En un ejercicio de memoria, Luis Egidio Jacobi reconstruye una época reciente de la prensa gráfica que se desmoronó y que tuvo en Entre Ríos rasgos particulares. En esa caracterización subraya la importancia de la agenda local y de la necesidad de que una práctica periodística ayude a entender los complejos escenarios actuales.
Un aroma familiar en la vereda vacía lo hizo regresar a una ciudad que lo habita, que sólo existe en su nostalgia. Una comarca de asfaltado céntrico y periferia de tierra, broza y ripio, de casas bajas levantadas con firmeza, retiradas de la línea de edificación, con techos de chapa o tejas de las que emergían unas columnas metálicas interminables por las que la vida pueblerina se asomaba en blanco y negro al televisado mundo moderno.
Medio siglo atrás, él era un solícito soñador. No le pedía explicaciones a la vida. Si las oportunidades no se presentaban, las propiciaba.
Los planos de ese pueblo donde creció estaban hechos con afán agroindustrial e identidad inmigrante, en la que españoles, italianos y alemanes del Volga se daban la mano, sin ocultar cierta reserva mutua.
La plaza Sarmiento y el ferrocarril eran ordenadores del espacio compartido en esa cultura de empuje cooperativo y de inversión local que la fue convirtiendo en un faro de laboriosidad que, cada tanto, celebra una euforia de avicultura, cerveza y pirok.
Entonces, Luis Egidio Jacobi regresó al presente. Recordó que venía de ser entrevistado en la sede crespense de Paralelo 32. El prólogo a ese encuentro periodístico había sido una visita guiada por las instalaciones de un multimedios regional que, ladrillo sobre ladrillo, creció gracias a la persistencia, al tesón, a tener los pies sobre la tierra en tiempos difíciles y, cuando los vientos de la economía jugaron a favor, a arraigarse en el territorio desde el trabajo propio y los vínculos interpersonales.
Jacobi no ha vivido en vano. Es inquieto. Por fuera del trabajo de la redacción, le gusta involucrarse en proyectos sociales y comunitarios que considera valiosos, aunque no siempre le rindan beneficios directos. Modesto, juvenil, décadas atrás se asomó en puntas de pie al escenario de editores de diarios con prosapia. Que supo relacionarse, conocer y aplicar lo aprendido explica que, en un firmamento de estrellas muertas, su periódico fulgure y se proyecte.
Desde el ejemplar inaugural, el 1 de julio de 1972, Jacobi también construyó una familia, con lo que ello implica; y, en paralelo, una telaraña de relaciones sociales de tal fecundidad que es difícil encontrar proyectos de cierta envergadura en los que su apellido no aparezca citado de alguna manera.
Hacendoso, dedicado, afecto a los detalles significativos, exigente y afable en proporciones variables, Jacobi es un reservorio de memoria. Ha encontrado en su oficio la clave de un respeto colectivo. Disfruta de eso. Se siente dichoso. Agradecido. Ahí abreva su sentido de pertenencia: no en separarse del ciudadano de a pie intentando empatizar con el poder sino en amplificar las sensaciones y temores del vecino para que, en la concurrencia de voces, el mundo circundante sea cada vez más humano.
En unos metros se cruzará con su esposa, Mary Tropini. Ella le recordará la agenda, en una jornada en la que la presión laboral mengua y ganan terreno los amigos y los afectos. Mientras haga el repaso de la rutina establecida, la sensibilidad de Jacobi irá y vendrá desde la época en que la conoció. Pasará ante sí el camino compartido, el crecimiento profesional, los momentos de bonanza y de restricciones, las citas con la historia, los tres hijos, la compañía matrimonial. Valió la pena, pensará, mientras inicia de a dos un regreso al hogar.
Los verá pasar una ciudad próspera, que integra lo urbano y lo rural, en la que el mundo fabril y agropecuario sigue teniendo primacía; y en la que las tradiciones disputan espacios con nuevas percepciones. El futuro dirá cómo se resuelve el dilema.

–Fuiste protagonista de una época en que los editores de Entre Ríos habían alcanzado una fuerza importante…
–Es cierto. En 1973, los editores de Entre Ríos decidieron conformar una asociación. El primer presidente fue Pedro Bachini, abogado radical de Gualeguaychú, director de El Argentino. También estaban Ricardo Sáenz Valiente de La Calle, de Concepción del Uruguay; Luis Etchevehere, de El Diario, de Paraná; Juan Carlos Surra, del diario El Pueblo, de Villaguay; el abogado Alberto Mario “Bocha” Lagrenade, de lo que hoy es El Debate Pregón, de Gualeguay; Carlos Liebermann de Luque, de El Heraldo, de Concordia, también abogado; de La Mañana, de Victoria, César “Chacho” Jaroslavsky, y desde 1982, lo sucedió Carlos Sforza; de El Demócrata, de La Paz, el abogado Pablo Medina; y el abogado Ricardo Maxit de El Entre Ríos, de Colón.
Éramos por entonces unos 30 medios de interés general en la provincia y esa comisión estuvo integrada por 20 miembros. Yo había fundado Paralelo 32 en 1972 con un amigo que al poco tiempo siguió otro camino. Imprimíamos en El Diario, de Paraná; de manera que sabían de nuestra existencia. Eran tiempos en que una localidad por entonces pequeña como Lucas Gonzaléz tenía su publicación. Algunos más precarios que otros, pero eran imprescindibles en distintas ciudades y pueblos.
–¿Cómo se completaba el panorama mediático?
–Los otros medios de comunicación masiva que existían eran las radios AM: las fundadoras LT 14, en Paraná; LT 15, en Concordia; y LT 11, en Concepción del Uruguay. Ya estaba al aire también LT26 Radio Nuevo Mundo, de Colón; y La Voz de Montiel, de Villaguay, LT 27. En ese año (1972) nacía LT39 de Victoria y en breve iniciarían las transmisiones las emisoras de La Paz, Gualeguay y Gualeguaychú.
Publicaciones impresas había de todo tipo, muchas, con intereses focalizados: asociaciones civiles, sindicatos, empresas, parroquias, colegios profesionales. Todo pasaba por el papel, en buena medida.
En esa comisión de ADDE yo era revisor de cuentas. La idea era nuclearnos para peticionar, para ser visibles, pero también para discutir cuestiones atinentes a la gestión de medios. No había una sede fija; era rotativa; entonces mucha de la documentación se fue perdiendo.
El tiempo se fue llevando a los miembros originales y los reemplazaron sus esposas o hijos. Sus figuras más fuertes fueron desapareciendo y otros nos integramos a ADEPA (Asociación De Entidades Periodísticas Argentinas). En los últimos tiempos a la Asociación de Diarios de Entre Ríos la llegué a presidir. Le pusimos mucho empeño con Elsa Courtet, propietaria de El Argentino, de Gualeguaychú, que también ejerció la presidencia.
El caso es que, desde ADDE, un día me encontré asistiendo a las reuniones de ADEPA, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas, cuyas asambleas se hacían en distintas provincias. Entre Ríos reclamaba otro lugar dentro de ADEPA. Peleábamos por eso. Allí fui miembro titular de la Junta de Directores desde 1983 hasta 1999, y desde el 97 al 99 integré el Consejo Ejecutivo, cuando lo presidió José Claudio Escribano (La Nación). En mi ciudad siempre me brindé a instituciones y eso es así hasta el presente.

Del conocer
–¿Esas relaciones te permitieron aprender el rol del editor?
–Sin dudas. Eso fue así desde ADDE y posteriormente con ADEPA. En las reuniones de ADDE un novato como yo podía aprender a conocer cómo funcionaba lo que hoy se llamaría el ecosistema. Era una entidad con una fuerte influencia: en tiempos de la dictadura alguno que otro comunicado duro se publicaba y hacerlo en conjunto era protector. Unos pujaban por mesura y otros, como Chacho Jaroslavsky por ejemplo, eran duros, y él era casi siempre uno de los redactores. Un buen dato es que ADDE fue la primera entidad de editores del interior del país; ADIRA fue posterior y nucleó a todas las provincias.
–¿Las propuestas periodísticas eran las mismas?
–No. En general, los diarios de Entre Ríos estaban más pendientes del quehacer y los debates de los gobiernos nacional y provincial; mientras Paralelo 32 se enfocó más en lo local y regional. Yo me casé en 1976. Mi esposa se involucró mucho en la consolidación y expansión del semanario. Con esa agenda de proximidad, fuimos creando corresponsalías: Seguí, Viale, Tabossi, Sosa. Muchas veces esa red dependía del compromiso de la gente, lo que hizo que estuviéramos presentes también en localidades pequeñas y rurales. Ramírez, Aranguren, Hernández, las Aldeas, todos ávidos por trascender.
Eran épocas en las que no había radios FM. Los pueblos prácticamente no tenían voz. Por muchos años, para dar a conocer algún evento excepcional había que ir hasta LT 14 o visitar al director de El Diario, que te recibía en una mesa larga y le daba pie a un periodista para que te entreviste. Cuando nos publicaban, con la típica foto en la que aparecía Luis Etchevehere como anfitrión, era un espaldarazo notable: nos hacía visibles para una amplia región.
No estoy formulando una crítica. Es una descripción de la realidad del momento. Es además el contexto del que emerge el proyecto de Paralelo 32. En ese sentido, nos enorgullece que hayamos tenido que ver con un cambio de mentalidad por el que las comunidades comenzaron a valorarse más y no estar tan pendientes de la mirada externa.
En Paralelo 32 priorizábamos el quehacer local en cada población donde establecíamos corresponsalías. Nos interesaba lo que hacían las instituciones de acá cerca; lo que pensaban los dirigentes políticos y sociales.
Cierta vez, ADEPA organizó encuentros con expertos que nos informaban sobre los desafíos de la prensa escrita, incluso a nivel mundial. Uno de ellos dijo que, al analizar la tapa de los diarios de las provincias argentinas, comprobó que los títulos de tapa más importantes eran nacionales, cuando lo recomendable era que el titular de mayor impacto fuera local. Cuando volvimos al hotel hablamos del tema con mi esposa, decíamos, con sana satisfacción: es lo que estamos haciendo. Desde el principio fue así. Y en este punto debo decir también que desde 1976, cuando nos casamos, mi esposa ha sido un pilar fundamental como periodista, administradora y acompañando las nuevas iniciativas. Pude emprender otras cosas porque siempre fuimos dos a la par.
–Así que te dedicaste a desplegar una agenda local…
–Fue todo un tema, igual; porque tampoco había mucho para publicar y no eran rutilantes como algunos títulos nacionales o provinciales. Nos costaba un Perú, acaso porque estaba instalada la idea de que lo que hacíamos como comunidad tampoco era para que salga en un medio. Pero era nuestra realidad y había que mostrarla.
Para fortalecer el vínculo con los ciudadanos y lectores de la región, nos ayudó el deporte, sobre todo el fútbol, porque las localidades cercanas compartían la misma liga.
En nuestras sociedades, los clubes son puntos de encuentro gravitante. Allí se teje una férrea sociabilidad. No sólo son lugares donde se practica deportes. Y los dirigentes deportivos muchas veces tienen actuación en otros ámbitos como el educativo, el político o el sindical. De manera que, más allá de mostrar lo que pasaba con los deportistas de la región, la cobertura de los torneos nos fue abriendo otras puertas: había que darles voz. Y para eso estaban los medios de comunicación.

–Si la directriz de un periodismo de cercanía era útil cuando la prensa escrita se floreaba, cuánto más ahora con la globalización de las comunicaciones…
–La agenda local es clave. En relación a aquella época, hoy importa mucho lo que decida el gobierno provincial y, naturalmente, estamos atentos a eso. Pero el contacto con los dirigentes y las instituciones de la región debe tener un tratamiento privilegiado.
Los medios debemos ser consecuentes con esa idea. En 1989, un amigo de Victoria, José Antonio “Yule” Pirro, me dijo que estaba dejando más ejemplares porque sus clientes de la imprenta se los pedían. Ellos nos imprimían el semanario en la mítica Imprenta Los Gráficos. Por la demanda local que tenía el periódico, Yule era de la idea de abrir una corresponsalía en Victoria. Pero por la importancia de la ciudad y porque tenía tradición de prensa escrita resolvimos crear otro periódico, con el mismo nombre, pero que se enfoque en Victoria y Nogoyá, que culturalmente son parte de una misma microregión, con fuertes vínculos interpersonales e incluso comerciales, laborales y corrientes migratorias compartidas. El caso es que, contra la opinión de muchos, llegamos a imprimir 4.000 ejemplares. La fórmula era la misma: mostrar lo que la comunidad hacía, hacer público lo que le preocupaba.
En cierto momento, había cuatro rotativas color en la provincia de Entre Ríos: la de El Diario, la del diario UNO, la de El Día de Gualeguaychú y la de Paralelo 32, que se la compramos a Hora Cero. Durante muchos años imprimimos los dos periódicos nuestros en nuestra rotativa; luego, tomamos la decisión de hacer el de Crespo y región en los talleres de El Día y seguir haciendo el de Victoria-Nogoyá en la imprenta propia, hasta que desde hace un tiempo a todo lo hacemos en Gualeguaychú.
–¿Qué vínculo operativo tienen los periódicos?
–Tienen el mismo nombre y eso a veces puede producir alguna confusión. El periódico de Victoria-Nogoyá es una SRL y el de Crespo y región está a mi nombre aún. En materia de contenidos, son independientes, aunque comparten algunos materiales, columnas fijas. Cuando es preciso, editorializo. Es una labor que me gusta, pero no hay que abusar.
Lo que hago de manera ininterrumpida desde hace unos 40 años es una pieza de comunicación para la que invento situaciones y personajes, en la que abordo la realidad sin la solemnidad de un artículo de opinión, pero utilizando las herramientas del periodismo. Ahí, intento ablandar los temas políticos más duros o que más duelen a la sociedad. No soy humorista, pero me valgo del humor.
Aún en estas piezas, más atravesadas por la escritura de ficción, soy muy cuidadoso del lenguaje. Me considero un defensor de la lengua española, que es una herramienta maravillosa para nuestro trabajo.
La sección se llama Mangrullo. Intenta tomar elementos circundantes, para darle credibilidad al relato. No se circunscribe a temáticas políticas. Le da lugar a lo social, a lo cultural en un sentido amplio.
Esas voces son las de la calle, que percibo en el día a día. Don Leoncio es un viejo sabio, que vive con poco; no habla mucho, pero cuando habla mete frases que te dejan pensando. Juan Tragasapos es alguien a quien la realidad se empecina en contradecir. Cacho Cortamolarruta es un producto de época: la de los piquetes. En fin, la idea es llegar a otro público.
–¿Quién está a cargo de la galaxia Paralela 32?
–Mi hijo Mariano. Él es en la actualidad quien dirige Paralelo 32 y todo el desarrollo de los dispositivos comunicacionales a partir de la plataforma web, las redes sociales, la sala de streaming, el canal de YouTube, la radio de FM. Yo sigo trabajando como periodista, columnista, y obviamente señalando un rumbo, aconsejando, apuntalando.
Los caminos
–¿Cómo te hiciste periodista?
–Mi mamá era ama de casa, con dificultades para hablar el castellano; por suerte, fue longeva y terminó dominando el idioma nativo. Mi papá era empleado civil en el Ejército y por la tarde se dedicaba a la pintura sobre todo de autos. Él murió el día que yo terminaba la escuela primaria.
Ante esa situación, mi madre vendió el auto. Tardó un año en cobrar una pensión. Los dos hijos quedamos boyando, hasta que alguien me dijo: Luisito, vas a tener que hacerte hombre.
Mi hermano era un genio de la tecnología. Había armado una radio a galena para escuchar LT 14. Un radiotécnico que lo ayudó mucho, estaba asombrado de su capacidad. Mi hermano la convenció a mi madre para que, con lo obtenido por la venta del auto, comprara dos bocinas y un equipo Uncoa. Era para hacer publicidad rodante y para animar bailes, fiestas y eventos. Él se encargaba de la parte técnica y yo me tuve que dedicar a la animación. Arrancamos haciendo publicidad de películas, para el cine de la ciudad, los sábados y domingos. Así nos fueron invitando a actos públicos y se fue haciendo una bola.
El primer productor publicitario de Crespo se llamó Albino Roberto Schaab. Él fue quien me propuso hacer un programa en LT14.
–Albino Schaab…
–Un emprendedor nato. Trabajaba en el Juzgado de Paz. En el tiempo libre hacía almanaques comerciales, afiches para vidrieras, tarjetas personales y diseñaba avisos. A finales de los 60 y principios de los 70, Crespo no tenía medios locales. Así planeó llevar a LT14, que era la radio de mayor alcance y potencia, a las empresas crespenses. En esa estrategia, aparecí yo. Empecé a hacer entrevistas. En fin, fue una formación artesanal. Inolvidable.
Luego, Schaab se dedicó al negocio inmobiliario, que tampoco había en Crespo. Yo seguí con la comunicación. Fui el primero en llevar la música y la cultura de los Alemanes del Volga a LT 14. Ya estaba Luis Perriere como gerente comercial y me inspiró a que le agregue historias de personajes, que anduvieron muy bien. Tuvieron mucha repercusión. Fue el punto de arranque. Hoy hay más de cien libros referidos a esta colectividad apasionante, sufrida, laboriosa, peregrina, asombrosa. Es una cultura cinematográfica.

–¿En algún momento te preguntaste por tu formación académica como periodista?
–Si bien no pude estudiar periodismo, abrí un aula en Crespo, a la edad de 49 años y cursé como cualquier alumno.
–¿Cómo fue eso?
–En 1999 traje a Crespo el aula de una escuela de periodismo, de la International Christian University, con una sede en Buenos Aires. Se dictaron carreras de tres y cuatro años de duración, semipresencial, con clases los sábados. Los profesores dejaban tareas y se llevaban las carpetas de la tarea anterior.
–Daban clases los sábados…
–Sí, venían los sábados. Eran docentes de Buenos Aires. Uno de ellos, Hugo Machiavelli, hoy en La Nación+. Incluso vino para una clase magistral Antonio Carrizo, entre otros. De Paraná asistieron unos cuantos alumnos; obviamente, también de Crespo, Ramírez, Nogoyá. Recuerdo una alumna que nunca faltaba, de Santa Elena, y un grupo numeroso de Diamante, entre ellos Pablo Markosich. Se recibieron unos 40 alumnos de una sola cohorte porque en 2001 y 2002 aparecieron los Federales. Los alumnos nos pagaban con ese medio que en Buenos Aires no querían recibir. No obstante, la ICU cumplió y entregó los títulos.
–¿Paralelo 32 fue tu única experiencia en prensa escrita?
–En 1989 fundamos Observador Agropecuario, con la idea de cubrir el espacio dejado vacío por la mítica Marcha Agraria, de Alejandro Clement. Cinco años duró esa aventura. Imprimíamos en los talleres de La Calle, en Concepción del Uruguay. Era un mensuario que se distribuía de manera gratuita, entre abonados. Se sostenía con la venta de avisos. Los contenidos no me eran ajenos porque, por entonces, mi segundo trabajo era en un laboratorio de análisis industrial, en la Fábrica de Alimentos Balanceados de La Agrícola Regional.
–Se percibe un nervio emprendedor en tu relato…
–Admiro a los emprendedores. Creo que hay un gen en Crespo que impulsa individual y comunitariamente en ese sentido. El único libro que tengo publicado se llama Héctor Motta. Historia de un emprendedor nato. Es un amigo, muy querido. Gran emprendedor, ahora dedicado a formar emprendedores.
Otro orgullo mío es haber tenido que ver con la Biblioteca Popular Orientación. Fui presidente de la comisión desde 1982 a 1996 y, en ese carácter, impulsé la construcción de su edificio propio, cuyas puertas están abiertas de enero a diciembre, sin vacaciones. Fue fundada en 1932, por vecinos. Contar con la sede le dio sustentabilidad al proyecto. Trascendencia.
Pero por sobre todo mi mayor logro es haberle dado tiempo de calidad a mi familia, a mi esposa y a mis hijos. Eso ha sido lo más inteligente que hice en mi vida. Con mi esposa, codo a codo, hicimos todo lo que ves, siendo que arrancamos desde cero.
–¿Estuvieron siempre acá, en Moreno 1256?
–Alquilamos por varios lados. Funcionamos en mi casa materna también. En lo que fue mi dormitorio funcionó la redacción. Ahí estuvo Sergio Montiel, por ejemplo, cuando era candidato a gobernador.
Luego de itinerar, compramos acá y fuimos levantando este edificio que nos enorgullece.
Inquietudes
–¿El periodismo está en vías de extinción, Luis?
–Vivimos la era de la posverdad. Los sentimientos y creencias personales pesan más que los hechos comprobables. La emoción le gana a la evidencia. La verdad deja de importar y lo importante pasa a ser lo que siento. Hoy, cualquier persona con conexión a internet puede comunicar. En general, lo hace desde un interés personal, desde su propia frustración, sin un método, en base a lo que desearía, esclavo de la ideología que espera imponer y, muchas veces, para hacerse notar, para tener trascendencia. Para mí eso no es hacer periodismo.
No hace periodismo el que filma y comenta lo que sospecha en tiempo real, sin contexto de la realidad que muestra. No se trata sólo de insultar y maltratar. Hay que saber que el periodismo tiene un método para indagar y que para corregir vicios de arbitrariedad y miopías recurre a las fuentes. La suma de voces le ayuda a discernir mejor.
El periodismo no es opinar sin datos, según lo que me parezca. Hay que averiguar, conocer la historia de un proceso, hacer antesala para entrevistar a expertos y responsables para contrastar o chequear las impresiones. Es un trabajo extra.
Lo que noto es una desvirtuación de los objetivos colectivos de la práctica periodística, a la que han aportado también los medios y colegas que se han dedicado a operar más que a informar. Lo hacen en defensa de sus intereses individuales, con el afán de multiplicar sus negocios políticos o económicos, para presionar a los gobiernos y un largo etcétera. Ese tipo de periodismo ha ayudado a que la sociedad se decepcione con el periodismo en general.
–Más allá de esto que señalás, hay una cultura que cede su capacidad de reflexión a la manipulación de los algoritmos…
–Es cierto, no lo niego. Es una lógica que privilegia lo impactante y superficial y desplaza la conciencia de que los asuntos públicos tienen su complejidad. Donde las personas buscan que se confirmen sus sospechas, aquello que ya sabía. Es un mundo aburrido también, previsible, donde reina lo meramente emocional, lo escandaloso. Lo sensacionalista gana la escena, pero nos aleja de poder abordar nuestros problemas corrientes.
Volviendo sobre tu pregunta anterior, el periodismo es más necesario que nunca. Ahora, no puede ser un oficio arrogante. Debe ser una tarea humilde y persistente. La verdad no es un bien de consumo ligero. Es un compromiso y hay que afrontarlo con responsabilidad profesional.
El que conjuga los verbos investigar, contrastar, contextualizar y discernir con honestidad, está haciendo periodismo. Es una tarea mucho más compleja y silenciosa que quedarse con dar opiniones que exaltan los ánimos, llenas de preconceptos, o se hace eco de rumores incomprobados.
El actual es un mundo saturado de voces que necesita un tipo de periodismo que ayude a pensar y a ser parte, a involucrar a todos, a cambiar lo que no está bien, a juntarnos y valorar lo que somos capaces de hacer.











