Fellini, de Paraná

18 junio 2026 12 minutos
Redacción

Promovido por la Compañía Teastral, los payasos de la provincia intentan crear un espacio de convivencia creativa que supere las barreras que impone la distancia. A hacer reír se enseña y se aprende. Proyecciones cinematográficas, espacios de intercambio e instancias de capacitación forman parte de una propuesta a la que se intenta dar continuidad.

Las nochecitas de Paraná suelen reservar gratas sorpresas.
Un jueves cualquiera, con la excusa de ver algo de cine, puede que se arribe a un sitio en el que un payaso haga de boletero; que el artista haga llover papelitos cada vez que corta una entrada; que el ticket sea en realidad un número para participar del sorteo de un afiche del filme a proyectar; que la platea guarde las apariencias de un bar; que en el momento indicado el vendedor de entradas presente el filme y aproveche para transmitir ante un muy buen número de concurrentes que payaso se puede nacer pero sobre todo es un oficio que se moldea, porque de algún lado ha sacado esa información sobre el arte de hacer reír.
Delante de la pantalla que proyecta un loop de fotos, el payaso simulará ayudarse con unos apuntes, probablemente reales, posiblemente imaginarios. Por primera vez alguno de los presentes se preguntará cuánto de natural y cuánto de ensayado hay en esa presentación. Pero no encontrará respuesta oficial.
El evento seguirá su curso. Ciertas partes del monólogo, que mantiene en secreto aspiraciones docentes, surtirán impacto en los asistentes, que irán subiendo una pendiente de carcajadas aprobatorias. Ante cada lluvia de aplausos, el boletero/payaso/disertante/comentarista lanzará al aire su sombrero para que haga una cabriola y se acomode sobre su cabeza. Reirá de cara a la platea. El gesto se repetirá: el público aplaudirá y el bombín hará su acrobacia, siempre la misma.
Luego, sus cómplices de Relámpago Verde darán play a la obra fílmica. El payaso de carne y hueso se hará a un costado para que aparezcan otros, filmados. En el desarrollo de I clowns, las fronteras entre géneros dejarán caer sus recíprocas desconfianzas para crear nuevas sensaciones expresivas, en equipo: los espectadores serán testigos de cómo lo documental parece ficción y hasta qué punto lo libreteado puede parecer improvisado.
Para que la velada sea cordialmente extravagante a la hora en que los créditos de la película trepen la pantalla hará su arribo una torta de cumpleaños, cuyas porciones se distribuirán de la manera sencilla con que cada cual lo hace en su propia casa. Es que la Compañía Teastral está cumpliendo veinte años y el ciclo de cine es una de las formas de festejo imaginadas.

Plan

Es difícil de explicar qué hizo encender la mecha aquella noche. De pronto las individualidades estaban siendo arrastradas por una corriente hilarante, sin rumbo fijo. A la buena de Dios.
La risa con la que el payaso boletero recibió a los presentes fue tejiendo una telaraña de complots que unieron las patas de las mesas a un mismo destino presente. Crecieron hasta el mantel. Desde allí, silenciaron los celulares y encendieron imaginarias lucecitas tenues como las que hay en las kermeses. Esa llamita de fósforo fue calentando el ambiente. El salón se transformó en una enorme burbuja de jolgorio: fue mágico sentir que ese caudal de repentina alegría guardaba intacta la capacidad de contagio. Era como si la risa igualara.
Lo que estaba a la vista era una esperanza sin fundamento científico. Una porfía maravillosa. El público pudo corroborar que no estaba soñando o lo estaba haciendo con los ojos abiertos. I clowns es un delirio dentro de otro. Se intuía lo que iba a ocurrir cada vez que ese mecanismo de reloj actoral se activara y sin embargo la risotada explotaba con el remate de la acción. La experiencia era fantástica e ilusoria. La pantalla había absorbido la tridimensión del bar.
Lo que estaba aconteciendo podía ser el guion de una escena que llevara la firma del director de La dolce vita. Ver para creer. La cámara llega en travelling, desde una nostálgica Uruguay que murmura penumbras de barrio. Esa nocturna serenidad cobija a diestra y siniestra a quienes tras las rejas y pórticos cenan, aman, discuten, trabajan, revisan el whatsapp. En una pompa esplendente sobre la amplia vereda, parroquianos de mediana edad hacen planes, ausentes de hijos; mientras, otros, más allá, proyectan la preocupación por el vínculo compartido en los desafíos existenciales de su descendencia. Por lo que dura un suspiro, esas mesas son parte de una bocanada sin tiempo, que sucede en cualquier lugar y en ninguno. Es el 133 de una calle extraviada que se sueña Cura Álvarez sin serlo.
La cámara inquieta recorre los rincones. Se detiene brevemente en las conversaciones, en los gestos. No espera el punto y aparte en los parlamentos. Sigue. Se genera un frenesí cinéfilo, parecido a aquel con el que alucinan los gurises cuando se hamacan en la plaza.
De pronto, el convoy sensorial ingresa a un estuario, más allá de la línea de edificación. Los asiduos concurrentes llaman a ese páramo: Ferrero Cantina Cultural. En esa galaxia singular, un payaso corta la entrada. El espacio es levemente rectangular, más profundo que ancho. En las paredes, una galería de fotos recuerda que hubo un pasado del que sentirse orgulloso.


La cámara viaja plácida. Abre caminos sinuosos. Une islas.
Entre ventiladores de techo que hibernan, hay un proyector acechante. Anuncia que está disponible. Se va a compartir una película de Federico Fellini, filmada hace más de medio siglo, que sirve para hacer una retrospectiva del humor payaso. Es a la vez una visita hacia un modo de hacer cine que ya no existe y que sin embargo manifiesta su vigencia. Con esta función La liga de payasos se presenta en sociedad.
Desde los zócalos de la intuición, una anónima sospecha se agazapa. Bajo esa media luz, es difícil precisar quién es mero público y quiénes payasos sin maquillaje ni nariz roja; infiltrados que, aliados al payaso de la entrada, llevan adelante un experimento social para ver qué potencialidad mantiene la risa en medio de una civilización que se desmorona. ¿Y si La liga de payasos no es más que una conspiración contra aquello que provoca malhumor o almidonada seriedad?
El dilema es inquietante. Se advierte la tensión en el ambiente. Una joven come pizza y lidia con el queso. Su compañero bebe, probablemente vino. Deja el vaso medio lleno. Hipotéticamente, cualquiera podría sospechar que su vecino es parte de esa pequeña alianza, una puesta en escena pensada para incentivar las risotadas y derribar la escenografía que desanima el espíritu de los formales.
Cómo detectar lo espontáneo de aquello que es representado con espontaneidad es un interrogante aplicable a la performance en la que Manso (Tete Caridad) presenta el ciclo de cine y la película a proyectar; y también a la estrategia narrativa desplegada por Fellini en I clowns, en la que ficción y no ficción lejos de mirarse de reojo y sospecharse se toman de la mano para comunicar sin miedo a ser catalogados que hay maneras de contar, hacer reír, pensar y emocionar al mismo tiempo.

Ríe/sueña

Vaya a saber a quién de la televisión pública italiana se le ocurrió que sería buena idea encomendarle a Federico Fellini la realización de un material audiovisual que ponga en valor a los payasos y su habilidad humorística, fuerte atractivo del espectáculo circense entre finales de los 60s y principios de la década siguiente.
El filme se estrenó el día después de Navidad de 1970. Para hacerlo, el equipo de trabajo con Fellini a la cabeza salió de gira en busca de los secretos de esos artistas de pista, vestidos de manera exagerada, maquillados de forma grandilocuente, artífices de rutinas que volvían productivos los tiempos muertos de la función cirquera. Curiosamente, aquello que originalmente era una especie de relleno teatral, solía quedarse con lo mejor de los recuerdos de chicos y grandes. La dulce venganza del partenaire.
No hace falta ser un experto para entender que la risa es una llave poderosa que transforma la salud física y mental, mejora el ánimo, alivia tensiones, fortalece vínculos, hace bajar la guardia y sin embargo nos defiende. También puede ser una forma de resistencia política y social. Bien hecho, desarma al poder, lo ridiculiza, ayuda a que se le pierda miedo. Espanta al terror.
En I clowns, Fellini no produce una reflexión sesuda sobre la risa, aunque el nervio del análisis no esté ausente. Se enfoca en el papel social de un recurso que, en ese momento, está indisolublemente unido a la carpa de circo, a la existencia itinerante, desarraigada, sujeta a inseguridades, a los que abrazan el arte como principal ocupación, a quienes se nutren con el éxtasis levemente narcótico del vínculo con el público.
Si la risa es parte de una actitud desafiante, la vida al estilo circense cuestiona el catecismo de una sociedad aferrada a lo material, que trabaja para construir cárceles de apariencia a medida y luego hace horas extras para intentar liberarse de ellas.
En el filme, Fellini no se limita a reflejar esa forma de suceder: lo festeja. Hay una celebración de la perspectiva existencial. Monta una fiesta que se burla de la supuesta sensatez de la cultura conservadora.
Así, un trabajo originalmente pensado para reflejar un acontecer, una forma de hacer, un oficio, un muestrario de payasos notables y su dominio escénico, se convierte en un programa político que propone lisa y llanamente la reconversión de una solemnidad hipócrita.
A lo largo de la película, la actividad del payaso es parte de una práctica social. La proyección tuvo algo de eso también. De hecho, I clowns está disponible en internet para ser consumido al modo en que se ha vuelto tradicional: el gag era verlo en colectividad.
La docuficción de Fellini parece un adecuado prólogo para un ciclo que había previsto además la proyección de Luces de la ciudad, de Chaplin (1931); Mi Tío, de Jacques Tatí (1958); y La Fée, de Bruno Romy, Dominique Abel y Fiona Gordon (2011).

Razones

Mientras se cambiaba el traje oscuro, Manso cuidó que no se arruinara el ramillete rococó que llevaba en el ojal. La función de cine ya era historia. Lo sucedido es un periplo de sensaciones que se resiste a ser olvidado. Veinte años en un segundo. Y viceversa.
Lentamente, se fue quitando el maquillaje que le exageraba las cejas y fue haciéndole un lugar a Ezequiel Caridad. Como sucede con tantos en la ciudad, es un trabajador de la cultura multifunción y multioficio. Liberado de los zapatones, tomó su lugar en la ceremonia del preguntar y el responder.


–¿Para qué se formó la Liga de payasos?
–Es un proyecto que nace desde la Compañía Teastral. Se formó por la necesidad de generar un espacio que reúna o nuclee a los payasos y las payasas de toda la región, como una federalización del territorio payaso.
Hace 10 años, cuando comencé a dar formación payasa acá en Paraná, la intención -o la excusa- fue en todo momento que la ciudad se llene de payasos, y creo que un poco lo logramos: generamos y produjimos más de 10 espectáculos payasos -hoy también desde la Escuela de Clown que conformamos con la Compañía Teastral; realizamos intervenciones payasas; contagiamos el interés (amor) por los payasos y las payasas, no sólo en quienes estaban interesados por tomar la formación, sino también en la comunidad en general, en el imaginario de todos y todas.
Hoy la intención es ampliar esas fronteras a toda la provincia de Entre Ríos y más allá también.
Como reza en las descripciones, nos inspiramos en la mística de los Pueblos Libres, brotamos desde el barro y los ríos de Entre Ríos, con la necesidad de agruparnos, generar lazos, idas y vueltas, colaboraciones entre payasos y payasas de la región.

–¿Qué sería, en los hechos?
–La Liga de Payasos tiene dos ejes fundamentales. Por un lado y principal, la parte comunitaria, que pretende llevar la risa a esos lugares vulnerables de la ciudad donde no llega el arte, el teatro, el circo, la música, la risa; defender la alegría por sobre todas las cosas. Esos lugares donde la olla resiste y la red sostiene a las infancias; donde los vecinos se organizan para brindar una copa de leche, brindar un sostén emocional y educativo a esas poblaciones. Ahí es donde pretendemos llegar con este proyecto, llevar el juego como alimento para el alma y transformar la vulnerabilidad en resiliencia colectiva.
Y, por otro lado, un espacio de formación y divulgación del arte del payaso, que a su vez se divide en tres ejes: el cine payaso, para difundir, debatir y estudiar al payaso desde otra óptica, la de la pantalla grande. Ver a los grandes maestros y maestras de la historia como Chaplin, Jacques Tatí, Buster Keaton, los Hermanos Marx; y más contemporáneos como Abel y Fiona, por nombrar algunos. Por otro lado, un espacio de formación: la Escuela de Clown creada por la Compañía Teastral y seminarios específicos con maestros y maestras de otras provincias para quienes se interesan por el descubrimiento y entrenamiento del ser payaso, payasa.
Y, por último, un festival -Primavera payasa- con espectáculos locales y de la región, que también funcionará como divulgación de este arte y del estudio de las formas, cómo se hace payaso o payasa en otras provincias.

–¿De qué manera se integra el ciclo de cine al programa de actividades de la Liga?
–El Cine Payaso es una actividad que venimos realizando desde años anteriores en el marco del Festival de Clown del Litoral “Le Mat”, también desde la Compañía Teastral, en los años 2023, 2024 y 2025. Ahí surgen las ganas y la necesidad de no sólo mostrar espectáculos teatrales de clown; sino también la de sumar a las propuestas el Cine Payaso. Es por eso que convocamos a los compañeros de Relámpago Verde, y comenzamos a generar este lazo, esta sociedad de colaboración entre estas dos partes.
Integrar el conocimiento y experiencia que tienen los chicos de Relámpago Verde en el cine en general a nuestro hacer sobre la figura del payaso.
Lo que estamos proponiendo ahora, desde La Liga de Payasos, es generar un ciclo más largo que nos permite ahondar en este género, por decirlo de alguna forma, el Cine Payaso. Un espacio para investigar, observar, debatir en torno al payaso; que nos permita profundizar en el estudio.
Porque consideramos que a lo largo de la historia han existido, y existen grandes payasos que marcaron y marcan una forma de hacer humor, comedia.
Estudiar a los payasos del cine nos permite analizar la evolución del humor, la técnica actoral y el impacto social de la comedia física, además de entender cómo los distintos arquetipos han pasado por la comedia pura y la crítica social. Por ejemplo: ver figuras como Chaplin o los Hermanos Marx que demostraron que el clown cinematográfico es capaz de cuestionar el orden social y político.
Pero a su vez, también, proyectar películas que sean del interés común para el público en general.
En esta primera experiencia, la idea fue proyectar cuatro películas pensando en cuatro ejes que nos permitan orientar la mirada del payaso, técnicas y formas de actuación; y a su vez de dónde venimos, cómo nace la figura del payaso.

–Algo mencionaste. No obstante, ¿qué participación tiene Relámpago verde en el ciclo?
–Relámpago Verde tiene una participación muy importante en este ciclo; porque nosotros nos acoplamos a ellos.
Es decir que nosotros, con el Ciclo de Cine Payaso, desde La Liga de Payasos y la Compañía Teastral nos anexamos al ciclo anual que ellos realizan desde hace varios años; utilizamos su infraestructura y recursos. Es más, decidimos que el ciclo payaso se realice en la Cantina de Ferrero justamente para no perder la identidad del cine Relámpago.
La Cantina de Ferrero es el espacio que ellos vienen ocupando desde hace varios años, y nos pareció adecuado conservarlo. En todo este tiempo ellos han generado un público que los sigue y no queríamos perder eso; sino arrancar de ahí para sumar nuevos públicos que llegan desde el lado de la Compañía Teastral.
La selección de las películas para este ciclo fue una decisión en conjunto, entre la Compañía Teastral y Relámpago Verde. Nosotros les propusimos una lista de películas que consideramos que están relacionadas con el arte payaso y que tienen distintas temáticas a tener en cuenta a la hora de dirigir la mirada en relación a los payasos: las jerarquías, críticas sociales y políticas, melodrama, comedia física, etc.

–¿Qué objetivos se fijaron con el ciclo de cine?
–El ciclo de cine está dirigido a público en general. Pero a su vez, nos interesa llegar a todos quienes se interesan por el arte del payaso, su investigación y estudio.
Como objetivos tiene la de formar un espacio de estudio, investigación y debate en torno a la figura del payaso y la payasa. Cómo estos personajes tan característicos han influido e influyen en nuestra cotidianidad.
Observar a los grandes payasos y payasas de la historia: cómo trabajaban, cómo realizaban sus rutinas, el manejo del tempo, entre tantas otras cosas. Pero a su vez, que también funcione como un espacio de divulgación del arte payaso; que el payaso no es un mero entretenedor, animador; sino que está cargado de crítica social y política, pero desde el humor, la risa, el juego; porque la risa es un acto revolucionario.


–¿Cómo se articula este proyecto de La liga con las otras actividades de la Compañía Teastral?
–Todos los proyectos que surgen desde la Compañía Teastral están articulados entre sí. Este se suma al resto de las actividades que realizamos desde la grupalidad en relación a los payasos: la Escuela de Clown, Festival Le Mat y Ría Paraná; además de los espectáculos que interpretamos como payasos y en los que participamos como directores.
Por otro lado, desde la Compañía Teastral siempre perseguimos en nuestro hacer un lado comunitario, social y popular; llevando el teatro a todos lados. Y la esencia de La Liga nace desde ahí, de llegar con el arte payaso, con el teatro a esos lugares donde no sucede tanto.
La noche templada es ahora pura quietud. Unas torres iluminan en vano la huella de insomnes que faltaron a la cita. Las casas, los árboles que empiezan a mudar de piel, los autos solitarios al lado del cordón han entrado en una especie de letargo. A esa hora, la noche, la madrugada, el amanecer son nociones sin fronteras precisas.
La brasa de la conversación ya no crepita. Un silencio amenaza con absorber la escena. El grabador entró en pausa. La fresca ha mandado a dormir al bicherío, que no chista como hace unas semanas. Caridad levanta el vaso y brinda. En el interior de la cantina, se barren los últimos papelitos con que se festejó el arribo de espectadores. La torta, la película, las risas, la nariz de payaso y los sueños se diluyen en una nostalgia que impulsa. Suena una música irreal, tristealegre. La cámara imaginaria se va alejando hasta ahogarse en un fundido a negro. Fellinesco.

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