Pintar con palabras

31 octubre 2026 13 minutos
Redacción

La potencia literaria de Fabián Reato no se limitó a haber ganado el Fray Mocho en 2018 con El baile de las vizcachas. Está presentando su séptimo libro, La Virgen del Volcadero, ocasión propicia para proponerle hablar sobre escritura, periodismo, literatura y barrios aledaños. Aquel al que de niño retaban porque quería leer incluso durante el almuerzo o la cena, repasa su trayectoria artística sin nostalgia, desde un presente vivo, que lo ha llevado a crear un sello: Laurentino Ediciones.

Recibió la señal y fue a su encuentro. Regresó con ellos, en auto de alquiler low cost. Los apiló debajo de un escritorio. Liberó a uno de su envoltorio termosellado y repasó no la microfísica del contenido, sino más bien el envase: los colores de la tapa, la prolijidad del corte de las hojas, el aspecto final de esa conjunción alquímica de tipografía, tamaño de letra e interlineado. Sintió que eso que tenía entre manos respiraba. Había vida.
La Virgen del Volcadero, se leía en la tapa, sobre una foto de Gustavo Cabral, intervenida desde el diseño gráfico por Fortunato Galizzi. Debajo del nombre de la novela, en blanco, estaba el suyo, Fabián Reato, en circunspecto azul petróleo. Centrado, al pie, la leyenda Laurentino Ediciones se exhibía sin que parezca ser del todo consciente del papel inaugural que el libro tiene para el emprendimiento. Le gustó.
Expectante, la casa se había sumergido en un respetuoso silencio. El techo contuvo el crujido de zinc de las chapas. Un chijete de barrio recorrió la sala en puntas de pie, a la altura del zócalo. Los perros de la cuadra dejaron de correr motos a los alaridos. El verdulero ambulante evitó usar la bocina para promocionar ofertas. Como quien intenta controlar un bostezo, el arroyo Antoñico reprimió el rezongo proletario que venía panfleteando desde lejanas márgenes.
Los libros, esos objetos de apariencia inerte, del tamaño de un mosaico, habían alterado la ecuación. La encomienda ya estaba junto a él. Era un momento de goce recoleto. Efímero. De una intensidad palpable y moderada.
Al mismo tiempo, un mecanismo de relojería se activaba, perezoso. Después de todo, si escribir es poner a funcionar la máquina contra olvidos, la edición terminada impone un desafío: a qué dispositivos de engranes existenciales hay que darles cuerda ahora y cuáles se precisan desactivar.
Con el sencillo acto de tener los ejemplares consigo, quedaba formalmente habilitado el período dedicado a ordenar el caos creativo en el que vivió. Reato esperaba un milagro corriente. Pero no llegó. Debió tomar el asunto en sus manos.
Conocía la dinámica de esos procesos. Sabía que, habitualmente, se empieza por afuera. Hasta que completó las 108 páginas de la novela, la casa, sin querer, fue decantando en una especie de basural tolerado: papeles sueltos, apuntes a mano alzada, borradores, capítulos impresos corregidos con birome. Sumergidos como en capas geológicas, el resto de los objetos hogareños se fueron acostumbrando a la invasión. Ahora era el turno de la restauración.
Se arranca discriminando lo desechable de aquello que vale la pena conservar, se dijo. Unas hojas iban a parar a bolsas; con el resto armó pilitas. Mientras intervenía el maremágnum de notas y manuscritos no perdía la esperanza de hallar un tesoro perdido, una lapicera tal vez, un señalador entrañable, algún libro.


Para encaminar la faena, desplegó las puertitas del mueble. De un costado una luz tenue, venida de lejos, lo invitó a sentarse. Tomó el primer cuaderno. Lo volvió a hojear. Recordó a su padre, maestro Normal, de muy buena expresión escrita, declamando poemas, hablando en público, haciendo micros de radio, flotando en una galaxia literaria doméstica y espectral. A la segunda libreta le brindó más tiempo aún. Tenía recortes domingueros del suplemento cultural de La Nación, el diario que compraban sus abuelos. Tía Chichita, nombró. La sonoridad amable del apodo lo devolvió al gurisito gringo que fue, en la semirural Gobernador Mansilla, donde huellas de campo, monte y arroyo se pierden en un horizonte interminable. La recordó a ella, Yolanda. Se quedó un rato en su presencia, maestra. La vio registrándolo de pequeño como ser humano sensible, atraído por la lectura, curioso de las ciencias, interesado en contar historias, incentivándolo en los afanes expresivos.
También encontró cuadernolas de puño y letra. Se identificó en la grafía. Sintió su pulso en el trazo de aquellos alfabetos. Lamentó, eso sí, la prolijidad en fuga. La retrospectiva lo cautivó. ¡Qué bolacero!, se dijo. No exageraba esta vez. Reato tenía una imaginación infantil tan portentosa que, en cierta ocasión, sus padres reclamaron la participación de un profesional de la salud por lo que desde afuera parecían ser meras mentiras y, en realidad, eran ocurrencias surgidas de un ser de pantalones cortos acostumbrado a deambular por mundos espectaculares, de fantasía.
Los Fabianes que habitaban detrás de esas escrituras lo regresaron a viejos debates. Se acordó de Arnaldo Calveyra cuando, en su última visita a Mansilla, buscó la manera reservada de preguntarle por “tu trabajo”. A Reato el gesto de empatía le pareció sorprendente. No enternecedor, por la firmeza con que fue proferido, pero sí cargado de nobleza y acaso de solidaridad. Vaya a saber a qué episodio de las tantas temporadas de crisis de El Diario se debe haber referido Reato, hasta que el escritor entrerriano radicado por entonces en Francia, se molestó por la silueta de la respuesta y lo interrumpió. “¡Por tu trabajo literario!”, le reclamó el autor de Cartas para que la alegría. Reato salió del paso como pudo aquella vez, pero la pregunta, el tono de Calveyra, su mirada inquisidora ha regresado una y otra vez, para insistirle en que la del escritor no es una ocupación para los tiempos libres, sino que debe tener un carácter prioritario en su vida.
La sensación de entumecimiento en las piernas, le hizo regresar al presente. Se incorporó. Estiró la espalda. Se recompuso. Oteó el panorama. Bastante mejor, se alentó, más allá de que la labor no estaba terminada.
La alarma del celular cumplió con su palabra y avisó a tiempo. Lo aguardaban en la Biblioteca Provincial para una entrevista. “Me preguntarán sobre mis libros, sobre Laurentino Ediciones, sobre periodismo, sobre los talleres literarios que doy, sobre gestión cultural”, especuló. Salió sencillo: con pullover gris, jean y gorra con visera, de zapatillas. Palpó en la mochila que no se hubiera olvidado el celular y los lentes. Apenas se nublaba, refrescaba. Consideró, entonces, que había hecho bien en llevar una campera en la mano. El sol estaba juguetón, travieso. Se puso y se sacó el abrigo a lo largo de la docena de cuadras, en ambos casos con fundamento. Tiempo loco, dijo. Algo de razón tenía.

–¿Con qué te encontrás cuando volvés a hojear La Virgen del Volcadero?
—Durante el proceso de escritura releo constantemente. El trabajo de escritura incluye leer y volver a leer lo ya escrito para poder seguir escribiendo. Pero a mí me pasa que cuando doy por concluida la tarea y considero que al texto lo voy a dejar ir y se publicará me cuesta mucho volver a leerlo. Más aún cuando ya está publicado. Tal vez sea por esa sensación de inevitable o de que ya no se puede mejorar. Pero en la última lectura que le di sentí que era una historia muy dolorosa, una expresión de sufrimiento.

Estirpes

–¿Es una historia completamente ficcional? ¿Cómo se ha filtrado la realidad material? ¿Cómo fue el proceso de documentación para construir los personajes y las situaciones?
—Es ficción en su totalidad, aunque usa aportes, hechos, datos de la realidad. Transcurre en el volcadero de basura de Paraná y el texto intenta reflejar esa realidad: la forma en que viven quienes allí habitan y buscan su sustento en la basura. Por otro lado, hay un hecho que es fundacional en la novela y es que un muchacho muere en un contenedor de basura. Algo así sucedió en Paraná hace unos años. La historia de una niña pobre que tiene visiones de la Virgen ya sucedió en Fátima y Lourdes. Pero mi idea no fue hacer un informe de la realidad, ni un texto de denuncia sino una obra literaria. Algún lector lo podrá interpretar de otro modo, no lo sé. Pero mi objetivo es conmover al lector más que transmitir algún mensaje. O construir personajes que resulten cercanos a quien lee, que pueda conversar con ellos. O delinear un mundo que resulte creíble y donde el lector sienta que habita.

–¿Qué lugar le construye la escritura de La Virgen del Volcadero al lector? ¿Es alguien a conmover o seducir? ¿O lo imagina como un coautor?
—Es interesante la pregunta porque yo también me cuestiono cómo lo leerá el lector. Porque no quise que fuera un texto de contenido político o de denuncia, pero tampoco de contenido religioso, aunque siempre esté en esos bordes. Por eso supongo que al lector le toca andar por una u otra orilla y darle el sentido que le falta definir. También me parece que no tiene un final demasiado contundente o definitivo (sin ser abierto), pero que le queda al lector seguir completando la historia.

–¿Cómo surgió la semilla de la historia? ¿Cómo fue el proceso de producción hasta convertirse en novela?
—Generalmente, mis historias surgen a partir de una sola escena que voy desarrollando en mi mente, dándole forma. Primero sin palabras, con imágenes. Desde ahí, desde esa piedra angular voy armando el resto del edificio. En este caso fue el hecho que mencioné anteriormente de la muerte de un hombre en un contenedor de basura. Eso sucedió y nos tocó cubrirlo como periodistas, aunque no tuvo tanta trascendencia como hubiera merecido. Ese hecho me conmovió mucho: un hombre en situación de calle muere en un contenedor en una noche de frío. Nunca quedó claro si había muerto por causas naturales o aplastado por el camión compactador. Se dijo que ya estaba muerto cuando llegó el camión. Lo que me impresionó mucho entonces fue que tampoco se insistió en esa pregunta o en el hecho en sí de que alguien muera entre la basura, descartado. Después hubo otro hecho: un niño murió aplastado en el volcadero al ir detrás del camión que traía la basura de una casa de comida rápida. Esas muertes de los más alejados de la atención de nuestra sociedad, que ni siquiera son vistos por nosotros me pareció que podía ser el germen de mi historia. Y lo asocié con cosas que había leído sobre Bernardita Soubirous, la vidente de Lourdes: una niña que vivía con su familia en un antiguo calabozo que había sido abandonado por ser inhabitable. Su padre había sido molinero, pero cayó en la quiebra económica y terminó trabajando de juntar la basura en la ciudad. De alguna manera establecí esas conexiones, entre los descartados. Esa situación se repite en otros casos de ese tipo de experiencias religiosas: los videntes generalmente son niños, muy pobres, con pocos conocimientos o instrucción. La protagonista de la novela es una niña que vive en el volcadero, con algunos problemas neurológicos que atraviesa una situación de duelo y dolor.

–Tus últimas publicaciones han sido de relatos individuales y esta novela breve ¿Fue casualidad o hay una preferencia tuya, al menos momentánea, por la síntesis narrativa?
—Como lector disfruto mucho de los cuentos. Me parece que es el tipo de narración más exigente (tanto para el escritor como para el lector). Es una sola historia, un solo hecho con un solo protagonista que debe sacudirte lo suficiente, atraparte desde el principio hasta el final o al menos dejarte la sensación de que estuviste ahí. No sé explicar qué me lleva a escribir una historia como cuento y otra como novela. Es como si cada idea viniese con su formato incorporado, escrito en su ADN. Cuando empiezo a desarrollarla en mi cabeza ya sé que va a ser un cuento o una novela y rara vez lo cambio después. Pero no tiene mucha relación la extensión del texto con el tiempo de escritura, muchas veces escribir un cuento de un par de carillas me lleva semanas y tal vez el capítulo de una novela lo escribo de un tirón. Me parece que en el último tiempo tiendo más a la economía de recursos, a decir menos. Tal vez sea por la lectura de algunos minimalistas, como Carver que es un maestro en eso de decir cada vez menos.

Momentos

–La Virgen del Volcadero marca el estreno de Laurentino Ediciones ¿Qué sueños persigue ese emprendimiento? ¿Ya hay un segundo plan de trabajo en marcha o está abierto a iniciativas? ¿Qué vínculo guarda con la recordada revista cultural que tenía ese mismo nombre, también a tu cargo?
—De la experiencia de la revista digital Laurentino siempre me quedaron las ganas de seguir haciendo algo con eso. Era como una etapa que no había terminado, al menos para mí. El trabajo editorial siempre me gustó y a eso se sumó la necesidad de manejar mi propia obra. En Entre Ríos hay muchas editoriales independientes, afortunadamente. Están vivas y activas y hacen un trabajo muy interesante. Eso implica que hay mucha gente que escribe. También, que hay mucha gente que lee o que está interesada en los libros. Todo eso es muy esperanzador y desmiente la idea agorera de futuros apocalípticos, del fin del libro o de la lectura. Entonces me pareció natural que yo me ocupase de mis libros y también de otros que quisieran sumarse. Doy talleres de escritura y estoy en contacto con escritores que todavía no han publicado y buscan la oportunidad. También me gustan los libros viejos, los que ya no circulan en las librerías y esperan reediciones. En fin, todo eso me parece desafiante y que puede ser una oportunidad laboral. Veremos cómo va. Además, me gustaría incluir alguna colección de trabajos periodísticos. Son proyectos, pero vamos a seguir desarrollándolos.

–¿Notás una conexión en tus siete libros, en estilo, en preocupaciones políticas, en inquietudes estéticas?
—Creo que en las inquietudes estéticas estoy siempre en una búsqueda, que espero no termine. Me influyen mucho las lecturas, mis reflexiones sobre lo que leo, el conocimiento de nuevos autores. Uno descubre nuevas maneras de contar o formas que siempre son ineficaces para lo que se pretende. A mí me pasa que leo algunos cuentos que escribí hace años y no le encuentro semejanzas de estilo con los actuales, como si hubiesen sido escritos por otra persona. Tal vez sea natural porque uno cambia mucho con el tiempo. En cuanto a las preocupaciones políticas siempre busqué que no estuvieran presentes en mis libros. Me parece que la literatura tiene que prescindir de la política. Que alguien haga una lectura política de un libro es otra cosa y es legítimo, por supuesto. Pero yo, como autor, no pretendo desarrollar ninguna idea de acción concreta, ninguna propuesta en ese sentido, porque no estoy capacitado para eso. Por ejemplo y con respecto a la pobreza que se refleja en La Virgen del Volcadero no pretendo mostrar las causas de esa miseria ni, mucho menos, las soluciones o caminos para el cambio, porque no tengo idea. Tampoco creo que sea la función de la literatura. Cuando voy a escuchar a un escritor en una conferencia o la presentación de un libro quiero que me hable de literatura, de los libros que escribe o los que lee, pero no le puedo exigir que sepa de política o cómo cambiar el mundo.


–¿Qué fue primero, seguramente en Mansilla, el gusto por la lectura o la afinidad por la escritura?
—Sí, fue en Mansilla, en mi pueblo. Creo que fueron ambas al mismo tiempo. Desde que me acuerdo escribo historias y también leo. Leía desde muy chico. Muy desordenadamente, sin ningún tipo de sistema o método. Leía todo lo que caía en mis manos. Me acuerdo mucho de los libros de aventuras como Salgari o Verne. Después Agatha Christie en la adolescencia. Había unos libros que combinaban el texto con páginas tipo historietas que contaban la historia. Esos me encantaban. Después, en la adolescencia me acuerdo de que había algo que se llamaba Club de Lectores o algo así y se vendían libros a través de una revista. Eran los best sellers de moda, generalmente norteamericanos. Novelas de todo tipo y para todos los gustos. Yo generalmente los elegía por la tapa o por la síntesis, sin tener idea de los autores. También, en mi pueblo había una biblioteca popular y ahí leí de todo. En paralelo escribía, también de todo, como corresponde a esas lecturas. Todo muy desparejo y caótico.

–¿Qué pasa con esas almas en el día a día, el de la lectura y el de la escritura?
—Yo siento que siempre estoy escribiendo y leyendo, simultáneamente. Es muy gracioso y debo ser bastante pesado para la gente con la que me relaciono. Pero cuando hablo sobre algún tema termino pensando en alguna referencia literaria, aunque no la exprese verbalmente. Y con la escritura, me pasa que veo algo, una persona que pasa paseando su perro y mirando concentrado su celular mientras arrastra al pobre animal, por ejemplo, y a mí se me aparece la frase que cuenta esa escena. O alguien hace un gesto en medio de una conversación y yo le pongo palabras en mi cabeza. Calculo que lo mismo le debe pasar a los músicos cuando escuchan algo con ritmo y armonía, o a un pintor que ve algún color intenso. A veces son frases que uno escucha al pasar y quedan flotando como si se hubiesen extraído de un cuento y uno se pregunta: ¿qué seguirá a eso? O la historia que alguien te cuenta y uno le da otro final para que sea más interesante.

Puentes

–¿En qué sentís que la práctica periodística ayudó a desarrollar tu nervio literario?
—En lo narrativo, sin duda. En la práctica de la observación y de la escucha, también. En organizar el discurso para contar una historia que se entienda, que sea atractiva, que sorprenda en algunos casos. En tener en cuenta al lector, otro detalle. En tomar conciencia de que siempre contamos desde un punto de vista y eso se traslada a los personajes de una historia de ficción. En síntesis, en el uso de las herramientas que se disponen para contar una historia. Pero, creo, que la literatura hace más aportes al periodismo, o al menos aportes más valiosos. Es decir, me parece que el periodismo se ve más beneficiado en su conexión con la literatura. Al revés, en cambio, cuando un periodista se vuelca a la literatura debe liberarse de ciertas prácticas o vicios que llevarían a empobrecer su escritura. La necesidad de explicar todo, de contar todo, de dejar todo claro es la más difícil de sacar de la cabeza de un periodista que quiere hacer literatura.

–Has tenido un vínculo humano especial con Calveyra, que por otra parte ha ido recíproco ¿En qué aspectos notás que ha influido?
—A Arnaldo Calveyra lo conocí tarde. Tuve contacto con él en la última etapa de su vida. Como yo también soy de Mansilla tenía el privilegio de su cercanía. Él es un poeta excepcional, alguien que abrió nuevos caminos en la poesía. En lengua castellana creo que está entre los mejores de los últimos años. Me influyó en la idea del destino que uno tiene como escritor. Él sacrificó muchas cosas por su literatura. Sufrió el desarraigo, el irse de su tierra, de su casa, de su lengua para desarrollar su obra. Esa conciencia de que su vida era la escritura lo marcó a fuego. No es fácil de aceptar ese destino, ese vínculo con la obra literaria. Calveyra era un poeta las 24 horas del día. Me imagino que Juan L era así también. Yo no tengo nada de poeta, lamentablemente. Me gustaría que me influya ese detalle de orfebre en el uso de las palabras. Vaciarle el significado y aprovechar cómo suenan o resuenan, a qué saben, qué me recuerdan. Dejar de pensar en el diccionario y más en las notas musicales. Yo estoy muy lejos de eso, lamentablemente.

–¿Sos metódico para trabajar o sos un sujeto que aprovecha los momentos de inspiración? ¿Cómo es una semana típica tuya?
–Trato de escribir todos los días o al menos estar relacionado con mi escritura todos los días. Tengo cuadernos para escribir notas, registrar ideas y eso me ayuda a mantener la práctica. Habitualmente sigo en mi cabeza con las historias que estoy escribiendo, las que estoy gestando. Pero estoy lejos de cumplir un método que tienen otros escritores y que son estrictos en cuánto tiempo le dedican a la escritura. Vargas Llosa decía que él prácticamente cumplía horario de oficinista para escribir todos los días. Que no hubo un día en su vida, ni siquiera cuando estaba de vacaciones, que no haya escrito. Bueno, no es mi caso, lamentablemente. Por lo menos hasta ahora.

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