Confiada en la aptitud comunicativa del trabajo actoral, en el valor del relato y en una dirección atenta al detalle, la película Los abrazos es una muestra de que aún hay historias conmovedoras por contar. De factura artesanal y exigencia profesional, el filme fecunda una poética en zapatillas, cotidiana y trascendente, que devuelve al espectador a la potencialidad de un lenguaje muchas veces maltratado. Larga vida al cine que va contra la corriente.
Para hacerse una idea aproximada de Los abrazos, probablemente no alcance con indicar que se inscribe en una forma de narrar en la que recobra vigor el oficio de actores y actrices; en una manera de entender el cine que hace prevalecer la polisemia del signo audiovisual y las situaciones dramáticas contra la tendencia a aplicar cierta linealidad discursiva; y en la exaltación del vínculo amistoso como factor de la gestión cultural.
Dirigida por Fabián Cabrera, la obra fílmica es producto de la integración armónica de cápsulas de arte dramático y de un refinamiento estético en la construcción de la imagen fluida. Al mezclar hebras narrativas nucleares con otras más menudas, aunque distinguidas, la historia se vuelve menos enunciativa, incorpora la experiencia del espectador y lo invita a vestirse de dramaturgo en un relato que se termina escenificando en una zona sensible en la que confluye lo que se está observando con aquello que se ha vivido.
Más allá de las particularidades de la retórica audiovisual, se advierte un deleite lector y un estudio literario analítico en aquello que actores, actrices, guionistas, director y editor vuelcan en el armado de los momentos. Los abrazos es, de hecho, un encadenamiento de escenas que va creando un cine de atmósferas en el que las emociones no necesitan ser enunciadas, sino que se mantienen potentes y múltiples bajo la luz de fósforo del signo teatral que las cobija.
La película como producto terminado es ágil; genera una tensión gradual, fluctuante, que no busca mortificar al espectador o acorralarlo, sino sembrarle granitos de incertidumbre respecto de lo que intuye y finalmente no sucede. En esa dinámica, hay un uso adecuado de un tipo de humor sencillo, blanco, tierno, que funciona como adecuada válvula de escape.

En lo formal, el filme cuenta un retazo de la historia que comparte una familia, atravesada por la metáfora de las ausencias que, como se sabe, puede responder a distintas acepciones. En la superficie del relato, el hijo varón regresa, se encuentra con sus angustiadas hermanas y su madre, mientras se desencuentra con su padre, que ya no habita la casa. Vista a trasluz, la obra tiene a bien evitar los detalles explicativos que vuelve obvio cualquier acto de magia. En cambio, se detiene en otros, trascendentes, que reflejan el modo en que la vida va haciéndose lugar en personas que ya cuentan con un camino desandado.
A Los abrazos no le interesa tanto mostrar qué efectos tendrá la convivencia recuperada para el protagonista ni para quienes lo rodean: se centra en reflejar la aridez de un vacío y, establecida esa referencia, se enfoca en el disfrute de un presente redentor que edifican personajes sufrientes por distintos pesares, dispuestos a sanar con honestidad. Si hay un mensaje es que el secreto está en el proceso, no en la búsqueda anticipada de resultados: lo que nos devuelve al cariño, al bálsamo de la caricia que cobija, al liberador recurso de la risa compartida, es la pedagogía del afecto.
La galaxia dramática pergeñada por los guionistas orbita en torno al vínculo entre los hermanos que, cuando se entregan al juego actoral, guían una serie de pasajes deliciosos, en los que la improvisación refresca el plan directriz que sirvió de punto de partida. Hay algo en el tempo de la narración que potencia el trabajo expresivo y rodea a las escenas de un halo de verosimilitud, objetivo al que aportan también los silencios repletos de sentido y los diálogos, reflejos del habla oral y del hecho comprobable de que muchas de nuestras conversaciones más difíciles no se resuelven sólo verbalmente. Nunca mejor aplicado aquello de que un gesto vale más que mil palabras.

Si bien es central la participación del grupo Las margaritas en la conformación del elenco, debe hacerse notar el mérito de haber modelado una serie de actuaciones convincentes ante la cámara, labor que tiene sus bemoles porque si en el teatro funciona un modo de habitar el espacio en el que los gestos corporales son parte de un repertorio que debe apreciarse a cierta distancia, el cine es un lenguaje de acercamientos, donde lo mínimo constituye una unidad expresiva y los fragmentos dan forma y sustancia al signo.
Otro acierto es que a la autopista del relato principal se le añaden colectoras narrativas que enriquecen el itinerario. Una niña que se pierde mientras juega a esconderse de su madre en un supermercado, una perra aparentemente domesticada que aprovecha una distracción de portón abierto para escaparse o la salud de una adulta mayor que estaba bajo cuidado, son escenas desencadenantes de reacciones que, en realidad, están referidas al conflicto de fondo, que se mantiene latente. Son pasadizos delicados que hablan tanto de la inteligencia sintiente aplicada como del sentido de la observación de los guionistas.
Entre amigos
Los abrazos es un proyecto que empezó a fecundar hace unos años. Las ideas fueron pasando al papel y reconocen la caligrafía de Fabián Cabrera, Javier Bonatti y Victoria Cozzarín. La locación principal estuvo en San José del Rincón, aunque aparecen destellos de la ciudad de Santa Fe. También hay referencias a Paraná, asteriscos que probablemente hayan quedado grabados en la memoria de Cabrera, cuando estudió Comunicación Social en la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER.
La película se estrenó en 2025. Con ella se abrió la 5ª Semana de Cine Santafesino, un evento que organiza el Cine Club Santa Fe, el Ministerio de Cultura provincial y la UNL. Allí la conoció Gustavo Labriola que desde hace años ve y comenta cine de todas las épocas. Él fue el enlace para que Los abrazos se exhibiera en la capital entrerriana, un miércoles tormentoso, cuyo firmamento se abrió de golpe para solaz de un número compacto de interesados.
La función se integró a un programa de verano que el Cine Club Musidora viene proponiendo junto a la Asociación Civil Barriletes. Fue en la sede de la entidad, en la vereda oeste de Courreges, entre Paraguay y Montevideo. Con sigilo, los asistentes acapararon las sillas de distinto estilo que había en el lugar y fue preciso que algunos espectadores se sentaran en la gramilla que alfombra el amplio patio para seguir las alternativas de la película y escuchar luego a algunos de sus protagonistas especialmente invitados.

Esa noche, mientras un horno llenaba la sala a cielo abierto de un adorable aroma a pizza, Labriola presentaría el filme y, luego de la exhibición, habilitaría los intercambios del público con Javier Bonatti, Sofía Gerboni, Alejandrina Echarte y Lautaro Ruatta.
La velada era estupenda. Cada tanto, una brisa sureña atravesaba la platea y ondulaba la pantalla, dándole un toque fantasmal a la cita. Lo significativo es que, desde el inicio hasta el fin, se constituyó una burbuja de encanto cinéfilo que debe haber sido el mejor premio que se llevaron a Santa Fe quienes representaban al equipo de realizadores. Apenas pudieron, luego de los créditos y los primeros aplausos, subrayaron la participación en el proyecto de María Rosa Pfeiffer, Marina Vázquez, Adrián Airala, Adela López y Chocolina, la regalona azabache de cuatro patas.
Los abrazos es una obra completa que, no obstante, sigue siendo ajustada como discurso fílmico luego de cada función. Filmarla fue una experiencia artesanal; hacerle retoques es una tarea de orfebre.
Ahora, el filme afronta otro fuerte desafío: encontrar donde ser exhibido. En el ritual nocturno que se escenificó en Barriletes se anunció que la obra formará parte del Festival de Cine de las Alturas, en Jujuy. La noticia fue celebrada con júbilo porque entrar a los circuitos es todo un problema.
Son los avatares de un esfuerzo gestado en provincias que habla con claridad del lugar que tiene lo local en la industria cultural argentina, aún cuando se trate de productos de calidad.











