La vida, de lápiz y acuarelas

29 noviembre 2024 6 minutos
Cristal Bella

Un intercambio con un artista del trazo nos propone dejar de hacernos la historieta en Instagram o en el ex Twitter y nos invita con amor y humor a dedicarnos a hacer croquis de los mundos posibles o imposibles que deseamos.

Ricardo Jaimovich es, antes que todo, dibujante. Al mismo tiempo, el arquitecto de profesión cuenta con los títulos de ilustrador, humorista gráfico, realizador de animaciones y docente.
A lo largo de su trayectoria, Jaimo, como rubrica en sus obras y como lo conocen de toda la vida en la ciudad de Paraná, modeló un mapa de pertenencia. En isobaras, aparecen los medios de la región en los que publicó, como Análisis, Hora Cero, Nueva Hora, El Diario, Acidez de la Actualidad, Diario UNO, El Litoral y 170 Escalones. En cada escala repara en el vínculo con colegas como Roberto Viso, Gito Petersen, Hugo Seri, Cosenza o Maxi Sanguinetti.
Accedió al cautivante mundo de la docencia a finales de los ‘90. Fue tallerista en barrios como La Palangana y Las Rosas y hasta en su propia casa. Actualmente, coordina talleres para infancias y adolescencias en Multiespacio Urquiza y en el Centro de Arte del Club Universitario; dicta clases de Historietas y Animación en la Escuela de Artes Visuales; y desarrolla un proyecto de animación en la Escuela del Club Atlético Estudiantes.
Para Jaimo, todas esas experiencias pedagógicas que engloban arte y juventud, “son registros diversos que me dan otra visualización” de las múltiples realidades: le permiten capturar una panorámica de los intereses y los sueños de las nuevas generaciones.
Singularmente, su trabajo con los más jóvenes lo delata partidario del ¡Crac! con la cultura de la nuca rígida, auspiciada por las pantallas de los dispositivos móviles y su lógica mercantil del ¡Clic!
El desafío es alentarlos a salirse de los márgenes 16:9, a levantar la cabeza y agudizar el ojo ante lo que los rodea para fortalecer las relaciones que se trazan en esos ámbitos culturales y educativos.
Si se tratase de remarcar una línea del ideario del artista paranaense, el lápiz vuelve a pasar sobre la idea de que, en la relación con los estudiantes, una cosa es una hoja en blanco dispuesta a colorearse, y otra cosa, antagónica, es pretenderlos tabula rasa.
En un planeta bizarro, saturado de personajes con sobredosis de caricaturidad y debates superfluos que entran en globitos, donde todo parece estar servido sobre la mesa por el mainstream, Jaimo propone darle al botón de ¡Stop! para profundizar en materia de contenidos, de mensajes y de ejercicio de derechos.
Esa ilusión que nos mantiene vivos, estimulados y creativos supone romper con la puesta en escena de los artefactos del poder, revelar el código encriptado, completar las figuras en una cruzada animada que va al rescate de la expresión humana más artesanal, más material, más contundente.
Además de ser un observador de poses, gestos y actitudes que luego lleva al plano, Jaimo es un tipo que parece caminar con fumettis sobre su cabeza y que, con el poder de la síntesis, las metáforas y el ingenio, traduce secuencias de la vida en dibujos y en humor.
Cuando no está dibujando, enseñando, siendo papá de Hannah, tiene tiempo para charlar de las ideas que tal vez se le presentan en cartuchos, como se le dice en el universo cómic a los rectángulos que contextualizan las historias.
Previo a su clase de los lunes en la Roberto López Carnelli, entre sorbos de un cortado y los ¡Rrrr! de una cafetería en la esquina de Laprida y Santa Fe, el artista compartió saberes de su “doctorado en chistes malos” y dialogó sobre los sentidos de su oficio, fuera de viñetas, con Tekoha.

-Te toca dibujar en tiempos de lo absurdo, de lo fake. A veces la realidad supera la ficción y lo excéntrico de los personajes o caricaturas se queda corto ante tanta monstruosidad andante.
-Desde la visión de un ciudadano cualquiera, el monstruo tenía que salir y lo hizo de la peor manera: racista, xenófoba y bizarra. No puede ser un presente en el que haya abuelos que no comen y jóvenes sin una visión de futuro.
En esta realidad que nos atraviesa, como dibujante, ya no quiero hacer humor desde lugares asignados por las editoriales o desde la lógica de los likes de las redes sociales. No deseo que lo superficial se convierta en mi estilo. Necesito sorprenderme, observar lateralmente. En este sentido, es indispensable retomar el uso de la metáfora y los lenguajes del humor. Esto intento, por ejemplo, en mi tira No pasa nada.
Creer en ciertas cosas aún, es una especie de idilio. Hay que saber en qué locura uno se embarca. Hubo un período en el que oscilamos entre las nociones de lo cancelable y lo cancelado, con miedo a decir ciertas cosas.
Hoy se puede decir de todo, pero evidentemente ya no decimos de todo de la misma forma. Como escuché de una filósofa alguna vez: antes de hacer la guerra, prefiero hacer un chiste.

-En un mundo desigual, cruel, injusto y complejo, ¿el humor es un superpoder o un resto que nos queda para sobrevivir? ¿Vos cómo lo definirías?
-Es un superpoder que podés tener y nadie te lo puede quitar. Lo interesante es reírse del poder.
Molesta mucho la mosca del humor. No se devuelve de la misma manera, no siempre tiene porqué ser irónico y cruel sino, más bien, adecuado y oportuno. En una época de ansiedad desbordante, no es posible tenerlo todo ya. Por eso creo que el paso del tiempo puede ser muy sabio, más en estos momentos.
Los artistas tenemos una forma de entender la realidad desde la lógica de la obra de arte, que nos permite alejarnos de las cosas y rodearlas desde otro punto de vista. Así, nos distanciamos de aquel que toma la razón como objeto de deseo para constituir un poder mayor de dominación. Incluso, en circunstancias dramáticas como las que vivimos, la obra funciona como registro y, particularmente, tan efímero como poderoso, el humor se anida en uno, se vuelve una marca.

-¿Cómo caíste en la cuenta de que cierto tipo de trazo o de contornos eran parte de tu identidad?
-La línea caos que utilizo se adapta a un estilo formal que de pronto comienza a rebelarse: tiene que ver conmigo. Me siento cada vez más libre; me estoy metiendo más en las acuarelas porque me permiten difuminar; en ocasiones vuelvo con ciertas entidades de cuando era chico como Uderzo (Albert) y su Astérix el Galo.
Estoy seguro de que soy dibujante, luego humorista gráfico. Sin embargo, que dibuje no significa que no diga cosas.

-No, claro, pero además usas mucho el texto…
-No soy tan bueno como otros colegas, pero sí. Soy partidario de dejar lugar al autocompletarse. El lector tiene que poner la otra parte. Nos hemos quedado en las computadoras a recibir fake news.
Hay que salir a buscar nuevas sensaciones y, al final del día, darnos el lujo de preguntarnos con qué nos quedamos de todo eso que ingerimos. Por ejemplo, a la plaza Sáenz Peña antes la miraba como arquitecto, hoy la miro como cineasta. Si bien no lo soy como tal, estoy haciendo cine. Ves a alguien corriendo, otro jugando a la pelota, mientras pasa un auto, todo al mismo tiempo a lo Truman Show.
En toda ciudad existen lugares que son cinematográficos si uno se fija bien. Solo hay que saber detenerse a observar y a escuchar.

-En un contexto de sobreinformación e hiperpantallización, en tu experiencia como docente, ¿cómo se incentiva la creatividad y la imaginación a una generación no analógica?
-La clave está en corromper. Si todos están inmersos en las pantallas, me voy para otro lado. Por ejemplo, llevándolos al espacio público a dibujar.
Hemos perdido lo lúdico. Jugar no puede reducirse a un videojuego. Hoy, lo analógico es como un objeto de culto. El ejemplo más obvio es un libro. Los gurises necesitan tenerlo en sus manos, reconocer sus texturas, pasar de página. Que los chicos no estén tocando tierra, hojitas, es un problema.
A mí me gusta decir que mi país, el mío propio, es una hoja blanca. No hay lugares, hay que crearlos. Un lugar puede ser un aula, una reunión, una fogata. Creo en esa ruptura. Ahora, las familias tienen que estimularlos, darles bola, para seguir alimentando esa llamita.
En nuestros talleres, los chicos están alegres, cantan, dibujan, se sienten libres. Me complace escuchar sus historias increíbles, sus delirios; generar trabajos creativos con la impronta de sus búsquedas, producir otros lenguajes, propios, que les permitan profundizar; fomentar que hay más en la vida que crecer y obedecer.
Creo en no darles todo en bandeja, sino señales para que armen la figura y puedan desarrollar la aventura de armar una idea que solo va a estar en la mente de cada uno de ellos.
En este sentido, de Hayao Miyazaki, un director y animador japonés, aprendí que no necesitamos tanto guion. Las infancias entienden; y con sus principios, el arte se les presenta cada vez más material, más contundente.

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