La capacidad de contar historias atractivas sigue siendo para Oscar Bosetti la columna vertebral del oficio periodístico, que también exige la gimnasia de la observación meticulosa para detectar gemas narrativas y también para recolectar datos clave. El docente asume que, de alguna manera, los jóvenes deben reemplazar los aportes de las viejas redacciones y los cafés, espacios donde antes interactuaban los mayores y las nuevas generaciones.
Los edificios guardan secretos. No están hechos solo de ladrillos, granito, cemento, yeso y metal o maderas. Los seres que bordan de convivencia los ambientes, al guerrear o inspirar serenidad, van tiñendo el carácter de cada habitación con capas de tintura indeleble. El dolor lacerante, la candorosa expectativa, la buena voluntad, la redentora ternura, los deseos frustrados dejan huellas de opacidad o transparencia que resignifican los caminos francos o truncos. Los pasos perdidos. Las apuestas. Los golpes de suerte. Los picaportes propicios. Los cálculos de rentabilidad que se desprenden de curiosas ecuaciones de la existencia.
Además, en la sucesión de historias, las unidades constructivas se reconvierten en función de los nuevos usos asignados en el pasamanos de propietarios y de afanes, y de las nociones de presente y futuro que los ocupantes tallan mientras ríen, trabajan, aman, se convencen, lamentan, se combaten, se adaptan o cierran ciclos.
Recorrer esos laberintos bidimensionales tiene un costado fantástico que el vaivén de la rutina aconseja desatender. Hay un mensaje escrito sobre el agua que se intenta descifrar desde la orilla.
En efecto, cubiertos o al aire libre, a cada metro cuadrado lo habitan interconexiones no evidentes para el apuro promedio, emocionales, que de tanto en tanto se pueden activar en la percepción, sin previo aviso. Traviesas, habilitan asociaciones que probablemente existan solo en ese tipo de imaginación forjado en la experiencia de lo vivido, pero sobre todo de lo que imaginamos haber vivido.
Ciertamente, causa alguna desorientación deambular por esa espiral de tiempo. La firmeza de lo supuesto fluctúa. Se difumina. Entonces, vivir se parece a un inestable equilibrio.
El encuentro con Oscar Enrique Bosetti iba a tener lugar en Buenos Aires 389, en coordenadas sin establecer dentro de la arquitectura brutalista que identifica a una de las sedes de la Facultad de Ciencias de la Educación. A la hora indicada, en la fecha acordada, el entrevistador deshizo la altura de las escaleras de acceso. En medio de un amplio vestíbulo, se le indicó que el periodista, docente e investigador lo aguardaba en el Laboratorio de audio, mientras con una seña se le sugería por dónde debía emprender la búsqueda.
Una rampa lo hizo zambullir en una especie de plazoleta interior que operaba como distribuidor vegetal hacia una edificación con salida a Alameda de la Federación. Por allí había andado Bosetti un rato antes, las manos repletas de llaveros, urgido por la premisa de ir abriendo portales impares. Cada cerradura que se descifraba dejaba ver un nuevo paisaje, bioflorescente, multicolor de vivencias, con montañas invertidas que colgaban de un suspiro de firmamento en tránsito, horizontes curvilíneos que se volvían evanescentes, patios secos repletos de anécdotas y planteras. Más allá de una mampara, a un lado de las terrazas con libros, una luminosa sala de lectura; enfrente, una escalinata con la capacidad de hacer recordar voces, personajes y situaciones a quien osara tocar el barandal de madera.
Detrás de un pórtico custodio, las salas de grabación estaban entredormidas. Sólo la más pequeña, en el fondo, se mecía como un coral. Latía con radiante parsimonia. Un fulgor cromático delineaba fantasías sonoras, aventuras radiofónicas que creadores de distintas generaciones ingeniaron desde los cimientos, hasta que la palabra, las voces y las músicas tomaron la apariencia submarina de rocas esculpidas, de abanicos con tentáculos, de arbustos pétreos, hechos para que el corazón rememore lo que aún no aconteció.

En esas profundidades esperaba Bosetti. Se pensaba en retrospectiva antes de que el trabajador de prensa, al saludarlo, se preguntara por qué pases de magia del pasado y el presente había atravesado tres edificios en un santiamén.
Pese al esfuerzo no logró precisar cuándo lo había conocido. Tenía postales claras, eso sí. En su memoria, Bosetti le dio clases unos lejanos viernes por la tarde y sábados por la mañana. Como otros docentes, era inspirador además de transmisor de saberes y experiencias. Un haz de rememoraciones le trajo al presente un aula de doble entrada, que ya no existe, y dentro de ella, cerca de un pizarrón negro, un escritorio lleno de casetes “en punta” que el profesor iba colocando con precisión quirúrgica en un reproductor portátil para hilvanar con ejemplos sonoros los retazos de su exposición oral. Sobre el mueble, las cajitas transparentes ordenadas en filas y columnas estaban dispuestas como exhibidores de los dispositivos de almacenamiento de audio. El conjunto podía pasar por una obra de arte abstracta, cuando en realidad la habilidad estaba en el oficio de integrar lo que contenían a la aventura fascinante de enseñar y aprender. Después de todo, zurcir sin que se advierta la costura es vital para el desarrollo de esencias narradoras.
A sus materias las cursó en los últimos años de la carrera de Licenciatura en Comunicación Social. Aprendió de él la particularidad de una radio que integraba comunicación y educación con aquello que luego se llamó comunicación comunitaria. Si en el Taller de Redacción se familiarizó con formatos como la crónica creativa, el informe y la entrevista imaginaria, con Bosetti fue convidado a entrenarse en el dominio de las claves del comentario, por caso sobre política nacional e internacional. El ejercicio de análisis de la película La niebla, de John Carpenter, le permitió con los años escribir decenas de críticas sobre espectáculos musicales, teatrales y propuestas audiovisuales de distinto metraje.
Al observarlo con atención comprobó que el paso del tiempo había sido benévolo con él. En el camino quedó el urbano bigote, pero mantuvo el aspecto general y el modo sencillo de vestir, con preferencia hacia los colores oscuros y debilidad por el azul.
A metro y medio de distancia, Bosetti también había sido abducido por el recuerdo de referentes. Mientras se preparaba para responder, una parcela de su sensibilidad fue y vino repetidas veces a una casa ubicada en la comercial calle Álvarez Jonte, del apacible barrio de Monte Castro, en el oeste de CABA. Era como un sueño recurrente. Allí, en medio de residencias familiares, de una planta, lo aguardaba la de Jorge B. Rivera. Frente a la vivienda, un café hecho a la medida de parroquianos conversadores, que solía ser un zaguán de charlas que seguirían en la sala de lectura de Rivera o en su patio.
La edificación era sobria, con generoso fondo. Al énfasis, Jorge B. Rivera no lo ponía en la apariencia sino en la riqueza que comunicaba, acumulada con fervor de lector, de estudioso observador, de sistemático investigador de culturas, los medios y el periodismo.
El corazón de ese hogar que sigue latiendo en el sentimiento de Bosetti era una amplísima biblioteca, con su escritorio, la máquina de escribir encima y una tormenta de papeles, entre los que se encontraban manuscritos de los artículos que Rivera publicaba.
El patio de baldosas quedó atado a la evocación de Bosetti por tantas tertulias que abrieron la caída del sol, sin horario de cierre. Allí, en una ronda de sillas, mates cebados con pava y facturas, decidió probar suerte en Paraná, 37 años atrás.
La influencia ejercida por Jorge B. Rivera explica que aquella casa haya quedado idealizada, grabada a fuego en la memoria de Bosetti. A su vez, grafica un tipo de vínculo establecido que fue más allá del espacio áulico, arraigado con el tiempo. Bosetti cree que, más allá de lo que de él recibió como legado académico, el noble Rivera lo honró con el gesto consecuente de hacerlo sentir parte de su familia.
La vivienda de la infancia de Bosetti no tenía nada que ver con la de Rivera. Ubicada en Caballito, sobre la calle Felipe Vallese, estaba en una planta alta, con terraza. No había patio. Su habitación estaba pegada a un cuarto de invierno. Era un espacio de lecturas dichosas vinculadas al boom latinoamericano, de escrituras a mano alzada, de discos de vinilo girando a 33 o 45 revoluciones por minuto, de reuniones con compañeros de estudio o amigos del barrio y de aparatos de radio esculpiendo fugacidades imaginarias al oído.
Ahora estaba como a seis horas en automóvil de allí, en un complejo de residencias refuncionalizadas, unidas con arquitectónico ingenio, articuladas a un mismo enclave de formación superior, para hablar de asuntos que soñó en otros lugares donde tampoco faltaron escaleras, patios, convicciones y proyectos movilizantes.

–¿Qué es lo que define mejor tu condición?
–La respuesta que voy a dar es tan personal que puede provocar algún disgusto: uno es un montón de voces. Me he ido construyendo a través de un campo o una disciplina que genéricamente es la comunicación y el periodismo, con todas las chances que ese espectro inaugura. El del docente es uno de los rostros que me interesa reivindicar. Al papel del investigador no lo desarrollé en términos académicos de la manera que lo hubiera deseado, pero lo abrazo como parte del consorcio de voces que habita en uno.
En ese juego de balances, mi historia ha estado más inclinada hacia el ejercicio del periodismo que hacia la docencia. Y, a partir de cierto momento, dentro del periodismo ha sido gravitante la presencia del mundo sonoro, que se dio de manera circunstancial, azarosa, y me terminó cambiando la vida.
–Venías del registro escrito…
–Así es. De la crítica literaria y cinematográfica, específicamente, en publicaciones vinculadas con literatura y cine. Cuando se me cruza la radio, se activa una bisagra existencial y profesional. Fui probando rumbos y las mareas me trajeron hasta aquí.
Bifurcaciones
–¿Recordás las circunstancias en la que decidiste ir por el lado del periodismo?
–Sí. Soy graduado de la carrera de Letras. Cursé en una época complicada.
–La podemos repasar…
–Ingresé en 1973 a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Me recibí de Profesor en 1978. En los dos últimos años estuve obligado a dar materias libres: asistía a la facultad sólo para los exámenes. Entre 1973 y 1976 tuve profesores que nos hicieron pensar si lo que deseábamos era la docencia en Letras o la escritura de ensayos o de ficciones literarias, que era lo primero que verbalizábamos como meta. Pero había gente que nos mostraba otras posibilidades. Estoy hablando de Eduardo Romano, investigador literario de nota, además de escritor; de Aníbal Ford, que venía de desempeñarse en la revista Crisis; del “Grandote” Jorge Rivera, que trabajó con los hermanos Viñas en la revista Contorno, haciendo periodismo cultural; y de Juancito Sasturain, que era JTP de Literatura Argentina y me abrió el paso a una zona de relatos fuera del canon legitimado por entonces, como era el vinculado al fútbol y la historieta.
Eran verdaderos monstruos, por sus antecedentes y por el aluvión de conocimientos que volcaban en los encuentros, dentro y fuera de las aulas. Junto a otra gente, tenían la mirada de que el periodismo se debía hacer respetando una materia prima que es la lengua y el habla. Permanentemente nos incitaban a aprovechar la herramienta de la práctica periodística amplificando la circulación de eventos y reflexiones culturales para que llegue a toda la comunidad. Fue asignarle a la comunicación o el periodismo cultural un proyecto político que la trascendía.
Desde ese escenario se explica mi ingreso a revistas de finales de los 70s y comienzos de los 80s que tenían que ver con la cultura nacional y latinoamericana.

–¿Cómo se te ocurrió estudiar Letras?
–Desde muy chico me abrazó la literatura. A los 8 años, tuve una enfermedad, nefritis, que me obligó a dos cosas: a abandonar la escuela por un tiempo y a permanecer en reposo. Fueron seis meses en los que la literatura, especialmente los libros de la Colección Robin Hood, y la radio, se transformaron en un refugio. Eran los años de Jorge Fontana y el Fontana Show, de Hugo Guerrero Marthineitz, el de El show del minuto. Esa experiencia de oyente infantil, oscilante entre lo dinámico y lo coloquial, me marcó sin saberlo.
–¿Cómo llegó el aparato de radio al dormitorio?
–En ese momento vivía equivocado: era hincha de Boca (ríe, en busca de complicidad) y escuchaba las transmisiones de Bernandino Veiga, que seguía la campaña del xeneixe por Radio Mitre.
Así se constituyó una alianza fuerte entre el mundo de las novelas de aventuras, que luego fue incorporando otros géneros, la imaginación que incentivaba la radio y un interés marcado por el fútbol.
–¿Qué hacían tus padres?
–Mi vieja era ama de casa. Su mundo fue criarnos a mi hermano Carlos y a mí. Con sus amigas ocupaba el tiempo libre en cuanta actividad manual apareciera: por gusto, pintaba y bordaba.
Mi viejo administraba los bienes de una rancia familia dedicada a la ganadería, de apellido Acevedo, casado con una Anchorena. En Rufino estaba ubicada una de las estancias.
–¿Participaste de la cultura rural?
–Muy poco. Los viajes eran esporádicos. Mi viejo separaba muy bien la familia del trabajo.
–¿En qué medios empezaste a trabajar?
–Hay dos que han sido fundamentales. Crear en la cultura nacional formaba parte de las revistas subterráneas, que publicamos durante los últimos años de la dictadura. Allí fui Secretario de Redacción. Un desprendimiento de esa experiencia se convirtió en Cine en la cultura latinoamericana, donde me dediqué a la crítica cinematográfica.
Después de Malvinas, a partir de Romano, que era el encargado de la sección Bibliográfica del primer Tiempo Argentino, pasé a trabajar como crítico literario junto a Eduardo y al periodista y escritor Miguel Briante. Más como compinche, supe colaborar con una revista que se llamó Envido, en la que confluían, entre otros, José Pablo Feinmann y Horacio González. Ahora que charlamos, me acuerdo que, de la misma manera, acompañé los esfuerzos de una publicación muy under, que fue el antecedente de lo que hoy es Sudestada. Esa muchachada era muy dinámica, emprendedora; actualmente tienen editorial y librerías y, por entonces, editaban una revista hecha a mimeógrafo, en Lanús. Todo, antes de diciembre de 1983. Así lo cultural y lo periodístico se fueron entrelazando.

Otros mundos
–¿Y qué sentís que representaba ser periodista en esa época?
– Evidentemente ha cambiado la identidad del periodista, si lo comparamos con los tiempos actuales. Me interesa hacer un par de aclaraciones respecto del verbo utilizado. Desde el punto de vista de las tecnologías, por aquellos años parecía firme la solidez de la cultura analógica, cuando hoy parece que estuviéramos hablando de la prehistoria de la comunicación, más allá de que subsisten experiencias sobrevivientes en el mundo digital.
También cambió el vínculo entre los periodistas. Antes la redacción era una zona de aprendizaje informal, de intercambios provechosos con colegas en relación con el oficio y la realidad y ahora es un espacio en extinción. Recuerdo que al suplemento que salía los domingos lo cerrábamos el viernes a la noche. Y qué fiesta interminable se desataba después de terminar la faena, en bares y cantinas que rodeaban ese lugar, en el barrio de Barracas.
–¿De qué se hablaba?
–De periodismo, de asuntos personales, del mundo, de política, de fútbol. El caso es que esos vínculos se fueron perdiendo. No veo que sea un cambio beneficioso.
El periodismo era una manera de plantarse ante la vida. En alguna de las charlas inolvidables con Jorge B. Rivera, me dijo: si vos sos curioso, tenés que caer en el periodismo. Él sostenía que la persona que de forma innata es desconfiada, es un periodista en acción. No se queda con la primera versión. Indaga. Y, si uno es observador, puede toparse con un disparador de nota en el momento menos pensado. Lo otro es estar dispuesto a no ser rutinario. Buena parte del placer por el periodismo pasa, para mí, por desconfiar de las primeras versiones e impresiones, querer romper la monotonía cotidiana y preguntarse por aquello que en general se acepta como norma.
–Rivera es uno de tus maestros…
–Lo tuve como profesor en una materia que se llamaba Procesos culturales argentinos. Ahí me ofrecí como ayudante-alumno, junto a otros dos compañeros. Él aceptó la propuesta. Desde entonces y hasta su muerte establecimos una relación muy estrecha, de complicidad, junto a Negrita, su mujer.
–Mencionaste a la curiosidad, la desconfianza hacia las versiones oficiales o primeras versiones y la búsqueda por correrse de la monotonía diaria. Pero llama la atención las competencias culturales de las personas que venís mencionando. ¿Qué tiene que ver ese capital con el desarrollo del oficio periodístico?
–El asunto es interesante. Entiendo por competencias a aquellos pequeños tesoros que deliberada o involuntariamente uno va cargando en la mochila. Esos saberes tal vez no tengan una aplicación práctica inmediata hasta que, de repente, sin querer, emergen, marcando diferencias en la manera de resolver los dilemas de comunicación que se puedan plantear. Pienso en la literatura, el cine, el teatro, las artes en general, las lecturas sobre política, sociología, psicología, los estudios de comunicación, las charlas por supuesto. En fin.
A veces esa transferencia se da de modo sorprendente. Aprendí mucho de las letras de tango con Aníbal Ford, en conversaciones que teóricamente hasta podían estar fuera del programa de su materia.
Conviene recordar que antes del golpe de Estado de 1976, ya había sido intervenida la UBA, por orden del ministro de Educación, Oscar Ivanissevich. Fue luego de la muerte de Juan Domingo Perón. Ivanessevich puso al frente de la casa de altos estudios a Alberto Ottalagano, que públicamente se declaró fascista, ultraderechista y católico. Estos profes que fui nombrando, junto a muchos otros, fueron desplazados de la Facultad de Filosofía y Letras. Sucedió una especie de exilio interno, previo a la dictadura. No obstante, por pura solidaridad, estudiantes y docentes nos encontrábamos para seguir con las clases en la casa de Rivera, en el lugar de trabajo de Ford y así. Para ubicar al lector, la facultad a la que asistí funcionaba en calle Independencia, que siguió con el dictado tradicional de clases. Eran tiempos pre Puán: la sede actual está en el 480 de esa arteria, en Caballito.
Las clases con estos profes eran frondosas, con múltiples derivaciones y puentes insospechados. Era maravilloso. Ahí, Ford nos hizo valorar los mundos poéticos de personajes como Homero Manzi. También fue inolvidable haber escuchado a Rivera hablar de Borges. Los dos quedaron inmortalizados en una foto hermosa que los muestra caminando del brazo y discutiendo sobre filosofía. Borges lo respetaba a Rivera como un interlocutor de valía. En esa dinámica, nos asomamos a producciones que estaban por fuera del registro académico oficial y hegemónico, que nos permitió acceder a las obras de Paco Urondo, Haroldo Conti o Daniel Moyano.
Vuelvo sobre la pregunta y digo: no sólo eran competentes, sino que además la compartían con generosidad.
–Cuesta encontrar en el presente esos espacios de sociabilidad donde las generaciones entraban en diálogo, incluso dentro de la universidad…
–Lo que puedo decir es que, cuando se tuvo la suerte de habitar esas dimensiones donde se comparten conocimientos específicos junto a muchos otros, tan o más significativos para la vida y el desarrollo de la profesión, el docente busca replicarlos en los encuentros con los estudiantes.
A veces, la voluntad de algunos profes se topa con otras circunstancias: una cultura de ritmos vertiginosos donde parece que no hay tiempo que perder, actitudes respetables que tienen que ver con el perfil y los intereses de los y las estudiantes y que pueden estar haciendo foco en otro lado o que sencillamente pueden estar más cargados de pragmatismo. Lo que quiero decir es que la sociedad se ha ido corriendo.
Aporto otro dato. En sus orígenes, la sede de Letras era la actual del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires, Viamonte y Reconquista. Esas cuadras circundantes estaban plagadas de bares. En esos cafés, un Juan José Sebreli como filósofo y sociólogo; un Oscar Masotta como crítico de arte, psicoanalista y semiólogo, una joven Beatriz Sarlo, ensayista, crítica y escritora podían compartir mesa con los nombrados Rivera o Ford, en sus etapas de estudiante.
Esos bares funcionaban como extensiones de las aulas y trampolines de lecturas en profundidad. El notable pensador Horacio González aseguraba que a su formación académica se la debía en parte a las aulas y también a esa agitación de panal que se vivía en los bares, cafés y cantinas, donde los debates parecían interminables e involucraban los saberes ritualizados de la universidad y las posturas ante lo que pasaba en el mundo y en el país.
Es sencillo entender desde aquí que al academicismo tradicional y el modelo eurocéntrico de un Gino Germani se le hayan opuesto los impulsores de las cátedras nacionales que intentaron releer el pensamiento argentino y latinoamericano, como el nombrado González, Alcira Argumedo o Roberto Carri.

Nuevos aires
–¿Conocías Paraná antes de llegar para dar clases en Ciencias de la Educación?
–Estuve de paso en algún viaje familiar, previo a la inauguración del Túnel. Cruzamos en balsa. Nos alojamos en el Hotel Plaza, en San Martín y Urquiza. Recuerdo vagamente que alcanzamos a conocer los palmares de Colón y el Palacio San José, en Concepción del Uruguay. De Paraná tenía una referencia de postal, de primer vistazo.
–¿Cómo profesor en qué año llegaste?
–En 1989. Y fue gracias a Rivera. Él había creado la cátedra de Historia de los medios y la comunicación en la UBA. Nos formamos en esa perspectiva. Un día me propuso ser su adjunto y estuvimos de acuerdo en probar a ver qué pasaba. Al tiempito, me comentó que desde Paraná iba a llegar un amigo suyo, que estaba a cargo de la coordinación de la carrera de Comunicación Social de la UNER. “Le ofrecí mi casa para que nos cuente el proyecto; invité a algunos docentes y, si a alguien le interesa, está la posibilidad de ir a trabajar allá”, me dijo, al invitarme.
La persona de la que hablaba era Guillermo Alfieri. El día de la reunión estaba él, Alejandro Horowicz, Leonardo Moledo, Sergio Caletti, el dueño de casa y yo.
En mayo del ‘89, una unidad del Tata Rápido me depositó en la Vieja Terminal, en Cinco Esquinas. Debe haber sido como las 6 de la mañana. Tenía que esperarlo a Alfieri en un café que estaba enfrente, por la Avenida Ramírez.
–¿Un café, por ahí? ¿Cuál habrá sido?
–Era un hotel, en realidad, que tenía un café en el frente. No sé qué fue de ese establecimiento. Cuando he pasado luego creí ver una casa de venta de repuestos para el automotor. En aquel entonces, no conocía la ciudad y por lo tanto no sabía cómo llegar a la facultad. Alfieri me iba a pasar a buscar. El caso es que se retrasó unas dos horas. Arranqué desayunando. Había traído un libro que, de hecho, lo terminé durante la espera.
Cuando Alfieri llegó, fuimos directamente a la facultad. Entré por el edificio de 106, por entonces, Avenida Rivadavia, hoy Alameda de la Federación.
–¿Qué te propuso Alfieri?
–Dar las materias cuatrimestrales Periodismo en Cine y TV, Periodismo Nacional e Internacional, que luego fue Periodismo político, y La radio como medio alternativo, que la empezó a dar Ricardo Horvath y no pudo seguir. Así empezó todo.
–Has visto pasar en tus materias y proyectos varias camadas de futuros periodistas, desde que te incorporaste a la carrera de Comunicación Social, hace casi cuatro décadas. ¿Qué sentís que ha ido cambiando en el perfil de los estudiantes?
–Es mucho y poco tiempo a la vez. En principio, el mundo es otro: la sociedad, la noción de futuro, las posibilidades profesionales presentes, los propios docentes, el horizonte de expectativas que delimita la política, los medios de comunicación, los alcances del mundo digital acelerados desde la pandemia y un largo etcétera.
Si miramos el panorama desde el presente, mi impresión es que el estudiante interesado en Periodismo no termina de definir por dónde se va a volcar, en cuanto a contenidos, temáticas y lenguajes. En un momento fue muy fuerte la irrupción en las preferencias por el periodismo deportivo, opción que dejaba en segundos y terceros planos a lo cultural, lo político, la vida cotidiana, la ecología. Pero hoy no está tan claro.
Es como si, parado sobre los pilares de la curiosidad, la función social que se puede cumplir, los deseos de innovar y la desconfianza hacia las primeras versiones, el periodismo subsiste en las nuevas generaciones, aunque con mayor predisposición al ensayo y el error, más abiertos a probar; cuando antes, en general, cada cual sabía si le interesaba policiales, política o cultura, o participar de una radio comunitaria, alternativa.
–¿Sigue siendo un debate vigente la supuesta antinomia entre trabajar la producción o entregarse a la improvisación total?
–Es peligroso generalizar porque aún los más jóvenes pueden tener referentes que les hayan inculcado trabajar de manera planificada, tal como por otra parte nos ocurrió también a los de mi generación y las que siguieron. Vivimos una época caracterizada por la transversalidad de los lenguajes y la idea de multiplataforma. En ese contexto, muchas “salidas del paso” son presentadas como un gesto de frescura, de naturalidad, de espontaneidad. Pero otros, por alguno de los tantos caminos posibles, empiezan a ver que pensar los contenidos es más beneficioso, menos estresante. Más enriquecedor para todas las partes.
Con independencia de la generación en la que nos enfoquemos, vivimos una época atravesada por la incertidumbre. Entonces, ya no se apuesta a tomar una dirección; se ensaya y se va viendo. El lado positivo es que, al no haber algo dado de antemano, queda habilitada la discusión sobre asuntos como qué es hoy la radio, que significa hacer televisión, en qué consiste un programa de streaming, cómo debo escribir en un sitio web. Entonces, hay mixturas varias y a veces, lo que puede ser una crítica se transforma en una alternativa de pensar para salir de lo preestablecido. Aún es una película con final abierto.
–Tiene sentido para vos la expresión periodismo de provincias?
–No creo que haya un protocolo periodístico distintivo para aplicar en una geografía o en otra. Supongo que periodismo de provincias refiere a la tendencia a producir contenidos de proximidad, lo que es parte de un programa universal, fundante del periodismo de todas las épocas.
Cada lugar tiene sus tonadas, sus giros lexicales, su microcultura, su forma de vincularse con la naturaleza y las instituciones, su noción de la gestión del tiempo. Que esos aromas y estos colores aparezcan en los materiales de comunicación es razonable y conveniente, si la idea es reflejar de algún modo los intereses de las personas que residen en cierta zona de influencia. Sin contar que los propios periodistas son producto de esa cultura en ebullición.
En definitiva, descreo de ciertas clasificaciones tajantes. Y esta es una: periodismo de provincias. Pienso en un amigo, Pablo Llonto, que es “periodista deportivo”, con todo lo que ello implica, y es también el autor de investigaciones significativas desde una defensa de la política de memoria y reparación de los Derechos Humanos, corriente en la que confluyó también su formación en la Abogacía, por cierto. Él ha sostenido públicamente y en privado que se siente un periodista a secas, desempeñándose en distintas áreas temáticas. Su caso y el de tantos otros me empuja a pensar en la inconveniencia de concebir que el sentido de pertenencia a cierto espacio vital modifique estructuralmente a este viejo oficio de contar que, pese a todo, sigue dando brotes nuevos.
Cambian los destinatarios y las fuentes, naturalmente. Puede servir en este sentido pensar en las operaciones intelectuales que debe realizar un mismo periodista cuando, por ejemplo, trabaja en una radio de Paraná y dentro de un rato escribirá para un medio de tirada nacional en su rol de corresponsal. Se entiende que las piezas no pueden ser exactamente las mismas. Pero una y otra se resolverá aplicando un mismo protocolo.

Cualidades
–¿De dónde viene tu culto al orden?
–Debe haber influido una suma de situaciones. Hoy, todo cabe en un teléfono celular. Cuando empecé a trabajar, los dispositivos para almacenar y la forma de disponerlo en el momento preciso obligaban a tomar ciertas prevenciones. Uno de mis trabajos consistió en clasificar contenido de manera que sea fácilmente utilizable. Fue en defensa propia.
Un ejemplo puede ayudar. Se estrenó Últimos días de la víctima, dirigida por Adolfo Aristarain, en base al libro de Juan Pablo Feinmann. Se entrevistó a unos y otros, se asistió a la conferencia de prensa, en tiempos donde no grababa, sino que tomaba nota. Ahora si después no encontraba la libreta o no entendía los apuntes sobre el filme que había visto, estaba en un serio problema. Entonces, con mis notas y el material de difusión de la productora fui armando carpetas, que luego las coloqué en cajas rotuladas. Fue una forma de gestionar el caos.
Por otro lado, probablemente ese afán por la organización venga más de mi vieja que de mi viejo. Al compartir más tiempo con ella, es razonable que me haya apropiado de ese modo en que ordenaba los microuniversos cotidianos para que orbitara sin problemas la galaxia hogareña.
–¿Qué es lo intrínsecamente periodístico?
–Saber contar historias. Ya se trate de un partido de fútbol, una reunión de gabinete, un accidente de tránsito o una asamblea de vecinos. En el manejo del vocabulario, en la forma de abordar el acontecimiento y en la construcción de una narrativa que se sustente en una información que ha sido chequeada, emerge desde tiempos inmemoriales esa sustancia que distingue al periodismo del mero interés por comunicar. A veces es el enfoque, otras veces la manera de jerarquizar los datos o la estrategia para enfatizar: la presencia de lo periodístico puede relucir en el uso de una gema idiomática, un adjetivo, un verbo determinado, cierta convicción para retratar lo excepcional, aunque se trate de asuntos corrientes y de ordenar la experiencia en un relato que resulte atractivo.
–Pese a que conociste a próceres de una versión exigente de periodismo y de aceptar que estos tiempos distan mucho de aquellas glorias pasadas, se advierte en vos a un sujeto esperanzado. ¿Es lo que sentís? ¿Sos una persona nostálgica, extrañás algunas ausencias o preferís apostar siempre al futuro?
–Yo soy de mirar para atrás. Muchas veces me encuentro haciéndolo para entender algunas claves o contraseñas del presente. Hay un nervio que se activa en mí en el intento por vincular lo que nos pasa con sus probables causas. Por citar un lugar común: acaso no se lea menos, pero parece que no se disfruta tanto de zambullirse en un relato (cualquiera sea su lenguaje) hasta perder las referencias del aquí y ahora, en la sospecha de que mientras viajamos con la imaginación algo hipotéticamente significativo le puede estar ocurriendo a otros en alguna pantalla. Ante el fenómeno, me interesa preguntarme entonces por qué, cuándo, cómo, quiénes.
Pese a que soy porteño, no siento que la nostalgia por lo pretérito me sustraiga del presente; el ejercicio de la memoria me sirve para reorientarme en la actualidad.
Como has dicho al pasar, tengo confianza en lo que está por venir, aunque no sé cuándo ni cómo ocurrirá. Hay una energía que hay que alentar, en ese sentido: el rol docente de alguna manera me habilita a generar impulsos positivos en otras personas que, en épocas de incertidumbre generalizada, dejan aflorar la sensibilidad y aplican cierto sentido de la belleza a la transformación de lo existente en algo más humano.
Sí, tengo la esperanza de que de allí puede surgir algo mejor, sin que por eso lo deba comparar con lo que viví en épocas anteriores.
–¿Te fascina el periodismo aún, pese a todo?
–Sí, me seduce. Me cautiva. Miro la vida desde ahí. Produzco, me relaciono en base a lo que el periodismo fue cargando en mi mochila. Soy un agradecido. Interrogar e interrogarse, cuestionar lo socialmente dado, se va volviendo una herramienta que te permite aplicar a la vida diaria una forma de proceder que se sistematiza como parte de una opción profesional.
Me gusta vivir así, apasionadamente. No quiero sentar a la mesa, de prepo, a los asuntos futboleros, pero llevo 26 años peleando ascensos con Ferro, yendo al estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri, también conocido como el Templo de la Madera, en el barrio de Caballito, para amargarme de manera colectiva y disfrutar de unas pocas alegrías, sintiendo que ese partido es el fundamental. Es inexplicable, lo sé; tanto como el apego al periodismo.
–Más inexplicable es que, como hincha, hayas pasado de Boca a Ferro…
–Ah, pero eso merece una apostilla.
–Soy todo oídos.
–Cuando tuve nefritis, me atendió un especialista en riñones, el doctor Enrique Vilcovsky. Tenía su consultorio a pocas cuadras, y todas las semanas de esos seis meses me iba a atender a la casa de mis padres. Para alentar a un paciente de 8 años que debía guardar largo reposo, me decía que apenas me recuperara me llevaría a conocer un entrenamiento del plantel de fútbol de Ferro Carril Oeste, del que era el médico. Y así ocurrió. Quedé hipnotizado. Después participé de colonias de verano. Todo me quedaba cerca: a seis cuadras de mi domicilio. Era la patria chica. Con los años, esa cultura de pertenencia a un club que no deja de ser una familia numerosa me fue abrazando. Ahí sigo, en esa identidad. Boca quedó reducido, así, a un antiguo recuerdo infantil.











