Con la naturalidad con que planta un árbol o defiende un curso de agua, Tirso Fiorotto enciende una vela en la noche estrellada de luciérnagas para poder seguir el caminito ancestral que nos conecta con nociones más humanas de convivencia. En ese sentido, propone un periodismo que vaya al encuentro de la gente que da la mano y cuestione las verdades impostadas de los despachos oficiales.
El run run de una ciudad alborotada hizo de copiloto. Con sus tecnologías lo guió por el interior de una víbora asfáltica que los lugareños llaman Avenida Almafuerte. El domingo era desapacible. Paraná respiraba plácida, levemente desconfiaba. Era un perro entredormido. La garúa intermitente dibujaba gotitas en el pelaje urbano. La radio matizaba los tonos grisáceos con melodías de otro tiempo.
El vehículo se dejó engullir por un videojuego inerte, desprovisto de acción, de comercios cerrados o a punto de abrir, remolones. El pavimento lo llevó de recorrida por esófagos, estómagos e intestinos viales, divididos por un cantero central en el que solo crecen unas matas bajitas.
Dobló a la izquierda unos metros más allá del semáforo crucial, justo donde el norte y el sur se asemejan aunque se llamen distinto. En la pantalla del celular una esfera azul iba al encuentro de una invertida lágrima roja, en la misma medida en que los sistemas de amortiguación del automóvil se quejaban por la inclemencia de una economía que postergaba las tareas mínimas de mantenimiento.
En la puerta de casa estaba el entrevistado. Recién cuando el chistido de la alarma rompió el envoltorio de la burbuja, el conductor se percató de la sonoridad reinante. Dominaba la escena un silencio espeso.
Los periodistas se abrazaron en la vereda, se observaron desde relativa distancia, relincharon mutuas ponderaciones exageradas y calcularon los años en que no se veían. Uno portaba el interés de hablar de formatos, rutinas productivas y fuentes; el otro, de cosmogonías atávicas que desafían las lógicas del conflicto del que se alimenta el morbo de la cultura reinante.
Estaban por protagonizar una partida de ajedrez y no lo sabían. Los diccionarios de cada cual iban a ser los espadachines. A la espera del momento adecuado, el dueño de casa informó que se mudaron allí en ocasión de la pandemia, luego de una larga residencia en la recoleta calle Malvinas.
Un coro de pájaros llegó dispuesto a afinar en un punto indeterminado del entorno. El visitante se sintió ante una sinfonía de bolsillo. El anfitrión identificó los grupos de instrumentos y se desgranó en detalles que daban cuenta de su afinidad por la ornitología.

Músculos activos
No es obligación saber que escenificar esa ficción de diálogo en la que uno pregunta y el otro contesta, reclama de una alquímica complicidad entre los protagonistas del ritual. Hay que edificar ese puente de confianza. El material a utilizar tiene la frágil fortaleza de una seda de araña. Cualquier esfuerzo es válido: después de todo, no hay nada más traumático que ver cómo se desploma un momento sustantivo ante el peso de un malentendido o la sospecha de incomprensión.
El recién llegado buscó romper con una consulta menor la tensión de la incertidumbre. “En mi casa paterna me dicen Daniel”, confió Fiorotto. “En la facultad éramos un dúo con Daniel Enz, entonces mis compañeros usaron más el Tirso, pero ya en Larroque algún profesor me decía Tirso, porque es raro”, rememoró. Navegar por esas aguas lo hizo reír. “Eso se ha convertido en Tayson, Tilson, Tirsón, a muchos les cuesta decir Tirso”. No dejó que la anécdota terminara allí. “Hoy soy el Cheche”, dijo, llenándose la boca con el sonido de la ch. “El cheche es el abuelo materno, en el mapudungun, el idioma de los mapuches; así empezó a llamarme mi nietito mayor, Lorenzo, que tiene 9 añitos ya, y todos siguieron con ese apodo”.
Pese al esfuerzo interior, el entrevistador no logró precisar cómo conoció a Fiorotto, en qué circunstancia. Alcanzó a forjar dentro de sí la convicción de que era una persona incisiva, un intelectual incómodo, con posiciones difíciles de adocenar. Un tipo serio, pero alegre, vivaz. Adecuado moderador.
Tenía la curiosa habilidad de aparecer, llamar la atención y luego esfumarse. Era como un explorador que, entre una expedición y otra aparecía con noticias de antiguos linajes, pero a la vez podía desenvolverse como un periodista más, en el sentido clásico de la expresión. Siempre inquieto.
Un día, dos décadas atrás, se asomó a la consideración general como parte del Centro de Estudios Junta Abya Yala por los Pueblos Libres. Junto a él, intelectuales, historiadores, militantes del campo popular y docentes de la región y la provincia como Juan Vilar, Pedro Aguer, Quequecha Brasseur, Américo Schvartzman, Mario Alarcón Muñiz, Alberto Dorati, Julio Majul, Fortunato Calderón y César Baudino. Ahí siguen muchos de ellos, echándole leña de espinillo a un espacio aromático de investigación y debate, dedicado al rescate de las sabidurías originarias y a la profundización de la historia americana y federal.
Así, en momentos en que los activistas de la subcultura digital convencían al colectivo de comunicadores sociales que lo mejor era tomar el atajo de la vanidad individualista para supervivir al tsunami de la sobreexposición, Fiorotto parecía tomar envión con una experiencia típica de épocas pretéritas. Lo hacía como periodista a secas, sin abrevar en el menú edulcorado de los sinónimos de moda.
Las circunstancias hicieron que los caminos se cruzaran. Trazaron isobaras e isoyetas, proyectaron coordenadas temporales y ahí están uno ante el otro, en un habitáculo vidriado que trae reportes de un exterior desapacible. Fiorotto preparó mates. Descargó productos de panificación en una vasija. Se acomodó en un sillón, dispuesto espacialmente para conversar. El grabador encendido fue el guiño para que empezara la función.

–¿De Larroque?
–Nosotros vivíamos en el establecimiento La Flor, entre Larroque e Irazusta. Mis abuelos y mis padres habían sido arrendatarios de una estancia que se llamaba Las Flores, en la zona de Pehuajó Sud.
Coincidencias de la vida: veníamos de los Campos Floridos de los hermanos García de Zúñiga, nuestro emprendimiento se llamaba La Flor y nuestro apellido, Fiorotto, significa pequeña flor.
–¿Todo quedaba en Pehuajó Sud?
–Sí, todo está ahí. Cuando yo tenía 5 años mi familia se trasladó a lo que bautizamos La Flor. Desde allí viajé con mis hermanos todos los días a Larroque a la primaria y la secundaria, sea a caballo o en sulky, y a veces en una Rugby. Allí hacíamos todos los trabajos de una chacra: las faenas a caballo, la cosecha del maíz, las gallinas para huevos, etc., y lo principal: el tambo. Toda una vida de campesinos, con vecinos de nuestras mismas edades, los Maciel y los Andreatta, y todos tamberos chicos. Muy ligados a Cotagú.
En ese lugar, mis hermanos tienen ahora nuez pecán y crían ganado bovino de la raza limangus.
–¿Cómo se llaman tus padres?
–Virgilio Fiorotto y Dina Chesini, ambos artesanos y poetas. Son el Negro y la Pocha, y andan por los 90 años, muy lúcidos felizmente.

–Fiorotto, irremediablemente italiano…
–Mi papá es Fiorotto Taffarel, con cepas árabes; mi mamá, es Chesini Marchesini. Tengo una abuela italiana, de la región del Véneto. Después, mis bisabuelos y tatarabuelos son italianos. Hay una historia familiar con Garibaldi que otro día te cuento.
Tengo cuatro hermanos, todos varones. Viven en Larroque. Uno da clases de carpintería y ejerce el oficio; otro es profesor de Física y Química, jubilado; un tercero se dedica a tareas de campo, es vacunador, pero en su momento fue policía; y el más chico es comerciante y campesino. Todos cantan, componen, bailan chacarera… Mi papá ha sido recitador criollo en los escenarios. Mis padres han sido agricultores, tamberos, avicultores, y con gusto por las lecturas. Así que desde gurisito escribía poesías y hacía canciones, a veces subido al tractor. Hoy seguimos cantando a dúo con un amigo que vive en Concepción, Claudio Ronconi, tenemos un dúo que se llama Tik, por el “nosotros” de los tojolabales.
Los palotes
–¿Y el periodismo?
–A mí me gustaba escribir. Y de alguna manera el periodismo me podía permitir trabajar y hacer lo que me gustaba. Con amigos, en Larroque, revisábamos la Guía de carreras de Eudeba. No me caía mal agronomía o meteorología. Al final, con un amigo de Gualeguay, Federico Quintana, decidimos estudiar periodismo. Coincidentemente, en Paraná se abría la carrera, que en ese momento se llamaba Licenciatura en Ciencias de la Información, en UNER. Me vino como anillo al dedo. Allí me encontré con mi actual esposa, Laura, con quien tenemos cinco hijos, nueve nietos… Y tenemos un lindo grupo de amigos graduados.
Cuando llegué a Paraná no tenía vida urbana. Lo mío era el campo. Puede parecer exagerado, pero no sabía lo que era viajar en colectivo urbano. Todo se me hacía difícil. Me ayudó vivir en una pensión con gente más urbana, de la misma edad y macanuda, como Osvaldo Bodeán y Daniel Enz, hoy colegas y amigos. Mis compañeros no se dan una idea de lo que me ayudaron, siendo ellos mismos nomás.
Hoy es un motivo de orgullito manso, como dice el poeta, ser un poco campesino y otro poco citadino, pero la verdad, me tira el monte.

–¿En qué año viniste a estudiar a Paraná?
–En 1981. Terminé la carrera ya con la democracia recuperada. Al principio no me iba bien, tengo algunos insuficientes en la libreta. Luego me fui desatando.
–¿Cómo fuiste armando tus referencias dentro del campo periodístico?
–En la facultad menospreciábamos a los periodistas. Eso pasaba, excepto cuando teníamos profesores como Guillermo Alfieri, que estaba en la docencia y en el oficio a la vez. Cuando uno tiene unos años de trabajo se da cuenta del error. Cada cual tiene sus talentos, sus estudios, sus inquietudes, sus dificultades, sus méritos, sus tensiones internas. No deberíamos opinar ligeramente de nadie sin conocer la historia personal.
Por el resto, he ido forjándome referencias significativas que no necesariamente tienen que ver con el campo periodístico. De tanto leer Historia, terminé sacándome los próceres de encima. Mi personaje sobresaliente es la gente sencilla, como la mujer de la isla, Minga Ayala de Almada, inspiradora de Linares Cardozo, en Gurisito costero. Ella y su familia, como expresiones de todo un mundo de hospitalidad y trabajo colectivo que es muy propio del litoral y es, como dice Bartomeu Meliá, “la memoria del futuro”. Eso creo.
–¿Cómo te inscribiste en el campo profesional?
–Las primeras experiencias pasaban por reproducir en los medios lo que hacíamos en la facultad. Recuerdo que con Daniel Enz hicimos una encuesta, que publicó El Diario. Tocábamos el cielo con las manos. Él ya hacía prácticas, yo no.
Como mi padre era consejero de la cooperativa de tamberos Cotagú conocía al gerente de la cooperativa, Oscar Chichito Lapalma, que era director del diario El Día, de Gualeguaychú. Un día lo visitamos, me preguntó cosas de la facultad. Como si fuera una nota destacada, le dije que había desarrollado un tema poco abordado como la religiosidad del Martín Fierro. Chichito se comprometió a leerlo y a publicarlo, aunque me aclaró que sobre eso “se ha escrito muchísimo”. Ahí nomás me bajó el copete.
Luego, pasé notas diversas, como las visitas de Raúl Alfonsín e Ítalo Lúder a Paraná. Las escribía a máquina y las mandaba por colectivo. Una noche pasé una nota por teléfono a alguien en la redacción; cuando tuve que pagar no me alcanzaba la plata. Así que dejé el reloj en la Compañía Entrerriana de Teléfonos; lo recuperé a los pocos días, una vez que saldé la deuda.
Los primeros años de periodismo fueron sin cobrar, pero con el cosquilleo de estar haciendo lo que soñaba. Luego, fui corresponsal en Paraná de varios medios de Gualeguaychú, Concordia, Crespo, en fin.

Identidad
–¿Fuiste funcionario?
–No, no he sido funcionario. He tenido mil y un trabajos, desde chico en el campo, de joven en el periodismo, en decenas de medios, trabajé en el Estado unos años, trabajé en la empresa de transportes Aizcar, por ejemplo, en la docencia en distintos colegios, en Eter, y hoy sigo en la prensa y laburo de abuelo. He estado en diversos grupos y sindicatos siempre críticos con el sistema y con el Estado.
La experiencia me dice que cuando vos estás lejos del poder tenés una serie de ideas, y cuando ves que algunos amigos llegan al poder y hacen más de lo mismo, entonces advertís que hay un sistema difícil, y quizá lo que vos tenías era un montón de ideas sueltas nomás… Eso pasa mucho. Gente que en los asados y las juntadas era terriblemente crítico y en la función fue del medio pelo nomás.
Qué es lo que falla, lo ignoro: como autocrítica, digamos que nos falta a veces un poco de creatividad para transformar un sistema que te va cerrando caminos, y a veces es falta de formación y de valentía. Suele ocurrir que nos quedamos pegados a algunas recetas, o entramos en el vicio del sesgo de confirmación: compramos en las góndolas los argumentos que nos convienen… Estas situaciones nos obligan a pensar en qué lugar debe ubicarse el periodista.
–¿En qué lugar?
–En la periferia. Ahí está el mundo de la vida. Jürgen Habermas habla de que en la sociedad moderna conviven el sistema y el mundo de la vida, dos esferas en tensión. Así, las instituciones formales y el Estado interactúan y también colisionan con el espacio de la cultura, el lenguaje y la comprensión mutua. El dinero y el poder, por un lado, con su manual de control impersonal y de racionalidad instrumental; el sustrato invisible de nuestras interacciones cotidianas, por el otro, donde buscamos ponernos de acuerdo, entendernos, construir una identidad común y un consenso. Es el mundo de las tortafritas, del trueque, de los sudores.
Cuando el periodista se deja colonizar por el sistema, que tiene sus reglas de legitimación y reconocimiento, piensa dos veces si lo que expresa no lo va a enemistar con un intendente o el ministro a quien conoce de antes; si no va a perder una publicidad chiquita que consiguió con mucho esmero. Así, subrepticiamente, el sistema nos invita.
–Tal vez sea en el ejercicio periodístico mismo donde se resuelva esa tensión entre el sistema y el mundo de la vida.
–Estar en la frontera. Ser como una interfaz, en un contexto en el que el sistema tiene sus imanes. Menos despacho público, menos poder formal, y más vereda, más calle. El sistema busca colonizar el mundo de la vida. Un rol del periodista es, al revés, permear el sistema, que tiene sus estrategias de seducción, cuando no de soborno.
–¿Qué lugar tenía el periodista a nivel social cuando empezaste a trabajar?
–Había una especie de autoridad en la figura del periodista que, a veces, se manifestaba en una forma de admiración. Al mismo tiempo, para serlo había que formarse, alcanzar prudencia, ser equilibrado. Esa era la imagen, el ideal; no digo que todos los periodistas de entonces tuvieran esos atributos. Después pasaron mil cosas y eso se fue desvaneciendo.
Hoy tengo 63 años, con décadas de desempeño en los más distintos medios, regionales, provinciales, y de diferente tipo de lenguaje. Ha ido cambiando incluso la forma de escribir una noticia, yo he pasado por varias. Siento que no es correcto hablar de decadencia como si fuera un fenómeno reciente. Ya cuando yo era joven, el periodismo era una profesión colonizada. Ha abrevado en esta educación a la que se le impusieron reglas políticas, económicas y culturales. Siempre hay excepciones, pero la norma se cumple para la instrucción primaria, secundaria y universitaria: la Argentina vive en un sistema colonizado, patriarcal, de matriz racista, y el periodismo no ha sido ajeno a este fenómeno. Ahí está el gran problema.
Hay un supremacismo bastante persistente, sea por la vía religiosa o anticlerical. En esa disputa cooptada por el eurocentrismo, no hay lugar significativo para los saberes milenarios de este suelo, aunque estén presentes y tengan la firmeza y la vigencia que tiene un río.
Las personas que nosotros admirábamos por su trayectoria estaban inscriptas en ese marco, probablemente porque no tuvieron la chance de conectar con estas formas ancestrales de la cultura, y con saberes de otras latitudes.

–Es un camino que tuviste la posibilidad de hacer.
–He tenido la suerte de cruzarme con personas que me han abierto caminos hacia ciertos saberes de la India, de China, de África o de América, continente al que preferimos llamar Abya Yala. Ahora, luego de cruzarte con personas que te señalan un tesoro hay que dedicarse a estudiar, a buscar los lugares, a leer.
Es un proceso que lleva tiempo y se disfruta. Me zambullí en la filosofía guaraní, como referencia milenaria, y artiguista como entorno más cercano. Estas cosmovisiones tienen poco lugar en la academia y en los lugares de poder, en las corporaciones, donde la mirada sigue siendo eurocentrada, supremacista, y le perdonamos las atrocidades y crímenes a los racistas que pueblan la galería de notables.
Con el periodismo pasa algo parecido a lo que sucede con la ecología: hoy hay más conciencia ambiental y sin embargo los arroyos, ríos y lagunas están más podridos. Nadie duda del rol social de la práctica periodística, pero en general nuestro trabajo se circunscribe a transmitirle a la gente las novedades del poder. No al revés. Pienso, de todos modos, que la mayor conciencia que existe en torno al valor de los saberes ancestrales es un brote del viejo tronco que puede dar otros frutos. No es porque sean saberes de acá solamente, sino porque son extraordinarios, lo mismo las premisas de Gandhi, por caso, la no violencia, ahimsa, la fortaleza en la verdad, satyagraha, que coinciden con diversas tradiciones del mundo. El periodismo, como el historiador, se ve más llamado por la violencia y charlatanería que por las enseñanzas del diálogo y la armonía. Es como que al amable se lo confunde con el timorato. Todo con sus honrosas excepciones, por supuesto.
Encierros y picaportes
–A propósito de la expresión “colonizada”, ¿la práctica periodística no se ha ido confinando a un trabajo casi administrativo, sin contacto con las problemáticas ciudadanas concretas?
–Nos hemos distanciado de la vecindad. Naturalizamos el menosprecio de lo comunitario y sobrevaloramos la verticalidad del mandato en lo religioso, lo profesional y lo político. Nos cuesta escuchar al vecino y a la biodiversidad en la que estamos insertos, eso es parte del vicio colonial.
Nuestra idea de los escenarios sociales y las problemáticas está mediatizada: nos asomamos a ella desde las redes o por alguna publicación. Debemos recuperar la potencia de poner a trabajar a todos los sentidos, de estar en el lugar, mirar, oler; de escuchar los mensajes del árbol, el pájaro, la familia orillera, la gente que busca mendrugos en el basural, los diversos oficios de por acá. De ser presencia y que el otro también lo sea, no sólo imagen o discurso.
Al mismo tiempo, sería aconsejable que a la actividad, cualquiera sea, la abordemos con serenidad, sin apuros, sin dejarnos apabullar con el ritmo de los acontecimientos. Es vital inscribir lo que observamos en un territorio y en una historia, para no agregar más ruido al ruido.
Lo primero que provoca este aluvión de realidad es que el periodista baje el copete, que entienda que ese ego y esa vanidad no se condicen con el lugar minúsculo que ocupamos en un devenir de millones de años. Así pensaremos mejor nuestro tiempo y haremos aportes más sustantivos, sea refiriéndonos a temas próximos o a conflictos lejanos.
–¿Cómo siguió aquella relación con El Día?
–A los 27 años me propusieron ser Jefe de Redacción. Nos fuimos con mi esposa y con tres hijos a vivir a Gualeguaychú. Tuvimos una hermosa experiencia profesional allí, Laura era correctora en el diario. Cuando pasó un tiempo advertí que mi forma de pensar no coincidía mucho con la visión de los directores, que eran Chichito Lapalma y Gustavo Carbone, de Gualeguay. Eran dos personas apreciadas por mí, que además me estimaban. Pero me di cuenta que, de buena voluntad, me soportaban. Entonces emprendí la retirada y volví a Paraná, a Análisis y un canal de televisión que funcionaba en calle Basavilbaso, propiedad de Rubén Pierotti. Hacía móvil ahí con su hijo, Lisandro, el artista. Me encontraba en las coberturas con amigos como Bibiana Artazcoz, Claudia Martínez. En esa época trabajé también en el Entrerriano de Concordia, en El Observador de Crespo. Fue un período de muchas satisfacciones profesionales porque me permitió recorrer la provincia haciendo notas que me interesaban. Tenía bastante libertad.
Programas de radio y televisión tuve en una constelación de emisoras de la región, casi siempre a dúo, con amigos; aparte, por muchos años fui corresponsal de La Nación. Trabajé en el Estado provincial, también. En Prensa de la Gobernación, cubría audiencias de Montiel, de Busti… De todo saqué enseñanzas.
En retrospectiva, he cometido errores, por apresurado a veces; he renunciado muchas veces a los trabajos y casi siempre quedé conforme con la decisión. Alguien dirá que había algo de altanería en esa satisfacción de irme de un lugar, incluso para ganar menos después. No lo voy a discutir. Tal vez sea cierto. Siempre me fui sin conflicto, muchas gracias y hasta luego.
Varias veces terminé trabajando en experiencias que no eran mejores opciones económicas que las precedentes. Pero tenía que apechugar. Aunque no me lo pidan, aconsejo no apurarse a renunciar a los trabajos y, en todo caso, pensar y definir qué condiciones son innegociables para tomar otro camino. Sugeriría ser más prudente.

–De manera que, antes de conectarte con la cosmovisión de los pueblos originarios, vos ya preferías las voces de la gente simple a los lugares comunes de los que se dedican a la política tiempo completo…
–He entrevistado a dirigentes políticos de todo tipo, presidentes, gobernadores, en fin, y los recuerdos perdurables me quedan de personas comunes en el monte, el río, el barrio; artistas, grupos, gente de palabra. La trama comunitaria es maravillosa, siempre te sorprende; lo mismo: la dinámica de las asambleas, eso es atrapante, auténtico.
De colegas he aprendido mucho. A veces una pequeña frase resuena tanto como el contenido de un libro.
Creo que el periodismo está sobrestimado por un lado, y menospreciado por otro. Me ha pasado de ir a dar una charla y no les alcanza con presentarme como periodista, a secas: quieren agregarle alguna otra chapa, escritor, licenciado, investigador, historiador, filósofo. Yo fui tambero y soy periodista y abuelo. Esas son mis ocupaciones. El periodista se desenvuelve y entrega mejores piezas si lee un poema, estudia historia, antropología, biología, economía, si camina por las orillas en silencio, si sabe escuchar, pero eso corre para todas las personas más allá de sus oficios…
–¿Alguien te debe haber iniciado en estas lecturas más sistemáticas sobre las culturas originarias?
–Una profesora del secundario, Carmita Novello, me dijo una vez “vos siempre hablando de los indios”. Estaba en tercero o en cuarto año, no sé. Viene del entorno supongo. En la facultad leí un texto que me confundió un poco, sobre la integración cultural, pero hay muchas evidencias y también libros y testimonios que nos alumbran un poco el camino. Hay libros recientes del oriental Diego Bracco que nos ayuda mucho, sobre el mundo charrúa, por caso, que es nuestro mundo. Yo seguía a Bartomeu Melià, un sacerdote, lingüista y antropólogo español. Era jesuita muy crítico de la conquista, y de los propios jesuitas, y vivió en distintas comunidades guaraníes del Paraguay, haciendo la misma vida de ellos. Un día busqué en internet, encontré una dirección electrónica, le escribí como si fuera una apuesta y el viejito me contestó. Un regalo del cielo. Conseguí sus libros. Una joya. Los leí a todos, por supuesto.
Además, le mandé diez preguntas y las respondió. Eso me llevó a otros, por ejemplo, a Sebastián Castiñeira, doctor en Filosofía y estudioso de la obra de Melià. Y así, se va nutriendo la experiencia de ideas viejas vigorosamente jóvenes, como la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza, aceptando sus ciclos; la teoría de los opuestos complementarios según la cual las fuerzas aparentemente contrarias son, en realidad, expresiones de un mismo todo; o la necesidad de comunicación que tenemos, no para tener razón o doblegar al otro, sino porque somos hermanos, como dicen en el altiplano, y debemos aprender a hablar y sobre todo a escuchar al paisaje y al ser humano. Vivimos una sociedad que tiende a la fragmentación, al partidismo, a la violencia, y estas culturas ancestrales nos llaman al diálogo, a la comprensión, al consenso.
En esa red encontré a Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga, teórica contemporánea e historiadora boliviana. Estudió las cosmologías quechua y aimara. Me gusta su idea de tejido, red comunitaria, donde calza mejor el espíritu femenino, mientras que el masculino es más bien del mapa, de la guerra, de lo vertical; ella destaca la presencia de distintos colores en nuestro mundo, que no se funden en un crisol por el que pierden algo de sí para ser parte de otra cosa, sino que desde la singularidad, van siendo parte de una cromaticidad donde conviven tonos y tintes que encuentran su identidad en la yuxtaposición de las diferencias. Ella dice ch’ixi, yo lo traduzco como bataraz. En el fondo, es la lógica del tercero incluido, muy nuestra.
Otro nombre sustantivo muy actual es el de Ailton Krenak, un pensador insurgente, radical. En su libro Futuro ancestral subraya la vigencia de lo que creemos superado, que pervive en los ríos, las llanuras, la vegetación, que nos precede y nos proyecta. Más que ciudadanía habla de “florestanía”. Para él, lo por venir debe fundarse en un presente habitable. Rechaza las imágenes de futuros apocalípticos y también a aquellas que plantean una mágica posibilidad de redención. A estos autores los frecuentamos en nuestro centro de estudios, La Junta Abya Yala por los Pueblos Libres.
Es conveniente vincular las lecturas con las referencias del territorio de uno. Y las relaciones salen sin esfuerzo. Aquí se ha practicado y tiene alguna vigencia aún aquella idea de las “manos abiertas mutuamente”, que la cosmovisión guaraní llama Jopói, una forma de relacionarse basada en la reciprocidad, en el dar desinteresadamente y el compartir, sin esperar una retribución personal o un intercambio comercial. Eso está en nuestra cultura, no es algo ajeno. Lo mismo que la minga, el trabajo colectivo y festivo. Y está en la naturaleza: no el cálculo ni la rentabilidad sino el don, el sentirse satisfecho y feliz en el acto de dar. Esa filosofía antigua tiene respuestas para los problemas del mundo actual, y convendría volver la vista antes de chocarnos. A propósito de eso, hemos compuesto un tema dedicado a los larroqueños que se titula “Dar en milonga”, y propone “dar para ser”.











