Periodismo camalote

31 octubre 2026 17 minutos
Redacción

Hay varias teorías para lograr que el vínculo entre comunicación y sociedad eche raíces duraderas. Un camino es enfocar en las inquietudes de las comunidades, desprejuiciar y desmitificar la vida en los barrios, revalorizar la cultura regional, construir la memoria sencilla de los pueblos, visibilizar la mirada de los sectores, estar atentos a las historias cotidianas. En Paraná, el de Andrea Venturini es un nombre propio dentro de ese periodismo de cercanía o proximidad. Repasar su trayectoria ayuda a regresar sobre los rostros anónimos, los aromas reales y los paisajes ciudadanos que la han nutrido.

Lloviznaba. Junto al cordón, la calle brillosa traía rumores de agua sucia. Era un pequeño torrente oscuro. Se había formado cuando el primer chaparrón lavó las penas de la cuadra vecina. Drenaba dolores viejos anidados en casas recién estrenadas o en vías de terminación. Ella miraba ese arroyito barrial, escuálido. Se alertó porque las microgotas la estaban mojando, cuando un tropel de recuerdos la llevó lejos, en tiempo y distancia. Se vio menuda, pequeña, la cabellera abundante, con tendencia a enrularse, las dos colitas sobre la espalda del guardapolvo unisex; regresó a aquellas tres cuadras chapaleando barro hasta llegar a una casa donde se lavó los pies y se calzó para ir a la escuela; la tomaron de la mano las aventuras polvorientas sobre bicicletas que se frenaban con las zapatillas; repasó los moretones y raspones en las piernas por andar trepándose a los árboles; volvió a visitar aquellos preparativos pobres de carnavales inolvidables, con entrenamientos en cercanías de la Plaza Alemania al atardecer, luego de siestas dedicadas a los juegos de agua, con baldes y hervidores.
Por el patio de tierra de su remembranza pasaban y se sentaban a contar lo suyo bandadas de niños que iban perdiendo los dientes de leche; la vida con menos de lo justo, propio de la familia trabajadora; la sensación de un puñal que entra lento, que daña, provocada por la muerte del padre, mientras se desestabilizaba la precariedad de la economía doméstica y se destartalaba la mecánica original de los afectos.
Ya no garuaba en su calle, Mario Alarcón Muñiz. Un canto de pájaros parecía anunciar los términos de cierta tregua climática. Los vecinos aprovecharon para hacer mandados, en auto. Ella saludaba a los que pasaban. Para los que residen allí y para los que no saben demasiado de su vida en el resto de la ciudad, es la chica de la televisión, aunque desde hace unos años haya cambiado de sintonía profesional. Después, durante la entrevista, desplegará una visión propia de quien no ha desandado el oficio en vano, más cercana a la acción concreta, al contacto directo con quien demanda atención, que a la reflexión intelectualizada sobre aquello que los demás hacen, dicen u omiten en nombre de la sociedad. Después de todo, hay dos formas de escribir la palabra periodismo: con la mano de la realidad o con la de la filosofía.
Dentro suyo, el murmullo de agua oscura que se fue destiñendo en busca del desagüe de la esquina, ganó en caudal emocional. Pensó, sin ánimo de teorizar, en las crecientes y las sequías de la vida, en la orfandad de los que nacieron sin margen, en el gesto de reponerse luego del temporal que lo arrastra todo. Pensó en su tía, la hermana del padre, que le mostró un sendero. Y la nombró, conjuro y modelo: Isabel Venturini. Se pensó más atrás, cuando estudió en una escuela que fue un literal tranvía, con el Parque Gazzano como punto de encuentro de horas libres. Se pensó más adelante, cuando la necesidad de trabajar fue marcando el ritmo de sus decisiones. Desde ese muelle se miró. Un hogar, dos hijos. Es un largo camino, Andrea, se dijo. Desde lo alto de una palmera, unos loros bullangueros parecían darle la razón.
Las circunstancias la llevaron a desempeñarse en la primera línea del periodismo. Como cronista, movilera o productora, el contacto directo con las problemáticas y las personas concretas le hizo desarrollar el músculo de la improvisación, de la repentización. Salir a la calle con cierta cantidad de notas para hacer durante la jornada; encontrarse con vecinos de carne y hueso, muchas veces con las emociones a flor de piel; registrar el testimonio institucional de mandatarios, funcionarios y legisladores; resolver expeditivamente unos y otros dilemas de comunicación apenas la cámara de video se enciende; volver a la emisora y, una vez que se produce la salida al aire, quedar expuesta a las impresiones de los directos involucrados, a la opinión de la comunidad de televidentes y al análisis de colegas, jefes y de pretendidos especialistas que se dedican a formular veredictos sobre el trabajo ajeno desde la tranquilidad del living-comedor, le imprimen a la labor cotidiana el vértigo típico de una montaña rusa, en la que los agradecimientos y los reproches se yuxtaponen y contrarrestan, ya se trate con encumbrados nombres y apellidos o con anónimos ciudadanos.
Esa práctica peculiar expone al periodista que sostiene con sus fuentes un vínculo cara a cara, sin mediación ni mediadores, una refriega dialéctica y relacional en la que el otro no es sólo una representación impersonal, una categoría, una abstracción, un símbolo. Esa rutina obliga a rearmar prioridades, a releer la letra chica de los manuales, a reinterpretar el lugar de unos y otros y de la comunicación también, aspectos sobre los que resulta interesante reflexionar.
Entró a la casa. La brisa evocativa la llevó a un refugio de fotos viejas. El pulovercito infantil tejido a mano con botones cerca del cuello; la hebillita sencilla de la nena, el par de aritos; el vestido oscuro sobre el suéter mientras sostiene a un bebé que no parece sentirse del todo seguro; el guardapolvo blanco, con corbata bordó y crucifijo de madera colgante, durante la colación de la secundaria, junto a sus padres, para quienes la educación era parte de un sueño de progreso al que no obstante debieron renunciar por una canasta de trabajos.
Frente a la orilla imaginaria pasaron varias de las casas donde vivió. Al 3º A de Juan B Justo 7626, entre los barrios porteños de Floresta y Liniers, se le abrió la puerta. Ella pegó un salto. Volvió a subir. La recibieron los 38 primos hermanos, en festiva algarabía. Sintió que la recorría un regato impar, producto de la confluencia de aguas subterráneas venidas de Estación Las Garzas y vertientes llegadas desde Hasenkamp. Fue un bálsamo.
A un costado, el cura Silverio Cena organizaba una campaña para construir aulas y doña Eva, con afán de portera, volvía a preparar litros de leche y mate cocido para escolares, que era una de sus formas de amar. Desde una estación de GNC donde la historia empezó a torcerse miró hacia la playa y se vio convertirse de arroyuelo a río, luego a delta, finalmente a mar. Ha sido un largo camino, se consoló.
Afuera, el cielo se había vuelto a encapotar. Paraguas en mano el visitante mandó el mensaje acordado. El pitido de la notificación la devolvió a la realidad. El entrevistador había llegado.


–Vos que la conocés mejor, ¿quién es Andrea Venturini? ¿Qué es de su vida? ¿Cuáles son sus prioridades como persona, como ciudadana y como profesional?
–¡Qué difícil hablar de uno mismo cuando gran parte de la vida se busca la respuesta de otros, cuando la pregunta es el oficio! Soy paranaense, crecí en barrio Los Gobernadores, en una familia humilde. Mi mamá era ama de casa y mi papá, trabajador de Cotapa. Desde jardín y hasta terminar la secundaria fui a la misma escuela, San José Obrero. Ahí descubrí lo que quería ser. Escribíamos un periódico, El Tranvía, con noticias del barrio. Y había que ser responsable porque si no los vecinos nos reclamaban.
Hoy tengo casi 51 años, dos hijos (Paloma de 13 y Baltazar de 10). Hace dos años decidí cambiar el rumbo: dejé el canal en el que trabajé 20 años en total y comencé, otra vez, con la incertidumbre de la página en blanco.
Las prioridades y los sueños suelen ser, me parece, la brújula del camino. Conservo el mismo amor por el periodismo de cuando empecé, elijo ejercerlo con honestidad, sin estridencias. Intento todos los días ser coherente y leal. Pienso mucho, me cuestiono, me exijo. Y si en el ejercicio de este oficio logramos ayudar a alguien, la tarea está cumplida.

Totalidades

–¿Quién influye más, el periodismo en el resto de las cosas que haces o las cosas fuera de la profesión en tu forma de ejercer el periodismo? ¿Cómo se manifiesta esa interacción?
–Te diría que es un dilema aun sin resolver. Porque no entiendo al periodismo como un momento, con un horario y un lugar específico. Entonces está latente siempre. Ser periodista te permite estar en lugares y con personas que de otra manera jamás lo conseguirías. Un Presidente de la Nación, una intelectual, un futbolista famoso, un Premio Nóbel, un científico. Abuelas de Plaza de Mayo, los combatientes de Malvinas. La persona más solidaria, un ciudadano ilustre o un condenado. Y enseguida, tus pies comparten el barrio de quienes viven relegados, los afectados por el fuego o las crecientes. Es imposible que, en cualquiera de estas situaciones, después de una cobertura periodística, uno se vaya siendo el mismo. El periodismo general, el callejero, es una escuela de vida. Exige reacciones rápidas y humanas.

–¿Cómo aparece el periodismo en tu horizonte?
–No recuerdo tener otra vocación que la de ser periodista. Esa necesidad de descubrir lo extraordinario, de estar donde pasa la información, de ser un enlace entre el que necesita y el que tiene la solución. De escuchar, analizar y entender. De mirarle la cara a la realidad. De hurgar hasta la verdad. De demoler prejuicios y encontrar los límites. De una profesión vertiginosa.
Al principio se me hizo difícil acceder a la formación específica porque mi padre falleció apenas terminé la secundaria y me quedé sin recursos.
Hubo que esperar, pero valió la pena. En 1995 me fui a vivir a Buenos Aires, gracias a una tía que me recibió en su casa. Al año siguiente ingresé al Instituto Grafotécnico, la escuela de Periodismo más antigua del país. Teníamos clases teóricas todos los días, hacíamos prácticas desde el primer año. Mientras, trabajaba en una estación de servicios para el sustento económico. Esos tres años de estudio cimentaron mi vocación.
Estudiábamos Redacción con los mejores periodistas de Argentina. Teníamos Radio y Televisión. En segundo año obtuve una beca para ser cronista de Deportes del Diario Clarín. Mis amigos del instituto me dieron una clase acelerada de penales, tiros libres y saques de arco. (Este recuerdo me da ternura y risas). Con ese bagaje fui al primer partido que me tocó en suerte. Llevaba un grabador con cassette y una cámara de fotos con rollo. Ese mismo día, en un enfrentamiento de hinchadas en una localidad cercana a Luján, un hombre perdió la vida. Corrí a un teléfono público para pasar la información. Me contestaron que tenía que volver a la redacción y escribir la crónica. No lo podía creer. Era una tragedia, pero mi nota salió publicada al otro día en el diario nacional, por supuesto, con la firma del Jefe de la sección. Esa fue mi primera gran experiencia. Después trabajé en una radio comunitaria en Fuerte Apache y tiempo después regresé a Paraná.
Aquí fui reportera de Espectáculos en el diario Nueva Hora, productora periodística en LT14 y parte del equipo de Cristian Bello en Nunca es tarde por Canal Once durante 9 años hasta quedarme definitivamente en el canal.

–¿Por qué te hiciste periodista? ¿Qué deseo te animó a tomar ese camino?
–Soy muy mala para los números, así que no me imagino en ninguna profesión relativa a las ciencias exactas. Lamentablemente, tampoco me tocaron las inmensas vocaciones de curar o enseñar.
No sé si la curiosidad es una virtud, pero la tengo (risas). Me hice periodista por un profundo deseo de entender la realidad y hacer algo bueno con esa respuesta. Hay algo que te impulsa difícil de explicar y que encuentra su plenitud en el ejercicio práctico del oficio. Quizás sea una periodista de la noticia instantánea.
El periodismo es, para mí, el mejor oficio del mundo. Te permite ser espectador en primera fila de sucesos que cambian una vida o el mundo para luego compartirlo. Es la primera mirada, la primera voz del presente más descarnado o de la noticia más maravillosa. ¡Enorme responsabilidad! Lo vivo con asombro constante y a veces es tan vertiginoso que deja poco tiempo para la reflexión. Entonces se vuelve imprescindible el rol de otros periodistas, más intelectuales o con otra profundidad. Siempre tuve en claro que es un oficio que no puede despegar los pies del suelo.

–¿Tuviste siempre en claro qué hacer desde el principio o la experiencia (que a veces es simple sentido de la supervivencia) te fue orientando y modificando el panorama?
–El periodismo “de calle” te enseña un profundo sentido de supervivencia. El respeto a la profesión y especialmente a las personas que se cruzan en el camino son la base de todo. He preguntado siempre con libertad, buscando ser ecuánime, sin miedo a pesar de las consecuencias. Tengo mis límites. No considero el vale todo en el periodismo.
Si una entrevista provoca un sufrimiento, no la hago. En un accidente, primero se colabora y luego se hace la crónica. La intimidad no se vulnera. A pesar de la inmediatez, uno siente cuando se enciende la luz del sentido común, de la ética y de la sensibilidad.
He realizado entrevistas muy dolorosas. Recuerdo a la mamá de Juan Manuel Martínez Zurbano, el nene que falleció atropellado frente a la Escuela del Centenario. Ella abrió su corazón en pleno duelo. Nos cuestionaron mucho los pensadores de la comunicación. Pero ella lo había pedido. Imposible ponerse en sus zapatos. ¿Quién podía negarle su deseo de expresar su dolor?
Ninguna nota o entrevista es igual a otra. Pero en todas, el respeto es la llave de entrada.

De aprendiz

–Suele decirse que el periodismo es un oficio que se enseña pero que sobre todo se aprende ¿Qué relación ha tenido en tu caso la práctica y la teoría?
– En mi caso, teoría y práctica se nutren entre sí todo el tiempo. El accionar espontáneo en una situación informativa te presenta desafíos que luego pueden transformarse en el motor de una nueva teoría personal.
El periodismo no es una carrera colegiada en Argentina; se puede ejercer sin estudios específicos aunque, a mi entender, necesita una formación, un sustento. Cualquier cosa que escribas o digas y no sea veraz puede causar un daño irreparable. La responsabilidad no puede estar ausente en el ejercicio del periodismo. Estudiar permite incorporar herramientas, experiencia, argumentos. Descubrís tu materia prima, de qué estás hecho. La práctica tan variada del cronista te dota de seguridad, valentía y firmeza.

–¿Has contado con personas decisivas en tu consolidación profesional o, sin querer, has ido escribiendo tu propio manual con lo que has aprendido aquí y allá?
–Tengo el privilegio de haber convivido con una generación de periodistas formados que, generosamente, han marcado con su ejemplo mi manera de ver la profesión. Algunos más grandes compartieron su experiencia, me hicieron lugar, o amorosamente me señalaron errores. Ha sido un aprendizaje constante donde la competencia por la primicia no era una carrera sin piedad sino el arte de encontrar la verdad. Y una vez conseguido, se compartía.
Con respecto a personas decisivas, recuerdo especialmente a mi profesor de Redacción de primer año del Instituto Grafotécnico. Era extremadamente exigente. Un día llegó y nos preguntó de dónde veníamos. Los alumnos representábamos todos los puntos cardinales del país. Y nos cuestionó adónde queríamos llegar. En aquella juventud, todos soñábamos con conducir los noticieros de Buenos Aires. Y claramente nos respondió: “En cada noticiero hay dos conductores solamente. Y no siempre llegan los mejores. Estudien y vuelvan a buscar la verdad y a confrontar la realidad de su propio lugar y de su gente. Allí van a ser más necesarios”.

–En tu trayectoria hay mucha participación como productora periodística y movilera, trabajos muchas veces ninguneados ¿qué opinión tenés al respecto? ¿Qué sentís que te aportó esa dinámica de trabajo?
–El trabajo de movilero o movilera es sacrificado, pero igual de gratificante. Suele ser tomado como el primer escalón de la carrera. Es pagar el derecho de piso. Para mí siempre fue la mejor tarea, la elegí porque te expone todo el tiempo a lo que está pasando. Desafía tus convicciones. Te permite el asombro y la solidaridad. Te obliga a la objetividad. La noticia aparece y entra por todos los sentidos. Nadie te lo cuenta. Es la realidad y vos, cara a cara. Es movilizante y vertiginoso.
Estar en la calle, en los barrios, en contacto con referentes políticos o sociales mano a mano te da otra dimensión de la realidad y eso es fundamental para el productor periodístico. Los periodistas buscamos atraer la atención, contar un hecho de manera veraz, conseguir a los protagonistas, sentir la satisfacción de la primicia. Pero también somos relatores de nuestros tiempos, de una época. Para leer entre líneas, para desmenuzar un editorial, para comprender el contexto nacional o internacional en palabras de un periodista político primero hay que resolver lo imprescindible.
Todavía hoy, algunos directivos o intelectuales siguen catalogando al periodista de interés general en una jerarquía menor que al periodista político.
A veces, se subestiman las notas del precio del pan, de la dificultad para conseguir banco en las escuelas o de alguien que pide trabajo. No son noticias que se conviertan en grandes titulares. Muchas situaciones en los medios se reducen a números y cifras impersonales. El cronista mira a los ojos y puede lograr que una voz individual sea la voz de otros tantos.

–¿En qué medida sentís que tu participación en Ruido de mate capitaliza ese recorrido o es heredero de otros trayectos?
–“Ruido de mate” es un programa coral, un trabajo en equipo. Somos exigentes, aunque no pretenciosos. Abordamos temas de interés general, de los que hablamos todos. Trabajamos mucho para conseguir los referentes adecuados, para preguntar desde la sencillez. Sin embargo, no deja de ser profundo. No es real el mote de que por ser amables o accesibles somos superficiales. Sabemos escuchar. Los oyentes participan, nos responden.
Es la primera vez que trabajo en un medio público y eso conlleva una responsabilidad diferente. Todo el tiempo me pregunto qué espera la gente de nosotros, qué necesita saber, en qué podemos ser útiles. “Ruido de mate” es lo que quiero hacer. Resume mi intuición como periodista, la experiencia conseguida y los desafíos por venir.

–¿Podés establecer parecidos y diferencias con la Andrea Venturini de los comienzos?
–La Andrea de hoy es muy parecida a la de los comienzos. No suelto al llegar a casa, quedan los ecos del día, de la gente con la que hablamos, de los pendientes. No he tenido pretensiones de ser reconocida ni de cambiar tranquilidad de conciencia por un precio. Preparamos cada entrevista y considero que escuchar es la base de todo lo demás.
En cuanto a las diferencias, vienen con los años (risas). Ahora no doy tantas vueltas antes de una pregunta incómoda, prefiero ir al hueso. Sobre todo cuando se trata de funcionarios o políticos. Entendí, con el tiempo, que el periodista tiene el deber de indagar. La respuesta es una cuestión del otro. Uno se vuelve más frontal y combativo con los que tienen en sus manos el destino de la gente e intolerante con los que se aprovechan de los que menos tienen.


Nuevos aromas

–Habitualmente has tenido un contacto franco con los ciudadanos de a pie ¿Ha cambiado con los años lo que la sociedad espera de un o una periodista en Paraná?
–Antes, los periodistas, a mi parecer, eran “instituciones”, incuestionables, el “cuarto poder”. Imponían temáticas o tratamientos de noticias desde un lugar más intelectual.
No los encontrabas en la calle. O no eran tan públicos.
Creo que la gente de Paraná es muy considerada con los periodistas locales. A veces nos dan el rol de “justicieros”. Esperan que estemos de su lado, no del poder. Nos cuentan datos que pueden desencadenar en una verdad develada. Somos una especie de memoria común. Los que no debemos olvidar reclamos ni injusticias.
Los periodistas somos los primeros que llegamos a la puerta de su casa. Los que los orientamos en situaciones límites aun cuando no somos expertos. Los que compartimos un mate en la vereda. Los que entramos sin permiso a sus hogares mediante la tele o la radio. Somos gente de confianza, iguales a cualquier trabajador. Ser contemporáneos en tantas crisis y alegrías; saltar de generación en generación para recuperar el pasado nos acerca. Esto con respecto a quienes somos cronistas. Y después, de los periodistas en general, creo que demandan sinceridad. La gente se cansó de que le digan cómo pensar.

–También han variado las pertinencias y habilidades de los y las periodistas en la etapa digital ¿Qué ventajas y qué desventajas tiene?
–Me encantan estos tiempos para ejercer el periodismo. Somos una generación bisagra entre la gacetilla escrita que nos dejaban en la recepción de los diarios, radios o canales y la actualidad que exige una adaptación constante. A pesar de esa nostalgia, valoro y aprendo mucho de los nuevos periodistas. Tienen una habilidad asombrosa para ampliar la mirada, para descubrir recursos, para hacer las tareas más sencillas.
La etapa digital facilita mucho nuestro desempeño, el acceso a la información, las posibilidades de entrevistar a alguien en cualquier lugar del mundo. También te da otra visibilidad que trasciende el alcance de tu radio o canal. Hoy el periodista no necesita un medio tradicional para trabajar. La confianza se construye en base a la ética profesional y a la cantidad de seguidores. Se cuestionan los multimedios de una sola voz o la obligación de responder a la imposición de un empleador o a sus prácticas que, casi siempre, atentan contra el trabajador. Los periodistas de hoy somos emprendedores de la información.
El avance digital, a su vez, tiene otra cara: la creciente desinformación producto del exceso de datos o su falta de veracidad. Ante la ola de contenidos, creo que la gente recurre a los periodistas más cercanos para confirmar o desestimar una noticia.
Como desventaja, considero que muchos comunicadores actuales carecen de formación para el rol que desempeñan y el éxito se mide en virales y likes. Antes, la consagración de un periodista era en base a su credibilidad y trayectoria.
El desafío actual, en mi opinión, es que el ingenio, la búsqueda permanente, la investigación minuciosa y el contacto cara a cara de los tiempos “analógicos” se instale en la era “digital”.

–En un mundo sobreabundado de comunicadores, ¿qué es estrictamente periodístico?
–En mi opinión, estrictamente periodístico es una verdad que se puede cotejar y confrontar con la realidad. Es claro, actual y relevante. Puede tener múltiples miradas: investigación, opinión, divulgación, de entretenimiento. Convoca el interés de la mayor cantidad de personas y no pasa inadvertido. Es un hecho que no se puede ignorar, que tiene sustento y argumento. Pide salir a la luz, no es forzado ni artificial. Modifica. Hace pensar. Y requiere la intervención de un periodista que garantice su autenticidad. De ser necesario, busca respuestas, moviliza.

–¿Qué podés destacar del maridaje de periodista y sommelier de mate? ¿Suman, se integran, compiten? ¿Cómo se resuelve la ecuación?
–Periodismo y sommelier de mate resultan una ecuación con saldo positivo.
El periodismo es mi raíz, siento que me amarra a una vocación profunda. Y el mate ha estado siempre en mi vida. En tiempos difíciles fue la cena de varias noches, reconozco en su humildad un enorme sentido de supervivencia. En la práctica, tantas jornadas de móviles y espera fueron acompañadas de mates compartidos o solitarios en pandemia. Casi una academia de cata de yerba mate de entrecasa.
El mate hace cercanos a los distintos. Igual que el periodismo.
Me parece que el mate es un hecho verdadero en constante movimiento. Requiere ser investigado, apreciado y valorado como una verdad popular.
Ser periodista permite considerar la información del mate con otro paladar. Desarmar teorías y volverlas a armar como cuando se limpia el mate para volver a cebar.
En ningún caso, el oficio de sommelier compite con el periodismo sino que se ceban perfectamente uno a otro. Aunque trae siglos consigo, el mate volvió a encender la llama de la sagrada curiosidad. Y por ser tan cotidiano se empareja también con el desarrollo del periodismo de calle: es comprometido, despojado de juicios y alcanza a todos por igual.

Contextos

–¿Tu condición de mujer ayudó o complicó la incorporación al campo laboral? ¿Fue armónica la relación de la vida familiar con los proyectos estrictamente personales?
–Ser mujer nunca perjudicó mi incorporación al ámbito laboral. De hecho, comencé como cronista de fútbol que, a fines de los 90s, todavía era potestad de los varones. He compartido equipos de trabajo integrados en su mayoría por mujeres con las que hemos crecido en la profesión y en la vida. Son vínculos que mantenemos hasta hoy independientemente de que ya no trabajamos juntas. Que teníamos que ganarnos nuestro lugar, es cierto. Lo defendimos a fuerza de compromiso y resistencia, pero no por ser mujeres sino porque aquellos tiempos lo pedían. Hemos cubierto noticias en las que había que poner el cuerpo sin importar el género: crisis sociales y económicas, gases lacrimógenos, corridas, allanamientos, inundaciones. El vértigo de la noticia y su compromiso ante ella no hacen distinciones.
El periodismo ha sido siempre una prioridad y formar una familia se dio naturalmente dentro de esa realidad. Mis hijos nacieron cuando el oficio ya estaba consolidado. Le dediqué a la maternidad un tiempo exclusivo, pero cuando extrañé volví sin remordimiento y con esfuerzo extra. Me considero una mamá feliz por lo que hace y mis hijos lo sienten y valoran. Acompañan cuando pueden y aprovechan algunos privilegios de mi trabajo (risa).

–Desde el mundo de tus hijos, ¿qué legado sentís que han dejado tus padres?
–El mundo de mis padres es tan diferente al de mis hijos. Vivían en el campo. Apenas aprendieron a leer y escribir. Aun en esa escasez de oportunidades lograron cosas grandiosas como tener su propia casa y permitirnos estudiar. Mi papá murió a los 52 años, no supo de mí como periodista ni como mamá. Me hubiese encantado. Recuerdo de él su capacidad de esfuerzo, su solidaridad, su alegría futbolera, su honestidad y el recuerdo que persiste en quienes fueron sus compañeros en la fábrica. De mi mamá valoro su apego a la familia de origen.
En tres generaciones, los cambios han sido impresionantes. Ojalá mis hijos puedan encontrar su propio camino, que se animen a vivir intensamente, que no pierdan la sensibilidad ni el respeto. Que sepan que la familia y el lugar de origen siempre es el principio.

–¿Te preocupa el mundo al que se asoman tus hijos o tenés esperanzas en lo que viene?
– Tengo confianza en nosotros y en los que vienen. Anhelo que mis hijos y todos los hijos tengan la posibilidad de ser lo que quieran, de lograr todo lo que se propongan sin pisar cabezas. De no obligarlos al exilio ni al miedo. Siento que estamos a tiempo. Me preocupa que los adultos no logremos resolver el desequilibrio de este mundo. ¿Por qué heredarles a los más chicos la odisea de la transformación?
La humanidad ha pasado una y otra vez por momentos complejos, nuestro país por capítulos desgarradores y oscuros. Deberíamos haber aprendido.
Imagino que ahí estará el periodismo, como lo ha estado siempre, para ser testigo de que la vida siempre se impone.

Te recomendamos…

El verbo permanece

El verbo permanece

Paradojas de la condición humana, lo que lucía perdurable un día se desvanece. Sabemos cómo termina el cuento, pero nos empecinamos en escribir una versión que nos pertenezca. Queremos ver nuestra letra chueca sobre el papel.La fragilidad que se quiebra nos devuelve a...

Una editorial vagabunda

Una editorial vagabunda

La identidad del sello editorial Oyé Ndén ha ido cambiando conforme las circunstancias. No obstante, ha ejercido el papel de guarda memoria, al que remite la expresión en lengua chaná. Su responsable es Nicolás Darchez, oriundo de Gualeguaychú. El proyecto se integra...

Pintar con palabras

Pintar con palabras

La potencia literaria de Fabián Reato no se limitó a haber ganado el Fray Mocho en 2018 con El baile de las vizcachas. Está presentando su séptimo libro, La Virgen del Volcadero, ocasión propicia para proponerle hablar sobre escritura, periodismo, literatura y barrios...