Una quimera con olor a tinta y textura de papel desvela al periodista Federico Malvasio. El proyecto editorial pretende que no se olvide aquello que a la sociedad entrerriana le produjo heridas y se piensen estrategias para sobreponerse del daño. Política, social y cultural, Cicatriz sigue empecinada en aparecer periódicamente. Su contenido refleja una forma de comunicación menos atada a la oscilante actualidad.
Es un animal de manada. De alguna manera, maquina o se suma a proyectos en la medida en que deriven en juntadas, que sirvan como materia prima para posteriores evocaciones y brindis, y justifiquen la irrupción de la risa cómplice que se genera mientras se es parte de un proceso creativo. La metáfora de la barra de amigos lo reúne y delimita. Lo explica. Lo fundamenta.
Hace un tiempo suficiente que Federico Malvasio está integrado a la galaxia del periodismo paranaense. Como trabajador de prensa ha pasado por distintas experiencias laborales. Actualmente, firma sus notas en Página Política y en Página Judicial. Además, desde hace un lustro es editor responsable de Cicatriz, una revista en papel, de elogiable calidad de impresión, donde se ponen a circular notas sobre una serie de asuntos que no ocupan la portada de los noticieros, no pueden ser cabalmente abordados desde la pócima expresiva de las redes sociales ni son parte de las agendas de los programas de streaming que se rigen con la lógica del mayor alcance, la interacción y la retención. Sin embargo, aquellas esencias que se rescatan a partir de historias y personajes, constituyen lo mejor y lo peor de cada casa, y pujan por encaramarse en lugares destacados de la identidad de quienes residen en estas tierras.
No se trata de un ejercicio de lectura más. O de un viaje por los almanaques y los ondulantes caminos del ayer, de la mano de las ciencias sociales. Desde allí, al narrar de manera documentada, la revista puede ayudar también a ubicar las problemáticas actuales en una panorámica que atraviesa el tironeo neurasténico de la coyuntura.
En los años que lleva esta aventura editorial, Malvasio logró transformarla en un arca, como la de Noé, aunque más modesta, a la que fue invitando a sus vínculos amistosos. Con él está la gente con la que quiere estar. Así, hacer Cicatriz es también una excusa para charlar cada tanto de la vida, usar whatsapp para rescatar fotos viejas o actuales, enredarse en petit debates, preguntar cómo va la cosa si alguien juega a las escondidas u organizar algo rico para comer. Uno de los Cielos, para Malvasio, es una rueda de contertulios donde se habla de actualidad, desde distintos enfoques. La utopía no verbalizada es que antes, durante y después de la práctica periodística, exista la posibilidad cierta de encontrarse.
Parece claro que Cicatriz, como otros tantos proyectos alternativos, encuentra en el afecto y el ahínco de los que lo sostienen la forma de compensar lo que para el cálculo capitalista sería pura pérdida. Pese a todo, allá va la barca, ya con 17 números editados.

Es 20 de mayo. En un rato, debe estar en el Salón Moreno. No lo dice, pero el acto lo llena de orgullo. Estará la Intendente, funcionarios municipales, concejales, lectores, colegas, amigos. No es habitual que la publicación de una revista sea inscripta institucionalmente en los festejos por el día de la ciudad, por siempre bicentenaria a juzgar por las particulares efemérides oficiales.
Malvasio mira a través de la ventana, después de usar el vidrio como espejo. Pensaba en la serenidad que le transmitía el familiar paisaje cuando un ventarrón indiferente le desordenó las nociones del presente y del pasado. Lo por venir y lo vivido se le entremezclaron en la mirada esquiva. En la argamasa de sensaciones, emergió la música como puente intergeneracional. Apareció el abuelo legándole el jazz y las armonías mestizas del bossa nova. A la escena, se asomó el gusto y el conocimiento de su padre por el tango. Y así, en vendaval, la consideración que le confiere a la obra de Spinetta, Serú Girán y el primer Fito Páez. Los inviernos, las primaveras. La búsqueda del tono adecuado en el piano y la flauta traversa, ambos Yamaha, en medio que tocatas familiares. Los abrazos, lo ausente. Los repertorios que se ampliaron por las preferencias de las personas queridas hacia apellidos tales como Roos, Rodríguez, Walsh o Drexler. Las vacaciones. Lo irremediablemente perdido.
Una serendipia existencial lo llevó a advertir que sus hijas y sus gustos musicales atraviesan por océanos que él ya surcó años atrás cuando, tras las luces de un puerto de ensueño, los vientos del día a día lo llevaron a tomar algo de las generaciones precedentes y mixturarlas con sus propias inquietudes. “Todo busca su propio lugar”, pensó.
Se recompuso. No quería llegar tarde. Lo aguardaba un auditorio ante el cual pensaba repasar las claves de un proyecto editorial que explora en lo circundante naturalizado y bucea en pliegues inadvertidos de la historia. “La revista está hecha por escritores, narradores, artistas plásticos, dibujantes y caricaturistas de Paraná”, dirá, al compartir que “me conmueve muchísimo que podamos hacer un producto de primer nivel, con personas de la ciudad”. Luego llegará el turno de los abrazos, las felicitaciones y las fotos de ocasión.
Cuando las olas de la sociabilidad se aquieten en su memoria, recibirá el mensaje de Tekoha, aceptará el convite y se dispondrá a responder las consultas.
–¿Cómo surgió la idea de editar una revista?
–Del deseo de hacer acá el tipo de revistas que se editan en otros lados y que consumíamos. En la base estuvo el gusto por leer, pero también todo ese ritual vinculado a la espera del ejemplar, la recepción domiciliaria y la experiencia táctil, olfativa, visual y también sonora de hojearlas.

Gustos
–¿Con qué revistas te pasa eso?
–Con la Crisis, por ejemplo. Es la que supo dirigir Eduardo Galeano en la década del setenta, Vicente Zito Lema entre 1986 y 1987 y que hoy está a cargo de Mario Santucho. También recibo Le Mond Diplomatique y, mientras se imprimió, Jacobin, publicada en un papel distinguido, de calidad, con ilustraciones características y textos muy trabajados, de profundidad, con una agenda múltiple.
Durante la Cuarentena, cuando todo se detuvo, la idea me empezó a rondar. Tomé contacto con Crisis, por cercanía. Es una revista bimestral. Tuve la suerte de conseguir por comercio electrónico los 40 primeros números. Con el envión escribí un correo y al tiempo, cuando se dieron las condiciones, tuve una charla con Santucho para ver su manera de trabajar.
–¿Ese sueño original se pudo realizar o hubo que reformularlo para que pudiera materializarse?
–Es cierto, era un sueño que quería realizar a mi modo. Se armó un equipo de tal confianza que hasta no sería necesario que lea los artículos antes de publicarlos. Pensé en una revista que me gustaría leer, con Crisis como modelo. De hecho, físicamente se parecen. Se imprime en el mismo lugar, Latingráfica, que es la única firma donde se imprime con ese gramaje.
–¿Cuál sería la impronta personal?
–Además de la agenda local, queríamos que en las tapas haya ilustraciones artísticas. Para eso, convocamos al plástico Santiago Moreyra para que se haga cargo del arte de tapa. Eso ha seguido así, sin variaciones sustanciales.
Lo que no se pudo sostener es la periodicidad. Inicialmente, Cicatriz fue de aparición bimensual y desde 2024 se imprimen una o dos revistas al año, obligado por los costos.
Elenco
–Una de las fortalezas de la revista son los autores de las notas ¿Qué aportes sentís que se hace desde la publicación?
–El núcleo central es un grupo reducido de redactores, entre los que aparecen Jorge Riani, Gretel Schroeder, Juan Cruz Varela, Martín Gerlo y Luz Alcain. A ellos se han ido sumando otros, dependiendo las épocas, como Violeta Meyer o Exequiel Fresler. Cada cual tiene su área de interés temático y se integran a mi juicio perfectamente al perfil de la revista.
Me gusta contar el caso de Gretel Schroeder, para mí uno de los aciertos de Cicatriz. Ella escribió hace tiempo en una revista que se llamó Voces que, de alguna medida, confluyó en el proyecto del periódico Pausa, que dirige Juan Pascual. Pero hacía dos décadas que no escribía sistemáticamente. Ahora, le aporta valor a este proyecto editorial desde una integración permanente.
–Vos haces periodismo diario, ¿qué diferencias se establece con la forma de trabajar para la revista?
–Diariamente, me dedico a trabajar en agendas periodísticas acotadas, vinculada a la política y la actividad tribunalicia. En un diario generalista, sería trabajar para una sección determinada.
La revista me desafía a crear otra agenda. Esa dimensión cultural siempre estuvo en mí, faltaba convertirla en un espacio de desarrollo profesional. En el horizonte aparecen referencias como la de Guillermo Alfieri que, desde distintas autopistas de la comunicación, dio cuenta de la ciudad, de sus cambios, incluso lo más profundos. Uno lee las producciones de Alfieri y muchas de ellas atraviesan las épocas y mantienen su vigencia: es lo que queremos hacer con Cicatriz.
–¿Cómo está organizada la revista?
–El vínculo permanente con los redactores hace que charlemos de la próxima revista de manera sui generis. Nos encontramos seguido, eso ayuda. Surgen los temas por iniciativa de cada periodista y se hacen sugerencias, aunque también soy de proponer notas.
Acuerdos
–¿Cómo es la rutina productiva que deriva en la publicación?
–Cuando era bimestral, se distribuía la revista e inmediatamente había que pensar en el próximo número. Era estresante. Hay que pensar que los redactores de Cicatriz, como cualquier periodista, tienen más de un trabajo para poder sobrevivir, por lo que coordinar no se hacía tarea sencilla. Siento que todos nosotros nos damos un gusto cuando escribimos para la revista. Son notas de 15.000 o 20.000 caracteres, con varias fuentes consultadas de distinto tipo, lo que implica mucho trabajo de producción.
La distribución es artesanal, hecha cuando se puede. Así y todo, hemos conformado una comunidad de lectores en papel de entre 200 y 300 personas.
Ahora que la aparición se ha espaciado, hay más tiempo para producir y escribir notas, naturalmente. Cada revista tiene once notas, plantadas desde la tesitura de que no se encimen sino que, en todo caso, alguna se pueda complementar con otra.
–¿Tenés un modelo como lector y editor o la revista va buscando su identidad número a número, mientras emprende el camino de ver la luz?
–La revista tiene una columna vertebral que se sintetiza en la expresión Política, Social y Cultural. Esa identidad está delineada. Se aprecia en todos los números. Podríamos decir que aborda la realidad desde una perspectiva no coyuntural.
La propia revista como objeto está pensada para personas que disfrutan de la lectura, no sólo que leen. No es un material para hojear. Contiene notas de volumen, escritas con esmero. Pienso en un destinatario que además disfruta de otras manifestaciones artísticas, a los que podés encontrar en una librería, en el teatro o en algún concierto.

–¿Qué ventajas y desventajas tiene publicar en papel?
–En principio la suma de recursos potencia el producto: los textos, la diagramación, las fotos esmeradas, las caricaturas de artistas locales, las ilustraciones de tapa hacen que un contenido específico se despegue y alcance el status de un objeto cultural.
Banco el mundo digital, soy de esa generación. Permite un montón de cosas. Pero el papel es diferente: puede servir para leer y también engalana el lugar donde uno la deja.
–¿Qué revista te gustaría hacer si no dependiera de los aspectos económicos?
–Seguramente el estilo de las notas no cambiaría. Tal vez podría pensarse en aumentar el número de pliegos. Pero no más que eso.
Cuando la economía empezó a acorralarnos, hubo propuestas de bajar la calidad de la impresión, para abaratar costos. Después de debatirlo, preferimos mantener las cosas como estaban y espaciar la aparición de los números.
Apreciaciones
–¿Qué evaluación haces de lo ya publicado?
–Positiva. Es un material preparado con tiempo. Siento que las notas inspiran a los lectores y permiten visibilizar y poner en valor a personas y procesos. No se trata de un efecto inmediato. Es un saber que necesita tiempo para leudar dentro de cada uno, pero que a veces motoriza proyectos impensados.
–¿Qué devoluciones tenés de los lectores?
–Son buenas, reconfortantes. Algunos nos hacen propuestas. Es un ida y vuelta intenso, propio de ese pacto de lectura. Ayuda que los redactores seamos parte de la vida social de Paraná porque facilita los intercambios en persona.
–Deben haber pensado que estabas loco cuando arrancaste. ¿Qué desafío te fijás ahora?
–El primero es seguir imprimiendo. Mientras tanto, charlamos entre nosotros que algunas de las notas podrían ser abordadas desde el lenguaje audiovisual. Hay mucho que hacer en ese sentido.
El Instituto Audiovisual de Entre Ríos está conformando un banco de imágenes con aportes de todos los rincones de la provincia. Es un verdadero tesoro público que, antes estaba circunscripto a colecciones privadas, particulares o familiares. Esos soportes y muchos otros podrían integrarse perfectamente a las investigaciones realizadas por Cicatriz a lo largo de estos 17 números.
Hay una curaduría en marcha y, una vez que las notas sean releídas, iremos seleccionando y viendo si es posible materializar esta idea.











