Con un puñado de nuevas expresiones de un folklore del litoral que no deja de florecer, el dúo Grandolio-Cosso busca actualizar los términos de un legado hecho de chamamé, rasguido doble y polcas. Con arreglos lucidos, comparten un repertorio que combina obras emblemáticas del cancionero regional y composiciones propias. Una serie de videos refleja una mixtura que lo caracteriza, entre sonido tradicional y esmerada técnica.
Por una huella propia viene abriéndose camino el dúo integrado por Tati Grandolio y Valentín Cosso. Sobre un carretón cargado con canciones del litoral visitan pueblos, parajes y ciudades para compartir experiencias de integración armónica del acordeón y la guitarra. Sacan de los estuches novedades musicales de todos los tiempos. Animan veladas en la que los presentes traen sus afectos recordados. Hacen una música viajera para recorrer distancias y épocas, para regresar a espacios abiertos con glicinas o a patios con parra de uva chinche.
En el repertorio del dúo Grandolio-Cosso hay una fuerte presencia de lo originario y lo inmigrante, que lo vincula a los jardines familiares de flora híbrida. Como en aquellas visitas domingueras, en las presentaciones van y vienen plantines y gajos sonoros que encenderán en otros almácigos, en el momento menos pensado, la savia mágica de lo que permanece mientras nos nombra.
Algo de esas esencias aparece condensado en un tríptico de videos, recientemente grabados en Paraná, prolijamente editados. En esa amalgama de imágenes y sonoridades, se despliega un pop up musiquero que le da tridimensión al monte abierto y espinoso, a los caminos infinitos que conducen a una ruralidad agreste, al sentido comunitario que anida en las costumbres de la campiña y las ciudades, y a la eterna cadencia del río, acuarela rasgada al medio por una canoa endeble con destino de isla.
En los filmes, se ofrecen versiones de El estibador, de Raúl Barboza, Entre Ríos, de Tati Grandolio, y Victoria, de Valentín Cosso. El material, de destacable calidad, fue dirigido y postproducido por Yamil Isaac, quien además operó cámaras junto a Chenu Grinóvero. La iluminación estuvo a cargo de Sergio Fabri y la producción visual corrió por cuenta de Sonus Taura.
Respecto de la locación, debe decirse que la monumentalidad del Centro Cultural Juan L. Ortiz fue bien aprovechada: la formación ferroviaria, las formidables cabriadas de metal, la luz natural que se filtra desde la alta techumbre y rocía el antiguo andén, los lejanos portones y las gruesas paredes de galpón delimitaban el encuadre, en cuyo centro Grandolio y Cosso tocan el acordeón y la guitarra, desde un contraste oscuro que los distingue. El entorno impone un sello: la escala prodigiosa del entorno ferroviario, las fuertes metáforas a las que se lo suele asociar y las texturas reales, son recursos que aportan una atmósfera expresiva.
En puntas de pie, la cámara va al encuentro del dúo, cuidadosa de no romper el celofán del desempeño instrumental. Hay un leve fluir que transmite la composición visual, acorde al metalenguaje melodioso, que moldea paisajes de espesa y límpida entrerrianía.
Una nota llamativa es que el corazón del dúo es la música: no sobresalen los instrumentistas por encima de la acción de encordados o fuelles. La impresión es que los artistas no buscan generar guiños autorreferenciales de complicidad. Este es un detalle que se percibe hasta en la actitud corporal de los músicos que ejecutan con autoridad suficiente, pero dando preeminencia al resultado del trabajo. En este sentido, el hecho de que Grandolio y Cosso sean a la vez compositores y arregladores les puede significar un plus que cristalice en un tipo de diálogo escénico en el que las individualidades manifiestan una conciencia panorámica cierta.
Los tres videos alcanzan a reflejar esa fusión en la que conviven la construcción de postales sonoras que vinculan planicies, barrancas y lomadas, la integración de los instrumentos en base a una estética del protagonismo compartido y la cuota justa de virtuosismo, que deposita a los oyentes en una experiencia de delta, placentera, próxima a la sensación de canción infinita. Se destacan estos méritos en artistas con formación académica y trayectoria dentro de la música popular, que apenas han cumplido las tres décadas de existencia, mientras se expresa el buen deseo de que la aventura artística se deje llevar por esa brisa bienvenida.
Grandolio y Cosso conocen lo que implica tocar en conjuntos. Algunos nombres con los que compartieron escenario son referencias que trascienden los firmamentos del estilo musical y las geografías, como Juan Falú, Monchito Merlo, Liliana Herrero, Chango Spasiuk o Jorge Fandermole. Desde hace un tiempo, buscan darle sustancia a una diversidad sonora que mezcla tradición e innovación, una hospitalidad sin condiciones y una intimidad comarcana que los trasciende y determina.
Bajo un imaginario enjambre de bichitos de luz, aceptaron la nocturnidad de una entrevista para repasar los motivos y las creencias de una reunión promisoria, con el crepitar de la leña en segundo plano.

–¿Cuál es la historia del dúo Grandolio-Cosso?
–La historia de este dúo se ha ido desarrollando desde los encuentros que la música ha ido generando y el propio camino de cada uno fue promoviendo. Nos conocimos hace unos años de compartir diferentes encuentros en los que la música siempre fue el eje, en muchas ocasiones compartiéndola de manera más espontánea.
La primera vez que nos juntamos en un escenario fue en Victoria más precisamente en la agrupación cultural Victoria, donde tocamos dos o tres temas, pero no como parte de este proyecto. El correr del tiempo y sobre todo el hecho de que la vida nos encontró hace un tiempo radicados en Paraná nos condujo a poder materializar esta idea y formalizar un dúo propiamente dicho.
Esta propuesta es la expresión de nuestras experiencias con la música y ahora estamos celebrando un año desde que formalmente empezamos a gestar este proyecto.
Horizontes
–¿Qué querían hacer? ¿Qué tan lejos creen que están de alcanzar ese propósito?
–La base artística de esta propuesta se fundamenta en la fuerte conexión con la música de raíz litoraleña y con los diferentes referentes del género que han enriquecido y nos acercan una mixtura musical muy amplia dentro de este universo sonoro que es la música del litoral.
Por eso, a nuestro trabajo lo encaramos con mucho respeto hacia los grandes músicos que han dedicado su vida al chamamé. Entendemos que uno de los legados que hemos recibido de ellos es la de continuar la búsqueda a través de ideas nuevas.
–¿Cómo se define el repertorio para un panorama amplio como el de la música del litoral?
–Muchas veces el propósito es poder resumir en un repertorio un poco de toda esta historia que hemos heredado, en diálogo con nuestras ideas que desarrollamos en composiciones propias. Por ese motivo, aparecen obras de diferentes referentes del género, que pertenecen a épocas diversas de la historia y el desarrollo de esta música.

–Es difícil no remitir una experiencia de música litoraleña con acordeón y guitarra sin pensar en Rudi y Niní Flores. ¿Qué significó aquel dúo para ustedes?
–Sin lugar a dudas que el dúo de Rudi y Nini flores significó para el Chamamé un punto de inflexión muy importante como también ha sucedido con otros grandes músicos que han aportado diversas miradas y expresiones que nos enriquecen ampliamente. Tener vigentes a estos artistas a través de sus músicas nos va dando un alimento constante que uno va tomando tanto a la hora de pensarnos como intérpretes y también como compositores y/o arregladores.
En este sentido, la influencia de nuestro paisaje, el de Entre Ríos, se pone de manifiesto en la necesidad de compartir nuestro entorno más cercano y la realidad en la que hemos vivido a lo largo de nuestra vida.
–¿Cómo es el proceso creativo entre ustedes?
–Se da de forma espontánea, muchas veces; y otras mediante un trabajo más paulatino. Es algo que ambos buscamos desarrollar y el espacio de esta propuesta también es un incentivo para seguir explorándolo.
Los procesos van variando y se dan en mayor o menor tiempo, pero siempre sabiendo que las ideas siguen desarrollándose y muchas veces van madurando mientras uno ya las va interpretando en vivo.
Confluencias
–A propósito de maridajes sonoros, ¿qué le aporta un instrumento al otro?
–Históricamente el chamamé ha estado representado por estos dos instrumentos: el acordeón y la guitarra. Si bien se ha experimentado con distintas formaciones a lo largo de su desarrollo como universo musical, es quizás con estos dos que logra su identidad más genuina. Hay un patrimonio allí, que nos proponemos resguardar.
A su vez, en esta propuesta buscamos el diálogo sonoro entre el acordeón y la guitarra. La idea es que ambos instrumentos interactúen en un mismo plano de protagonismo, buscando las dinámicas, los matices y las variaciones que le agreguen fluidez a este formato.
–¿Qué tanto hablan de estas cuestiones los videos que están lanzando?
–La idea de filmar los videos surgió al presentarnos a la convocatoria de fomento que viene realizando año a año el Instituto Nacional de la Música, el INAMU.
Pensamos en producir videos porque es un formato que llega más rápidamente a la audiencia de hoy en día, donde el consumo de pantallas y de material audiovisual es muy frecuente.
A su vez, quisimos recrear una escena pintoresca de la ciudad con luz natural. Ahí se nos vino la idea de que el Centro Cultural Juan L. Ortiz sea el escenario y nos vino muy bien, porque es una música que calza perfectamente con ese ambiente del ferrocarril, la historia de los inmigrantes, la música que sonaba en esas estaciones posiblemente tuviera que ver con el acordeón y la guitarra.
También es todo un desafío apostar a la música en vivo, de tradición folklórica, porque el consumo ha cambiado. Hoy en día está todo tan globalizado que uno escucha música de otros estilos y está obligado a encajar en un engranaje comercial como el de la actualidad, que a su vez tiene tanto impacto.
Sin embargo, apostamos a estas músicas que fueron engendradas acá, que tienen estas raíces litoraleñas y que son inherentes a los habitantes de nuestra provincia. Sentimos que en algún lugar del alma y el corazón vive y late fuerte el litoral.

–¿Cuándo aparecieron las primeras inquietudes musicales?
–Nos conocemos desde hace algunos años, nos une la música, el chamamé y hoy por hoy una amistad fraterna que nos permite compartir inquietudes y experiencias musicales que le hemos ido dando forma desde hace un año aproximadamente. También hemos formado un espacio en donde podemos acercar nuestras composiciones, lo cual es un desafío porque el hecho de componer es todo un trabajo artesanal y espiritual que cobra vida cuando podemos hacerlo real en un escenario o grabación.
–¿En sus familias hay artistas o consumos musicales afines?
–Valentin: Yo empecé tocando el piano con mi abuela y luego me terminó atrapando el sonido de la guitarra. Empecé clases en un taller que daba mi tío que también es músico y compartimos proyectos, que es Juan Martín Caraballo. A partir de allí nunca dejé de abrazar la guitarra. Estudié en Rosario la Licenciatura y Profesorado en Música y hoy en día soy docente en la Escuela de Música Danza y Teatro “Constancio Carminio”, de Paraná.
No es fácil sin dudas este camino de la música. Hay que dedicarle tiempo, estudio y entregarse de lleno. Pero sí tiene mucha recompensa: la guitarra me ha llevado a conocer personas hermosas, grandes maestros, lugares bellísimos de otros países y experiencias muy queridas y grandiosas aún en lugares sencillos y pequeños. A veces asociamos la música a la fama y las cosas grandilocuentes cuando la realidad es que si uno se entrega con todo lo que tiene para darle a la música cada experiencia se disfruta y agradece.
Tati: Mi acercamiento a la música se dio a través del acordeón. Mi abuelo tenía en su casa un bandoneón y un acordeón y, con el tiempo, mis padres pudieron comprarme un acordeón verdulera (dos hileras) que es un instrumento pequeño, con las que muchos arrancamos siendo niños.
En Victoria no teníamos un profesor de acordeón o alguien que se dedicara a eso, pero Amaro González que es padre de un amigo acordeonista (Diego González) y tocaba guitarra y acordeón muy generosamente nos fue guiando en este camino y nos juntaba y enseñaba a un grupo de jóvenes que sentíamos una gran curiosidad por hacer música.
Luego de terminar la secundaria estudié en el profesorado de música y hoy doy clases de acordeón en la escuela municipal de música Justo José de Urquiza, en Victoria, en El Ensamble de jóvenes Octavio Osuna y en la Escuela de Música, Danza y Teatro Prof. Constancio Carminio.

Faros
–¿Qué maestros y referentes reconocen?
–Valentin: El contacto y el nexo con los referentes lo siento como un pase de posta. De alguna manera nosotros estudiamos y aprendemos de lo que ellos van dejando y de ahí podemos proyectar hacia otros horizontes.
Pasa con el dúo de Rudi y Niní Flores por ejemplo, que tuve suerte de compartir con ellos, conocerlos, más a Rudi porque es guitarrista, y ver cómo fueron desarrollando la música del litoral de una manera sorprendente, siempre conociendo el género desde la raíz.
También en el caso de Tati, su cercanía y vínculo con Monchito Merlo, el Chango Spasiuk, Raúl Barboza y Juan Falú, nombres que sin dudas han trabajado grandiosamente y dedicado su vida a la música argentina.
–¿Cómo sigue el 2026?
–Continuamos armando agenda para este año y el 2027 porque lo que más nos gusta es poder llevar nuestra propuesta a distintos escenarios y públicos. No hablamos solo de festivales sino también de salas de concierto y escenarios más íntimos en donde se logra otro contacto con el público y se pueden escuchar y vivenciar lo que va dejando la música en cada compás.
Es importante para los músicos con propuestas independientes como la nuestra poder encontrar esos espacios y que la gente concurra. Sabemos que en cada punto de nuestra provincia y de nuestro país hay músicos excelentes que da gusto escuchar y saber que son tan cercanos, así como teatros, centros culturales, auditorios y salas de concierto que deben ser aprovechadas en el buen sentido de la palabra, para ir a conocer y escuchar en vivo y así conocer nuestra identidad musical. Es bueno salir de la alienación en la que vivimos y dejarnos conmover por lo que sucede en un evento de música en vivo.











