La colorida travesía en carro es una de las tantas propuestas que las aldeas alemanas sostienen con vigor y emoción, para no perder el recuerdo de sus antepasados. La experiencia concentra las viejas costumbres y la gastronomía moderna, los rituales y espacios religiosos con los museos que recuperan lo vivido.
Llevó tiempo que se dieran cuenta de que algo del Paraná los reunía sentimentalmente al Volga, a miles de kilómetros del atracadero de Diamante del que bajaron de dos barcos a vapor.
Se puede imaginar el paisaje agreste y hostil al que se integraron aquellos emigrantes alemanes, que veían de Rusia tras un plan de progreso, un siglo y medio atrás.
De este lado, el navío oscilante, las curvas del río, su misterio de barrancas, las islas al óleo, sus zonas inundables; enfrente, un filón de madera que les hizo pisar tierra firme; más allá, lomadas de un verde indescifrable que fueron convirtiéndose en postales familiares.
Acaso esa extranjería que portaban desde la época de sus antecesores los hizo tan atados a las costumbres: la religión, las comidas, las maneras de ocupar el territorio, las formas de construir, los modos de reunirse, las estrategias para estar juntos.
La Chacra 100 fue su punto de encuentro. Era la Administración de la colonia, hoy ubicada a un par de kilómetros del casco urbano de Valle María.
Dañado por el paso del tiempo, el edificio condensa angustia, desencanto, convicción y esperanza, condimentos que han dado sentido de pertenencia a estas comunidades. La expectativa es acondicionarlo, lenta pero consecuentemente, como es práctica por esas tierras.
Los alemanes del Volga vivieron en la Chacra 100 peripecias similares a la de los israelíes en el desierto, hasta que del cielo cayó el maná. Según se cuenta, los recién llegados recibieron al sacerdote lazarista Pedro Stollenwerk, que vino en un momento de decaimiento para las familias. Celebró la Misa en alemán y su asistencia espiritual fortaleció los ánimos. La mayoría permaneció en este espacio hasta que recibieron del gobierno nacional la autorización a establecerse en aldeas, que era su sistema de vida en el Volga. Era el 21 de julio de 1878.
Aquel millar de alemanes esparcieron su influencia hasta dar origen a las Cinco Aldeas Madres, en un área triangular del mapa de Entre Ríos, conformado por Diamante, Crespo y Paraná: Protestante (Prostantendörf), Spatzenkutter (Marienfeld), Salto (Köller), San Francisco (Pfeifer) y Valle María (Marienthal). Un año más tarde grupos de familias llegadas del Brasil formaron Brasilera (San José).

Al mañana
Estas historias se han ido hilvanando con los años, desde que un grupo de descendientes quiso rememorar cómo eran aquellas peripecias en esos carros tan característicos, cómo era pasar la noche protegidos debajo de los vehículos o cocinar en esos pozos que se cavaban en las barrancas.
La travesía en carro tiene su propia tradición. Probablemente, la ocurrencia haya prendido en alguno de los tantos festejos: hacer el viaje inicial de los abuelos inmigrantes, desde Valle María a lo que es hoy Santa Anita, porque había un campo destinado para ellos. Al recorrido lo hicieron prácticamente sin tener nada, solamente con unos caballos y unos carros prestados y así, comenzaron a forjar un ADN común, casi a tientas: sin el auxilio de GPS ni de mapas, se guiaban sabiendo que debían ir para el lado donde salía el sol.
Los primeros aventureros quisieron recrear eso de sus predecesores: qué se sentía al hacer ese viaje, qué era dormir debajo del carro, qué significaba afrontar las inclemencias del clima y el esfuerzo que hicieron aquellos a los que recordaban con las manos lastimadas de trabajar y construir.
Los primeros 260 kilómetros en carro les permitió unir Valle María, con Puíggari, Crespo y Ramírez. En cada pueblo al que llegaban contaban la historia de los abuelos. “Fue muy emocionante”, recuerda Avelino Riedel, uno de los expedicionarios. “Eran muy hábiles, en cada lugar paraban cerca de arroyos, donde se podían bañar, darles agua a los caballos y en las barrancas hacían unos hornos con pozos, donde cocinaban pan, strudel y demás cosas, que luego los subían al carro y viajaban otra vez 2 o 3 días; cuando se terminaba el alimento, nuevamente a buscar barrancas, hacer el horno, amasar. Era vivir o sobrevivir con lo que se tenía a mano”.
Con los años, el viaje se hizo de Crespo a Valle María, pero el espíritu es el mismo. A los aventureros originarios se unieron familias más jóvenes, empilchados para la ocasión, con carros típicos, sulkys y jardineras. No falta el baile, los patios de comida ni las ceremonias religiosas.

Tradiciones
Los alemanes del Volga son familias inmigrantes llevadas de Alemania a Rusia por Catalina II a finales del siglo XVIII. Guardan un perfil identitario, constituido por la cultura base, salpimentado por experiencias posteriores. A esa idiosincrasia la han mantenido en Entre Ríos, a pesar de que el entorno natural es otro y que, como es habitual, la sucesión generacional plantea estrategias diferentes de convivencia con un afuera que en la galaxia digital es globalizado.
Hay una tensión entre una especie de actitud defensiva que se repliega hacia lo propio, que tiende a poner en valor lo que se es pero también a producir comunidades más cerradas, y cierta apertura típica de los nuevos tiempos que no obstante pone en riesgo la conservación de valores ancestrales, gustos y hábitos que venían siendo transmitidos por las instituciones sociales.
Una marca en el orillo de estas comunidades es que el trabajo, la fe cristiana y la educación escolar son un trípode en el que se erigen. Así ha sido desde que la Argentina del Dr. Nicolás Avellaneda los recibió y en Entre Ríos se instalaron en los fértiles terrenos del Departamento Diamante, preferencialmente a orillas del río Paraná, similar al Volga que los había acogido por más de cien años; para luego dispersarse tímidamente hacia el interior del territorio provincial.
Cuando llegaron a estas tierras, el gobierno les entregó a cada familia una parcela de tierra, dos yeguas y un caballo, dos vacas lecheras, dos bueyes, un arado con cadenas, dos palas, una azada, un hacha y un rollo de soga. Tenían cinco años para devolver el crédito, luego de los tres de gracia.
A puro tesón, los alemanes del Volga dieron nacimiento a prósperas aldeas, pioneras en producción agrícola, ganadera y cunicular. En los últimos años han apostado al desarrollo de un tipo de turismo que se basa en la tranquilidad, el disfrute de la naturaleza y el acceso a bienes culturales e históricos.

Preservar
Las aldeas entrerrianas conforman la comunidad alemana más importante del país. Muchas de sus prácticas más antiguas están a la vista, como sucede con tantas viviendas que no tienen puertas en el frente sino solo ventanas, lo que se explica por la necesidad de tomar prevenciones ante la presencia beligerante de grupos nómades en el Volga. Allá adoptaron esta decisión para proteger sus vidas y la mantuvieron en Entre Ríos, en una atmósfera completamente diferente.
Una esencia pretérita los define. Algo parecido sucedió en la Chacra 100. Hacinados, se organizaron para aprovechar las pocas comodidades existentes. Entonces, afuera de los precarios edificios, cavaron pozos de cuatro metros de largo por tres de ancho y dos de profundidad; y los techaron con chilca, ramas y paja brava. En esas trincheras descansaban, como lo habían hecho sus antepasados en el Volga cuando no tenían ladrillos. Los criollos los llamaban “vizcacheros”, en referencia a los pequeños mamíferos que duermen bajo tierra.
La profundidad de la mirada del visitante define en cuanto tiempo se puede recorrer este itinerario histórico y cultural, ubicado en la costa del Paraná, unido en su mayoría por la ruta provincial 11.
En efecto, se trata de una travesía que puede realizarse en un día, por la corta distancia que separa una aldea de otra. Aunque también puede demandar varias jornadas, si la idea es conocer los orígenes y el desarrollo alcanzado por estas comunidades, que eligieron no abandonar sus costumbres y tradiciones.











