Las lentejuelas, los redoblantes, las plumas, los canutillos, los silbatos y los estandartes que le dieron brillo a los carnavales de calle Maciá duermen una breve siesta que les permitirá luego, recuperadas las fuerzas, soñar con la edición 2026. Entre la despedida de febrero y la bienvenida de marzo, se sucedieron cinco jornadas a las que asistieron un total de 40 mil personas. Se trata de una confluencia de comparsas y batucadas que, según el caso, conservan las tradiciones o apuestan a la innovación. El colorido, la gracia y la energía bailable de la puesta en escena esconden una previa de muchos meses de trabajo asociativo. La participación de las infancias y la presencia de una feria de emprendedores le agregó otro atractivo a la propuesta que, en sí misma, reivindica el derecho al juego y a la libre expresión en un entorno familiar. El movimiento económico generado superó los 210 millones de pesos, pero la ganancia real estuvo en las millones de sonrisas provocadas y en las anécdotas que se repetirán una y otra vez, hasta que sea el momento de volver a la pista.












