El cine elemento

23 abril 2026 8 minutos
Redacción

Una multiplicidad de factores se confabuló para que una buena obra cinematográfica como Tiempo perdido haya sido proyectada solo dos veces en espacios similares a una sala convencional, una de ellas en Paraná, desde su estreno en 2019. El derrotero del filme, sin quererlo, justifica la realización de una película de desventuras, y explica de algún modo el momento del cine nacional.

Cada tanto, la realidad argentina se empecina en mostrar aquello que no puede ser. Nos hace dudar sobre los límites de lo inverosímil. Es difícil establecer cuando está por arribar el golpe, hasta que la paliza sucede y es un vendaval, casi una condena, que hace olvidar por un rato todo lo que se quiere a este país, a su cultura y a su gente. En su poema Mujeres, Juan Gelman pareciera asignarle un sentido femenino a lo que habitualmente llamamos patria e intenta semblantear en versos ciertos repentinos cambios de humor. “Esa mujer era la banda municipal de mi pueblo/ tocaba dulces valses hasta que el trombón empezaba a desafinar/ y los demás desafinaban con él”. El arte refleja la vida: de un momento para otro, por aquí, las tiernas fantasías pueden desplomarse.
La cita del poeta es perfectamente aplicable al sueño de escribir un guion de cine con altas calificaciones; de tocar decenas de puertas hasta lograr cierto financiamiento que se completará con el aporte de ahorros y créditos personales del grupo de realizadores; de filmar con la velocidad del relámpago y de postproducir con dedicación artesanal; de comprobar que la historia tiene los méritos suficientes como para ser exhibida en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en 2019; de iniciar gestiones cuesta arriba para que se estrene en cines y que, luego, inmediatamente después, caiga sobre el mundo la plaga de la pandemia, con su catecismo de abolición de la convivencia en espacios públicos cerrados y el confinamiento domiciliario.
Cuando el grupo de creativos que orbita en torno al Colectivo Rutemberg, comprobó que la cuarentena obligatoria había llegado para quedarse un buen rato, se desapegó de la idea de mostrar la película en salas convencionales y optó por ceder Tiempo perdido a la plataforma Cine.ar. No es lo que un cinéfilo hubiera deseado: se aceptó lo que se dio. No hay encanto más poderoso que la sala a oscuras, los espectadores en comunidad y a la vez cada individualidad en su mundo de emociones y experiencias, con las escenas paseanderas saltando sobre la pantalla gigante.


El nuevo escenario llegó con sorpresas gratas: durante los seis primeros meses, Tiempo perdido fue el filme más visto: le dieron play más de 10.000 usuarios. De hecho, ahí sigue, a la espera de espectadores.
Cuando la experiencia cinematográfica se apagaba lentamente como un foquito de feria y los “socios” terminaban de pagar las deudas contraídas, en Paraná, capital de Entre Ríos, el Cine Club Musidora incluyó la película dentro de un ciclo estival. Seis años y medio después de que se viera en el Festival de Mar del Plata, Tiempo perdido se proyectó en una sala especial, bajo un cielo estrellado, en el patio de la Asociación Civil Barriletes.
Fue una fiesta sin estruendo ni suntuosidad, muy medida, adecuada a una especie de resurrección fílmica, un modesto alegato de resistencia política, no sólo audiovisual. Para los intercambios con el público al final de los créditos se convocó a Carlos Pagés, integrante del Colectivo Rutemberg, además de responsable, junto a Pablo Russo, del Cine Club.
Antes, una platea de exigente paladar había recreado un silencio entrañable para seguir las alternativas del filme. Tal como se les anticipó pudieron ver en acción narrativa una especie de sistema fluvial que, con sus riachos, islas, lagunas, barrancas y arroyos, fue presentando personajes y situaciones, que debían confluir en un delta dramático: la reunión de maestro y discípulo en otro tiempo y otro espacio. Esas voces que, teatralmente, estaban representadas por personas de distinta generación, bien podrían ser el eco de una conversación interior, de esas que nos puede sorprender en el momento menos pensado.
Curiosidades de los mundos evanescentes del cine, cada espectador se sentó ante sí mismo en aquella mesa imaginaria para defenderse y reprocharse, para comprenderse y fijar límites, para exigirse más respuestas o negarse a alimentar el lobo que aúlla adentro.

Al rescate

En la página 13 de la edición del martes 15 de diciembre de 2020, El Diario publicó un comentario sobre Tiempo perdido, titulado Una acuarela exquisita sobre los maestros, el trabajo y la vida. Por entonces, la película era furor en Cine.ar y al periodista que la firma le debe haber parecido una ocasión propicia para dejar sentada su visión de la obra.
La transcripción de aquella crítica cinematográfica que a continuación se emprende procura salvar del olvido la referencia, toda vez que, por los caprichos de la galaxia digital, el archivo ya no está disponible. Luego de recorrer un caminito de indagaciones infructuosas, la versión papel se encontró en el Archivo General de la Provincia, Alameda de la Federación 222.
La pieza tiene un acápite. El vínculo siempre en tensión entre maestros y aprendices y el lugar del desarrollo profesional en los proyectos de vida son asuntos de los que bebe la película argentina Tiempo perdido. Se trata de una realización audiovisual sobria, cuyos directores hacen gala de un destacable oficio por contar con profundidad.
Luego, el cuerpo de la nota. Un guion urdido con sutileza y una realización modesta, pero de notable prolijidad, atenta a los detalles, dio por resultado una elogiable experiencia fílmica que, bajo el título Tiempo perdido, puede disfrutarse en la plataforma de Cine.ar.


Ambientada en la actualidad, se trata de la historia de un maestro y un discípulo que dejan de verse durante muchos años. El reencuentro produce ansiedades y apenas se escenifica algunas desilusiones, como en todo acto pedagógico y humano. Y cuando parece que los términos de la relación se contrarrestan y hasta se repelen, la condición docente, que va más allá de la mera comunicación de saberes, regresa para producir un último gesto de sapiencia, esos que iluminan sin querer, sin pompa también, en aparentemente destiempo.
En el medio, el lugar del trabajo y los proyectos profesionales en la vida y la relevancia de las emociones son cintillos de plata que hacen relucir los intercambios. Se trata, sin dudas, de dos temas universales y en cierto modo atemporales; pero, además, son asuntos que lucen de otro modo para quienes no han sobrevivido la pandemia en vano. Sin dudas, asomarnos al material audiovisual es una excusa sumamente agradable para pensar en lo que (nos) viene sucediendo.
El filme, de 71 minutos de duración, fue dirigido por Francisco Novick y Natalio Pagés, está protagonizado por Martín Slipak, junto a César Brie y María Canale, fue producido por el Colectivo Rutemberg y tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2019, en la Sección Panorama Argentino.

A trasluz

La historia del filme está contada de manera cronológica, en tiempo presente, con una serie de flashbacks que el espectador agradece porque enriquecen la perspectiva sobre los personajes.
La organización del material es uno de sus puntos fuertes. Estructuralmente, el relato tiene dos partes fácilmente reconocibles. En la primera, se presenta a un joven investigador radicado en el exterior que regresa a la Ciudad de Buenos Aires para brindar una conferencia sobre su objeto de estudio: la literatura noruega. La información que se comparte sobre esos espacios académicos, su apariencia de aséptica equidistancia, la manera desapegada con que cada cual coloca un ladrillo tras otro sin que transforme absolutamente nada salvo el currículum, la reverencia hacia un docente que lo confirmó en sus decisiones, la aparición de un amor pendiente y la cerebral determinación del protagonista de no abrirse del camino trazado, está desarrollada de manera cuidada, sin apuros, a tono con el ritmo del mundo interior en el que estas situaciones impactan.
Pero toda esa zona del relato está dispuesta para que se saque mejor provecho del corazón de la película: un extenso diálogo, de contenido medular y sin embargo adaptado adecuadamente a la oralidad, del maestro y su discípulo, en torno a una mesa sencilla, en un bar de tantos, sobre el campo científico, sus responsabilidades sobre los males concretos del mundo y las intolerables injusticias de la hora; sobre la cultura libresca y los desafíos de una sabiduría más cotidiana, de a pie; sobre si no es pura alienación eso que empuja a reconducir toda energía vital a la concreción de proyectos individuales en esa carrera despiadada cuyo premio consuelo suele llamarse éxito o reconocimiento social.


Trabajo en equipo

Altas dosis de reflexión y esfuerzo narrativo parecen concentrarse en esta larga escena con vistas a aligerar su tratamiento sin que por eso el diálogo quede reducido a la anécdota o la superficialidad. En este sentido, Slipak hace los deberes con notas distinguidas, pero Brie le aporta un oficio y un aplomo dignos de elogio: su trabajo ofrece un plus, que abraza y redime la participación de su compañero de escena.
Si emocionalmente pareciera que quien fuera el alumno, desde un estadio de excelencia académica de nivel internacional, trata de empujar para que aquel docente de la secundaria retome el camino de la investigación, el veterano escucha y pondera, pero se resiste a dar el paso porque sus prioridades son otras. No negocia él. Y tampoco su interlocutor.
Las posturas que se expresan durante la charla -que va creciendo en tensión- podrían reducirse al dilema irreconciliable de las razones del corazón y la locura de lo presuntamente razonable. Y cuando parece que actitudinalmente le gana la pulseada al abatido que no cede, el final reserva una sorpresa que reivindica la capacidad aleccionadora de la experiencia contra toda evidencia elemental. Este gesto del discurso desplegado es sencillamente magistral.
Es cierto que, en Tiempo perdido, la estructura y la estrategia son más bien sencillas, pero debe repararse en el mérito que implica tomar determinaciones que no afecten la fluidez narrativa, conspiren contra la poética o contaminen la política de recepción. Es un logro más para estos realizadores argentinos que se están abriendo paso en el campo audiovisual: hacer un cine actual, ni panfletario ni edulcorado, que nos deje pensando.
Viendo de reojo el curso general de las cosas en esa burbuja peculiar donde habitan las realizaciones audiovisuales, debe decirse que se ha ido instalando una forma de apuesta (al estilo de la lotería o cualquier otro juego de azar) por la que se proponen narrativas que ceden profundidad y localía tras la fantasía de ser convocados a filmar desde grandes cadenas mundiales.
En este sentido, al degustar Tiempo perdido, no puede menos que repararse en el noruego Henri Hibsen, citado en el filme: “Es un alivio saber que, a pesar de todo, un acto deliberado de coraje todavía es posible en este mundo”.

De puño y letra

Una de las conclusiones que se extraen al ver Tiempo perdido está referida a la competencia lectora de los guionistas y cierta habilidad para plasmar una escritura ligera que aborde cuestiones de densidad emocional y filosófica.
A lo largo de la ópera prima de Francisco Novick y Natalio Pagés, los personajes afrontan el desafío de la expresión desde frases que quedan grabadas en la memoria del espectador.
“Quiero que comprendan el valor de la palabra y el sentido de una nota musical”.
“Vos podés crear soluciones intelectuales a grandes problemas y seguir siendo un desgraciado. Podés desarrollar una teoría general sobre el deseo y no resolver tus problemas afectivos. La relación entre el mundo y las ideas no es tan lineal”.
“El plan de los románticos es desactivar las formalidades de la civilización por la expresión de los valores íntimos”.
“Muchos autores muy importantes pasaron por momentos muy difíciles”
“Están atados a una rutina durísima para un argentino, para lo que estamos acostumbrados nosotros”.
“No tengo demasiado tiempo para extrañar, la verdad. Trabajo mucho, estoy escribiendo”.
“No me acuerdo. Era una película malísima, igual. Viste que hay gente que se emociona con cualquier cosa”.
“No sé por qué nunca se me dieron bien fácil estas cosas. Cuando alguien me gusta me cuesta hablarle y cuando lo hago no soy optimista”.

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