En el tejido de reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de la radio, los aportes conceptuales de Oscar Bosetti constituyen una hebra fundamental. En una época de producción y consumo disgregados, el especialista entiende que las emisoras deben ser “usinas productoras de contenidos socialmente significativos”. Recientemente fallecido, Bosetti fue un agudo intelectual y un realizador inquieto, dedicado a formar comunicadores.
Hay seres humanos cuya fortaleza se arraiga en el hecho de que comparten la fragilidad de brote con eso que cuidan para que prospere, cualquiera sea el campo al que se dedique. Hay otros que creen en que es la firmeza del golpe preciso lo que disciplina los hierros tutelares que sirven para construir y para derrumbar, para que progrese el retoño e incline la suerte de una ocasional batalla.
La ligereza resistente de la fibra vegetal y la nobleza imperturbable del arado. Son dos formas de posicionarse ante la vida: los que cuidan el jardín con primor y quienes, llegado el caso, no dudan en pisotear el almácigo en aras de un beneficio mayor. Dos modelos de relación también, con el entorno, con los antepasados, con los demás, sobre todo consigo mismo.
Sin saberlo, el grueso de la humanidad oscila entre la justificación de lo implacable y la exaltación de la levedad; alienta a que se produzca esa imposición que atropella en la expectativa de un bien superior o estima que el mejor camino es aceptar el ritmo sempiterno de las mareas ajenas y propias. Y operan en consecuencia.
La ausencia por fallecimiento de una persona suele reavivar estos debates. Las evaluaciones se tiñen de emociones. Es frecuente que la tristeza haga perder el sentido del juicio equilibrado. No obstante, la ubicación dentro de la gama de tonalidades que se despliegan entre estas referencias puede que hable más de los dogmas de los ocasionales interlocutores que de las opciones existenciales de quien efectivamente falleció.
Desde el 27 de septiembre, la noticia de que había muerto Oscar Enrique Bosetti restableció a su modo esta ebullición de perspectivas latentes. Los intercambios de pareceres se produjeron en pasillos, recodos y galerías de espacios institucionales donde Bosetti fue docente, entre ellos, la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER, pero también en un colectivo tal vez más inorgánico, pero no por eso menos numeroso, diseminado por las provincias argentinas, habitado por quienes lo conocieron en su condición de referente en instancias de formación académica donde la radio y en general lo sonoro era el objeto de estudio de maestros, aprendices, enseñantes e investigadores.
Bosetti fue un docente sui géneris, que no encapsuló las especificidades de sus distintos trabajos, sino que los puso a dialogar distendidamente, como si las hubiera invitado a una mesa de café. De alguna forma, los métodos, técnicas y conceptos de una zona determinada de su desempeño profesional impregnaban a las demás. Con la paciencia del goteo, la estrategia de que las particularidades conversen fue delineando una identidad propia, un sello distintivo, la marca Bosetti, que se manifestaba cuando estaba al frente de una clase, hacía de maestro de ceremonias, imaginaba un proyecto, moderaba un debate, conducía un equipo de realizadores, dirigía una tesis u organizaba un encuentro de expertos.
Es probable que su formación junto a Jorge Bernardo Rivera le hubiera advertido sobre la conveniencia de enfocarse también en aquello presuntamente menor. Poeta, ensayista, crítico, periodista e investigador de la cultura popular, Rivera se zambulló con candorosa determinación en el relevamiento y estudio de la historieta, el folletín o la literatura gauchesca. Tal vez le haya heredado, junto al gusto por el periodismo, la literatura, el cine y el tango, esa actitud no prejuiciosa hacia lo que emerge, aunque no parezca algo destacado al primer golpe de vista. Esa consideración por lo mínimo en apariencia lo volvía un curioso empedernido a Rivera, un conversador nato, un esperanzado explorador en busca de tesoros que podían ocultarse bajo el barniz de lo común y corriente, rasgos que puede haber adoptado también Bosetti, discípulo, colega y amigo suyo, inspirador de una legión de jóvenes de distintas edades a quienes animaba a emprender nuevasviejas búsquedas.

Rivera murió en 2004, a los 69 años. Fue el 27 de agosto, día en que en Argentina se celebra el día de la radio, el área de interés que más satisfacciones académicas le dio a Bosetti. De amplias incumbencias culturales de raíz popular, Bosetti se destacó como formador, como disertante, como ensayista y como compilador. Era un organizador nato, laborioso, algo obsesivo por el orden, cuyo rigor no obstante en la conversación eludía valiéndose de fintas, quiebres de cintura y rabonas que le proveía el habitual buen talante, su condición de lector fervoroso y de persona informada, su oficio de orfebre de la palabra y la destreza adquirida para la comunicación interpersonal.
Desde el ciclo Tramas, Bosetti se lució como entrevistador. Su fuerte era la creación de una atmósfera de confianza y respeto en la que el invitado se sintiera cómodo, lo que resulta fundamental para cualquier caso, pero mucho más si se trataba de investigadores de las ciencias sociales o exactas y de las humanidades, que no siempre están acostumbrados a dirigirse a un público no especializado.
Se menciona el detalle no como un elogio displicente: esa afabilidad que recubría sus intervenciones era parecida a la que exhibía en los encuentros fortuitos, al paso, en las veredas de ciudades de muy diferente denominación, con estudiantes o con colegas suyos.
No le importaban las preguntas de tensión, esas que incomodan al invitado, formuladas desde la sospecha de que algo ocurrente o desconocido puede surgir al intentar resolver el desafío dialéctico. En el ir y venir de interrogantes y de respuestas, Bosetti elegía construir una complicidad con gestos de dedicado anfitrión, actitud que sustentaba desde la autoridad que le daba haberse documentado debidamente. Su tarea consistía en crear las condiciones para que el otro se expresara de manera cabal. En su universo simbólico, se premiaba el talento, la dedicación, la enjundia, el instinto de superación.
Tenía amplia libertad para elegir a quienes entrevistar. La galería de invitados habla de los horizontes de su mundo interior. De lo que pensaba. De lo que sentía que convenía. Sus entrevistados hablan por él. Por alguna razón eran personas que admiraba. No es exagerado elucubrar que, si hubiera tenido la oportunidad, en lugar de convocarlos a conversar ante el micrófono, los hubiera citado a cenar, con sobremesa sin reloj.
En sus clases y publicaciones, en la dirección de tesistas, hacía gala de una sapiencia multidisciplinar que siempre ubicaba en un segundo o tercer plano, sin hacerla notar en demasía. Como en las entrevistas, evitaba que esos gestos elementales de comprensible vanidad entorpecieran la comunicación.
En la organización de eventos era meticuloso: cuidaba hasta los pequeños detalles. No obstante, no le gustaba sobresalir. Era un diligente titiritero más que un director de orquesta. Como conductor de grupo, quienes han trabajado con él lo destacan por la capacidad para generar buenos climas de convivencia.
Reservado, pese a su ejercicio de la cortesía, por momentos parecía que el interés suyo se proyectaba a otro plano, como si se viera ante una mirada interior que lo evaluaba y a quien le rendía cuentas con devoción de purrete, que no pertenecía a quienes lo rodeaban, ni siquiera a los más cercanos; era la de un juez implacable, exigente, severo, que lo desafiaba a demostrar que estaba siempre a la altura, no importaba la carga horaria que implicara ni las responsabilidades que lo acorralaran. Tal vez resulte una impresión anómala, pero surge de revisar su CV y advertir un ansia infinita por involucrarse en proyectos que consideraba atractivos, aunque fueren altamente estresantes.
Bosetti había nacido el 28 de enero de 1955. Fue futbolero, lector, radialista y docente, entre sus pasiones más evidentes. Desde hace unas semanas dejó sin palabras a quienes lo querían, lo respetaban, lo tenían en cuenta. Pasó a ser una ausencia sensible. Repasar lo que enseñaba sobre la radio (*) es otra manera de recordarlo.
–Es una época de fuertes desafíos para los periodistas…
–Es cierto. Los periodistas radiofónicos han percibido cómo su actividad se ha modificado debido a los desarrollos tecnológicos ocurridos en las últimas diez largas y sinuosas décadas: del radio periódico, donde se leían frente al micrófono las noticias publicadas en los diarios, se pasó al cronista que podía consignar en una cinta magnética la voz del protagonista de la noticia y hacer “un directo” desde una línea de telefonía fija. En los últimos lustros, las voces se grababan en aparatos analógicos y ahora se registran en dispositivos digitales y “los directos” se hacen desde cualquier parte, gracias al celular o el teléfono satelital.
Es un tiempo distinto. La proyección de esta película empezó hace rato, pero todo se aceleró. Hoy debemos pensar en que la interacción del periodista con sus oyentes se escenifica a través de las múltiples redes sociales.

Nuevo periodismo
–¿Cómo se manifiestan estas nuevas dinámicas en la actividad de los periodistas?
–Hay que decir ante todo que la formación de los nuevos periodistas radiofónicos y, en general de todos los profesionales de la comunicación, debe dar cuenta del uso de las nuevas herramientas tecnológicas. De hecho, muchos de los programas y planes de estudio académicos en sus reformas curriculares ya tienen presente el desarrollo de competencias en el uso de las TICs.
Al respecto, me permito citar a Gerardo Albarrán de Alba, periodista, docente, comprometido con los derechos de las audiencias. En Los desafíos del periodismo digital dice que “si bien la formación de nuevos periodistas debe considerar las herramientas a su alcance, no debe focalizarse ni mucho menos agotarse en ellas”. Es decir, que la formación de los futuros comunicadores debe dar cuenta de las innovaciones tecnológicas, mas no puede ceñirse a su uso eficaz o eficiente. La formación debe brindar elementos que alienten a los profesionales a observar analíticamente estas nuevas interacciones. Deben ser capaces de pensar el para qué y el cómo de esas interacciones. En ese mismo sentido, creo que es válido que los periodistas conozcan el lenguaje particular de los nuevos entornos multimediales y la lógica que lo dirige: la interactividad.
–¿Por qué insistís con la relación del periodista con los oyentes?
–Desde mi punto de vista, estos nuevos ecosistemas multiplataformas permiten, de manera especial, la participación de los ciudadanos ignorados tradicionalmente. Entiendo que el periodismo puede potenciar esa posibilidad.
Lo que quiero decir es que el periodismo radiofónico, que se ve afectado por estas dinámicas, debe responder a la interactividad propia de la sociedad contemporánea. De todos modos, la idea es llevar la interacción más allá. Se trata de visibilizar, discutir y analizar problemáticas ciudadanas, de tal manera que el periodismo y su interacción con la ciudadanía permita la construcción de una agenda pública, tal como plantea Ana María Miralles, comunicadora social, periodista, investigadora y profesora colombiana, especialista en temas de opinión pública, democracia y periodismo cívico o público.
Estrategias
–¿Cómo convertir los medios en espacios públicos cuando, en general, la propiedad es privada?
–La pregunta amerita una respuesta más detallada y compleja, pero podemos decir que en esa conversión las herramientas tecnológicas cumplen un papel fundamental: a través de las redes sociales, o los correos electrónicos, los comunicadores radiofónicos pueden convertir su medio en un lugar público de interacción y encuentro social.
Claro está que las bases conceptuales y teóricas de este propósito deben ser el derrotero analítico que diferencie el papel del periodismo contemporáneo del tradicional rol de simple informador. Es pertinente señalar que el periodismo ciudadano va más allá de pasar un video grabado por un vecino en su celular. Es habilitar la discusión de asuntos que competen a toda la comunidad. Llevarlos a la agenda pública (no necesariamente estatal) para superar las dificultades sociales consideradas. En ese orden de ideas, el periodista asume un papel reflexivo que abraza el compromiso ciudadano con la investigación, el seguimiento informativo y la retroalimentación.
Hoy ese rol se cumple más fácilmente en las emisoras comunitarias, ciudadanas, de “nuevo tipo”, universitarias y en los espacios que ofrece internet para el ejercicio del periodismo social.

–Las audiencias actuales reciben gran cantidad de información desde diferentes canales: redes sociales, blogs, correos electrónicos, mensajes de texto, televisión (abierta, satelital y por cable), emisoras radiofónicas, instalaciones publicitarias o, entre otros, y sin agotar el listado, los periódicos impresos o digitales. ¿Qué papel cumple el periodista radiofónico en medio de esta sobreoferta informativa?
–Se puede decir que hay dos razones básicas para justificar que la radio y, en general, los medios vean afectadas sus dinámicas por las innovaciones tecnológicas. Por un lado, la información se ubica en red, lo que implica que cualquier persona puede ser productor y difusor de contenidos; y, por otro lado, hay un aumento de las críticas de los diferentes públicos hacia los medios tradicionales, a quienes tildan de estar amañados por intereses políticos y corporativos. Estos elementos van configurando una nueva cartografía comunicacional, tal como indica Marcos Ros Martín en La prensa sin Gutenberg.
No resulta ajeno afirmar que, de la mano de esa conciencia pública en torno a la discusión de lo político, la actividad de los periodistas debe ser la decantación, la contextualización y la problematización de la información. Esa práctica debe ser asumida de una manera que les permita a los ciudadanos tener la oportunidad de analizar, meditar y tomar conciencia de la realidad que le es presentada en múltiples datos y a través de diversos canales.
En cuanto a la dinámica de producción de contenidos, el periodista en general y el radiofónico en particular debe interactuar más con su público, aspecto que hace unas décadas era nulo: reconocíamos una voz, seguíamos su estilo, pero desconocíamos a la persona. Hoy el periodista debe brindar un canal para que los ciudadanos se comuniquen con él, para que compartan las redes sociales, escuchen sus inquietudes, propuestas y críticas, ofreciendo escenarios propicios para el diálogo y permitiendo que el oyente sea constructor activo de la mesa de redacción.
–¿La radio es un medio que se piensa, en el día a día?
–Me gusta pluralizar la expresión “la radio”, como estrategia para integrar las muy diversas identidades que atraviesan a esa universal caracterización.
Pareciera que el rol principal y consuetudinario de las emisoras es transmitir, difundir, poner en circulación la información, tocar música, entretener, servir de compañía acústica en medio del indetenible y monótono ajetreo urbano. Por ende, la radio es un medio que constantemente emite. Yo también me pregunto: ¿la radio sabe o, más aún, puede escuchar? Es un interrogante que podemos extenderlo a la constelación de medios de comunicación y, desde la perspectiva que venimos desarrollando, a cada comunicador.
En los hechos, muchas empresas del medio se dejan llevar por los vaivenes de los estudios y los sondeos de audiencia o por determinadas encuestas donde toman un número limitado de radioescuchas y los utilizan para definir cuál es la tendencia que predomina en la época relevada. No obstante, mi impresión es que el público quiere que lo escuchen, quiere conectar directamente con las emisoras y, a su vez, las emisoras deben dejar de gritarle al consumidor, dar un paso atrás y empezar a escuchar al ciudadano con mayor detenimiento. Cuando esto ocurra, entonces, las emisoras probablemente podrán crear contenidos más relevantes y útiles para sus públicos.
Lo interesante es que las tecnologías, los dispositivos y las plataformas para materializar estas ideas ya existen. Las emisoras deberían dejar de verse como expresiones sociales de incesante e ininterrumpida transmisión. Deberían verse como usinas productoras de contenidos socialmente significativos. Hay una audiencia amplia, heterogénea, seguramente interesada en este tipo de funciones. Creo que estas y otras instancias aún por desarrollarse podrían darle nueva vida a la radio y, así, mantener vigente este universo inmaterial, invisible e inasible para los ojos del ver.
En el mismo sentido, la radio debe extender sus tramas y apropiarse de otros medios y plataformas para enlazarse estrechamente con sus destinatarios potenciales. Complementariamente, la radio debe empezar a ponerse más el mameluco del productor que el traje del transmisor. O, si se prefiere: la radio debe calzarse la vestimenta del hacedor de ideas en formatos acordes con estos escenarios que tenuemente se vislumbran en siluetas gaseosas y en apasionante proceso de producción.

–¿Estás señalando que la apropiación de cierta tecnología ha devenido en un cambio de roles de los tradicionales actores del proceso comunicativo?
–Algo así. Para entender lo que está pasando en este vertiginoso ecosistema, debemos insistir en que hoy cualquier ciudadano puede ser un web-actor, un usuario de internet, y a la vez un infatigable y potencial creador de contenidos “a la carta”. Como lo dijo el documentalista Laurent Gervereau, estamos pasando de “una sociedad del espectáculo a sociedades de espectadores-actores”.
En el mismo sentido, Ignacio Ramonet ha advertido que “los usuarios de las redes ya no son solo lectores-oyentes-telespectadores inertes: escriben, fotografían, filman, comentan, analizan”. Mientras que Rosental Alvez, que fuera director del Knight Center for Jounalism in the Americas de la Universidad de Texas, supo subrayar que “el consumidor de información ya no es un ser pasivo que recibe la información empaquetada por otros; él también quiere producir contenidos”.
Vuelvo sobre la última pregunta. Muchas personas ven a la radio como un medio del pasado, de otra era, de una galaxia ajena y la evitan o, con orgullo, niegan rotundamente que la sintonicen.
Que hay cambios es indudable: hay que preguntarnos cuándo fue la última vez que compramos un radio receptor. Un aparato así no es un artículo de necesidad prioritaria que las personas compran, como sí lo fue en décadas pasadas. Muchos aparatos que compramos para otros fines ya vienen con radios integradas, más allá de que ese tipo de consumo sonoro que se alimenta más de productos envasados que del vivo puede haber creado un sujeto más egoísta.
La era esa en la que todo el mundo consumía lo mismo al mismo tiempo está en crisis profunda. Hay que devolverle naturalidad, respeto, a ese vínculo entre realizadores radiofónicos y oyentes porque, después de todo, la radio sigue vigente por la pasión de quienes la construyen a diario, una comunidad que reconoce en la palabra el poder de la compañía.
Trampolín
–La radio se prueba otras ropas. ¿Debe también modificar algo de su esencia?
–La radio tiene para ofrecer el mismo discurso que construye desde aquel lejano 27 de agosto de 1920. Ocupa el lugar de la palabra articulada que, pese a un escenario de abrumadoras pantallas, tiene la virtud de reformularse y actualizar sus potencialidades de manera constante. En efecto, no se aparta del camino para aprovechar lo que ya existe y propone nuevas aristas en un escenario social que se modifica para cautivar a un público que todavía le presta atención a la música, los efectos, los sonidos y los silencios del medio.
Centenaria, la radio ha sobrevivido a distintos tipos de embates. En principio, a las críticas de la prensa que auguraba para la radio un futuro nada promisorio y, sin embargo, logró hacerse un lugar y consolidar lo que se denominaría periodismo radiofónico. Tiempo después, se tuvo que enfrentar a otro peso pesado: la televisión; aquí, también se creía que el sonido entraría en franca declinación al poder de la imagen. Ante las diversas amenazas, y pese a las transformaciones que ha atravesado el ecosistema de medios en los últimos años, es posible señalar que aún demuestra absoluta vigencia. Sin embargo, la inmediatez y la portabilidad –en el pasado ventajas exclusivas del medio– hoy se han extendido con la presencia de las redes sociales y de dispositivos móviles para todos los gustos y colores.
La radio está viva. Pervive en sus distintos formatos de consumo: la escucha tradicional, el podcast, incluso el streaming, ese híbrido entre tradiciones radiales y televisivas.
–En cuanto a los contenidos, en el pasado la división entre información y entretenimiento era más tajante. ¿Cómo se expresa este pasaje en el escenario radiofónico?
–Desde hace tiempo es posible afirmar que se han quebrado ciertos moldes que distinguían información y entretenimiento. Se trata de un proceso que guarda relación con lo que algunos teóricos de la comunicación han denominado “infoentretenimiento”. Algunos programas traen ciertos condimentos que provienen del magazine, de la revista radiofónica que –a partir de los sesenta en Argentina– estableció un modelo de cómo hacer radio para un horario en que la urgencia informativa se atenúa y otros pactos de escucha sostienen la audiencia.
– ¿Qué te gustaba de la radio que ya no existe?
–No me gusta ubicarme en un lugar nostálgico. Hay una frase del Flaco Spinetta que resume mi postura de una manera muy clara: “mañana es mejor”. Ello no significa que no haya cierta cuota de remembranza cuando pienso en esas épocas radiofónicas como partes indisolubles de mi vida. Recuerdo mis madrugadas de alumno universitario y cómo solía estudiar acompañado de voces y músicas como las que podían proponer Juan Alberto Badía o Pedro Aníbal Mansilla. Se abría una era de hacer programas coloquiales, informales y cómplices. El presente encuentra a muchos exponentes que recorren esa vereda que tan bien han sabido transitar los primeros maestros. La radio, en definitiva, sigue vigente.

Tizón encendido
En el aula, le encantaba crear climas de fascinación a Oscar Bosetti. Preocupado por captar la atención de los estudiantes, solía escapar de los desarrollos teóricos rígidos. Prefería sembrar la semilla de la curiosidad a partir de las experiencias sensoriales, capaces de definir las atmósferas, la tensión y el poder del relato. Sus observaciones no eran meramente descriptivas: promovía la práctica analítica y valoraba el uso adecuado de la palabra.
En eso se diferenciaba de su maestro, Jorge B. Rivera, cuyas clases eran más tradicionales. Si Rivera descansaba en la riqueza de lo que enseñaba con pasión, a Bosetti le gustaba transformar los encuentros en espacios de teatralidad, en el sentido de que convertía el aula en un laboratorio del sentir, mejor aún en un taller. Pensaba en provocar el impacto. Y, luego, en cómo sostener la atención.
Su ausencia física no es sólo percibida como una vacancia. Producida su muerte, hay un interés por los hilvanes de aquello que estaba a la vista de todos, pero permanecía oculto por las claves ordenadoras de la prestidigitación. En esa sintonía, cuatro docentes comparten impresiones, con Bosetti en la memoria: Luz Alcain, Tina Gardella, Ariel Levatti y Pablo Morelli.
L. A.: A Oscar lo vi por primera vez cuando prendió la luz en el aula. 1991. Primera clase de la materia La Radio como medio alternativo. La había arrancado en la oscuridad total mientras de fondo sonaba alguna transmisión radial histórica. Me encantaría recordar cuál, buscarla con la IA, volver a escuchar, intentar revivir esa sensación en el cuerpo. Cursé la orientación en Periodismo, en la Licenciatura en Comunicación Social, por lo que me encontré con Oscar, en calidad de docente, en un par de materias más.
El vínculo creció con la amistad, fruto de su relación con Aixa Boeykens, una amiga de toda la vida. Grupos compartidos, algún viaje, encuentros, asados, sobremesas, sobre todo en los últimos años cuando Oscar empezó a pasar más tiempo en Paraná.
La propuesta de sumarme a la cátedra de Periodismo Político, en calidad de graduada adscripta, fue para mí la oportunidad de volver a la facultad -a la que siempre vuelvo- con alguna excusa; pero, además, lo más importante, me acercó, un poco de costado, a la actividad docente que no sabía que me gustaba tanto.
T. G.: Conocí a Oscar en una de las Jornadas de la Radio del Nuevo Siglo. Él era integrante del Comité y yo docente de la asignatura Comunicación Radiofónica de la Lic. En Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Desde ese lugar nosotros participamos siendo muy nóveles ya que la carrera de Comunicación en Tucumán se creó en 2004. De inmediato tuvimos afinidad porque le interesó saber y a la vez ponderó el hecho de que nuestra asignatura sumara al título curricular de Comunicación Radiofónica la frase “Pensar, hacer, sentir radio”. Era una frase tomada de Marita Mata a la que le agregamos el verbo “sentir”. Este abordaje sentipensante para un hacer radiofónico era para nosotros la base fundamental de un proceso demasiado corto ya que la materia era cuatrimestral. Muy ligado a las radios universitarias, a Oscar también le interesó que a ese proceso de cursada tan corto lo relacionemos con un programa radiofónico –“Radiografías”- producido y conducido por los propios estudiantes como una forma de interpelar a la carrera, a la universidad y hasta al propio campo profesional. Le parecía fundamental que todo lo que se haga desde la academia tenga relación con las necesidades y problemáticas de la gente. Interesado además por la historia y vigencia de los derechos humanos, siempre conversábamos acerca de los riquísimos aprendizajes de este campo que nos permitía relacionar a la radio con la construcción de memorias como una trama de hilos invisibles y poéticos, sólidos y reparadores. Se sorprendía de la continuidad de los Juicios de Lesa Humanidad en una provincia como Tucumán. Estaba al tanto de lo que se juzgaba y preguntaba también sobre la participación de los estudiantes en la práctica Diario del Juicio Tucumán y el programa “Quien tiene la bandera” de la Agrupación H.I.J.O.S. Tucumán por Radio Nacional Tucumán. Sin ser de Santiago del Estero como yo, creo que compartíamos un decir más lento y cadencioso je je…y eso también nos acercaba.
P. M.: Al profe lo conocí a través de su voz. Mi amigo fraterno Aldo Rotman trabajaba en el Laboratorio de Audio de la Facultad de Ciencias de la Educación y un día me dijo que le gustaría que escuche algo para que le dé mi opinión. Era una grabación del profe Oscar Bosetti contando una historia, no recuerdo cuál, aunque sí recuerdo cómo la contaba. Una voz cálida y pausada, honesta y convocante. Ambos la dejamos sonar sin interrumpirla mirando los parlantes como si lo miráramos a él, imaginándolo. Un tiempo después lo conocí personalmente frente a la clase del Taller de Producción Periodística. Podría decirse, entonces, que se me presentó en la vida primero haciendo radio y luego enseñándola, cosa que se extendería hasta sus últimos días, al menos en este plano. El flechazo fue inmediato. Diálogos voladores sobre el audio que fueron cimientos de una amistad paternal, un misterioso idioma compartido. Llegado el momento de mi tesis me puse a laburar y la dejé de lado un tiempo. Esto hizo que, cada vez que nos cruzáramos, me insistiera con que la realice accediendo a ser mi director. Allí se creó un vínculo experimental insondable, ya que hablábamos de “cápsulas audiomentales para personas ciegas y videntes”, de la asunción de una “ceguera voluntaria” y de la generación de “imágenes mentales” por solo mencionar algunas de las categorías que nos tuvieron apasionados en el bar del ACA durante meses. Tiempo después me invitaría a ser parte de su cátedra y entonces su enseñanza no tuvo fin.
A. L.: A Oscar lo conocí a comienzos de 1990. Yo estaba cursando el tercer año de la Licenciatura en Comunicación Social en Paraná. Él era docente en nuestra Facultad desde hacía unos cinco años. Junto a Guillermo Alfieri, Sergio Caletti, Patricia Terrero y Alicia Entel, entre otros, era parte de un plantel que influyó en muchos graduados, varios de los cuales con el tiempo nos convertimos en docentes. Bosetti dictaba varias materias: “La radio como medio alternativo”, “Periodismo nacional e internacional”, “Periodismo en Cine y TV” y “Periodismo político”. Jamás olvidaré mi primer día de clases con Oscar. Quedó grabado en mi memoria para siempre…

–¿Qué ocurrió de extraordinario ese día?
–Llegamos a clase y uno esperaba lo normal en estos casos: presentaciones formales, entrega del programa, la bibliografía, alguna consigna. Pero nos encontramos con un panorama totalmente distinto. Fue en la vieja aula con piso de madera, la que está en planta baja ingresando al edificio histórico de Alameda 106, que por entonces se llamaba calle Rivadavia. Él estaba de pie, con su calvicie inminente y su bigote que luego abandonaría. Oscar tenía por entonces 35 años, pero ya era un tipo reconocido en el mundo académico, en especial de la radio. El aula estaba en penumbras. Cuando el recinto estuvo repleto de alumnos, sin mediar palabras, proyectó y analizó el filme “La niebla”, de John Carpenter. No entendíamos qué carajo estaba pasando. Era el factor sorpresa. “Pedagogía del asombro”, le decía él.
Era genial cómo diseccionó el lenguaje audiovisual, señalando por ejemplo, que los climas emotivos del filme eran generados por los paisajes sonoros, los silencios profundos, las voces vacías de imagen y la música antes de que en la pantalla apareciera algún referente estrictamente visual. Recuerdo también que destacaba el lugar que tenía la radio en esa película: organizaba a la comunidad. Era la que alertaba sobre los peligros también. En fin. Eran observaciones sutiles, dispuestas para que nos sumemos desde el lugar del que toma decisiones en el armado del mensaje; no del destinatario pasivo, sino del productor.
Yo quedé sumamente impactado. Sus clases eran eventos de la cultura urbana. En esos días entendí que la universidad nos brinda mucho más que conocimientos técnicos. Pero, sobre todo, pensé: “si alguna vez me toca ser docente y dar clases, me gustaría hacerlo como este tipo”.
Pegamos onda enseguida, como dicen ahora los chicos. Pero el vínculo se fue construyendo lentamente, como todas las cosas sólidas que perduran en el tiempo. Un momento bisagra fue a fines del ’92. Oscar tiró la idea, junto a Guillermo Kendziur, de crear la Agencia Radiofónica de Noticias, una experiencia inédita a nivel nacional. Tuve el orgullo de ser uno de los fundadores, en calidad de alumno pasante. Se armó un lindo grupo, con Miguel Latuff, Aldo Rotmann y Amalia Espinosa, entre otros compañeros. A partir de ese momento, nuestro vínculo fue constante y se fue fortaleciendo.
La evolución de la relación fue un camino gradual. La relación docente-alumno se transformó en un vínculo entre colegas y luego en amistad. Oscar fue mi director de tesis y una vez que obtuve mi título de graduación, me incentivó a iniciar la carrera docente. Con él participé en mis primeros proyectos de extensión e investigación y me postuló para integrar el Comité Organizador Permanente de las Jornadas Docentes Universitarias de Radio. Algunos momentos felices que recuerdo especialmente, es una especie de ritual que solíamos compartir cada mes de enero: un café o una cerveza en algún bar de la costa atlántica, un atardecer cualquiera, trazando proyectos para el año laboral, conversando de fútbol, de política, de la Facultad o simplemente de cuestiones de la vida.
L. A.: ¿En qué era realmente bueno? Tenía una presencia como docente que mezclaba, por un lado, un costado de autoridad indubitable, que siempre viene bien; y por el otro, un respeto cuidado, un respeto no sustentado sólo en gestos, con el proceso de aprendizaje de todos y cada uno de los estudiantes. Su voz era una marca, una potencia para llevar la cadencia de la clase; su dicción impecable, con el ritmo necesario, hacían el resto. Me gustaba revisar de reojo sus apuntes de la clase: allí, en columnas, cuadros, signos en tinta negra, el mapa del curso completo, el repaso escrito a mano de todos y cada uno de los estudiantes, con distintos tonos de tinta que deben haber indicado algún intrincado esquema de valoraciones y procesos cuyo significado no me fue develado.
T. G.: Se destacaba en varios aspectos. Escucha atenta, diálogo sincero y cuidado profesional estaban por encima de egos académicos, quejas contextuales y poses heroicas de un quehacer universitario siempre en tensión. Oscar combinaba y desarrollaba una manera de relacionar: lo académico y lo profesional, lo estructural y lo informal, lo tradicional y lo novedoso para amalgamar sin confundir, para combinar sin aplastar; no sólo para resistir sino sobre todo para existir.
Entendía que siempre alguien nos precedía y que alguien nos continuará y que eso sólo lo podíamos percibir en los pequeños detalles de quienes nos rodean, como gestos y evidencias de una trama que construye comunidad por encima de marcas disciplinares y profesionales y hasta de dramas personales.
P. M.: Pienso en por qué digo “profe” cuando me refiero al profesor Oscar Bosetti, y entiendo que es porque eso es lo que era, lo que mejor le salía, lo que mejor hacía. Ser “el profe” en lugar de un grandilocuente “profesor”. Un profesional como nunca conocí respecto de su formación académica, experiencia y condiciones para desarrollar su cualidad de educador, pero a la vez compartiendo sus conocimientos de un modo igualitario, sin posicionamientos de superioridad alguna y dirigiéndose a quien esté enfrente con los ojos a la misma altura. Es decir que al tipo había que averiguarlo para saber adelante de quien estábamos. Mientras tanto, él era el profe. Una suerte de posicionamiento político que dejaba sus vastos diplomas para el curriculum, y en cambio ponía en práctica lo que él denominaba como el “hacer haciendo”. Y vaya que hacía, y sin descanso. Un maestro de la organización y planificación de proyectos que ponían en movimiento a personas y voluntades convencidas de que valía el esfuerzo de poner energías allí, donde hacía falta algo, donde hacía falta alguien, donde hacía falta… Uno de esos casos donde la inteligencia está al servicio de la sensibilidad y donde la sensibilidad está al servicio de la inteligencia, dejando a mano la conclusión de que, sin duda alguna, acaso sean lo mismo. No conozco a nadie de derecha, inteligente. Bastaba observar el pizarrón donde anotaba las indicaciones para sus estudiantes y detectar una letra prolija y esmerada que no dejaba dudas de las funciones que a cada uno/a le corresponderían. Con grandes habilidades para evitar discusiones vanidosas en el aula sobre quién primero o quien después. Lo hacía simple: elegir un número del uno al diez y el aparente azar nos ponía a todos en el mismo lugar. Corrigiendo sin provocar daño a nadie, sin subestimar ni desalentar, sin exponer y brindando opciones para modificarnos y mejorar.
A. L.: La mayoría de las personas destacan a Oscar Bosetti como uno de los investigadores con mayores conocimientos sobre la historia de la radio y otros aspectos del medio. Pero yo me quedo fundamentalmente con su faceta de formador. Eduardo Galeano decía que somos un mar de fueguitos y cada ser humano brilla con luz propia. Oscar tenía la habilidad de encender la chispa adecuada en el interior de cada persona. Como Carlos Timoteo Griguol, legendario entrenador de su amado Ferro, el Pelado sabía leer el juego y distribuir los jugadores en la cancha, asignándoles el lugar indicado y sacando lo mejor de cada uno. Otra cualidad admirable de Oscar era el orden y la organización. En las épocas en que no existían las computadoras, ni internet, ni los celulares, vos le encargabas una grabación o un material sonoro específico y el tipo venía, a los 15 días, con un casete prolijamente grabado con el material en puerta. Tenía un verdadero archivo en su cabeza. Si necesitabas pulir un proyecto u ordenar algunas ideas, un rato de charla con él bastaba para echar luz sobre el asunto. En ese sentido era muy generoso y supo ayudar a mucha gente.
–¿Cuáles de sus cualidades te gustaría adquirir, si fuera posible?
L. A.: Ante todo, una cualidad: que los estudiantes sepan que uno está, que está a disposición, que vale siempre preguntar otra vez. Oscar tuvo ese privilegio.
T. G.: El don de la conversación como un río a cuyo caudal nos sumamos en todo momento. Si la base matricial de la Comunicación son las conversaciones y los conflictos, Oscar hacía de la conversación el dispositivo más importante para trabajar los conflictos, para tramar una red en la que cada quien deje su huella, su impronta, sus propias memorias.
A. L.: Sin ninguna duda, me gustaría sembrar en los jóvenes, en los estudiantes y en las futuras generaciones, la misma pasión que nos inculcó Oscar por la radio, por el periodismo, por la docencia y por las cosas bien hechas. De vez en cuando, recibo señales de que algunas veces, ese objetivo se logra. No hay nada más gratificante para un docente, que sentir que pudiste dejar una influencia positiva en tus alumnos o brindarles las herramientas básicas para que puedan cumplir sus sueños. Me parece que es el legado más grande que nos dejó Bosetti a todos sus discípulos.
P. M.: Pienso al profe como un maestro de la radio. Un maestro de la docencia de la radio. Un maestro de la docencia sensible. Un maestro en la vida. Ojalá algo, o alguito de todo eso, nos inspire. Y siempre insistir en seguir, porque hay mucho por hacer.
(*) Las intervenciones de Bosetti han sido tomadas de los prólogos que realizó a los libros Radios universitarias en marcha, de Undav Ediciones, e Historias de Aire, de Eduner.
Fotos: Tefa Schegtel Torres.










