La semilla plantada

1 octubre 2026 10 minutos
Redacción

Hay recuerdos que apagan conciencias y homenajes que las encienden. Entre los últimos aparece el que un grupo de vecinos le dispensó a Mario Alarcón Muñiz para celebrar otra forma de ejercer la comunicación social. Fue en la calle que lo evoca, allá por el Seminario. Hubo votos por una práctica periodística territorializada, que ayude a pensar y a sentir, que no se contente con distraer y entretener, ni sea cómplice de una época que multiplica las estrategias de inhumanidad.

En una de sus tantas notas sobre la vida social en la colonia española, el jesuita José Guevara se refirió al hábito de tomar mate. Aunque hayan cambiado las costumbres, la práctica mantiene el número de fieles entre los habitantes de la región. “Es tan común la bebida del caá que, desde el bozal más negro hasta el caballero más noble, la usan. Si llega un huésped, aunque sea a una vil choza o un rancho campestre se le da mate. Si está cansado, mate para descansar; si sudado, mate para desudar; si sediento; mate para apagar la sed; si soñoliento, mate para despabilar el sueño; si con la cabeza cargada, mate para descargarla; si con el estómago descompuesto, mate para que lo componga”. Pues bien, a la luz de los últimos acontecimientos, habrá que reconocer que, al historiador español destacado por sus crónicas sobre el Río de la Plata y el Paraguay, le faltó un uso necesario en el amplio repaso: tomar mate formando una rueda, para recordar a un ciudadano cabal.
En efecto, un grupo nutrido de vecinos aprovechó que el 8 de septiembre se celebró el Día Internacional del Periodista para convocarse en la calle Mario Alarcón Muñiz, echarle yerba a la calabaza de las evocaciones y compartir el rato a sorbos cortos, en amistosa compañía.
La arteria ya había sido bautizada con el nombre de quien prestigiara la radiofonía entrerriana y la conducción de espectáculos musicales de raíz folklórica, pero los carteles indicadores fueron instalados recientemente, lo que constituyó una excusa excepcional para organizar una animada asamblea.
Para llegar al lugar, hay que tomar Don Bosco hasta que se vuelva suburbana, cruzar la Circunvalación José Hernández y, mientras emerge una vigorosa vegetación de seminario que invita a la introspección pedestre, recorrer unas cuadras que se cuentan con los dedos de la mano y doblar a la derecha, por Matías Raúl Scotti “El payamédico”. Paralela a Don Bosco, inscripta en un barrio en el que la naturaleza aún está amigándose con los materiales de construcción, dos breves cuadras con sus tres bocacalles honran a Don Mario.


Una de las vecinas es la periodista Andrea Venturini. Como, además, es sommelier de yerba mate, se puede intuir que algo habrá tenido que ver con la cita. Tal vez el día que se encontró con el cartel de Mario Alarcón Muñiz sacó fotos, las compartió con allegados y, como quien no quiere la cosa, los portatermos y sillones se fueron poniendo de acuerdo.
En la calle Mario Alarcón Muñiz la urbanización todavía preserva la sonoridad de pájaros cantores. Hay una esperanza de familiaridad flotando en el ambiente. La presencia humana no ha roto aún la burbuja de naturaleza predominante. Los caminos están asfaltados. Cada casa luce una entrada para auto. En las veredas aún gana la batalla la gramilla. Los árboles son jóvenes con sueños de sombra acogedora.
Esa tarde fueron llegando en pequeños ramilletes los amigos de Mario, los hijos, su última esposa, los colegas y tanta gente de la comunicación y la cultura que lo admira. Todos llevaban un destello de sol en la sonrisa. Los que lo trataron aseguraban que a Alarcón Muñiz le hubiera encantado ser parte de esa rueda: escuchar historias, contar anécdotas, tomarse el tiempo para compartir y matear tupido.
El comunicador que estaba por ser honrado tenía una expresión oral ciertamente personal, de una firme amabilidad. Un decir claro, confiado en la eficacia de la palabra precisa tanto para el abrazo de seda como para la áspera defensa de los principios, marcas de buen lector.
Los bienes culturales lo volvieron un ciudadano del mundo y su oficio, un viajero empedernido, con amigos en todos los pueblos y ciudades de entonces, cuando el contacto cara a cara y la mano estrechada no tenían sustitutos. Había nacido el 6 de agosto de 1933, en Victoria. Murió el 26 de octubre de 2019, en Paraná. Gualeguay, La Plata, Concordia son otros puntos en el mapa que siempre mencionaba en sus evocaciones.
Lo cierto es que por donde anduvo dejó huellas. Había aprendido que documentarse es el cimiento de cualquier posicionamiento. En la escritura era pulcro, de lucida prolijidad. Esa práctica era el secreto de su solidez profesional: para los guiones radiofónicos o las intervenciones como maestro de ceremonia aplicaba el protocolo que había aprendido en la prensa gráfica.
Desde el poder de síntesis, capitalizaba también su gusto por la poesía, sobre todo entrerriana, de raíz popular. Por eso, pese a haber escrito libros para enorgullecerse, como Entrerrianías y Paraná, del río a la querencia, le gustaba caracterizarse como periodista. No era un gesto de modestia, sino un acto de reconocimiento a una disciplina que le enseñó los secretos de la mecánica cultural.
Al comunicar, había llegado a lograr un estilo tal para redactar que al lector le parecía escucharlo mientras lo leía. La acentuación, los silencios, el verbal sentido de la ubicuidad.
En aquel atardecer memorioso, hubo mates, tortas fritas, música y danzas. El programa de radio “En el dos mil también” transmitió las alternativas del festejo, bajo la conducción de Antonio Tardelli.

Como en familia

La ceremonia como tal fue de carácter informal. Cada cual tomó un micrófono improvisado y recordó anécdotas. La vez que no le cobró a los paisanos por conducir un espectáculo porque conocía sus talentos y esfuerzos; la vez que fue echado de un medio y el otro, porque no se inclinaba a los mandatos políticos de la hora; la vez que prefirió que no se anunciara que era su última actuación en un escenario para evitar elogios y obsequios. Y así, la vez que firmó con otros estudiosos un documento para desconocer la frontera de Entre Ríos con el Uruguay, y otro para nombrar al maíz semilla venerable e inviolable, contra la manipulación genética y sus derivados.
Durante las breves exposiciones, de sus estudios de la historia, las lenguas ancestrales y la biodiversidad, se regresó a su talento para presentar a los artistas, sin distinguir a los principiantes de los consagrados, con la misma altura siempre, la misma disposición. De ahí que los intérpretes y compositores agradecían si era Mario Alarcón Muñiz quien preparaba el clima.
En realidad, se llamaba Mario Roberto Eduardo Alarcón Muñiz, con los nombres integrados de los hermanos Kennedy, aquellos de la frustrada revolución yrigoyenista.
Mientras iba tomando forma la caída del sol, Santiago Rinaldi destacó el trabajo de Don Mario sobre los escenarios mayores y lo adjudicó al conocimiento que tenía “de los artistas, del cancionero, del poemario” y a su “impronta inigualable”.
Un rato más tarde, se plantó un ubajay; al decir de Tirso Fiorotto “un arbolito con frutas agridulces como la tarea periodística”. El detalle merece una contextualización. Hace algunas décadas, en una de las luchas por la propiedad de la tierra que llevaron adelante los vecinos de Santa Elena, hubo periodistas que fueron al monte del paraje El Quebracho a cubrir el acontecimiento. En esa circunstancia compartieron frutas del ubajay con los obreros reunidos en un rincón, junto a sus reclamos. De aquellas frutas, este ejemplar, nieto de Santa Elena, como símbolo de una disputa de absoluta vigencia. No faltó quien recordara que el arbolito es una especie humilde del monte y la selva en galería, y por eso expresa al homenajeado.


En la rueda de mates, Alarcón Muñiz fue comparado con otros “hermanadores” de la cultura regional como el recordado Carlos “Mange” Casís. Gente dispuesta a brindar todo por la cultura regional, con una convicción heredada en parte de la prédica de Mahatma Gandhi, porque es sabido que Mario Alarcón solía repetir una de sus citas: “No quiero que mi casa esté amurallada por todos lados ni que mis ventanas estén tapiadas. Quiero que las culturas de todas las tierras fluyan libremente por mi hogar. Pero me niego a que ninguna me obligue a nada. Me niego a vivir en casas ajenas como un intruso, un mendigo o un esclavo”.
Sin levantar polvareda, el querido Alcides Müller tocó unos tanguitos montieleros para que bailaran María y Juancito Espinoza, todos amigos y admiradores de la personalidad de Alarcón Muñiz.
De Rosario del Tala llegaron Edgar Monteañares y Omar Péltzer y dejaron unos poemas, unas milongas, con las temáticas que eran del agrado del homenajeado. Y allí estuvieron los historiadores Juanito Vilar, Guido Marengo, Rubén Bourlot; sus amigos de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres que son docentes, periodistas, como Quequecha Brasseur, Ana Delia Scetti, César Baudino, Tirso Fiorotto, Juan Vilar, el propio Antonio Tardelli; y uno de sus compañeros de ruta en los festivales, Santiago Rinaldi, con mil anécdotas compartidas. Otros vecinos como Sergio Rochi y Hernán Rondán Grasso, entre tantos artistas, el periodista Simón Volcoff o Lole Rodríguez, valorando la actitud comunitaria de Don Mario, o Aixa Boeykens como colega y hoy en el alto compromiso que le tiene como decana de la Facultad de Ciencias de la Educación.
Para hacer justicia habría que nombrar a cientos, entre los que estuvieron allí, quienes se disculparon porque a esa hora medio inapropiada de un martes debían dar clase o hacer otras tareas, y quienes firmaron el pedido de su nombre para una calle.
Linda rueda, emotiva. Cuando Luz Halle recordó ciertos momentos intensos de la vida familiar y laboral se hizo un silencio entrañable.
Con los últimos rayos del sol, los últimos abrazos, las últimas tortas fritas, allí quedó el ubajay con el compromiso de los niños del lugar para cuidar la memoria. “Ñande gente porá”, dirá Mario, ya mesturado para siempre con la Pachamama, a la que honró toda una vida.

Ir a más

Además de notable maestro de ceremonias y aplicado comunicador, Mario Alarcón Muñiz era un soñador. Deseaba un país mejor, una sociedad con otras aspiraciones que las que da el dinero. De ahí su apuesta a la cultura y a la radio, a la que consideraba un aula sin paredes ni pizarrón.
En sus intervenciones públicas no hacía ostentación de cierta forma de pensar. Desarrollaba su papel con recato. Creía que al aplicar un método de trabajo determinado estaba haciendo su parte: que los destinatarios tuvieran los más aptos elementos para tomar decisiones.
El cronista se fue pensando en estos asuntos, mientras se apagaba el murmullo de los homenajes. Al dialogar con sí mismo, decía que el recuerdo integral de Alarcón Muñiz era aquel que nos haga recapacitar sobre el valor transformador de la comunicación social y el lugar del comunicador, en un contexto en el que se lo tienta a que desplace del protagonismo escénico a los actores sociales y se coloque en el centro de un pasatiempo transmitido, cuando podría ayudar a entender lo que pasa para inspirar deseos de cambiarlo.
El ritmo de los mocasines le marcó el de una canción de Rafael Amor. Desde ahí hasta subir el auto la fue cantando, desafinado: “Con esta cebadura/ no vamos pa ningún lao/ hay que cambiar la yerba, hay que cambiar/ el mate está lavao”.

Un homenaje

En La columna desviada, el historiador Rubén Bourlot despliega una técnica usada en distintas épocas en el periodismo argentino: abordar un acontecimiento real a partir de situaciones y personajes creados para sentar posición de un modo menos solemne. La reunión por Alarcón Muñiz no quedó al margen de sus observaciones. Veamos.
Lo encontré a Contrera en el boliche de Ledesma tomándose el califorato de siempre.
–No lo vi en la “inauguración” de la calle Mario Alarcón Muñiz… allá por el Seminario.
–¡Ahí estuve! Lo que pasa es que usted no me vio porque estaba codeándose con la gente importante.
–No diga eso, Contrera. Era una juntada de vecinos y amigos sin ninguna jerarquía… Un amuchamiento nomás, que se apropió de la calle para compartir unos mates y las tan vapuleadas tortas fritas.
–Linda tarde ¿vio? Como si Don Mario desde allá arriba le hubiera dicho a San Pedro: póngale mucho sol y tibieza primaveral a los cumpas.
–Así es. Fue una linda juntada. Le nombro, por si no los conoce, a algunos que dieron el presente. Ahí estaba el profe Juanito Vilar, los hijos de Mario Alarcón, Soledad Castañares, Aixa Boeykens, decana de la facu de Ciencias de la Educación, el organizador Tirso Fiorotto, Claudia Luero, Andrea Venturini, comunicadora y somelier de mates, César Baudino, Santiago Miguel Rinaldi, varios musiqueros con sus tanguitos lisos. Anduvo Hernán Rondán Grasso, Guido Marengo… Bueno, es larga la lista…
–Y vi algunos que hasta se animaron a agarrar la pala.
–Sí, plantaron el ubajay para que lleve viva la savia de Alarcón Muñiz. Como cantó Carlos Alberto Álvarez:
¡Un árbol quisiera ser
para sentirme contento
con el follaje en el viento
y hasta las nubes crecer!
Pero además hubo una trasmisión radial. Antonio Tardelli con su programa En el dos mil también por la FM Costa Paraná.
–Gran hombre ese Alarcón Muñiz…
–Sin dudas. Un verdadero polígrafo.
–¿Polígrafo?
–Pero no por lo de detector de mentiras. Aunque tal vez sí haya sido un buen pesquisador de mentiras. Pero a lo que me refiero es que fue un hombre de una amplia cultura, que sabía abordar con gran solvencia los más diversos temas. Un Martiniano Leguizamón de los nuevos tiempos.
–Bueno, tómese algo y me sigue
contando…

Periodistas

En Argentina, se festeja el Día del Periodista el 7 de junio, en conmemoración de la aparición de Gazeta de Buenos Ayres, ocurrida en 1810.
No obstante, a nivel mundial, desde 1958, se tomó la fecha del 8 de septiembre, día de 1943 en que el régimen nazi ejecutó al periodista y escritor checoslovaco Julius Fucik, luego de años de sistemática tortura.
Sin saber cuándo llegaría el fin, el guardia que diariamente lo visitaba le extendió una hoja con la que Fucik fue dando forma a un testimonio de todo el proceso, por entregas. Luego, su esposa, Gusta Fucikova, periodista como él, encarcelada por los mismos motivos, se topó con los manuscritos apretados apenas quiso averiguar qué fue de la vida de su amado. Y completó la obra para que el infierno no fuera olvido. Reordenó los papeles y los publicó bajo el nombre de Reportaje al pie de la horca. Allí se describe la vida en la cárcel de Pancrák a través de sus personajes, víctimas o verdugos, la lucha a muerte entre invasores y resistencia, alternada con reflexiones políticas y existenciales de valor universal.
Según el crítico Ladislav Stoll, Fucik “nunca jugaba el papel de un espíritu encerrado en sí mismo: estaba pletórico de alegría, de vitalidad. Amaba la vida como un niño, despreciaba la muerte como un adulto. Amaba a sus amigos y sus amigos eran todos aquellos que como él amaban al pueblo y a los hombres”.
El guardiacárcel con el que interactuó Fucik se llamaba Adolf Kolinsky, un joven comunista checo que se infiltró en la cárcel de la Gestapo para intercambiar información y aliviar, en la medida de lo posible, el pesar de los prisioneros.
“Me dijeron que mañana seré fusilado”, le planteó Fucik, cierto día. “¿Eso lo impresiona?”, consultó el guardia. “No, descontaba que sería así”, respondió. “Es posible que lo hagan. Si no es mañana, será después”. Entonces, le dio la hoja y el lápiz, a escondidas. “Por si acaso, por si quiere dejar un recado para alguien. No para ahora, ¿me entiende? Para el futuro”. Y así fue.

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