Para construir una ciudad amigada con la naturaleza no basta con la voluntad de sembrar, regar y podar. La forma de relación entre especies es tan compleja como la dinámica de los consensos sociales, vital para que los proyectos trasciendan lo inmediato. En esta nota, una especialista intenta desmontar ideas instaladas en uno y otro campo. Al trazar puentes que interconecten estos universos define sus condiciones de realización.
Nunca nadie sabrá que esa entrevista tuvo dos versiones. La primera debió ser trasplantada, lo que con la prudencia del caso ocurrió en un mes sin R. Antes de seguir, algunas apreciaciones. A veces, los diálogos también respiran. Como un ser viviente, se alimentan de una savia de experiencias y de la yuxtaposición de fertilidades compartidas por aquellos que confluyen en la intención de comunicarse. Las personas que habitan en los relatos los oxigenan.
De la plantera al suelo, la operación de pasar de una entrevista a otra tenía unos riesgos que la luz de la buena voluntad convirtió en verbal fotosíntesis. Con el ánimo de preparar la tierra para el segundo ritual, el entrevistador pensó en humus de lombriz y en un poco de turba. Auscultó el panorama. Mezcló, ayudándose con manos enguantadas. Tomó una palita ancha y la hundió en el alma de vermiculita de una bolsa de plástico resistente, en cuyo dorso se aseguraba que así se iba a retener mejor la humedad, a airear y a liberar nutrientes. La entrevistada revisó con un golpe de vista y echó un puñado de harina de huesos. Y agua. Al final de la faena no pudo evitar que se asomara una impresión. “De plantas y árboles no hablamos nada”, dijo, mientras sonreía. Su interlocutor voceó una acrobacia para salir del paso. De todos modos, se quedó pensando en el amable comentario y en lo inevitable de que en las transiciones algo mute, que haya hojas que se estropeen pese a los cuidados y también que explote la tímida esperanza de un brote.
La intención del periodista era husmear en la posibilidad de que una serie de categorías, saberes y prácticas que funcionan para el mundo de la jardinería salieran del laboratorio de patios privados y parques públicos para pensar y repensar una ciudad, incluso las nuestras, desbordadas de cemento y acciones diversas que cada tanto la propia naturaleza borra de un plumazo con la fuerza de un temporal. En esa inquietud dormía una siesta al sol la idea instalada de que quien interviene un espacio verde debe hacerlo disciplinando los elementos vegetales casi a su antojo, en lugar de adaptar sus pretensiones estéticas a los ritmos y la convivencia entre especies, a veces agredida con minusvaloraciones hacia lo autóctono.
Todavía faltaba que se lo comunique a Myriam Martínez, referente de una tecnicatura en la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UNER dedicada a desarrollar habilidades para trabajar en el plano de la interpretación, el diseño y, sobre todo, la autogestión de los jardines. En la primera charla, Martínez había desarrollado una exposición que fue más allá del repaso de trucos para cultivar y mantener plantas, pero también se corrió de la tentación por imaginar entornos equilibrados donde en realidad lo que rige es una tensión contante.
Sin ir más lejos, aquella vez, en los jardines de la ciudad universitaria, en medio de una oroverdina mañana otoñal, citó a Gilles Clement junto al recientemente fallecido Edgar Morin y a Byung-Chul Han, en una atmósfera sonora dominada por contrapuntos de aves silvestres.
A algunos de esos autores retomaría en otro contexto discursivo, durante la segunda entrevista, escenificada en un entorno más citadino. Otra sonoridad. Otra textura visual. Otra paleta de colores. Otras saturaciones. El entrevistador supo que Martínez levantó su primer vivero allá lejos y hace tiempo escuchando a Luis Miguel y que ahora prefiere Morat, a hora y a deshora. Llegó caminando por una vereda seca. Venía con auriculares puestos. El periodista dudó si correspondía preguntar qué venía escuchando, un audiolibro tal vez, o si usaba el dispositivo desactivado para imponerle una distancia al ruido exterior. Se quedó con la duda. Supo que seguía los episodios de un podcast titulado Words unraveled, de un saltimbanqui de la comunicación llamado Miguel de Lys, interesado especialmente en la historia y la música. El contenido radiofónico está envasado en inglés, idioma que Martínez domina, tanto como el francés. Por suerte, la entrevista sería en español.
Se la intuye lectora. Se la sospecha conversadora. Hay cierta sofisticación en sus formas de expresión. Una intensidad que busca apaciguar se le filtra en el movimiento de las manos, en cierta gesticulación facial. No obstante, doma la ansiedad y deja que el otro complete la idea antes de irrumpir. Se la imagina en activa procura por restablecer la serenidad.
Mientras suben por el ascensor ella piensa en lo que estará haciendo la gata que duerme arriba suyo y en los otros tres felinos convivientes. Piensa en su hija. Como telón de fondo, se siente satisfecha ante el privilegio de elegir, dentro de ciertos límites. Mira para atrás sólo para destacar el caprichoso camino del azar y el modo en que la hebra del tesón ayudó a tejer una formidable urdimbre existencial.
En un rato hará el camino inverso. Preferirá bajar por las escaleras, hará comentarios sobre las características constructivas del edificio, se calzará los auriculares blancos y se alejará a paso gentil por la misma acera pelada de árboles, plantines y césped. Pero antes enfrentará los rigores de la entrevista.

–¿Sos arquitecta, de base?
–No. Soy técnica en Floricultura y Jardinería, de la UBA. Luego, hice varias especializaciones en paisaje. Después egresé como Profesora universitaria y más tarde como Magister en arquitectura del paisaje.
Recorridos
–No necesitaste ser arquitecta ni ingeniera agrónoma para diseñar paisajes.
–Siento que es una disciplina en sí misma, que se alimenta de múltiples desarrollos teóricos y prácticos compartidos con estas otras dos. En el pasado hubo diseñadores de grandes extensiones naturales sin que hayan sido estrictamente paisajistas. Provenían de la ingeniería, la hidrología, la botánica, la jardinería, la horticultura; algunos de ellos eran genios, adelantados a su tiempo, que viajaban, veían alguna idea impactante, la mejoraban y la aplicaban en su lugar de residencia. Pero el paisajismo como perspectiva conceptual es más reciente. En nuestro país, la Licenciatura en Diseño de paisaje de la UBA tiene poco más de 30 años. Eso no quiere decir que la idea del paisaje y su diseño tenga esa edad, sino más bien que, como disciplina en sí, es más reciente.
Para hacernos una idea, el año pasado accedí a una beca en L’École Supérieure des Agricultures, en la Universidad de Angers, en el noroeste de Francia, cerca de Nantes. Ellos tienen una Tecnicatura y una Licenciatura en Diseño del Paisaje, además de la carrera de Ingeniería Agrónoma. El concepto de Licence Professionnelle Paysagere (Licencia Profesional en Paisaje) en Francia se creó formalmente en el año 1999. Pero École Nationale Supérieure de Paysage (ENSP), se fundó en 1976. De esta institución es uno de los representantes del paisaje que más me interpela desde su perspectiva de intervención, que es Gilles Clément; quien me dio la oportunidad de hacer un trabajo de campo en Argentina, para él.
También tengo como referente a Edgar Morin, porque al diseñar un paisaje se está diseñando un sistema que supera la noción clásica y reduccionista que ve a los sistemas como partes que se suman. El paisaje es un sistema complejo abierto, que integra de una manera dinámica, organizada y caótica a la vez, que se construye en base a mutuas interacciones, relaciones y elementos. Desde el diseño del paisaje se trata de diseñar un sistema de múltiples variables y su contexto, que evolucionarán en el tiempo y sus interacciones serán una variable más que se generará para marcar el cambio.
Para abordar un caso de diseño de paisaje, entonces, es fundamental poder determinar qué es lo que hay que mirar y cómo hacerlo. Pero también es vital entender que el sistema construido será siempre imperfecto, porque hay algo de inasible en nuestro entorno; siempre aparecerá un factor al menos, una variable acaso temporal, que no fue considerada en su real dimensión y que intervendrá.
Los sistemas, no obstante, son autonomías en movimiento; de tal manera que los desechos de un sistema son insumos de algún otro, conforme relaciones que no son biunívocas y que vuelven maravillosa la forma en que lo que ya no está vivo se descompone en múltiples efectos.

–¿Cómo se traduce eso en una situación concreta?
–En un sistema vegetal autónomo, se sobrevive con lo que le tocó en suerte: el suelo, los nutrientes, el aire y el agua. Esa realidad generará nichos solidarios intra-comunidades y entre comunidades vecinas y especies, en proporciones que pueden ir variando conforme las temporadas y los ciclos. Es tan grande esta complejidad dinámica que es imposible para nosotros crear un sistema completamente autónomo que se sostenga tal como lo pensamos en primer lugar.
Es decir, podemos hacer una prognosis de nuestro diseño, y el sistema será autónomo (es decir sin ningún tipo de aporte) y aunque no perezca, seguirá tal vez cursos e interacciones no previstos por el diseñador. Cuanto más complejo sea el abordaje se esperarían resultados más viables en su autonomía. Siempre pensando en el paisaje que diseñamos. Porque de más está decir que la naturaleza, encontrará las maneras de proveer un sistema de algún tipo en ese sitio.
En la Facultad de Ingeniería, cuando nos hicimos cargo del entorno vegetal, desarrollamos una idea estéticamente atractiva. Pero se sostenía con alta demanda de riego, lo que complicaba la cosas cuando los estudiantes estaban de vacaciones o en receso o, por los exámenes, tenían menos tiempo para el trabajo voluntario y a la vez obligaba a esfuerzos importantes porque la producción de agua exige mucha energía. Es decir, nuestra primera intervención, requería de un aporte de riego, que si no estaba hacía que parte del sistema colapsara. Entonces decidimos cambiar la perspectiva y como dice una paisajista naturalista inglesa, Beth Chatto, empezamos a seleccionar “la planta correcta en el sitio correcto”.
Entonces, luego de observar detenidamente el entorno y analizar la dinámica de las comunidades vegetales, nos fuimos inclinando por un diseño más autónomo, en el que la acción humana se acompase con los ritmos y los tiempos de la naturaleza.
–Es siempre un campo en tensión…
–En tensión constante. Lo que tomo de Morin es que para él es la tensión lo que hace que el sistema se sostenga. Y no el equilibrio, como a veces pensamos. Cuando un sistema complejo abierto llegó al equilibrio se murió porque ya no intercambia energía con su entorno. En realidad, el combustible vital son los micro desequilibrios naturales y el modo como se tramitan. Cuando el desequilibrio es tan grande y agudo que rompe las naturales vías de funcionamiento interno ese sistema como tal, colapsa.

–Es interesante para pensar nociones como la sustentabilidad, aún desde una defensa de la naturaleza.
–Si llamamos sustentabilidad a la capacidad de utilizar los insumos y productos (extraídos de la naturaleza/planeta) para satisfacer las necesidades de la comunidad humana presente, sin agotarlos ni dañarlos, es decir, en procura de que se regeneren para garantizar que las futuras generaciones puedan satisfacer sus propias necesidades, hay que decir que sí, que es una categoría que se sostiene en una idea de equilibrio entre la demanda y la capacidad del sistema en poder atenderlas sin colapsar.
Pero, no hay una estela cristalina que lleva a la sustentabilidad inmaculada. Somos seres humanos construyendo sistemas desde una capacidad que si bien es enorme (al menos hoy en día), no es perfecta en análisis. Desde ese lugar, se me presenta como una ilusión ridícula, propia de seres de comprensión finita como somos los humanos, que intentan abarcar una inmensidad ininteligible como la que representa el entorno natural.
Para mí, la sustentabilidad es vivir y producir sistemas lo más parecidos en funcionamiento al círculo virtuoso de la naturaleza. En dónde la meta no está en la productividad y/o la ganancia como objetivo del sistema. Este círculo virtuoso tiene como propósito el sostenimiento del sistema, y no que el sistema produzca valía. Y creo que este es el gran punto. Porque la naturaleza tiene intercambios que escapan a nuestra capacidad de entendimiento. Los sistemas naturales cumplen funciones y mutan siempre tras la meta de una eficiencia de recursos para cumplir esa función. Los sistemas en el tiempo mutan, o se transforman, se “mestizan” a veces, en la convivencia con aquello que no se esperaba y el modo en que ese nuevo vínculo los transforma.
En ese sentido, aspiro a diseñar paisajes que, pensados en la situación concreta, de su gestión necesiten la menor intervención posible, más allá de que al ser diseñados son sistemas antrópicos y siempre hay que hacer algunas intervenciones.
Criterios
–¿En base a qué límites referenciales se puede intervenir entonces en un proceso en permanente mutación que involucra además la existencia y la conciencia de las comunidades humanas?
–Hay dos asuntos para analizar. Por un lado, hemos construido las ciudades a espaldas de cualquier lógica territorial natural. Las hemos usado como una especie de sello antropológico: hay un mensaje propio de la especie humana que queremos transmitir mientras parece que sólo estamos resolviendo el problema del hábitat.
A esa pulsión, le agregamos la idea del confort, llevada al extremo, con múltiples y palpables manifestaciones, que no es una idea de la naturaleza porque lo agreste se las arregla para producir procesos eficientes al menor costo energético posible. Nuestra cultura va para otro lado, y ojo no estoy diciendo que hay que vivir en cuevas.
En el centro del asunto aparece esta noción del confort, que no podemos dejar de hacer notar si la idea es formular un diagnóstico certero. Cuando la búsqueda del confort no reconoce límites, las supuestas soluciones empiezan a generar problemas mayores y las comunidades humanas se presentan como depredadores de su entorno. Hemos construido a cualquier costo.
Esta es una idea mía, cuando tiramos un poco de los hilos aparecen claras nuestras convicciones en torno a la vida y el carácter impredecible de la muerte. Tal vez para gestionar nuestra conciencia sobre la fragilidad y extrema finitud de la existencia, hemos tratado de controlar la mayor cantidad de variables posibles para sentirnos vagamente seguros. Es como si dijéramos: puede ser verdad que no es controlable de ningún modo nuestro punto final de dolor, pero esto que llamamos razones para vivir nos entretiene. Y ahí vamos.
El poder, en sus diversas formas, deviene de la necesidad de tramitar el deseo, de unos pocos y de todos, en medio de una convivencia que se produce en un espacio cerrado como es la ciudad. Así se edificaron los cimientos de la civilización. En ese contexto, mi impresión es que hemos comprobado que este sistema ha dejado de funcionar, pero en lugar de cambiar el programa, lo emparchamos con actualizaciones que no alcanzan a resolver las contradicciones de base.
El problema no es vivir en comunidad, que es indispensable como seres sociales, desde lo práctico y también desde lo emocional, sino las dimensiones que han tomado ciertas ciudades, su poder relativo en el territorio y esa especie de entropía energética que se fagocita entornos con diferente amplitud dependiendo de cada caso.

–¿Hay camino de retorno?
–No veo en el corto plazo escenarios que permitan soñar con planes globales de cambios reales de paradigmas de habitar, en el sentido de un cambio de equidad y sustentabilidad como viraje al modo de habitar el planeta. Me parece que son más bien “actualizaciones” que de ningún modo interpelan la premisa de base. Creo que la sustentabilidad en el habitar es posible en “ciudades” de menores dimensiones territoriales. Pensadas como comunidades, en las cuales se viva de un modo más propio en la resolución de las necesidades más locales y necesitando menos cosas provistas desde afuera.
Creo que sobredimensionamos el tamaño de los centros urbanos, que son absolutamente dependientes de la provisión externa. Creo que hay que volver al “aldeizar” el mundo. Este camino de regreso es posible, al menos en algunos territorios, soñando que la excepción puede ser una regla en el futuro. Por supuesto que estos modelos tienen costos de expectativas, que los que viven allí debemos estar dispuestos a pagar, porque la vida será seguramente más simple, menos eufórica o “rápida”.
–¿Hay modelos universales de ciudades con modales que estén a tono con la sinfonía natural o cada comunidad debe ser capaz de formular sus propias propuestas?
–Hay muchos modelos y soluciones en el diseño. Los más conocidos son los que se llaman “soluciones basadas en la naturaleza”, que observan los procesos naturales y dan respuestas a los problemas con un modelo inspirado en este funcionamiento natural. Hay muchos modelos y lineamientos de intervención para construir y transformar las ciudades. Pero no creo que haya una receta universal. Cada comunidad tiene su ADN, en el que confluyen su historia, su vínculo con el paisaje, su cultura y su manera de hacer una ciudad, y creo que hay que dar el lugar para que se materialice el proyecto de habitar desde el que habita.
Hay especialistas en distintos rubros, cuyas opiniones hay que escuchar. Pero la colectividad debe gestionar la experiencia de habitar un espacio. A los especialistas nos toca aportar los elementos de juicio y de operatividad y aceptar lo que la mayoría decida respecto de esos elementos técnicos, a sabiendas de que las comunidades pueden formar opiniones que tal vez no sintamos que sean las ideales.
Paraná tiene el perfil de una ciudad autocrática, en la que el automóvil y qué hacer con él no se circunscribe a la mera acepción de medio de transporte. Cualquier definición técnica no puede desconocer ese carácter cultural. Al mismo tiempo, lo que valida la existencia de una ciudad son las personas y grupos que viven en ella. Cuando hablamos de todas las personas y grupos, hablamos de escuchar también a los que nunca tienen la palabra, no sólo a los que creen ver un derecho donde hay un privilegio que afecta a los demás. Ahí hay un trabajo por realizar, desde el diálogo, y no es tarea fácil.
–Hay tensión también en la cultura de la convivencia…
–Totalmente. La ciudad como entidad viva, no sólo como eso inerte que podría ser hipotéticamente habitado, es un espacio de tensiones y el modo de tramitarlas hace a su identidad. Lo ideal sería que sean tenidas en cuenta las opiniones de los que viven en la ciudad. Que aceptemos que tenemos una historia común, repleta de diferencias de criterios. Que los especialistas ofrezcamos alternativas y se hagan propuestas y que, si la gente no las hace propias, se siga charlando y afinando el lápiz hasta encontrar puntos de acuerdo sustantivos. La palabra convivir es sí misma, implica acordar cómo vivir en el espacio compartido.
Las partes
–No se advierte que haya espacios de diálogo entre los representantes políticos, los equipos técnicos de una gestión y los ciudadanos…
–Es un tema interesante. Cuando intervenimos en diseño de paisajes en ciudades y pueblos, hacemos talleres para conectar con las ideas y los deseos de habitar de las personas involucradas en el proceso. Es una previsión que aligera el proceso.
Cuando la comunidad ha expresado sus necesidades y sus gustos, diseñar lo público se hace más genuino en términos de ciudad. Y cuando el proyecto sucede, los habitantes saben ya qué va a pasar “en su casa”.
En ese sentido, también hay que pensar en que hay que prestar atención a las escalas de aplicación y por tanto a la metodología para la consulta.
–¿Qué sería?
–Que hay incumbencias nacionales, provinciales y municipales que debemos considerar en las distintas estrategias de intervención; y, por otro lado, que ser parte de un gobierno exige tener activados mecanismos de recepción de ideas y pareceres de los vecinos. No hay que tenerle miedo a la gente ni enojarse si se critica: hay que buscar la manera de integrar miradas.
En ese sentido, luego de las valorables apreciaciones de los especialistas hay que aceptar que, en democracia, la mayoría determina un rumbo, incluso cuando lo consensuado no te identifica de manera individual. Gestionar sería, una vez que está terminada la instancia de circulación de la información, aceptar la idea de la mayoría y dotarla de los elementos técnicos necesarios para su mejor realización.
–Una institucionalidad más social, más comunitaria, más en red, es parte de las cuestiones pendientes.
–En el 2020 se constituyó una mesa de arbolado en Paraná. Se armó un documento del que participamos muchos, de distintas instituciones, de variada procedencia. Pero al intendente de turno no le gustó porque no coincidía con lo que estaba haciendo y lo vetó.
La actual gestión está intentando construir consensos dentro de la misma problemática. Tiene su plan. Lo expusieron ante vecinales. También ante nosotros. No compartíamos todo lo señalado. Les dijimos que lo relevante era ponerse de acuerdo en dos o tres aspectos fundamentales, innegociables. Nuestra idea es despojarnos de esa idea de que los académicos lo sabemos todo. Estamos formados en cierta especialidad, eso es cierto; pero la ciudad no es nuestra, es de todos. Entonces, es importante plantear no treinta premisas, sino tres o cuatro, funcionales para la ciudad desde los beneficios del arbolado en este caso; pero para el resto de las cuestiones, debemos estar dispuestos a ponernos de acuerdo con los demás. Eso es armar un consenso, diferente a que se haga lo que yo quiero, aunque técnicamente me sienta avalada.
Debemos entender que en lo que tiene que ver con la ciudad no hay un querer incorrecto y otro adecuado. Hay que saber dotar a esos “otros quereres” de las herramientas que permitan investirlos de decisiones técnicas que anticipen los efectos funcionales que la ciudad debe cumplir. Hay que negociar y llegar a un consenso, hay que buscar un programa que sea compartido. Y algo compartido no es lo que yo quiero, es lo que nosotros queremos, con un nosotros que no es la primera persona de un solo colectivo, sino la primera persona de los habitantes de cada ciudad.
–¿Qué límite tiene el deseo individual, en estos casos?
–Que no dañe al que está al lado ni restrinja el goce a generaciones futuras. Por fuera de estos criterios elementales, a una comunidad no se le puede negar que exprese su deseo de habitar. Ningún gestor público debería arrogarse la facultad de decirle a sus conciudadanos cómo tienen que vivir. Hay sí, normas que deben cumplirse, historias que forman parte de una identidad que nos trasciende, experiencias y saberes que es bueno tener en cuenta. Pero luego hay que aceptar que los consensos deben construirse y ese trabajo con los vínculos es más complejo que presentar una maqueta para que el auditorio aplauda.
Hay una dinámica interesante: la ciudad es algo dado, hoy, pero a la vez eso dado es transformable; mientras, simultáneamente hay espacios a urbanizar en los que las comunidades pueden intervenir casi desde cero. Entonces, la consulta permanente es clave: el ciudadano no puede ser consultado sólo cada dos años, cuando va a votar. Tenemos que producir otras instancias de participación comunitaria.
Entre las cuestiones innegociables aparece lo vinculado a la seguridad y salud pública en un sentido amplio: nada que le pueda producir a alguien un problema de seguridad o de salud individual o comunal, puede ser admitido.
En términos de diseño de paisajes naturales, hay una tendencia a copiar modelos naturales, tanto en lo estético, como en lo funcional y ambas van de la mano. Incorporar espacios urbanos que “no parezcan diseñados” y que necesiten menos gestión. Esos espacios verdes cumplen funciones para la salud, el bienestar y los sentidos, pero que se genera del modo más sustentable. Hay que preguntarse qué función cumple en la ciudad, qué esperamos de ese proceso y operar desde ahí, no sólo encaprichándonos con algo que vimos en un lugar lejano que visitamos. No toda sofisticación es provechosa. Muchas veces en la comunidad está claro qué se pretende, pero hay que estar dispuestos a habilitar las opiniones, registrarlas y valorarlas.
A las plantas, como a las comunidades, hay que ir dándoles tiempo. Ellas mismas van buscando cómo prosperar. Así como aporta a la identidad el respeto por la vegetación autóctona, hay que reconocer las ideas que van prendiendo en las culturas locales porque muchas veces, detrás de una formulación sencilla, se encierran aspectos constitutivos de lo que cada comunidad tiene por verdadero o cierto.
–Es otro modo de hablar de Edgar Morin, sin citarlo…
–Complejo, múltiple, dinámico: muchas veces, unos acuerdos elementales pueden crear el escenario para que aparezcan otras ideas, nuevos proyectos. Y, sobre todo, compartidos.
Tendencias
–¿Recordás cómo surgió el interés por estos asuntos?
–A mí me gusta el jardín tipo naturalista porque me recuerda a mi abuela Ana, la madre de mi mamá, que es donde me crié. Probablemente haya sido medio caótico, como tantos de nuestras infancias, en cualquier casa de aquellas en las que crecimos. Era una colección de plantas de distintas características, integrada a una huerta con frutales. Disfruté mucho de correr, jugar y explorar en ese jardín.
–¿Dónde estaba la casa?
–En Paraná, frente al Club Patronato. Era enorme la cantidad de especies que tenía mi abuela ahí. Tenía “dedo verde”: iba a visitar a alguien y no sé cómo, pero por un talento natural, se traía plantas con raíz, bulbos o gajitos y los hacía prosperar.
Los aromas y los colores de ese jardín me hacían feliz. Las que muchas de ellas hoy son consideradas finas, novedosas, de nivel, eran las mismas que tenía ella en su casa, medio siglo atrás, en el campo, en Rocamora.
No sé qué pasó en el medio. Pero recuerdo bien que a la hora de elegir qué estudiar, me leí completa la Guía Eudeba de carreras universitarias, suena casi prehistórico esto. Y le dije a mi mamá que me inclinaba por la Tecnicatura en Floricultura y Jardinería. Debatimos sobre si no era mejor ir por la Ingeniería en Agronomía o por Arquitectura. Me incliné por la Tecnicatura.
La primera salida que tuvimos con una materia que se llamaba Botánica Morfológica fue al Jardín Botánico de Buenos Aires. Era una tarde de otoño. 1989. El profesor estaba parado delante nuestro y explicaba. Entonces, pensé: no sé cuándo, no sé cómo, pero yo voy a estar en ese lugar. Fue un flash. La vida fue escribiendo su propia historia y recién en 2006 ingresé a la cátedra de Espacios Verdes, como adscripta; fui creciendo y quedé a cargo del equipo.
Nada sucede de un momento para el otro. Si el sueño es verdadero y si la postergación del logro no se vive como una frustración sino como una fuente de enseñanza, hay que apostar al trabajo, a crear las oportunidades. De repente, un día, te das cuenta de que se dio y estás donde no te habías dado cuenta que estabas.
–¿Siempre tuviste la misma decisión o tuviste momentos de duda?
–No digo nada nuevo cuando afirmo que los caminos siempre son sinuosos, más allá de que sabía hacia dónde iba. La vida me enseñó a ser flexible porque la ilusión tal como la había imaginado en sus orígenes no se dio; sin embargo, inexplicablemente, un día todo se aclaró.
Creo sinceramente que los fundamentalismos nos entristecen y que la alegría es una estrategia poderosa. No quiero estar duelando aquello que aún no pasó. Prefiero concentrarme por transformar lo que tengo entre manos y agradecer que tengo la posibilidad de hacerlo.
–¿Qué es lo primero que hay que aprender cuando alguien se asoma al paisaje?
–Que las posibilidades de desarrollo están atadas a un contexto; que esa noción es temporal y también territorial. Y que la planificación de mediano y largo plazo es necesaria, pero el derecho al goce de lo deseado debe empezar aquí y ahora. Esta convicción puede llevar a las personas a disfrutar del presente, aunque no nos satisfaga totalmente y estemos empecinados en mejorarlo.











