiva, de la que eran singulares herederos y difusores. Con los años, las ideas perdieron abstracción. Fue cuando entendió que había una esencia transgeneracional, un legado que se jugaba en las nomenclaturas, en la forma que nombramos las cosas, ya se trate de sucesos de la historia, plazas, avenidas, paseos y parques, tradiciones, localidades, estilos musicales, y hasta peces, árboles y hierbas medicinales. Su perspectiva de la proximidad, no se limitaba a deslumbrarse por la fonética de las palabras: algo que no se entiende del todo pero que nos explica se juega en los nombres que constituyen ese mapa peculiar que nos aquerencia a un territorio y a su gente.

En mente

La evocación rompe de alguna manera la fragilidad de cristal de la amalgama de tiempo y espacio que la originó. Hablar de alguien no es sólo recordarlo o hacerlo presente. Es proyectar por encima de una contingencia una serie de aspectos que siguen resonándonos. Es como versionar una melodía sensible que nos unió y que al ejecutarse indefectiblemente se altera, se redefine, se reactualiza. Habla del homenajeado, pero sobre todo de aquello que de él seguimos teniendo por valioso.
En efecto, por el rato que dure la remembranza, también quien conmemora se ausenta de un aquí y ahora y, en la nostalgia, encuentra un trampolín desde donde lanzarse a un cielo inverso.
La expresión guaraní “ñande gente porã” significa “nuestra buena gente”. Alarcón Muñiz la usaba como parte de un saludo radiofónico. Apenas fue pronunciada, los rincones citadinos paranaseros que hicieron de escena para la conversación desaparecieron y cada interlocutor viajó hasta donde quiso, con Don Mario como guía etéreo. Fabián Reato lo creyó ver en APF, frente a una máquina de escribir. Miraba fijamente la hoja enrollada de papel, en el trance en que buscaba la palabra precisa. Concentrado, absorto: así quedó en su retina. A su lado, el cenicero desbordado de colillas. De su mano pendía un cigarrillo encendido. Por su parte, Darío Cagliero lo imaginó por partida doble: en un estudio de radio, con auriculares colocados, en un metro cuadrado donde además había papeles de trabajo, un termo servicial y un mate dispuesto; e, inmediatamente después, observó cómo se acercaba caminando por la peatonal San Martín, la plaza Alvear o Alameda de la Federación, con un portafolios lleno de libros, carpetas y casetes. Finalmente, Pablo Morelli lo volvió a contemplar a través del cristal, desde la sala del operador. En el estudio, ante el micrófono, el fulgor de una lámpara que le permitía a Alarcón Muñiz leer con familiaridad los textos con los que empezaba el programa ayudaba a conformar una atmósfera especialísima, flotante, tierna, ancestral, misteriosa y luminosa a la vez, del orden de lo espiritual.

–¿Cómo conocieron a Mario Alarcón Muñiz?
– F.R.:
El primer recuerdo que tengo de don Mario Alarcón Muñiz es su voz elegante fluyendo desde una radio. Era la hora del desayuno y en las mañanas de mi pueblo, Gobernador Mansilla, todo el mundo sintonizaba LT 38 Radio Gualeguay para escuchar Espontánea. La voz de don Mario era amable, cordial. Lograba ingresar en la intimidad de las casas e instalarse como uno más de la familia.
Más adelante lo reencontré en Paraná cuando ingresé a trabajar en la antigua APF (Agencia Periodística Federal), que había fundado Lucio Uranga. Don Mario era el jefe de redacción. Su dignidad y prestigio era el gran capital que tenía la agencia y él pilotaba esa nave que avanzaba con bastante esfuerzo entre todas las inclemencias.
–P:M.: A Don Mario lo conocí en la radio, digamos que en su lugar natural. Ya me habían contado de él algunos locutores amigos que tuvieron el privilegio de compartir espacios donde aprendieron sobre el oficio y la vida, admirándolo.
En ese entonces La Calandria se trasladaba de LT14 a Radio UNER Paraná y, por ese motivo, tuve el honor de contribuir humildemente desde lo estético a su creación. Fue ahí, en los pasillos de la radio donde conversamos por primera vez y percibí que estaba frente a, como diría Atahualpa, un hombre completo.
–D.C.: A Mario lo conocí a fines de 1994. Fabián Reato me avisó que en la agencia APF necesitaban un redactor. Yo era estudiante de Comunicación y me presenté a una entrevista.
Mario, que era el director periodístico de la agencia, me tomó una prueba de redacción de cables. De ahí en más, durante varios meses fui su empleado y aprendiz.
–P.M.: La voz de Don Mario era vibrante, atada al alma. Su expresión era naturalmente profunda y tierna. Elegía las palabras en detalle. Era dueño de una amabilidad fraterna. Qué misterio el de los hombres humildes que son tan sabios que ni se nota. Qué fenomenal virtud la del buen humor para transitar los días en la vida. Don Mario… qué gusto escucharlo. Específico, musical, investigador, chamaneando frente al micrófono haciendo señas en una danza de mago, paladeando el lenguaje con soltura, poéticamente, con una gama de colores solo semejante a la de la naturaleza.
–D.C.: Me gusta decir que era un compañero de trabajo, porque si bien era el responsable de la redacción de la agencia de noticias trataba a todo su equipo con el respeto y cariño de un compañero más. Era un hombre cálido.
Se tomaba muy en serio su trabajo y su rol, pero en los momentos de distensión era divertido y nos reuníamos en su oficina para escuchar alguna anécdota o relato. Nos encantaba escucharlo reír a carcajadas.
–F.R.: APF funcionaba en los altos de una casona frente a la plaza 1° de Mayo. La redacción se distribuía en dos o tres de las habitaciones y don Mario tenía su oficina ubicada en el centro. Desde allí, su voz salía a pasear por los pasillos con indicaciones, sugerencias y recomendaciones. También, los eternos tarareos de alguna chamarrita o melodía que sólo él conocía.


–D.C.: Como periodista era muy profesional. Tenía un enorme bagaje cultural y político. Sus compañeros, más jóvenes, nos admirábamos por el conocimiento que tenía de Entre Ríos. En cada pueblo o paraje, por más remoto que fuera, Mario conocía a un guitarrista, a un maestro de escuela, a un referente político o al bolichero. Era llamativo.
Y hoy suena más increíble si pensamos que toda esa información y relaciones las había acumulado en una época sin internet, sin celulares y, en gran parte de la provincia, sin siquiera teléfono fijo. Era amigo de todos los referentes de la música y las letras entrerrianas. Ese era un capital enorme. Además, tenía un importante archivo escrito y sonoro.
–F.R.: Me acuerdo que tenía anécdotas en cada lugar de la provincia porque había recorrido todo el territorio entrerriano y el don inigualable de contarlas con gracia y ocurrencia.
–P.M.: En una ocasión compartimos la realización de una pieza sonora sobre Juan L. Ortiz. El proyecto era financiado por ARUNA. Se llamó Mi universidad, mi pueblo. Radio UNER debía presentar cinco materiales. El primero que hicimos fue sobre Juan L. Ortiz. Don Mario me acercó la grabación de una entrevista que él mismo le había hecho en 1978 en Gualeguay. Se trataba de una conversación de orden cósmico donde ambos abordaban asuntos como la intromisión de la educación más o menos formal en el Hecho Poético de cada uno de nosotros.
También charlaban del pavor cósmico que vio Juan L. en los ojos de su nietita cuando, alzando y teniendo en sus manos a un gatito pequeño y negrito, sintió en el ronronear la vibración de los astros a la altura en la que se encuentran los gatos allá arriba, más allá de la estratósfera, producto del rumor cósmico producido por la rotación de la tierra, la rotación de los astros.
O de la donación que significaba la escritura de un poema ante el éxtasis experimentado en las costas del Gualeguay. Que más decir, nunca había escuchado una charla tan asombrosamente profunda y enriquecedora, al borde de lo alucinator
–F.R.: Don Mario, desde toda la firmeza de su trayectoria y la solidez de sus conocimientos, era un compañero más en esa redacción de periodistas novatos de APF. Recuerdo que el clima jamás se alteraba con su llegada, como suele suceder en el caso de los jefes, sino que se sumaba a las rondas de mate, a las charlas y comentarios. Temprano, distribuía las notas y temas, indicaba los puntos de vista desde donde se los podía abordar y defendía la veracidad a rajatabla. Con la misma pasión abogaba por sus compañeros de trabajo y en eso no se achicaba ante nadie.
–D.C.: Otra característica llamativa era el respeto que le tenían las personas con las que interactuaba en el periodismo. Gobernadores, legisladores e intendentes, gestores culturales, investigadores, todos lo trataban con un enorme respeto. Ahora pienso que ese era otro capital de Mario. Algo que seguramente acumuló a fuerza de trabajo, honestidad y coherencia.
Muchas cosas aprendimos de Mario. Una de sus enseñanzas fue que la primicia no está entre las cosas más importantes del periodismo. Que el respeto por quien te lee o te escucha es más relevante que llegar primero a una información. Que hay que chequear la información porque hasta la fuente más confiable y honesta, se puede equivocar y hacernos meter la pata.
Pero quizás lo que más aprendimos fue el respeto por el uso de la palabra. En la conversación íntima, entre amigos o colegas, uno puede permitirse alguna exageración, un ademán inconveniente. Pero al escribir o hablar frente a un público el comunicador debe tener conciencia del peso de cada palabra.
Eso lo aprendíamos mirando y oyendo a Alarcón Muñiz en su tarea periodística. Era realmente un artesano de la palabra. En lo que escribía o decía nunca sobraba nada. No había palabras de más, ni expresiones faltas de naturalidad. Tal vez no estoy entre sus mejores alumnos, pero no fue su culpa. Era un hombre muy generoso a la hora de compartir lo que sabía. Además, era muy buen lector y estudioso.
–F.R.: Creo que lo que nos transmitió a quienes aprendimos el oficio a su lado fue la pasión por contar los hechos con justeza, respetar las fuentes y sentir orgullo de ejercer el periodismo. Había que preguntar y repreguntar hasta lograr la respuesta, sin achicarse. En una oportunidad, el exgobernador Sergio Montiel iba a visitar la agencia y había que hacerle la entrevista. Don Mario me asignó la tarea. Era la primera vez que iba a hacerle una nota a Montiel y yo estaba aterrado. El caudillo tenía fama de difícil para los reportajes. Don Mario se ofreció a acompañarme en la tarea. Fue él quien lo recibió, me presentó como “un colega y compañero de trabajo” e inició la charla, con mate y algunos recuerdos. Aquello fluyó sin tropiezos, como una conversación casual. Creo que esa anécdota describe con precisión su enorme generosidad y su gran humanidad.
En estos tiempos tan lejos de aquellos, donde han desaparecido los diarios y las redacciones, la voz de don Mario se extraña y hace falta.
–D.C.: Algunas veces yo –con 23 años, por entonces– no entendía por qué un profesional como él, con la responsabilidad de guiar una redacción y al mismo tiempo producir materiales para otros proyectos literarios, radiofónicos o de conducción de festivales, dejaba todo lo que estaba haciendo para encerrarse en la oficina una hora, mate en mano, con algún amigo que lo venía a visitar. Como por ejemplo “Mange” Casís, que cuando venía a Paraná pasaba religiosamente a matear con Mario.
Ese culto a la amistad, ese ritual que marcaba como un acontecimiento la llegada del amigo implicaba poner en pausa las tareas impostergables y, probablemente, quedarse luego a trabajar fuera de hora en la agencia o en su casa.
Ese rasgo habla de la calidad humana de un profesional que era muy serio, y lo pinta a Alarcón Muñiz de cuerpo entero.
–P.M.: Para ese mismo trabajo sobre Juan L. Ortiz del que hablé, fuimos a grabar a los estudios de la radio los registros de su voz que servirían para dar forma y dirección a las piezas. Don Mario hipnotizaba. Un prodigioso manejo del oficio combinado con un bajo perfil engrandecedor. Leyó poemas, grabó “los pies”, entrevistó a Claudia Rosa y Julio Federik sin tonos reverenciales y consiguiendo de ellos historias cercanísimas de su relación con el poeta.
Seguramente nunca supo cuánto me enseñó. Grabé en mi memoria cada detalle de su casual clase magistral. Lo mismo cuando llegaba con sus libros y papeles para comenzar La Calandria cada tarde y encender el fogón. “Algo va a salir”, señalaba, antes de completar con “dijo Percivale y le saltó una laucha del acordeón”.
No hubo tarde en la que no mencionara a todas las personas que integramos, de una u otra forma, el equipo del programa, dando muestras de su agradecimiento y generosidad. Qué tipo Don Mario. Ahora que lo recuerdo, cuando lo sorprendía reírse lo hacía como un niño. ¡Sí, Don Mario Alarcón Muñiz tenía la risa de un gurí!

En primera persona

Es curioso. Pese a que Don Mario tuvo una vida longeva, a los integrantes de su círculo más próximo le quedaron ganas de compartir momentos con él. Lo expresan de distinta forma, pero el deseo oculto es ese: pasar más tiempo con él. Era una persona de costumbres sencillas. Disfrutaba de hacer asados y de comerlos, de las sobremesas conversadas o de matear con amigos, simplemente.
Es más conocido que se dedicó al periodismo gráfico, a la conducción de festivales folklóricos y a hacer televisión y radio, oficio que privilegió por encima de los otros. Pero también fue maestro de ceremonia, funcionario provincial y municipal, legislador provincial, investigador, escritor, poeta y hasta comentarista deportivo en transmisiones radiofónicas. “Desde el punto de vista profesional nada le apasionaba tanto como la radio y eso que se distinguió en un montón de roles vinculados a la comunicación”, recordó Roberto Romani. “En realidad, le encantaba el contacto directo con la gente y la radio le permitía eso; además, disfrutaba de armar lo que salía al aire: seleccionar el material, los temas musicales, los entrevistados”, completó. Los caminos de ambos se cruzaron hacia finales de los años 70, en la recién fundada Radio Gualeguay. Ahí, Alarcón Muñiz lo entrevistó cuando Romani llegó a la emisora con una publicación del Instituto del Perpetuo Socorro, donde estudiaba. “Trabajé en sus programas, compartimos escenarios y actividades literarias, colaboré con alguna investigación suya como la que derivó en los libros Entrerrianías, de 2007, y siete años más tarde, Paraná, del río a la querencia”, repasó. “Pero su máximo placer era liberarse de las obligaciones que encaraba con absoluta responsabilidad y compartir con amigos veladas interminables donde contaba historias nuestras y anécdotas aleccionadoras, compartíamos lecturas y poetas queridos, producciones musicales; ahí aparecía el mejor Mario: era un docente nato y muy hábil narrador”, describió, al completar con que “era un gozante del pago chico, de la cultura regional”.
Para ser un cronista de los colores, los aromas, la sonoridad, las texturas y los sabores del tapiz de culturas que abriga la existencia en estas tierras, Mario Alarcón Muñiz, emprendió una aventura del saber, del sentir y del disfrutar. Vale la pena regresar a esas estaciones que recorrió. Revisitar los lugares donde fue feliz. A las teselas, los adhesivos y el soporte de esos testimonios los fue tomando de personas de todos los tiempos que fue conociendo gracias a la literatura, la historia, la política, la música popular de raíz folklórica, los relatos y leyendas populares, los conocimientos científicos y los saberes y creencias de la paisanada. Lo que producirá ahora, bajo los rigores formales de una entrevista, es la deconstrucción del mosaico identitario que lo iluminó desde dentro para que de sus reflexiones pueda emerger una noción del papel del periodismo en esta particular época.

–¿Cómo te hiciste lector?
–Mi padre nos compraba libros. También comentaba lecturas con nosotros. No había un régimen. Era algo natural. Era su manera de invitarnos a leer. Lo visitaban sus amigos escritores y nosotros estábamos metidos en el medio. Había más tiempo, tal vez. Y no había televisión ni internet, obviamente.
Mi padre era director del diario El Debate. Así que la visita a la redacción fue una escuela temprana para mí. Siendo un adolescente, fundamos con compañeros de colegio el periódico La Voz Juvenil, pero ya tenía la experiencia de haber hecho El Chismoso, con mi hermano.


–¿Qué era?
–Un periódico en el que contábamos las novedades de la familia. Estaba escrito a lápiz, pero respetábamos las columnas de los diarios. Habremos tenido 9 o 10 años. Ya vivíamos en Gualeguay. Luego de dirigir El Debate, mi padre fue el director de Pregón. Finalmente, ambas publicaciones se fusionaron.
De manera que siendo un gurí me empecé a involucrar con los aspectos técnicos del diario. Él trató de orientarme a la redacción, así que empecé con crónicas deportivas a los 12 años.
Cuando llegó el momento estudié periodismo en Buenos Aires. Allá tuve experiencias laborales también. Luego volví a Gualeguay. Me convertí en el director de El Debate Pregón. Más tarde, organicé periodística y artísticamente a la flamante LT 38 Radio Gualeguay, que salió al aire el 1 de septiembre de 1973. Fui director artístico y conducía el programa Espontánea.
Después, desde 1980, estuve a cargo del diario Concordia, en la ciudad homónima; desde 1982 del diario El Día, en Gualeguaychú; durante más de tres años hice el programa Con Fundamento, por Radio Nacional Gualeguaychú, hasta que me echaron por oponerme públicamente a los indultos del entonces presidente Carlos Menem. Gracias a él me instalé en Paraná. Empecé en la Agencia Periodística Federal. De todos modos, en la capital provincial ya había sido director de Canal 9, cuando era estatal.
Más tarde, en 1992, llegó La Calandria, por LT 14. Ahí estuve en dos etapas hasta 2013, en que pasé a Radio UNER. Con ese legado continúan Lautaro y Lisandro Alarcón y Soledad Castañares. La Calandria tuvo también su versión televisiva.

–¿Volvés sobre lo vivido o sos de los que van para adelante?
–Repaso con frecuencia el tiempo transcurrido. Con los años esa práctica se ha ido fortaleciendo. Pienso en los episodios que he vivido, sí. También en aquello que pude observar en el desempeño de este oficio que me atrapó cuando cursaba el quinto grado.


–¿Qué te llamaba la atención?
–La trastienda del periodismo. Preguntaba, leía cuanta publicación cayera ante mí y redactaba a mano en forma medianamente aceptable para un gurí de primaria. Tal vez por eso, a nadie del círculo familiar le pareció extraño que mi padre, Humberto Alarcón Muñiz, me sentara frente a una máquina de escribir en el diario que él dirigía. Me las tuve que arreglar tecleando únicamente con los dedos índices, casi como lo hice a lo largo de toda mi vida, pero en esa época con pasmosa lentitud.

–¿Qué era el periodismo por entonces?
–La actividad periodística se canalizaba a través de los medios gráficos. La radio apenas ofrecía boletines informativos, en el mejor de los casos cada una hora. También se emitían panoramas al comenzar, al promediar y al terminar la jornada. Y había programas de temáticas específicas, por lo general de carácter deportivo. El resto de la programación consistía en un continuado espectáculo al que accedíamos imaginándolo. La televisión aún no existía.

–¿Qué pasaría si, por un juego de la imaginación, los periodistas de mitad del siglo XX despertaran en nuestra época?
–Es graciosa la propuesta. Pienso en mi padre, pero también en Marcelino Román, en Pedro Ciapuscio, en Edmundo Valente, en Héctor Garibotti Arrighi y en tantos otros que me abrieron la huella. Bueno, en principio encontrarían que su máquina de escribir está en el depósito de los desperdicios; la linotipo es pieza de museo, el plomo no existe, las mesas de armado no se usan. Pienso que les parecía imposible redactar una nota en la computadora, no creerían que lo que se ve en una pantalla puede ser tomado por otra máquina similar, conectada en red, para ser diagramada. Otro tanto con los procesos de impresión. He caído en otro planeta, dirían.
Sin embargo, muchas cosas continúan invariables.

–¿Por ejemplo?
–La misión y el compromiso del periodista. Desde luego también su responsabilidad. De manera que a nuestros personajes del ayer tal vez les costaría familiarizarse con los avances técnicos, pero rápidamente se darían cuenta de que la tarea se ha simplificado y la recopilación de datos se volvió más sencilla y veloz.
Por otro lado, se sorprenderían probablemente del complejo entramado de intereses que ha envuelto a un vasto sector del periodismo actual.

Pertenencia

–¿Qué decís cuando te presentás?
–Que soy periodista, ni más ni menos. No pretendo otra cosa. Tengo dos libros (Entrerrianías y Paraná, del río a la querencia) pero no me siento por ello escritor, filósofo, historiador o antropólogo. El respeto reverencial que guardo por estas categorías intelectuales me exige establecer una prudente distancia de ellas y obrar desde donde estoy y como soy: un periodista que narra hechos e historias.
Me ha tocado ejercer el periodismo en la época más alucinante y contradictoria de la humanidad. A partir de los lenguajes escrito, sonoro y audiovisual ayudé a registrar, con pormenores cotidianos, la historia de un tiempo en la que el ser humano derrotó las pestes y a la vez masacró a sus semejantes, creó la penicilina y la bomba atómica, conoció a Juan XXIII y padeció a Hitler, llegó a la luna y lo asaltó el Sida; osciló entre el alborear de un mundo igualitario y el endurecimiento del más despiadado capitalismo; pudo volar, comunicarse con puntos lejanos, presenciar en el momento episodios ocurridos a miles de kilómetros, vivir con aire acondicionado, consultar en internet hasta el asunto más descabellado y encontrar respuesta, confiar en los trasplantes y la terapia intensiva, pero ha ido incapaz de erradicar la miseria, la especulación y el mercantilismo.

–¿Te preocupan los efectos palpables de la llamada globalización?
–Y a quién no. En la Argentina y en el mundo se consolida un mismo patrón: todo está orientado a fortalecer a los grandes y debilitar a los chicos. Esta realidad acorrala a los medios de limitada circulación o reducida cobertura.
La preocupación por el futuro del periodismo provinciano en nuestro país nos asalta frente a la dimensión de la crisis nacional. El generalizado deterioro que sufren las pequeñas y medianas empresas de cualquier rubro han llevado a que muchas de ellas hayan desaparecido o estén camino a desaparecer ¿Correrán igual suerte los diarios, las radios y los canales de televisión locales o regionales que no han caído aún en las grandes redes monopólicas y luchan por mantenerse al servicio de sus comunidades?

–Ese es el gran interrogante…
–Si tal cosa sucediera, desaparecería la comunicación directa dentro de cada zona. Y, sin esa comunicación directa, se evaporaría la relación vecinal a través del periodismo, la referencia a los episodios comarcanos, la exposición de problemas que hacen a la vida local, el reportaje al protagonista de un suceso lugareño, las inquietudes de nuestra gente, la noticia que se produjo a diez cuadras de distancia.
Si esa plaga se cerniera sobre nosotros, imperaría el silencio en el contorno inmediato y la verdad sería reemplazada por el chisme, el rumor o la versión antojadiza con escasas probabilidades de réplica. Esos contenidos de proximidad serían reemplazados por lejanas figuras de la industria del entretenimiento, la política y la economía que se quedan con nuestro tiempo y nos hipnotizan, mientras pasan cada vez más desapercibidos los pequeños o grandes protagonistas de pequeñas o grandes historias que suceden en cada comunidad y le interesan a la gente porque sencillamente tienen que ver con su entorno.

–En más de una ocasión, los desorientados son los medios y comunicadores comarcanos…
–Es cierto. En este mundo globalizado, el secreto de la supervivencia y hasta el progreso de los medios pequeños y medianos, se encuentra precisamente en su capacidad de reflejar la vida de la comarca.
En los grandes medios porteños encontraremos de todo, probablemente; menos una mención a la alcantarilla rota de la esquina, la actividad del intendente de la ciudad o sus aciertos y errores, la demorada obra de gas, el fallecimiento de un apreciado vecino, el recital del sábado o el gol del triunfo de un club de la liga. Si no equivoca el diagnóstico, el periodismo el país interior no sólo puede subsistir, sino también crecer.
Un periodismo vocero de su comunidad: ese es el camino. Un error suicida cometeríamos los periodistas provincianos si nos limitáramos a maldecir la oscuridad en lugar de encender una vela para que aparezca nuestra gente, nuestras cosas, nuestras culturas, nuestras identidades y las pequeñas historias de cada lugar.

Dilemas

–Es valorable escucharte decir que, no obstante, los tiempos han cambiado…
–Decirlo carece de originalidad. Pero es cierto.

–El periodismo también es otro.
–El deslumbrante progreso tecnológico de las últimas décadas lo ha modificado. La televisión, los enlaces satelitales, internet, la torrentosa aparición de frecuencias moduladas, páginas web, las redes sociales y la inteligencia artificial, entre otros portentos contemporáneos, marcan notorias diferencias con el periodismo que conocí en mis comienzos. He tenido la suerte de ser testigo de esa evolución, cuando no partícipe y a veces protagonista. Puedo contarla. Y desde adentro destriparla.

–¿Destriparla?
–Creo tener argumentos suficientes para demostrar que el avance tecnológico ha sido acompañado por un retroceso ético y cualitativo que desvaloriza la profesión. De hecho, en lugar de subordinar el progreso instrumental alcanzado por el periodismo al interés de la gente, se lo ha encadenado al interés de los consorcios económicos y del poder político. No ocurre sólo en nuestro país, pero eso no alcanza a ser consuelo.
Dentro de ese contexto, no es extraña la aparición del mercenario como nueva especie dentro el periodismo. Su proliferación se ha registrado en todos los niveles y se lo advierte tanto en los grandes medios como en la más modesta frecuencia modulada. Lucran a la sombra del poder que a su vez paga. En cambio, quienes todavía creemos en el periodismo independiente e intentamos ejercerlo, solemos tropezar con múltiples dificultades y observar que el horizonte se nos está achicando.
En este mundo que intentamos describir, la misión del periodista sigue siendo la misma. No ha variado desde el origen de este oficio, aunque hoy se presente condicionada y presionada por los intereses en juego.

–¿Sos de dar consejos, por ejemplo, a los nuevos periodistas o a los que sueñan con serlo?
–No soy quién. No obstante, siento que no se puede trabajar en un oficio como el del periodista si uno no se capacita previamente y luego de manera sostenida, a través de la lectura y la escucha a los mayores. También creo que es un trabajo de mucho compromiso con uno mismo y con la gente. Y no es bueno andar por la vida macaneando.

–No puedo creer que nunca hayan condicionado tu trabajo, aunque sea un poquito…
–Es verdad. Me hacés acordar del único reportaje condicionado que acepté. El 5 de junio de 1982 se inauguró el mausoleo de Carlos Mastronardi, en Gualeguay. Estábamos en medio de la Guerra de Malvinas. El caso es que me enteré que pensaba asistir Jorge Luis Borges. Así que a través de un docente que conocía hice el contacto. El escritor aceptó, siempre y cuando no le preguntara sobre el conflicto bélico. Y así fue nomás, pese a que tenía esa idea. Pero, qué iba a hacer: ¡era Borges! ¡No podía perdérmelo!

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