La identidad del sello editorial Oyé Ndén ha ido cambiando conforme las circunstancias. No obstante, ha ejercido el papel de guarda memoria, al que remite la expresión en lengua chaná. Su responsable es Nicolás Darchez, oriundo de Gualeguaychú. El proyecto se integra a una constelación de propuestas independientes que ha dinamizado la escena editorial provincial.
Para que haya intuición, antes debe haber habido azar. Creyó escuchar la frase mientras atendía el stand. El enunciado era parte de un diálogo entre paseantes en la Feria del Libro de Paraná, del otro lado del mostrador. Le quedó resonando. Atendió consultas. Conversó sobre autores. Se interesó por otros editores. Y el manifiesto regresaba. Nunca lo había pensado desde ahí.
De lo que no tenía dudas era que su sello, surgido en Gualeguaychú, su propia vida actual de docente y editor, las personas con las que se fue tejiendo en vínculos amistosos, académicos y profesionales en estos últimos años y sus planes vitales y editoriales, de alguna manera eran producto de una serie de casualidades, sucesos inexplicables, no necesariamente fantásticos, que se van mezclando con cierta idea de planificación hasta torcerla, algunas veces de manera radical.
Nicolás Darchez es un vagabundo conforme la caracterización hecha por Roberto Arlt en sus Aguafuertes. Un sujeto bien vestido, soñador; curioso, atento al entorno como perro hambriento, despojado de prejuicios; con una educación refinada, múltiple, que pone a dialogar con la cultura callejera. Además de animado conversador, es un viajero entre oficios parientes, vinculados a la expresión, que incluye roles exigentes como definir obras que formarán parte del catálogo y papeles demandantes, como poner el cuerpo y el tiempo a disposición de la venta de ejemplares en ferias glamorosas, medianas y pueblerinas. Es un ser con una existencia ambulante, abierto al aprendizaje.
Aquella mañana había sido entrevistado junto al río, en la portuaria Sala Mayo. El reducto, arraigado en la tradición de la ciudad, es una especie de planta acuática, con cimientos de sacrificada laboriosidad y techumbre políglota, alimentada de fugacidades que permanecen. Entre interrogantes y contestaciones Darchez fue bordando el carácter trashumante de Oyé Ndén, vaporoso y cierto. Desde una sólida evanescencia, el sello editorial sigue un plan, resiste desde un muelle de convicciones, mientras el entorno fluye y lo altera, como las estaciones hacen con la eternidad de los calendarios.
Cuando el grabador se apagó, se quedó solo, pensativo. Pasaba el río ancho, se le embarraba de isla la mirada. No decía palabra alguna. Y sin embargo hablaba. Vio que, en ocasiones, se caracterizaba cuando mencionaba al sello y que, en otras, era la editorial la que lo pronunciaba. Regresó al viaje a la santiagueña Forres, perdida en polvorientos caminos provincianos. Allí, una serie de gestos comunitarios, un manojito de vivencias, nombres y rostros con historia, lo volvieron un creyente en el impacto de lo aparentemente mínimo. Darchez anda por la vida con el optimismo con que la fractura subsuperficial sueña la erupción volcánica.
Hasta entonces, era un errante sin brújula. Desde entonces, más que un nómade es un expedicionario que actualiza mapas. Y en cada nuevo punto, gente con existencias reales, leídos y por leer, unidos por la palabra compartida. En Forres aprendió a confiar sin medida en el poder de los que no tienen demasiado para ofrecer, no como quien ha sido colonizado por la porfía sino como alguien que espera al tiempo para que en el momento preciso la semilla de la paciencia prospere, el pajarerío encuentre su alimento luminoso, las lombrices enriquezcan el almácigo de la existencia cotidiana y las personas tramiten la fugacidad de manera trascendente.
Había llegado hasta allí por una amalgama que integró repentinas corazonadas, pálpitos que fueron decantando lentamente, eventos que cambiaron la historia de manera imprevista, situaciones fuera de repertorio, y una buena medida de tesón, de sano empecinamiento, para sostener las decisiones tomadas. No está mal para arrancar, pensó.
El aguacero apuró el regreso. Él entraba a la Sala Mayo y los visitantes salían, especulando con que si se apuraban se mojarían menos. En el stand lo aguardaban los libros, los autores, los lectores, el equipo de mate. Desde los ventanales comprobaba que el chaparrón se había vuelto temporal. Imaginó a las gotas haciendo globitos en los charcos. La siesta fue preparando la escena para que el repaso sea sereno.

–¿Qué era de tu vida antes de ser editor?
–De alguna manera siempre hubo conexión con las artes y la cultura. Estudié Letras en la Universidad de Buenos Aires; laburaba allá. Además, soy músico, compositor; tuve una banda de rock durante quince años, un dúo acústico otro tanto y ahora ando como cantautor. Y en lo específicamente vinculado al trabajo de la editorial, era corrector de textos: arranqué en 2006 con escritos académicos, y con el tiempo me fue llegando laburo de todo tipo.
–¿Cómo fue eso?
–Un poco de casualidad. De metido, también. Antes de Letras, fui estudiante de la carrera de Psicología, en la Universidad Católica de Buenos Aires. Por ese entonces habían empezado a publicar una revista académica de esa especialidad y, leyendo el primer número, encontré varios errores, entonces me ofrecí para dar una mano con quienes habían hecho la edición. A partir de eso vi una veta para sumar ingresos. Pegué cartelitos con mis datos en la calle y me llegaban encargos de estudiantes o de personas que querían escribir un libro. Era una tarea que hacía en paralelo con otras cosas. De a poco, los pedidos fueron más continuos, a medida que fui conociendo gente. Por ejemplo, Hugo Daroca, abogado de Gualeguaychú al que le gusta recorrer e indagar los archivos de periódicos del siglo XIX. Hace varios años me propuso corregirle algunos trabajos que había hecho en base a documentos periodísticos y fuentes históricas sobre distintas instituciones de la ciudad. Por ejemplo, la historia de la Biblioteca Popular Sarmiento, que es una de las más antiguas del país, o una publicación relacionada con algo curioso: ante la alarmante escasez de circulante nacional y de moneda menor, la ciudad de Gualeguaychú resolvió, a mediados del siglo XIX, permitir que bancos privados locales emitieran su propio papel moneda, y Hugo había escrito un trabajo al respecto. La cuestión es que él, cuando tenía los contenidos para hacer un libro, me convocaba. Y así empecé a involucrarme con este mundo particular.
Para el primer libro sólo me encargué de la corrección y el maquetado —lo que era algo que todavía no había hecho y tuve que empezar a aprender—. Ya para el segundo, me hice cargo de toda la edición: tuve que articular con una diseñadora, con una fotógrafa y con una imprenta; también me anoté como pequeño editor en la Cámara del Libro, para tramitar los registros legales. Después llegaron más libros para hacer, y me fueron animando para armar mi propio sello.
La gente que me alentó a hacerlo destacaba el trato humano y responsable que yo mostraba hacia sus trabajos, algo que ojalá no pierda. Así, como quien no quiere la cosa, en abril de 2022 Oyé Ndén ya estaba instalada, enfocada en la bibliodiversidad y dedicada a rescatar escrituras de este amplio litoral.
Huella digital
–¿Cuál es la identidad del sello?
–Publicamos un poco de todo: narrativa, poesía, crónica, textos académicos de divulgación. Por ejemplo, El Boliche de Impini cuenta desde la memoria oral cómo era la vida en el campo entrerriano; o Diversidad cultural y lingüística en Entre Ríos, de un grupo de investigadoras uruguayenses —que se autodenominan “Gurisas que investigan”—, que indaga en nuestra cultura, con textos sobre la esclavitud en la provincia en el siglo XIX, la representación femenina en el espacio público a partir de estudios desde la Geografía, el estado de las lenguas de colectividades desde la Lingüística, entre otros temas. Es un libro interdisciplinario. También tenemos poesía, con autoras como Dora Hoffmann o Susana Bugnone; narrativa, con obras de Tuky Carboni, Juan Manuel Alfaro y María Esther de Miguel; ensayo, con un libro sobre la mujer y el carnaval, de Cecilia Chesini Remic, o crónica periodística, también con María Esther de Miguel.

–¿En qué consistió el armado del sello?
–La apertura de la editorial como tal implicó hacer el registro de Oyé Ndén en la Cámara del Libro y dejar de ser “pequeño editor” para ser un sello. En paralelo, gestionar el registro de marca y empezar a trabajar los aspectos estéticos en procura de hallar una identidad gráfica, labor que quedó en manos de Vanesa Vitale.
Mi equipamiento es básicamente una computadora, no mucho más. Al trabajo de imprenta lo encargo en Buenos Aires; la diseñadora, Vanesa Vitale, es de Gualeguaychú, pero vive en Chivilcoy, ciudad donde además tiene una editorial; la ilustradora es Florencia Frigo, una artista de Gualeguaychú. Yo me encargo de leer los originales, hacer las correcciones, el maquetado, los registros legales y la articulación con las imprentas; también me ocupo de pensar y definir las colecciones, y soy quien intermedia con las librerías y participa en las ferias.
–¿Sos de Gualeguaychú?
–Así es. Me fui a los dieciocho para estudiar. Estuve veinte años en Ciudad Autónoma de Buenos Aires y dos años más en Pehuajó, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Ahí fue surgiendo el sello. Me volví en 2022. Para abril de ese año presentamos el sello en la feria del libro de Gualeguay y ya en julio estaba nuevamente instalado en Gualeguaychú, lugar en el que estaban todos mis proyectos, incluyendo la banda de rock (una gran banda, dicho sea de paso: Chabacana, se llamaba).
–¿Qué fue lo primero que editaste con Oyé Ndén?
–Por un lado, dos libros que ya había hecho como “pequeño editor”: El Boliche de Impini, de Jorge Impini, y Crónicas periodísticas, de María Esther de Miguel. Los reedité porque, pese a la conformidad original, sentía que podían ser mejorados, ya que muchas decisiones de las ediciones previas no habían pasado por mí, así que los retomé y los reelaboré, ahora sí como editor a cargo. Por otro lado, publiqué Obra poética, de Dora Hoffmann, una autora sobre la que siempre tuve interés (una de las más grandes poetas que ha dado el suelo argentino, cuya obra no había circulado), por lo que decidí reunirla y reeditarla.
–¿Cómo vas resolviendo la ecuación de sustentabilidad del proyecto?
–No sé si se resuelve, ja. Es complejo, en serio. Lo sostengo con mi sueldo docente y con algo de las ventas: con lo que se obtiene de la venta de ejemplares, voy imprimiendo o reimprimiendo libros.
Algunos títulos puntuales fueron financiados por los autores o las autoras, porque querían publicar conmigo y preferían no esperar a que la rueda de los ingresos de la editorial esté en condiciones de financiarlos. Es lo que pasó con Memorias del agua, el poemario de Susana Bugnone, que se hizo cargo ella de la inversión inicial; o Atamisqui, de Gabriel Torem, que llegó con apoyo del Fondo Nacional de las Artes; o Un corso a contramano, de Cecilia Chesini Remic, sobre el papel de la mujer en el arte popular de carnaval, originalmente una tesis de la Licenciatura en Artes Visuales, que luego quiso publicarla como libro; también, El Boliche de Impini. En esos casos, el financiamiento inicial vino de parte de las autoras o los autores. Después, con el tiempo, yo fui asumiendo la posta de reimpresión y circulación, para que no recaiga en ellas y ellos el peso de sostener el título.
En definitiva, resuelvo en función de la disponibilidad del momento, tanto para imprimir como para reimprimir. En ese esquema, aprovecho las ferias porque son instancias donde la venta de ejemplares suele ser mayor y, con lo obtenido, se afrontan nuevas impresiones.

–¿Es realizable el deseo de formar comunidad?
–Es la aspiración que me anima. En la hechura de los libros esa meta aparece materializada. Por un lado, en la elección de hacer notar en las cubiertas quién hace las palabras preliminares para cada título, para que los lectores y las lectoras vayan armando una red de nombres que construyen un mapa, como los de Evangelina Franzot, Alfonsina Kohan o Daniela Churruarín, por citar tres casos. Además, al final de cada libro se consignan las personas que estuvieron involucradas en el proceso, que son muchas más que aquellas que desarrollan funciones específicas en la hechura. No es un asunto sólo de escritores y editores, también están quienes diseñan las tipografías, quienes imprimen, quienes ayudan a que un título se publique, y mucha gente más.
La otra comunidad que siento que se va construyendo es entre editores. Este año, con Lucas Mercado de Azogue, Gretel Schroeder de La Ventana y Sebastián González de Palo Santo, conformamos un núcleo de colaboración para asegurar la presencia de los libros de unos y otros en las ferias a las que asistimos. Es una especie de cooperativa, que abarata los costos de estar en eventos considerados valiosos y nos permite a todos mostrar nuestros catálogos en la mayor cantidad de espacios posibles. Ese grupo nos permite también compartir ideas, escuchar puntos de vista sobre cosas que se nos puedan ocurrir.
La misma riqueza en el diálogo la tengo con otros editores, a quienes les estoy sumamente agradecido porque las charlas con ellos son seminarios de actualización permanente.
–Lo que sentís que aplicás como editor, ¿lo aprendiste durante la formación universitaria o desde esa base vas realizando un aprendizaje propio, en terreno?
–Yo estudié Licenciatura en Letras, más orientada a la lectura crítica de la literatura y a la docencia. Lo que la facultad me dio es un panorama de lecturas muy rico, que me permite analizar un libro y también evaluar, por ejemplo, si un material tiene lugar en nuestro catálogo, más allá del gusto lector.
Luego hice una Diplomatura en Gestión Cultural, en la Universidad de Córdoba. Eso me dio el papelito que acredita un tramo de mi formación, además de herramientas técnicas y teóricas. Pero lo que sé de gestión cultural se lo debo a la banda: para una propuesta independiente, del “interior del interior”, es vital saber gestionar, organizarse, planificar la logística, pensar en los cómo, en los con quién y en los cuándo.
Respecto del oficio de editar, lo aprendí durante el camino. Todos tenemos algún criterio general y los radares desplegados para que la experiencia nos dé lecciones. En ese sentido, tuve la suerte de cruzarme con gente muy abierta y macanuda. Pienso en Gustavo Martínez de EDUNER y Pablo Felizia de Ana Editorial, siempre generosos conmigo; en Hernán Rebeque, que ahora es librero en Rosario, en Alexis Chausovsky y Juan Manuel Strottmann, que también me han aconsejado y lo siguen haciendo. Hay que tener en cuenta que en las ferias estamos horas compartiendo el espacio con colegas y esa ocasión es propicia para hablar y para escuchar. Obviamente, aprendo todo el tiempo con Lucas, Gretel y Sebastián; ese grupo que armamos. Y también con las mismas Daniela Churraurín y Evangelina Franzot, que me comparten sus opiniones sobre las ediciones y los libros.
Decisiones
–¿Vas pensando en términos de catálogo o por ahora vas sumando obras que intuís que son afines al sello?
–Pienso en términos de catálogo, pero hay proyectos que van entrando por el costado, sin haberlos previsto, y amplían la mirada del catálogo. Por ejemplo, Atamisqui de Gabriel Torem: yo venía editando sólo escrituras entrerrianas, pero él no es entrerriano. Me llamó para publicar su novela y me explicó que estaba escrita en quichua y traducida al castellano por él mismo, pero le estaba constando conseguir quién se la publicara, porque no era una obra que prometiera muchas ventas, justamente por estar en quichua. Para mí fue un motivo más que suficiente. Editar ese tipo de obras es también una apuesta más allá de lo comercial, es una manera de ofrecer algo distinto, de abrir la cabeza y pensar otras formas de circulación cultural. Se supone que a eso nos referimos las editoriales cuando hablamos de bibliodiversidad.
Creo, que un poco es el catálogo mismo el que ha ido marcando el camino de la editorial. En 2018, 2019, ya tenía el nombre del sello, Oyé Ndén, pero lo había imaginado como para publicar un tipo de material que, siendo parte del acervo local, de la memoria de un lugar, no suele ser atractivo para las editoriales habituales. No sé, la historia de una parroquia, una escuela, una institución clave para un pueblo; ese tipo de textos. Un poco lo que es El Boliche de Impini, de Jorge Impini.
El caso es que cuando arranqué con el sello fue surgiendo la posibilidad de reeditar materiales de escritoras y escritores que publicaron en ediciones de autor, es decir, con pocos ejemplares impresos y escasa visibilidad, pese a la riqueza de su contenido. Así me empecé a interesar en esas producciones que no han circulado debidamente, con la idea de proponerles una segunda oportunidad de lectura. Eso se perfiló solo, debo admitir. Así apareció la posibilidad de reeditar a Dora Hoffmann, a Tuky Carboni, a Juan Manuel Alfaro, a María Esther de Miguel. De ella pienso reeditar toda su obra. Vamos paso a paso. Empezamos con Crónicas periodísticas, Violentos jardines de América, Los que comimos a Solís, El general, el pintor y la dama y Norah Lange: una biografía. Es una autora fundamental del litoral, nacida en Larroque, que luego se instaló en Buenos Aires. Aunque es parte del canon (palabra que detesto), hoy no es tan leída y no es del mainstream de la literatura. Sus cuentos son tremendos. Una vez que se liberaron los derechos que poseía Planeta, hablamos con los herederos y aceptaron; para mí, que soy alguien con un proyecto editorial chico y regional, que confíen en mí es también una alegría y una responsabilidad muy grande. En el caso de Alfaro, empezamos con La dama con el unicornio y antes de fin de año va a salir Plena palabra. Después seguiremos con otros títulos suyos en el 2027.
También me gusta ampliar los géneros, como llevar una tesis académica a un ensayo de interés general, como pasó con Un corso a contramano; o los artículos de “Gurisas que investigan” editados en Diversidad cultural y lingüística en Entre Ríos. Ahora estamos trabajando en una conferencia que dio Borges en Villaguay en 1981: Mario Daniel Villagra transcribió la grabación que entonces se hizo en casete y escribió un trabajo contextual en el que despliega los distintos vínculos de Borges con la provincia e interactúa con algunos artículos que salieron por aquella época en un diario de Villaguay, y eso ya está bastante encaminado. Así que, tal vez antes de fin de año veamos ese trabajo publicado, con palabras preliminares de Miguel Ángel Federik.
–La reedición de El tan deseado rostro, de Tuky Carboni, también fue significativa…
–Fue un momento muy importante en el recorrido de la editorial. La verdad es que no conocía mucho la literatura de Gualeguay, tenía más presente a autores y autoras de Gualeguaychú. Pero cuando arranqué con la editorial, en 2022, en la feria de Gualeguay la escuché a Tuky contar sobre esa novela y el destino que había tenido después de su primera edición allá por los 90. Yo estaba queriendo publicar algo de narrativa, así que me acerqué a ella para ofrecerle una reedición, sin haber leído la novela. Recién cuando me dijo que sí, leí El tan deseado rostro; me pareció hermosa, creo que es una de las mejores novelas escritas en Entre Ríos. Que haya confiado en mí para reeditar una obra tan importante, una novela que ganó el Premio Fray Mocho, con apenas cuatro días de vida de la editorial, fue uno de los mojones del recorrido.
Un par de años después, cuando pude juntar unos pesos, hicimos una selección de relatos de dos libros que Tuky había autopublicado: Hasta el próximo sueño, del 2009, y La infancia está llamando, del 2011. A esa antología la llamamos La infundación y otros relatos. Para mí es un honor tenerla en el catálogo. Además, es una persona hermosa: humilde, franca, sincera. En el mundo artístico hay mucho ego inflado, pero Tuky es todo lo contrario.
El mismo año que la conocí a Tuky, EDUNER editó una antología poética: Bajo el signo del agua, y en 2025 Camalote publicó Paisaje, una serie de haikus que ella escribió para esa edición. Es como que en esos tres años se fueron confabulando varios factores para que la obra de Tuky volviera a orbitar.

Realidades
–¿De qué época es la autoedición?
–La autoedición existió siempre. Las autoras y los autores de la provincia que leemos ahora vienen autoeditándose de toda la vida. Incluso, muchos títulos se publicaron por medio de imprentas locales, cuyos dueños no eran libreros. Algunas autoediciones se encargaban a editoriales de otras provincias, como Colmegna, de Santa Fe, o Colombo, de Buenos Aires, por ejemplo. Por estos pagos, estuvo la experiencia de Editorial Río de los Pájaros, fundada por Zamarripa; y hay un camino interesante con Ediciones del Clé, que también publica autoediciones, pero desde Entre Ríos y con un trabajo súper profesional, lo que deviene en libros hermosos.
Las dificultades para publicar son históricas en provincias como la nuestra. No había sellos regionales con propuestas editoriales de corte clásico, es decir, que financiaran económicamente las publicaciones. Esas circunstancias explican que haya habido tantas ediciones de autor, que generalmente no circulaban mucho más allá del lugar de residencia del artista. La ocasión para vender el libro era básicamente la presentación.
–¿Puede hablarse de una explosión de editoriales independientes en Entre Ríos?
–En esta última década, las editoriales de proximidad se han multiplicado. Hasta donde sé, sacando Buenos Aires, no hay una provincia que tenga un polo editorial como el entrerriano. Lo que une a estas iniciativas es que buscan sostenerse en el tiempo y lograr libros accesibles. Si bien existen proyectos que funcionan como servicios editoriales, lo están haciendo con ediciones cuidadas, hay un trabajo más profesional. Y en el caso de los sellos que buscamos trabajar en forma más clásica y mayormente nos hacemos cargo de los costos de las ediciones, buscamos distintas estrategias para poder publicar y sostener el catálogo.
Ahora, no sólo hay más sellos dedicados a publicar y financiar libros, sino que además los sellos regionales nos hemos ido profesionalizando como editores y distribuidores, lo que es novedoso. Creo que mucho ha tenido que ver la Tecnicatura en Producción Editorial de la UNER, que tiene menos de diez años.
También creo que lo que viene haciendo EDUNER en los últimos años es como un faro, una referencia de calidad que influye en el resto y potencia al conjunto, visibiliza fuera del territorio, desde una institución, algo que también se está dando en el ámbito privado. Esa editorial es un ejemplo, creo que, quienes le prestamos atención, de ella hemos aprendido de qué manera trabajar una obra, cómo cuidar a las autoras y autores, qué tiempo hay que tomarse para trabajar con seriedad y qué estrategias se pueden pensar para volver al presente una obra o un autor del pasado.










